martes, 21 de febrero de 2012

Me lavo los dientes

The teeth of the smile evidenced the clinical depressive’s classic inattention to oral hygiene.

Después de leer esa frase corrí a lavarme los dientes. Un par de horas antes me repuse de una larga batalla con la cama y me di un baño. «No es para tanto, sólo llevo cuatro días sin bañarme», pensé, recordando que antes del viernes en la tarde había durado nueve días sin salir de la cama más que para fumar y prepararme un té y comer en la madrugada. Cuando entré al baño y vi mi cepillo de dientes, viejo, con las cerdas floreadas, batido por cruzar tres veces a Colombia conmigo, muchas más a la Ciudad de México, a Taxco, a Querétaro, a San Miguel Regla, a Kosterlitzky, a San Francisco, a Jackson, a Caborca, a Los Ángeles, pensé que debía comprar uno nuevo y, como otras veces, diario, opté por no destapar —ni buscar con la vista para comprobar su existencia, siquiera— la pasta dental. Me bañé rápido, repasando con mi lengua la encía marginal de mis incisivos inferiores, pensando en la pigmentación más oscura del central derecho y su sabor a hierro. No me gusta pensar que tengo cáncer de boca. Evito mirar mi encía para comprobar si ha crecido la mancha o si tiene el mismo tamaño de toda la vida. Tampoco voy al dentista, por miedo al diagnóstico pero también a la pena que me daría que mi dentista (mi tía) le contara a su hermana (mi madre) que tengo la encía negra por fumar tanto y en menos de dos semanas recibir un mensaje desde las Filipinas (mi prima lejana) deseándome una recuperación no en exceso dolorosa y bromeando que, de cualquier manera, ya se me había empezado a adelgazar el cabello por procesos genéticos.

Tenía miedo. Tomé el cepillo con mi temblorosa mano que no ha dejado de adelgazar en los últimos días (me pesé hoy, perdí otros dos kilos sin ejercitarme, comiendo más aunque una sola vez al día), destapé la pasta dental y coloqué abundante de ella sobre las cerdas abiertas. «Por eso haces tanta espuma», me decía mi ex cuando no era mi ex cada vez que me agachaba a la altura del grifo para no manchar mi ropa con la excesiva espuma que producía, mientras ella caminaba por toda el apartamento —levantando tazas, sacando nuestras pijamas del armario, vaciando el cenicero— con el cepillo en la boca y sin dejar rastros indeseables. Me froté los dientes con los ojos cerrados, tratando de no tocar la encía inferior, rápido, escupir, enjuagarse e irse, como quien hace una felación en un baño público. Me miré al espejo al levantar la cara. Agua cristalina escurría de mi barba. Llevé mis dedos al labio inferior y tiré de él, despacio. Ahí estaba la mancha negra. ¿Se había extendido, o así era desde antes de que me diera cuenta? No recuerdo haber visto mi encía antes de cuando la noté negra, me da asco la boca vista desde adentro.

Volví a la cama. Los pensamientos de siempre asediaron mi flujo mental mientras trataba de leer Si una noche de invierno un viajero. «Vas a morir joven, escribe», «necesitas dinero, no puedes desperdiciar tu vida en este colchón agujerado», «si no terminas de corregir un libro antes del próximo mes, nunca vas a terminar ninguno», «tienes 26 años, ya es hora de que des el salto», «no creo que te vaya mal, pero tampoco bien en exceso, quizá dentro de diez años puedas vivir de eso», «con mucha austeridad», «no te van a dar trabajo en ninguna parte sin título», «es más difícil conseguir licencia para un revólver», «al menos con ella te sentías seguro», «al menos con ella no estabas solo», «al menos con ella te daban ganas de escribir», «al menos con ella te bañabas diario», «al menos con ella tenías un motivo para trabajar», «eso, un motivo, ella era el motivo», «tienes que conseguir un motivo», «se darán cuenta tarde o temprano», «tienes que desaparecer», «esto es el siglo XXI, no puedes hacerlo sin papeles», «¿te acuerdas, hace cinco años, cuando pensabas que en dos (hace tres) ya ibas a tener un libro publicado y la vida resuelta?», «escribe», «deja de pensar y escribe», «a todos les dices que escriban pero tú nunca escribes», «antes te amanecías escribiendo, ahora te amaneces escuchándome», «al menos con ella pensabas en el futuro», «corrige», «te odio, tienes miedo de que no le guste a la gente lo que escribes», «eres débil, cobarde, perezoso», «dices que no te importa porque te importa demasiado», «la extrañas, fue el error de tu vida», «le echas la culpa para no aceptar que quizá fue más tuya de lo que quieres aceptar», «dudas de ti mismo», «ya no escribes con el amor con el que escribías antes», «olvidaste la magia del lenguaje», «no sabes contar historias», «eres mejor poeta pero odias la idea de ser poeta», «te odio», «si tuvieras un revólver...», «tampoco tienes valor suficiente para matarte», «te debiste haber quedado en San Francisco, pero tuviste miedo», «ve a la cocina, entiérrate el cuchillo en el intestino delgado», «sal a fumar y lánzate de cabeza por la terraza», «ella era más que suficiente para ti, pero nunca supiste hacérselo saber», «ella lloraba porque cuando estaban juntos eras frío y distante», «ella lloraba porque no confiabas en ella», «ella lloraba porque sólo hablas de ti», «ella lloraba porque le hacías sentir que estaba equivocada», «al menos con ella no estabas solo», «al menos con ella no pensabas en el pasado», «al menos con ella estarías escribiendo», «te odio», «te odio, entiérrate el cuchillo, lánzate de cabeza por la terraza, sal a que te atropelle un autobús, córtate las venas en el baño, trágate todas las pastillas, acábate esa botella de vino de un trago y llora al menos, llora, llora hasta el amanecer, cobarde, te odio».

Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes. Me lavo los dientes.

Me lavo los dientes.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Gastritis

Cuando tenía cinco años la gastritis era una condición mítica e incomprensible. El único en mi mundo que la poseía como atributo heroico era mi padre, quien cargaba siempre un frasco de plástico blanco repleto de leche de magnesia. Mi mano se topaba con una barrera invisible, el recuerdo de un manotazo y una advertencia de muerte por envenenamiento, cada vez que la curiosidad me llevaba a acercarme al contenedor prohibido. Era incapaz de entender qué clase de hombre bebía, sin morir, todas las mañanas un trago generoso de ese compuesto alquímico que, como me explicó mi madre, era tanto un lácteo —como el que nacía de la ubre de la vaca o del pezón de la mujer— a la vez que un metal —como el de los frenos dentales de mi hermano y el de las rejas de hierro de la casa. «Tu papá tiene gastritis» era la única explicación que recibía, fuera lo que eso fuera.

Mi padre, hombre de misterio para mí —desde el extraño pelaje que recubría su espalda y su pecho y la carencia de él en la frente, hasta su ingesta de brebajes de sabor horrible como la cerveza y el whiskey, pasando por su consumo de químicos cuyos nombres no volví a escuchar hasta después de mi adolescencia (diazepam, fluoxetina, alprazolam)—, despertaba a media noche con ruidos que me recordaban al llanto de los cerdos antes de ser degollados. A la mañana siguiente, tras un trago alcalino, me explicaba que lo que yo había escuchado era el canto de la musas, quienes lo despertaron para que escribiera una canción que de otro modo sería olvidada en los abismos de la música abandonada con la salida del sol. Asocié al arte con los reflujos gástricos desde entonces, y sufrí durante mi infancia al no verme doblado por ningún dolor en mis entrañas en mis arrebatos creativos. «No le gusto a las musas», pensaba.

A veces, cincuenta envolturas de Tootsie Roll en el suelo, una lanza atravesaba mi estómago, y yo serpenteaba hasta mis lápices, inseguro de si debía escribir como mi padre o dibujar como mi abuelo, y dejaba que las ondulaciones del dolor guiaran mis trazos, palabras o imágenes, y antes de lograr un resultado favorable corría al baño. «Falsa alarma», me decía, pues sólo se trataba de diarrea. Al salir del baño iba con mi madre, «quiero tener gastritis como mi papá», le decía, y ella me mandaba a mi cuarto con una pastilla de hidróxido de magnesio en la boca, y a lo lejos escuchaba otras palabras incomprensibles para mí entonces: «ya que crezcas, parece que es genético».

Confundía la palabra «genético» con «genio» y asumía que lo que mi madre quería decir era que había un momento en el que las musas empezarían a visitarme como a mi padre y a mi abuelo, y también a mis tíos en sus breves arrebatos de locura nocturna. La asociación etimológica entre ambas palabras es correcta, pero eso yo no lo sabía entonces, y aunque pareciera haberlo intuído estoy seguro de que no se trata sino de una derivación lingüística sencilla. Pero sí creía que lo que me había sido heredado era el don artístico, y que en algún momento de mi vida lejana el éxtasis creativo se manifestaría en la forma de gastritis nocturna que acontecía en mi familia. Era cierto, todo eso.

Hoy, como otros días, desperté con el estómago inflamado. Un camión de la basura pasó por la calle sonando su gloriosa trompeta a las siete de la mañana. Flujos de ácido volátil subían por mi esófago: souvenirs de las cervezas y el whiskey de la noche anterior. Rumbo al baño imaginé a un hombre cuya cabeza se abría como matrioska de la que brotaba todo su pasado hasta llegar a su padre, quien a su vez se abría hasta llegar a su padre, quien a su vez se abría y quien a su vez se abría ad infinitum, quizá hasta el origen de la humanidad o de la vida o del universo mismo. Vomité verde y cagué aguado, volví tambaleante a mi habitación pensando en escribir algunas de las imágenes que vi mientras mi diafragma se contraía con violencia (un parto en una ambulancia, una batalla en la edad de cobre, un naufragio en el Mediterráneo, una familia de gamuzas en los Cárpatos, un gran protozoo ultramarino, la cola de un cometa que se desintegra, el corazón de un agujero negro, la ausencia absoluta), y recordé entonces ese deseo infantil de tener gastritis. Le di un sorbo a mi botella de Melox. «A la mierda con las musas, que me dejen dormir», pensé, dispuesto a olvidar todo, el origen del universo y de la vida, todas las respuestas, con tal de despertar de nuevo sin dolor de estómago. Pensé en mi padre, que ya no tiene gastritis pero sí colitis (siempre un paso adelante) y que dará un concierto la próxima semana. Recordé una hoja de papel sostenida en la puerta del refrigerador por un imán, en casa de mis abuelos, que contiene una lista impresa de alimentos con el título «Cosas que no se deben comer cuando se tiene gastritis o colitis» (granos y legumbres como: cacahuates, frijoles, lentejas, arroz, maíz, garbanzo; carne roja; cítricos como: limón, naranja, toronja; café, té negro; picante; lácteos; etcétera). Maldije a mis genes: hay días en que hubiera preferido que las musas llegaran en forma de ataques epilépticos.

Mi sueño fluyó interrupto hasta las cuatro de la tarde. Lo que había visto en esa posición deplorable en el baño (flujos unícronos: por un lado hacia el drenaje, por el otro al bote de basura) se desintegró poco a poco, y cuando desperté había perdido la mayor parte. Algunas imágenes quedaron, pero no las suficientes como para despertar una epifanía, ni en mí ni nadie. Lo que recuerdo ahora, con más intensidad, es que en algún momento de esas horas fui mi padre y también fui mi abuelo, y de eso sólo se quedó una escena fresca en mi memoria, que si no escribo ahora se perderá para siempre.

Era 1956. Tres años antes de que naciera mi padre. Caminé por la vía del tren, habiéndome bajado de un vagón de carga que venía de Tecate, cerca la presa Abelardo L. Rodríguez. Busqué un buen lugar para sentarme. Era abril, el aire de la tarde era fresco. Lié un cigarrillo, lo encendí con una cerilla de madera y al llegar a la mitad saqué una hoja doblada del bolsillo de mi chaqueta. Era la letra de mi abuela, que reconocí de inmediato, pero no leí las palabras. En vez, olí el papel, absorbiendo el perfume de una mujer a la que nunca había visto pero de la que estaba profundamente enamorado. «La mujer de mi vida», pensé, al instante en el que se me venía los rostros de varias otras mujeres, vírgenes de pueblo con el cabello hasta la cintura, prostitutas citadinas de piel verdusca, novias del camino que necesitaban una manera de pasar el frío del Cañón del Cobre igual que yo, bailarinas rebosantes, una actriz arrugada y sin fama. Terminé mi cigarrillo, rasposo, fuerte, y me quedé ahí leyendo la última frase de la carta que no pienso volver a redactar ahora. Desperté. Ya no me dolía el estómago.