jueves 29 de septiembre de 2011

Postales

I.

Línea naranja, estación San Antonio. La puerta del metro se cerró en mi cara. Me tardé más en subir las escaleras por seguir el culo de una muchacha de prepa, falda a cuadros azul. Saltó los últimos dos escalones. El instante en el que su ropa interior blanca quedaba al aire lo viví en cámara lenta. Ella nunca se dio cuenta: justo después ya había tomado asiento en el vagón, sin haber dejado nunca de darme la espalda. Caminé hasta el final del andén mientras la imagen se desvanecía y se reemplazaba con el fondo del túnel, donde mis ojos esperaban sin prisa al próximo tren.


II.

Una mujer de poco más de cincuenta años recuerda su adolescencia: otra mujer, más alta que ella, de quien estuvo enamorada. Frente a mí duerme una tercera, su brazo recargado en el tubo sostiene su cabeza, sobre sus piernas una bolsa de Buscapina Compositum. Alterno mis ojos entre la historia de amor secreto, desviado culturalmente hacia el sexo opuesto (el “adecuado”), y la boca entreabierta y pintada de rojo de la que comienza a despertar frente a mí. Se levanta y se baja una estación antes que yo, con los ojos entrecerrados.


III.

Encuentro un libro. Hotel del parque 79. “Lo que parece una agencia de modelos es en realidad un prostíbulo de alto calibre”, me ofrece la contraportada. Lo llevo hasta el mostrador, en parte apenado por comprar algo de la mesa de basura, por otro lado emocionado por leer cualquier escena en cualquier esquina de la calle. La muchacha en la caja apunta con lentitud indigerible el título en un cuaderno en el que anota las ventas del día. “Así llevan un control para saber qué tipo de cosas traer, qué se vende más”, pensé. Antes de anotar el género deja de escribir, y sin quitar la pluma del papel fija sus ojos en los míos. No decimos ni una palabra. Vuelve a acomodar su vista en el papel. “Erotismo”, anota en el cuaderno.


IV.

Fumo en una esquina de Tacuba. El libro está en mi mochila. Lo abrí y cerré más de veinte veces, pero nunca me topé con ninguna escena explícita. Al otro lado de la calle una muchacha se detuvo a fumar. Su brazo cae como en curva, el cigarrillo de filtro blanco y manchado de labial sigue la línea natural que se prolonga más allá de sus dedos. Su cabello es muy largo. El cable de sus audífonos se enreda a la altura de sus clavículas, descubiertas.


V.

Una mesera muy morena me pregunta si ya me tomaron la orden. Se va después de mi afirmación, y mis ojos se fijan en sus nalgas, forradas por su uniforme blanco de poliéster. No vuelvo a verla, pese a estar atento, buscando, después de cada sorbo que le doy a mi taza de chocolate caliente.


VI.

En otro restaurante, una muchacha que es mesera y puede que también la dueña o socia, nos calza la mesa. Levanta la tabla con una mano mientras que, con la otra, desatornilla la pata para hacerla más larga. Se levanta y me mira a los ojos. Me pregunta si necesito algo más. Le digo que no, porque no sé qué podría contestarle.


VII.

Línea azul, estación San Cosme. El olor a shampoo de una muchacha en mi nariz desde cuatro estaciones atrás. El vagón va lleno. Ella se aprieta contra mí, su cabello queda justo bajo mi nariz. Acaba de bañarse, quizá va a encontrarse con alguien.


VIII.

Llevo veinte minutos caminando entre el tráfico, por Eje 5. Parece que sólo mujeres conducen, o sólo puedo voltear a ver hacia el interior de un carro cuando es una mujer la que está tras el volante. Busco sus ojos y sus cuellos, una clavícula descubierta, hombros, cejas de preferencia gruesas y labios pintados. Me detengo con peligro en un escote: casi me atropellan. Camino entre los coches con los ojos cerrados. Recuerdo todos los escotes que puedo, pares con suavidad sobrepuestos, posados uno sobre otro sin esfuerzo, casi ligeros. Un escote recostado, de medio lado, como Cleopatra: la teta derecha, la de abajo, alargada, mientras que la izquierda se redondea al apoyarse en la otra y parece incluso más grande. Otro visto desde arriba y la derecha, en una conversación, aprovechando el encendido de un cigarrillo con discreción. Desde atrás, mis favoritos, como quien mira cuesta abajo y adivina un cañón o un barranco, y la nuca y los hombros invitan a posar la barbilla, a acoplarse como eslabones enganchados. Abro los ojos, nadie avanza más que yo. Mi vista entra por el retrovisor de un coche: en algún lugar, no sé si ahí mismo o varios autos más atrás, hay unas piernas que cansadas del calor de los motores han decidido abrirse; sudan, se mueven como un péndulo lento y el calzón azul que las une se nota muy húmedo e incómodo.

Enciendo un cigarrillo.

Ya estoy frente a la puerta. Saco las llaves de mi pantalón. Todas las imágenes ya se barrieron y confundidas entre sí se guardan en mi memoria, disueltas, por colores. Un fragmento está asociado a la imagen de una paloma, y otro al de una Mont Blanc en los dedos curtidos de un viejo de traje gris oscuro. Algo cristalino se entremezcla con una textura de concreto y con un manantial, un glaciar con unos dientes y con la espuma de una ola mojando a un cangrejo. Ni siquiera la sensación de hipnosis de los calzoncitos de la colegiala me es propia, sino que se siente tan ajena como el escote que pensé perfecto y tan distante como el cabello del que olí el shampoo, quizá media ciudad más lejos. No hay ninguna fotografía real en el recuerdo, sólo los ojos firmes en la manija dorada de la puerta de metal, en las baldosas viejas, en el pasamanos negro de la escalera.

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