domingo, 23 de octubre de 2011

Notas a una ruptura

Hace unos días (¿cuatro, cinco semanas?) me topé con un viejo amigo. Después de varios minutos incómodos en los que desconocíamos si el estado de nuestra amistad seguía siendo tal y que, por lo tanto, nos limitábamos a esas preguntas de actualización que se hacen con cualquier conocido que hace tiempo no nos topamos, cosas que ni nos interesan en realidad y no hacen ninguna diferencia pero que sirven para que midamos nuestro interés por el otro, a veces nuestra atracción, decidimos irnos a beber.

“Yo lo que quiero es valer verga”, me dijo cuando habían pasado un par de horas, hablado ya de poesía y política y cosmogonía, todos esos temas menores con los que se inicia una borrachera y que sólo son una catapulta (si los comensales no se exceden en agresividad, si no emerge una emergencia, si el oxímoron me lo permite), un lanzamiento parabólico en cuya cumbre se sienta el tópico más importante que puede existir en ese momento (para uno, para el otro, para todos) y tras el cual empiezan el hambre, la cachondez, el sueño y a agotarse el dinero. Y digo que es el tópico más importante (para uno, para el otro, para todos) pues, aunque haya sido él quien dijo esa frase, la cosa es que varios (a quienes me referiré como “todos” de aquí en adelante para no generalizar) hemos pensado esas mismas palabras en el mismo orden sintáctico y bajo el mismo contexto últimamente. Más de una vez. Todo el tiempo.

Todo empezó un día en el trópico, cuando leí en Doctor Pasavento sobre “el encanto de las despedidas radicales de esas personas a las que tanto admiramos cuando nos enteramos de que han sido capaces de mandarlo todo al diablo, han dado un portazo y se han largado sin más, no sin antes decir ahí os quedáis, cabrones.” Aparté mis ojos de la pantalla del Kindle, lo dejé sobre la tabla de madera que descansaba sobre una caja repleta de libros que usábamos como escritorio mi mujer y yo, encendí un cigarrillo y exhalé el humo mientras veía hacia la calle y después leí el comienzo del siguiente párrafo. “Cuando oímos contar que alguien dejó a todos plantados, nosotros en silencio, con rabia contenida, aprobamos ese audaz, purificante, elemental impulso. ¿Cómo no lo vamos a aprobar si todos odiamos nuestro domicilio, aborrecemos el hogar, tener que estar en él?” Voltee ahora hacia el lado contrario, hacia la cama, donde ella dormía. Eran las siete y media de la mañana. Yo tenía todo junio levantándome a esa hora. Su rostro plácido ignoraba mi ausencia en la cama, incluso parecía ignorar que no pude dormir en toda la noche, que estuve dando vueltas tratando de acomodarme entre su cuerpo y el pequeño espacio de colchón que me correspondía. A veces dormía incómodo en esa cama, deseando estar solo para estirarme, y su piel que en ocasiones necesitaba ardía como una bandada de mosquitos en mis piernas. Esa noche fue así, como otras noches: insoportable. Despertó con una sonrisa, y yo sólo encendí un cigarrillo y seguí mirando por la ventana. “¿Quieres café? Hay café”, le dije sin voltear a verla. “¿Hiciste café? Eres un bello.”

Esa tarde le pregunté si estaba dispuesta a abandonarlo todo, si podía dejar atrás su vida, a su familia, a sus amigos, para empezar con nada en otro lugar, un lugar ajeno y agresivo en el que tuviera que hacer todo por sí misma. Antes de que contestara le comenté sobre el párrafo de Vila-Matas, y le dije que yo sí podía irme sin pensarlo, dejar a todos plantados, y hacer lo que yo quisiera en otro lugar del mundo. Le dije que quería desaparecer en una ciudad enorme, una ciudad como Bogotá o México o Tokio o Cairo, en la que los murmullos urbanos apagaran hasta mis gritos y nadie se diera cuenta de mi existencia. “Quiero perderme entre multitudes”, le dije, “como una hormiga que a nadie le importa”. Me llamaron al mostrador para que fuera a recoger mis hamburguesas, y cuando volví ella tenía la mirada perdida en el papel tapiz del restaurante. Le di su comida y, mientras la desenvolvía, me dijo que ella no podría hacer eso. Yo ya lo sabía.

Quizá no empezó tampoco en ese día de junio, sino mucho antes. Leía Asterios Polyp. Asterios, un arquitecto famoso, un gran arquitecto teórico, académico, que ha perdido todo y que navega entre los recuerdos de su ex esposa a la que amó con premura (voraz). Un día su apartamento se incendia (¿o él lo ocasiona?) y huye con el dinero que trae en la bolsa. Se baja en el primer pueblo que encuentra y empieza a trabajar como mecánico. Ella está en sus recuerdos. Al día siguiente, volviendo a Bogotá, le escribí a una amiga y ella me contestó que lo quemara todo como Asterios y desapareciera.

***

No puedo precisar cuándo fue la primera vez que soñé con desaparecer, pero desde pequeño cuando pensaba en mi futuro nunca imaginé hijos ni un trabajo estable, nunca hubo una pareja ni un carro deportivo, ni un negocio ni puestos políticos. Desde que recuerdo, mis aspiraciones son más ásperas, menos rosas. Nunca quise imaginar una vida como viejo, sino como alguien que nunca llegó a tanto, por ejemplo. Cuando empecé a escribir la fantasía de morir antes de los sesenta ocupó todas mis expectativas: en un callejón turbio de frío, después de que me corrieran del cuarto que rentaba por no pagar cinco o seis meses, borracho con alcohol puro de caña y fumándome las colillas que me encontraba tiradas en la calle; de un infarto cardiaco después de inhalar demasiada cocaína, en los brazos de una puta que se robaría el resto de mi droga y de mi dinero antes de abandonar el motel sin decir una sola palabra sobre mi cuerpo fláccido y desnudo; atropellado en una estampida bovina en algún pueblo de Sinaloa al que me habría ido a refugiarme de la ciudad y de mis obligaciones, retirado para escribir la gran novela que me salvaría de la desdicha; asesinado por ladrones disfrazados de hippies en una carretera, a los que subí a mi combi a cambio de mariguana, acuchillado mientras fumaba un porro que no estaba malo pero que no era digno de ser el último: sueños así. Cuando empezaba a salir de la adolescencia no cambiaron mis deseos, y empecé a caminar por las vías de la decadencia y la perdición. Fue una gran época.

Hace dos años soñé con tener hijos y una familia por primera vez. Tendría dos hijos, Sara y Jerónimo. Ella sería pianista y él fotógrafo. Él sacaría la barba de su padre y ella los ojos de su madre. Ella sería más cercana a mí que a su madre, pero él no tendría problemas conmigo ni entre ellas tampoco. Viviríamos en un apartamento con terraza, y los dejaríamos fumar si quisieran cuando fueran mayores de edad. Yo dejaría de fumar cuando mi mujer estuviera embarazada, pero nunca lo lograría por completo. A veces, después del trabajo, encendería un cigarrillo y ella se molestaría cuando llegara a casa porque se le antojaría, reconociendo el olor en mi ropa y mi barba. Habríamos vivido quince años sin hijos, con gatos, viajando, hasta que fuera el momento adecuado. Cuando los bebés fueran más grandes tendríamos un perro.

Después soñé con casarme, con verla a ella caminar con un vestido blanco y escucharla decir que se comprometía a apoyarme y a vivir conmigo el resto de nuestra vida.

No sé si dejé de soñarlo, o si era sólo un sueño compartido por empatía, pero volví a verme en una ciudad desconocida muriendo joven y sin nadie que me hiciera un funeral. Me vi en la ventana de un cuartucho, con una computadora vieja (quizá esta misma macbook o un modelo después, dentro de veinte años), escribiendo una novela realista mientras abajo en el mercado de El Cairo a una muchacha deliciosa le robaban el bolso; me vi en Varsovia, caminando por la Plaza Mayor del Barrio Antiguo, un invierno crudo y desesperado con la nieve hasta los talones; en Hong Kong, comiendo tallarines en una callejuela después de ir al cine, en lo que fue el gueto de Kowloon. Imaginé a tantas putas a las que había renunciado, muchachas prometedoras, groupies complacientes y uno que otro amor desquiciado que ya no conocería. Pensé en todo el dinero que podía gastar en libros y en revistas y en aparatos electrónicos y en viajes y en ropa y en alcohol y en drogas.

***

Esa noche, después de haber pasado toda la tarde contándole a mi mujer sobre cómo desaparecer en una ciudad en la que no se conoce la lengua y no se puede entender la grafía, le confesé que quería vivir mi vida. Lloró, y me fui a la ventana a fumar. Me enojé. Después maticé mis palabras. El llanto me alcanzó a mí. Nos besamos y fumamos juntos. Todo terminó ahí. Al día siguiente ella buscaba universidades para hacer una maestría, universidades cercanas a Tijuana. Yo escribí, y en mi novela el protagonista que había huido porque ya no aguantaba sus recuerdos ni a los otros lamentaba haberse ido y quería volver. Sin darme cuenta, desde ese día, o quizá desde la misma noche en que hablaba con mi mujer, quería recuperar lo que yo mismo había dejado. Pasó el tiempo, y el protagonista encontró sólo ruinas en las mujeres que lo habían amado, y el narrador de Vila-Matas se topó con que el manicomio en el que pensaba recluirse era sólo un circo deprimente, y yo con una habitación condenada a un vacío sin forma pero sí un nombre, el de una mujer que había prometido amarme hasta la muerte en sus sueños y a quien yo mismo le había plantado enfrente un camino de espinas para que no pudiera lograrlo.

“Sembrar camarones en un estero sinaloense, y al llegar la tarde subirme a mi troca y manejar al pueblo, pasar al expendio por dos caguamas y unos Delicados y beber en el porche de mi casa espantando mosquitos hasta que me gane el cansancio”, le dije a mi amigo. “Ese es mi sueño ahora.” Tenía cuatro meses hablando de nada más que nomadismo, de desaparecer. Olvidar, seguir. Todo tiene un tiempo y el nuestro había acabado. “¿Van a terminar?”, me preguntó. Le dije que no, y a la mañana siguiente mi mujer me pidió un par de días para pensar las cosas. Volvimos. Me encontré de nuevo a mi amigo. Dos noches después terminamos. “¿Qué es lo que más quieres hacer ahora?”, me había preguntado. “Irme”, dije. “¿A dónde?” “Es lo de menos a dónde.”

Salí del bar y me quedé bajo la lluvia en una parada de autobuses, fumando. El frío. Se fue la prisa y pensé que nadie me esperaba. Encendí cigarrillo tras cigarrillo, escuché el golpe de las gotas en el pavimento, y miré al cielo oscuro y nublado. La luz artificial de las lámparas de calle hacían de la llovizna que descansaba un juego de luces. Sentí de nuevo mi libertad rodeándome. Nadie me esperaba, nadie me espera, y qué más da a qué hora llegue a mi cama, cuál es la prisa, no tengo nada que hacer mañana, ni pasado, ni nunca. Libre. Yo solo. Pensé quedarme en esa banca para siempre, pero un taxi se detuvo y me preguntó si necesitaba transporte. Le pregunté cuánto me cobraba y le dije que sí después de que me ofreciera un buen trato.

Tardé en aceptarlo. Ya nadie me espera, nadie, nadie me espera llegar a la cama. El silencio ya no era sólo mío, sino que la mitad le pertenecía, y todo en mi cuarto aunque ella nunca lo hubiera tocado. Mi pelo no lo cortaba si ella no lo hacía. Mi dinero siempre lo guardaba para viajar con ella y pagar nuestra comida, nuestros cigarrillos, nuestros buses. Pero si nadie espera todo es de uno otra vez, el dinero y el tabaco, pero también el silencio y los logros y las derrotas. Todo es el doble, incluso la pereza y el abandono. Incluso la pereza. Incluso el destino. Nadie me espera, qué importa que nunca vuelva. Nadie me espera, no hay diferencia si vuelvo hasta pasado mañana. Nadie me espera, nadie, puedo dedicarme a ver la lluvia, a fotografiar colibríes, a sembrar papas, a leer y leer y leer, a jugar videojuegos, a comer mariscos, a escuchar cómo pasan las estrellas, a acariciarme la barba. Nadie me espera. Y eso también está bien.

***

Hace unos días (¿la semana pasada?) salí con otros amigos. Había manejado bien mi tiempo. Estuve encerrado todos esos días, dos o tres semanas, terminando el avance de mi novela que debía entregar (de lo contrario recibiría una amonestación o un castigo, cosas que siempre me han puesto nervioso y prefiero evitar). Me sentía entero. Hablaba con madurez del asunto. “Era lo que teníamos que hacer, lo mejor para ambos.” Y aún así bastaron cinco o seis cervezas para que Marco Antonio Solís tocara esa fibra sensible. “No hay nada más difícil que vivir sin ti”, cantaba, y yo acariciaba mi celular pensando en llamar, en que nunca le había hecho una llamada borracho, que era la única a la que nunca le había hablado a las tres de la mañana con una voz incomprensible para rogarle algo, aunque no hubiera algo que rogar. “El frío de mi cuerpo pregunta por ti... y no sé dónde estás.” Por fortuna (¿será?) uno de mis amigos lo notó a tiempo y me quitó el celular, y también me convenció de ir a ver putas. Una en una jaula me hizo perder la cabeza. Mi verga cosquilleaba. Mis manos sudaban. Me acercaba en cámara lenta a las tetas de las viejas que se me acercaban a preguntarme si les invitaba un trago o si quería irme al cuarto con ellas. Olía esos perfumes baratos y quemados, deliciosos. Pero la de la jaula. Tenía un culo perfecto, majestuoso, sin una sola estría. Podría parar mi botella de Tecate sobre ellas, mientras ella abriría sus gruesas y macizas piernas para que deslizara mis dedos por su pucha, pero yo los desviaría a su culo, su culo apretado. Hacía tanto que no metía un dedo en un culo, esa resistencia, ese tronido imaginario después de que entra el dedo, la sensación como un anillo de cuerda muy apretado al hundir la mano poco a poco. Ella soltaría un grito pequeño, pero aunque le molestara no se movería por miedo a tirar mi cerveza. Era una puta respetuosa del alcohol, entendía lo irreparable de desperdiciar aunque fuera una gota. Después se fue de la jaula, se acabó mi fantasía, y no pude volver a concentrarme.

Esa noche fue un detonante de recuerdos de todo tipo. Pensaba en otras mujeres, en amigos fallecidos y en noches similares. Hablé cuatro o cinco horas de una amiga de la que estuve mucho tiempo enamorado y nadie nunca lo supo. Confesé algunos celos secretos, pleitos territoriales nunca dichos. Terminé sin voz, con la garganta hecha polvo por una cadena de cigarrillos y tragos fríos. Cuando llegué a casa, a las ocho de la mañana, me masturbé con lentitud, quizá por más de dos horas, repasando mentalmente todo lo que podía recordar.

Desperté en la tarde, cuando ya había oscurecido.

Vi mis lentes, sucios, en la mesa de noche. Los agarré para limpiarlos, y mientras frotaba los vidrios con un pañuelo le puse atención al marco dorado. Recordé una tarde en Bogotá, en la que mi mujer me ayudaba a preguntar en todas las ópticas que cruzábamos por marcos grandes. Recordé varios días después, en que fuimos a recogerlos. Recordé su cabello recogido, el viento muy fuerte que hacía, y también la sensación de desagrado hacia un chicle que llevaba demasiado tiempo mascando y que no podía tirar porque no encontraba un bote y me daba cosa aventarlo así nomás en el pavimento. Volví a dormirme.

Al despertar vi una fotografía de ella que pegué en mi librero, al lado de mi cama, hace poco más de dos años, cuando apenas nos comenzábamos a hablar pero yo ya me obsesionaba con ella. No la he quitado, ahí está todavía. Recordé ese tiempo, tan incierto, lleno de miedo y de esperanza, de probabilidades, de sueños de verla aunque fuera una sola vez, de tocarla. Desvié la mirada hacia la ventana, y bajo ella, en mi escritorio, vi la cartera que ella me compró en la ExpoArtesanías a la que fuimos en enero. Ese día pedimos comida china, y yo compré una empanada. Leonor y Santiago llegaron con patacones a la mesa. Lloviznó justo antes de que nos fuéramos. Habíamos comprado regalos de navidad para mi familia. Ese recuerdo se conectó con otro en ese mismo lugar, la Feria del Libro a la que fuimos en Agosto la primera vez que fui. Compramos muchos libros esa vez. Yo le regalé La mano de la buena fortuna, porque quería que tuviéramos para siempre ese lugar para volver, pero ella nunca tuvo tiempo de leerlo y yo tampoco volví a agarrarlo. También lloviznó un poco, y cuando nos íbamos me hablaba de Milán Kundera y de su aversión hacia sus traductores. Recordé entonces el libro de Kundera que me traje esta vez que fui: El arte de la novela, que compré primero para ella (le presté el dinero) porque su directora de tesis se lo había regalado, pero al ver ella cómo me emocionaba leerlo decidió regalármelo, y le sacó copias a los capítulos que más le interesaban. Pensé entonces en otras copias, no en las que me dio esta vez, copias que había leído para su tesis durante el semestre pero que pensó que me gustarían, sino en las copias de sus clases que me traje la primera vez que fui a Bogotá. Empecé a leer a Carpentier (digamos que hace cinco años que lo leí en realidad no lo leí) por ella, y una palabra que antes usé tanto como “barroco” ahora la dice mi mente con su voz. Así con todo. Veo Dexter y sé que ella está ahí, viéndola, y quisiera al menos poder comentar los capítulos con ella, y ni siquiera tengo con quién más hacerlo. Veo Family Guy, recuerdo todas esas noches escogiendo capítulos aleatorios para reírnos un rato. Hago huevos fritos. Escribo en mi diario, con esa pluma. (“Te voy a dar muchas plumas, porque así vas a tener la sensación de que puedes escribir mucho.”) Armo el cubo rubik. Uso mis guantes tejidos cuando me da frío en las manos. Agarro mi mandala, y la armo y la desarmo, la armo, la desarmo, la abro y la cierro, la abro, la cierro. Veo el mapa del Quindío que tengo pegado en la pared, después el mapa de Bogotá. Tachuelas azules en el del Quindío sobre todas las ciudades y poblados que visitamos, una tachuela roja en Salento. Una tachuela roja en el mapa de Bogotá sobre el apartamento, una azul sobre su casa. La recuerdo. La imagino triste. A la vez, la imagino con el paso de los días, superándome, caminando por esas calles sin volver a pensar en todas las veces que cruzamos ese semáforo corriendo y agarrados de las manos. La imagino con otros novios, otros amantes, recobrando costumbres que perdió conmigo, aprendiendo nuevas maneras de vivir, de besar, de estar en la cama. Perdiendo mi vocabulario. Superándome. Siguiendo adelante. La imagino graduándose. Imagino su tesis con la que no seguí ayudándole. Me la manda por correo un día, con un mensaje anexo, un poco frío pero a la vez respetuoso. No la leo. No soporto no haber estado durante todo el proceso. Tampoco soporto el trato en la nota, que con claridad me dice que terminó incluso el duelo, que ya no piensa en mí de esa manera. Quizá no lo soporto porque yo también me moví, y ahora pienso en cosas distintas. La imagino desnuda, pero su cuerpo ya me es irreconocible, su piel incomprensible. Superándome. Siguiendo adelante. Veo vuelos. Los vuelos a Tijuana son un poco más baratos ahora. Los vuelos a México ya cuestan la mitad. Recuerdo una tarde, la segunda vez que fui, en que Leonor nos regaló de navidad unos libritos de Lonely Planet. El mío de Colombia y el de ella de México. Estuvimos planeando un gran viaje. Ella vivía marcando los lugares a los que quería ir. La vi feliz. Pero cuando regresé no pasaron las cosas, y ella se frustró, perdió todo, y yo volví. La recordé ahora, viendo vestidos de novia todo el tiempo, fotografías de bebés, ideas para apartamentos, y como al frustrarse todo otra vez no pasaron las cosas. Ambas veces ella dejó de soñar, y yo no supe recuperar sus sueños. En ese momento decidí que recordar todavía no es algo posible. Es algo que debo detener. Algo que duele demasiado.

***

Necesito vacaciones. Acabo de comprar un vuelo a México para el próximo martes en la noche. Tengo que salir de este cuarto y olvidarme por un tiempo de todo esto que me rodea y me la recuerda. Sé que allá la pensaré mucho. El boleto salió a menos de doscientos dólares. Una ganga. Nunca me había costado tan poco. Y voy a pensarla. Voy a pensar en el viaje que nunca hicimos. Voy a caminar por esas calles imaginando lo que pudo haber sido, porque es la fecha, es el momento, es cuando debió haber venido. Quizá, quizá sea insoportable, pero me dejará una cosa clara: siempre tuvimos motivos, deseos, sueños compartidos.

¿Después? No sé. Seguir escribiendo. Desvanecerme paso a paso hasta recuperar mi independencia de pensamiento, mi libertad, una ausencia de nostalgias y saturaciones de imágenes desoladoras.

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