miércoles, 15 de febrero de 2012

Gastritis

Cuando tenía cinco años la gastritis era una condición mítica e incomprensible. El único en mi mundo que la poseía como atributo heroico era mi padre, quien cargaba siempre un frasco de plástico blanco repleto de leche de magnesia. Mi mano se topaba con una barrera invisible, el recuerdo de un manotazo y una advertencia de muerte por envenenamiento, cada vez que la curiosidad me llevaba a acercarme al contenedor prohibido. Era incapaz de entender qué clase de hombre bebía, sin morir, todas las mañanas un trago generoso de ese compuesto alquímico que, como me explicó mi madre, era tanto un lácteo —como el que nacía de la ubre de la vaca o del pezón de la mujer— a la vez que un metal —como el de los frenos dentales de mi hermano y el de las rejas de hierro de la casa. «Tu papá tiene gastritis» era la única explicación que recibía, fuera lo que eso fuera.

Mi padre, hombre de misterio para mí —desde el extraño pelaje que recubría su espalda y su pecho y la carencia de él en la frente, hasta su ingesta de brebajes de sabor horrible como la cerveza y el whiskey, pasando por su consumo de químicos cuyos nombres no volví a escuchar hasta después de mi adolescencia (diazepam, fluoxetina, alprazolam)—, despertaba a media noche con ruidos que me recordaban al llanto de los cerdos antes de ser degollados. A la mañana siguiente, tras un trago alcalino, me explicaba que lo que yo había escuchado era el canto de la musas, quienes lo despertaron para que escribiera una canción que de otro modo sería olvidada en los abismos de la música abandonada con la salida del sol. Asocié al arte con los reflujos gástricos desde entonces, y sufrí durante mi infancia al no verme doblado por ningún dolor en mis entrañas en mis arrebatos creativos. «No le gusto a las musas», pensaba.

A veces, cincuenta envolturas de Tootsie Roll en el suelo, una lanza atravesaba mi estómago, y yo serpenteaba hasta mis lápices, inseguro de si debía escribir como mi padre o dibujar como mi abuelo, y dejaba que las ondulaciones del dolor guiaran mis trazos, palabras o imágenes, y antes de lograr un resultado favorable corría al baño. «Falsa alarma», me decía, pues sólo se trataba de diarrea. Al salir del baño iba con mi madre, «quiero tener gastritis como mi papá», le decía, y ella me mandaba a mi cuarto con una pastilla de hidróxido de magnesio en la boca, y a lo lejos escuchaba otras palabras incomprensibles para mí entonces: «ya que crezcas, parece que es genético».

Confundía la palabra «genético» con «genio» y asumía que lo que mi madre quería decir era que había un momento en el que las musas empezarían a visitarme como a mi padre y a mi abuelo, y también a mis tíos en sus breves arrebatos de locura nocturna. La asociación etimológica entre ambas palabras es correcta, pero eso yo no lo sabía entonces, y aunque pareciera haberlo intuído estoy seguro de que no se trata sino de una derivación lingüística sencilla. Pero sí creía que lo que me había sido heredado era el don artístico, y que en algún momento de mi vida lejana el éxtasis creativo se manifestaría en la forma de gastritis nocturna que acontecía en mi familia. Era cierto, todo eso.

Hoy, como otros días, desperté con el estómago inflamado. Un camión de la basura pasó por la calle sonando su gloriosa trompeta a las siete de la mañana. Flujos de ácido volátil subían por mi esófago: souvenirs de las cervezas y el whiskey de la noche anterior. Rumbo al baño imaginé a un hombre cuya cabeza se abría como matrioska de la que brotaba todo su pasado hasta llegar a su padre, quien a su vez se abría hasta llegar a su padre, quien a su vez se abría y quien a su vez se abría ad infinitum, quizá hasta el origen de la humanidad o de la vida o del universo mismo. Vomité verde y cagué aguado, volví tambaleante a mi habitación pensando en escribir algunas de las imágenes que vi mientras mi diafragma se contraía con violencia (un parto en una ambulancia, una batalla en la edad de cobre, un naufragio en el Mediterráneo, una familia de gamuzas en los Cárpatos, un gran protozoo ultramarino, la cola de un cometa que se desintegra, el corazón de un agujero negro, la ausencia absoluta), y recordé entonces ese deseo infantil de tener gastritis. Le di un sorbo a mi botella de Melox. «A la mierda con las musas, que me dejen dormir», pensé, dispuesto a olvidar todo, el origen del universo y de la vida, todas las respuestas, con tal de despertar de nuevo sin dolor de estómago. Pensé en mi padre, que ya no tiene gastritis pero sí colitis (siempre un paso adelante) y que dará un concierto la próxima semana. Recordé una hoja de papel sostenida en la puerta del refrigerador por un imán, en casa de mis abuelos, que contiene una lista impresa de alimentos con el título «Cosas que no se deben comer cuando se tiene gastritis o colitis» (granos y legumbres como: cacahuates, frijoles, lentejas, arroz, maíz, garbanzo; carne roja; cítricos como: limón, naranja, toronja; café, té negro; picante; lácteos; etcétera). Maldije a mis genes: hay días en que hubiera preferido que las musas llegaran en forma de ataques epilépticos.

Mi sueño fluyó interrupto hasta las cuatro de la tarde. Lo que había visto en esa posición deplorable en el baño (flujos unícronos: por un lado hacia el drenaje, por el otro al bote de basura) se desintegró poco a poco, y cuando desperté había perdido la mayor parte. Algunas imágenes quedaron, pero no las suficientes como para despertar una epifanía, ni en mí ni nadie. Lo que recuerdo ahora, con más intensidad, es que en algún momento de esas horas fui mi padre y también fui mi abuelo, y de eso sólo se quedó una escena fresca en mi memoria, que si no escribo ahora se perderá para siempre.

Era 1956. Tres años antes de que naciera mi padre. Caminé por la vía del tren, habiéndome bajado de un vagón de carga que venía de Tecate, cerca la presa Abelardo L. Rodríguez. Busqué un buen lugar para sentarme. Era abril, el aire de la tarde era fresco. Lié un cigarrillo, lo encendí con una cerilla de madera y al llegar a la mitad saqué una hoja doblada del bolsillo de mi chaqueta. Era la letra de mi abuela, que reconocí de inmediato, pero no leí las palabras. En vez, olí el papel, absorbiendo el perfume de una mujer a la que nunca había visto pero de la que estaba profundamente enamorado. «La mujer de mi vida», pensé, al instante en el que se me venía los rostros de varias otras mujeres, vírgenes de pueblo con el cabello hasta la cintura, prostitutas citadinas de piel verdusca, novias del camino que necesitaban una manera de pasar el frío del Cañón del Cobre igual que yo, bailarinas rebosantes, una actriz arrugada y sin fama. Terminé mi cigarrillo, rasposo, fuerte, y me quedé ahí leyendo la última frase de la carta que no pienso volver a redactar ahora. Desperté. Ya no me dolía el estómago.

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