domingo, 4 de septiembre de 2011

De los libros de memoria, y otras cosas.

Escuchaba una canción que hacía más de cinco años no escuchaba, "Wormboy" de Marilyn Manson. Sé que no era el mismo contexto que la última vez, pero sentí que la ira se disipaba, y que años antes había sucedido lo mismo varias veces. Recordaba, mientras la canción me cruzaba entre las orejas, una sensación casi física cuando Manson cantaba "all hate has got me nowhere, I know I'm slipping, I know I'm slipping, I know I'm slipping away". Casi física, no específica, pero cargada de matices que alternaban entre mis emociones actuales (mucha rabia e impotencia) y que hacían al sentir una tarea de tiempo completo. Poco a poco, mientras la canción se llenaba de los nuevos sentidos que antes no tenía y así yo me relajaba, empecé a notar mis alrededores por primera vez en todo el día, desde que mi computadora relativamente nueva se apagó por sí misma, como había hecho antes mi vieja computadora (desde la que escribo ahora), recordándome que yo soy ese tipo al que siempre le tocan los aparatos defectuosos.

La canción cambiaba de ser lo que había sido antes por lo que era ahora, y en el proceso se manchaba de leche de un biberón, de la mueca de sinsabor del padre del bebé que contrastaba con la sonrisa inocente del infante, del olor a cadáver de anfiteatro (tieso, acedo, pesado) del bigotón que venía a mi lado, del escote de una muchacha de acaso quince años y sus roces no tan involuntarios contra mi antebrazo, la mano envendada de una señora gorda con bastón y pelo gris, el lento pero ruidoso rodar de las llantas del autobús. Empecé a preguntarme a dónde se iban todas esas ideas y emociones ancladas al morir, o incluso antes, al olvidarlas con el tiempo y a veces sin reemplazarlas otras.

Pensé en los libros que he leído y en lo que yo he escrito: dos maneras distintas de imprimir mi propia existencia, quizá para no morir saturado o para poder seguir cambiando. Pensando en esos libros que leí hace más de quince años, todavía un niño, y evocando aquellas rugosas partes de mí que había abandonado entre esas páginas pensando que hacía lo opuesto. Porque no lo sabemos, creemos lo contrario, cuando al darle un valor de memoria a un objeto lo que hacemos es descarnar esos bloques emotivos de nosotros para ya no cargarlos. Miramos a ese contenedor y su recubrimiento se interioriza en nosotros, pero ya no es parte de nosotros sino de ese objeto, y sólo si nosotros lo volvemos a ver, si lo activamos. Nunca es lo mismo si logramos recordar que existe el objeto, y lo que sentimos entonces no es sino una sombra de lo que sentimos al desprendernos, un recuerdo de los recuerdos de sensaciones que vivimos hace tanto tiempo. Y en los libros hay mucho de eso, sobre todo en los colores con los que, si cerramos los ojos, recordamos que está pintada la historia, pues no se trata sino de nuestra propia paleta que los ha coloreado.

Si recuerdo libros que he leído una sola vez puedo precisar, por ejemplo, que Sobre héroes y tumbas es azul oscuro (y creo que ya lo había dicho), incluso café en segmentos, y rojo sangre después del "Informe sobre ciegos". Pero esa administración no es gratuita ni enteramente independiente, sino que se forma en parte por el libro mismo, y en parte por mí: por esas mañanas en el autobús al COLEF, por la playa nublada y fría, por mi gastritis de entonces, mi dolor de espalda, las dos cajetillas diarias que el estrés me aventaban encima, los cafés con canela y cardamomo, por conversaciones con Zamara en el camino de la cafetería a nuestro salón de clase, por mi primer desprendimiento de Michelle después de haber estado con ella por primera vez, mi depresión al volver, los caracoles de marzo, el insomnio. Y si pienso en Bogotá esa primera vez recuerdo una ciudad siempre lluviosa, húmeda y nublada, verdísima, con olor a tabaco y café y costumbres extrañas. En cambio, recuerdo Tokio Blues con el amarillo de una borrachera interminable, pero también con el azul cielo con el que recuerdo a Guadalajara, a donde sólo he ido una vez y donde leí la segunda mitad de esa novela. La primera parte como las cervezas inagotables de haber recuperado a mi mejor amiga, y todo el proceso de haberla perdido antes, y la segunda como el aire diferente y despejado de una ciudad desconocida. Pero si recuerdo El general en su laberinto, o la mayoría de los cuentos de Poe, siento que un gris verdoso, indefinido, se avalancha sobre mí como neblina. No sólo mis emociones son ambiguas, sino que siento indecisión y frío, extrañeza y decepción. Recuerdo también la biblioteca de la universidad cuando cursaba Medicina, con sus paredes amarillentes y su alfombra de borgoña, sus estantes de metal mal pintados y los libros llenos de polvo y humedad, libros gastados, libros prematuramente viejos. No sabía qué hacer, leía todo el tiempo para entretenerme y dejar de pensar que hacía lo que no quería, que iba por un camino que no era uno que a mí en verdad me gustara (sin embargo, siempre hablo de esos años, busco la manera de recordarlos casi diario). Y si pienso en Carpentier, en esas lecturas sobre un sofá de cuero, frente a una gran ventana y a la luz entrando hasta el atardecer, siento una saturación deliciosa de placeres y comodidades ubicuas que nada tienen que ver con los textos sino con otras cosas, con botellas de vino y recorridos por Google Maps y pueblos foráneos en domingo. Cada libro, así, guarda mis recuerdos como un rollo de fotografías sin revelar.

Puedo traer a mí la situación de mi cuerpo, puedo verme leyendo el libro en el autobús o sobre mi cama, y si la emoción es demasiado pesada y relaciono el lugar en el que me encuentro con ese momento, entonces me canso y deseo haber cambiado, por ejemplo, la estructura de mi habitación. Es bueno mover la cama, el escritorio, cambiar los libros de libreros y los libreros de lugar, para que el cuarto no sea el mismo de esa vez que uno llegó llorando y borracho a las cuatro de la tarde, y que ese recuerdo pueda aislarse y desvanecerse cuando ya no haya nada físico que lo ate a uno. Es sano, también, que ese otro momento, en el que después de un triunfo gozamos sobre la cama, pueda irse deslavando con el tiempo para que así al suceder algo similar (o distinto pero de buena intensidad) no comparemos cuál fue mejor sino genuinamente creamos (y es así) que esta vez es, que ahora tenemos más que antes. La presencia inamovible de las cosas constantes, su peso inmortal como el de las piedras, hace que esa totalidad nos sofoque y disminuya. Es buena la mudanza, y es bueno hacer las cosas las menos veces posibles. Quizá haya libros que relea, varios, que leo y vuelvo a leer, a veces completos y otras sólo fragmentos, pero para evitar un círculo vicioso (porque tiendo a ellos, aunque sea por medio de tangentes) trato de tener los más posibles, de siempre tener algo nuevo y algo "obligatorio" que me empuje a no caer en una rutina emocional, y que me ayude a disgregarme lo más posible, a separar en cuántas imágenes más mi propia memoria.

En cambio cuando escribo habrá otras cosas detrás, y que jamás serán divisables, cosas que hacen que lo escrito (a diferencia de lo leído) tenga un valor más íntimo todavía del que podría tener. Porque el plano de las emociones se enriquece en dimensionalidad, se ensancha, se profundiza y se alarga, se nutre de los recuerdos que —ya sea por capricho o naturalidad— acompañan a la imagen de la que nació lo escrito (a veces una influencia grande, otras una mínima y casi sin relevancia para mí), de mi estado emocional en el momento de escribir, de mi memoria reciente y de lo que los mismos narradores y personajes sienten y han ido sintiendo desde que empezaron a crecer adentro de mí. Mis textos son más el condensar mi presente que mis lecturas, pero son instancias irrecuperables y que, al igual que mis lecturas, sólo existen para mí al volver a leer mis textos. Nadie sabría que una ciudad de piedra gris, de grandes murallas y erigida sobre un desierto, me trae tristeza porque cuando escribí sobre esa ciudad buscaba un refugio en el cual esconderme de mis insatisfacciones de aquel momento y de la derrota inminente que sabía que vendría una vez que tuviera que enfrentar esos meses en los que estuve huyendo más tarde, cuando hubiera preferido no huir sino hacer lo opuesto: estar presente. Quizá la ciudad en el desierto pueda pensarse cercana al escape, a la búsqueda por la soledad, ¿pero puede remitir a la tristeza que siento por haber tenido ese campo de pensamiento en ese tiempo? Nadie puede leer en mis textos tristes la felicidad y plenitud con la que llegué a escribirlos, ni cómo me sentía en ese momento, completo y lleno de cafeína, cuando anoté por primera vez la muerte de un personaje, el amor de toda la vida de mi protagonista, basada no en una amiga sino en un amigo a quien en parte detestaba pero a quien por nada del mundo hubiera querido ver muerto. No todo lo que he escrito triste transmite felicidad; algunos textos están repletos de rabia o de gallardía, pero yo al leerlos veo un abismo gris que me hincha. En un cuento el narrador es un asesino que entra a casas que fueron dejadas abiertas durante la noche, y su voz, tétrica y temblorosa, me produce la calma de un niño arrullado por su madre, mientras que la ciudad en la que sé que vive (y de la que no describo ni una sola casa, ni una sola calle) me causa escalofríos y una tendencia a acurrucarme.

La elipsis se vuelve el recurso más utilizado, aún sin nadie se percata de ello. Omito descripciones que se llenan con imágenes mías, porque sé que así como a mí me sucede les sucederá a otros. Muchas veces, al leer sobre cierto metro de París, imagino no la estación que es (y que he visto en alguna película), sino otra estación, de un metro diferente y que yo recuerdo y que no necesariamente es real. He visto el rostro de una actriz o de alguna amiga con la voz de una mujer que es asesinada por un negro, pero también he visto a la misma ciudad en la que todo sucede en mis textos y en otros. Todo habita, parece, un solo mundo, y así siempre que leo "frac de a rayas" pienso en el mismo frac de a rayas, y la imagen se añade a la del personaje que lo trae puesto, que puede a su vez ser un derivado de conocidos o un esbozo más imaginario, dependiendo de qué tan severa sea la descripción, pero siempre sumando los rasgos que siempre que son mencionados me vienen a la cabeza: sólo hay un bigote recortado, sólo hay una calva prominente, sólo hay una gran nariz ganchuda. Es así como un texto se vuelve más íntimo y a la vez más sembrado de posibilidades. Cada vez que se habla de un túnel, el túnel no es el mismo para todos, y eso está bien. Yo escribo que había sólo una taza con un poco de café sobre la mesa, pero dudo que muchos piensen en la misma taza de Viena sobre una mesa japonesa, y que huelan los ciruelos del patio sonando bajo el viento, y que el atardecer anaranjado que traspasa el portón del santuario se refleje sobre el pasto. Yo sólo mencioné una taza sobre una mesa, pero he pensado en todo este cuadro, y a la vez nada es originario de ahí: la taza la vi en el mercado de la Lagunilla hace poco más de tres años, la mesa en una fotografía que me mostró Naoki de su casa hace casi ocho años, el jardín no es en realidad japonés sino una mezcla de la casa de mi abuela en Estación Rosales (a donde no he ido en más de cuatro años) y el de la casa de Giselle a la que fui hace también casi tres años, el atardecer quizá sucedió en mi infancia, y el portón es uno de Villa de Leyva que vi en enero de este año. Cada vez que lea este texto, volveré a recordar ese cuadro, a todas esas cosas de naturaleza tan distante conviviendo en la misma habitación. Y aunque hubiera descrito todo hasta el mínimo detalle, ningún lector vería las mismas cosas que yo, porque ninguno de ellos estuvo ahí, detrás de mis ojos, cuando vi todas esas cosas. Y eso está bien, es lo que debe ser, para que llene los textos de sus recuerdos como yo he hecho con los libros que he leído.

Después, satisfecho, dejé de pensar en todas estas cosas y decidí escribir sobre ellas, pero cuando caí en cuenta de que no tengo mi computadora nueva, que estoy en esta vieja máquina sin letra e ni letra a, no pude sino cargar una estampida de emociones, la de todos los malos momentos que viví en esta computadora. Justo entonces, a punto de volver a la ira de varias horas antes, apareció al otro lado mi mujer, pronta a dormir, y al verla encobijarse y cerrar los ojos pude ver a esta misma máquina en sus buenos momentos, aún si sus mejores no fueron los míos, pues las mejores cosas que viví en este aparato no tienen mucha relación con el mejor desempeño que alguna vez tuvo, hace seis o casi siete años. Y así todo.

0 han dicho algo.: