Regalo un cigarrillo y me dan a cambio una cerveza. Después sabré que eran de alguien más, pero en el momento me parece un trato justo: me queda una cajetilla nueva y no tengo trago. AC/DC suena en mi cabeza.
Despierto en un apartamento que me gusta. Las ventanas ahumadas no me dicen la hora. ¿Cinco, seis de la mañana? Mi reloj de pulsera dice que es mediodía. Mis lentes siguen tirados en la sala. “Muérdeme”, me susurraba ella, y yo me los quité para no lastimar su piel con el metal dorado del marco. “Wey, pueden echarse en el sofá, se hace cama.” Nos habíamos quedado dormidos en el suelo, unos minutos, un par de horas. La sala estaba vacía, a excepción de varias botellas de cerveza, un cenicero, mi cajetilla y una pipa de mariguana. Ella se acostó y yo entré al baño. “Sofá cama, mi peor enemigo, nos volvemos a encontrar”, pensé al comprobar que no podía abrirlo, como nunca pude abrir ninguno de los muchos en los que me había dormido en cualquier otra casa. “Fracasé como hombre”, pensé, cuando vi al dueño del apartamento salir de su cuarto en donde dormía con una muchacha que acabábamos de conocer esa misma noche (y él también la acababa de conocer, como a todos los que estábamos ahí, distribuidos en camas y sofás). Me ayudó a abrirlo. Me acosté al lado de ella. “Muérdeme”, gemía. “Muérdeme para masturbarme.” Pensé hacer lo mismo pero me quedé dormido con la verga de fuera. Quizá fue lo mejor: no me hubiera gustado manchar de semen ese sofá que nos prestaron con buena fe.
Enfrente del apartamento había un edificio de condominios viejos. A ella le gustó y a mí también. Me sentía como a los veinte años otra vez, soñando con esos apartamentos, con una vida de fiesta y rocanrol. Taking more than her share, had me fighting for air. Mi cabeza cantaba. Enfrente la estación del metrobús Sonora. Los besos seguían frescos en mi boca. She told me to come but I was already there. Me gusta el dolor cuando alguien muerde mi labio inferior. Los moretes al día siguiente. La sangre cuando me lavo los dientes. “Muérdeme”, gemía, como si no estuviera nadie a un lado. Quise morder sus hombros cada vez que se quitaba el suéter, su cuello, sus pezones. “Muérdeme”, susurraba, y mis dientes obedientes hacían lo que ella pedía. The walls start shaking, earth was quaking, my mind was aching, we were making it.
You shook me all night long. You shook me all night long.
Tenía veinte años otra vez. Desperté sin remordimiento, sin lamentar ni un solo segundo de nada, sin pensar en nada más que en lo que pasaba. You got me shaking and you shook me all night long. Respiraba mal, con tos, los bronquios rojos. Pero la contaminación de la Ciudad de México me sabía bien, me olía a descanso, a paz mental.
Hoy volví a despertar sin tos, después de seis días bebiendo. Pienso mucho en esa noche y he llegado a un momento de mi vida en el que no creo que esas cosas en realidad pasen. Quizá El Jacalito tenía un portal interdimensional. El bato era un espectro, su apartamento el limbo. Jamás voltearé hacia la izquierda cuando pase por la estación Sonora en dirección Indios Verdes. Sé que si lo hago no habrá ningún edificio, sólo ruinas quemadas de una época no tan distante pero sí acabada. Él nos dijo que esa era nuestra casa, que volviéramos cuando se nos antojara, pero creo ahora que un día estaremos ahí de nuevo, y entonces sabremos que hemos muerto. Para siempre en ese sofá cama, duro pero cómodo si es juntos. Y el amigo que duerme al lado todos los días se irá a las siete de la mañana, siempre se le caerán los mismos setenta pesos, yo nunca encontraré agua potable para saciar mi sed violenta, la frase de otra de las muchachas (“el jabón de coco del baño huele súper chingón”) resonará entre mis ojos cada vez que me lave las manos después de cagar en la mañana, siempre resistiré el impulso a oler mis dedos después de secarme con la toalla, nunca dejaré de volver a su espalda, mi mano alrededor de su cintura y mi cara sumergida en su cabello, el letrero en la puerta del edificio que dice que no azoten la puerta, que la puerta se cierra sola, y el recuerdo constante de que la noche anterior cuando llegamos le gritamos al dueño del apartamento, una, dos, tres veces, que si pensaba dejar la puerta abierta, y él, como cualquier señor de un limbo placentero, sólo nos devolvió una sonrisa.
1 han dicho algo.:
El escritor: Ese rockstar inválido y tullido, ese pequeño hijo de puta que no pudo follar a suficientes groupies ni esniffar la cantidad suficiente de rayas de coca. Por que claro, el escritor es un tipo duro, un gamberro experimentado que pasea por las calles sin miedo a los horrores de la violencia o la promiscuidad. También es el hijo de puta sensible: lo vez llorando por los amigos perdidos, los atardeceres caóticos y las putas que no se abren suficiente de piernas. Como personaje contemporaneo es adicionalmente un reportero, un teórico de lo instantaneo y un profeta del twitter. El escritor es un exhibicionista avido de voyeaurs (pero permitidme mostrar mi polla mientras enciendo otro cigarrillo), un eslabón, un moco más en la infinita cadena de poetas malditos y bardos geniales, sensibles, de ojos rojos y vergas enormes, un Hendrix, un Baudelaire, un Kurt,¡¡ En fin un Dios!!!
Pero el escritor rockstar de las drogas, el sexo, las putas y el snobismo de la marginalidad no es el escritor que yo quiero ser (o que desearía ser si fuese escritor). Demasiado lugar comun, que hace desear ser un simple funcionario, un tecnocrata sin corazón, un accionista de una compañia de petroleos. Pronto!! Dadme un puesto directivo, un palo de golf y una camisa limpia, burguesa. No quiero ser otro obsceno burócrata de twitter buscador de las palabras marginadas por sus intelectuales y literarios demonios.
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