domingo 18 de septiembre de 2011

Con placer desde mis manos (matándolos a todos)

Me he vuelto considerablemente aburrido durante el último par de años, lo sé. Dejé de beber y de usar drogas, de madrugarme entre putas y despertar cinco días después sin la certeza de haber hecho las cosas o de haberlas planteado y nunca concluirlas. Ya no salgo, no aguanto despierto después de las dos, nunca me acabo mi cajetilla diaria.

Recuerdo esas aventuras como algo lejano, y mi último ataque severo de paranoia está ya más olvidado que presente. Pareciera como si acabara de salir de un centro de rehabilitación, abrazando a un crucifijo y castrando de pronto mis pensamientos impíos frente a unas piernas adolescentes. Pareciera. Porque todavía, a veces, dejo de escuchar la voz de mi prójimo. En su lugar, un pitido sólido y de volumen ascendente llena mi cerebro. La gente cree que la sigo escuchando.

Martina mastica. Su hermano, Jorge, me habla de algo que dejé de entender hace cinco minutos. Los dientes de ella suben y bajan con un movimiento semicircular, suave como el de una góndola detenida en medio del río. Él se entromete, nubla mi visión del blando esmalte de Martina, del jugo de uvas que se desliza entre sus comisuras y es interrumpido por una servilleta tímida. Se limpia mecánicamente, sin dejar de masticar. Yo aprieto la pluma con la que escribía antes de que ambos se sentaran conmigo a la mesa y yo empezara a verla a ella, primero el cuello, después sus clavículas, luego el escote y finalmente la boca, llegando de un salto desde el centro de su pecho a ella como si fuera necesario, como si no pudiera hacer otra cosa. Empuño la pluma como a un puñal, pienso en la relación etimológica que hasta entonces no había notado (la raíz puño), no dejo de mirar a Martina, la boca de Martina, los labios, los dientes, la lengua de Martina, el puñal, el cuello, mi mano apretada, mi mano empuñando, Martina deglute, traga, pasa, y los músculos involucrados se tensan y su cabeza se agacha y entrecierra los ojos (no los había visto hasta ahora) y frota sus labios entre ellos y regresa a su posición inicial y lleva otra uva en su dedo y abre la boca —sus labios— y apoya la uva —su lengua— y cierra los dientes y mi pluma, mi pluma enterrada en el cuello de Jorge con una estocada veraz y acelerada: se lentifica el tiempo. Su rostro abriéndose en una mueca de asombro (todavía no de dolor), su cuello doblándose poco a poco por la fuerza del impacto (he enterrado la pluma hasta la empuñadura, es decir hasta mi puño, que ahora empuja su cuello como un martillo), la sangre brotando como piedras tras un impacto asteroidal, la carne de mi brazo temblando (disipando la fuerza del impacto), los ojos de Martina entrecerrados y plácidos y enfocados en el frasco de uvas sobre la mesa. Jorge sigue hablando, escucho que dice algo sobre Eliseo Alberto. Aprovecho para encender un cigarrillo y mirar al horizonte y contestar, después de unos segundos en los que pienso qué pudo haber estado diciendo, “no sé, la verdad no lo leí nunca”, una respuesta que, no importa de qué haya tratado la conversación, es válida.

“American Psycho”, pienso, “Patrick Bateman, Patrick Bateman, Patrick Bateman”, me repito constantemente, sin dejar de ver la boca de Martina, recordando la de Graciela y la de Alicia. Me había encontrado con Bret Easton Ellis en una librería de San Diego por accidente un par de semanas antes. Pasó a mi lado. Dos veces. Una tercera y se quedó ahí, viendo libros, hasta que me preguntó si tenía alguna pinche idea (fucking idea) de dónde había un puto baño (bitching restroom). Le dije que no sabía y me fui. Fingí no reconocerlo, y quizá no se enteró que lo hice, cosa que puede haberle agradado (pensar que no sabía quién era, o darse cuenta de que fingía desconocerlo). Consciente de ese tipo de situaciones, pedí un café en una barra que había al fondo de la librería, y mientras la muchacha que me atendía en español desde antes de que yo hablara me lo preparaba, yo me veía reflejado en la pared de cristal por la cual entraba el sol y se veían afuera un par de gringas fumando en shorts, con lentes oscuros y sombreros de ala ancha. Me vi desdoblar, en esa pared-espejo-ventana, y ese otro yo (apenas una sombra) saltaba sobre el mostrador y le pateaba en la cara la cafetera hirviendo a la muchacha. Su piel se desgarraba y humeaba, al rojo vivo nacían llagas en un instante, y yo todavía la pateaba en el suelo mientras ella se retorcía como un insecto quemado con ácido. “Aquí tienes”, me dijo, dándome el latte que pedí pese a mis costumbres (últimamente, cuando no me siento del todo presente, pido lattes), y después explicándome, con ese tono patético y explicativo que dice “sé que no me recuerdas pero yo a ti sí”, que nos habíamos conocido en una fiesta hacía un año, más o menos. Me llevé un cigarrillo a la boca, presionando sin decirlo (que ya me iba, que no vamos a hablar mucho más tiempo), y contesté con el encendedor en la mano como señal de prisa que “no me acuerdo de esa fiesta: andaba muy borracho”.

Antes estas alucinaciones sucedían cuando estaba más aburrido. Ahora no parece haber distinción, ninguna manera de explicarlo a través de mi estado de ánimo. Hace un par de días, por ejemplo, en el taxi, se subió una muchacha con un vestido floreado. Era atractiva. Yo leía a Javier Marías (o fingía leerlo: la observaba, su suave escote y sus piernas torneadas y su piel blanca) y escuchaba a Bartók (o fingía escucharlo: la observaba, sus clavículas sobresalientes, su cuello musculoso). Me sentía bien, con un cosquilleo en la cabeza del pene, dejando que sus piernas desnudas se frotaran contra mis pantalones con el mecer natural del coche y que en el proceso su vestido fuera deslizándose y deslizándose, aunque fuera unos milímetros. Yo abría mi mochila, sobre mis piernas, y con la mano izquierda empuñaba otra vez la pluma, la misma pluma, y me abalanzaba hacia ella, se la enterraba bajo el pubis, bajo la falda, entre las piernas que había abierto por un instante (sólo un instante) para acomodarse mejor el calzón que ahora se hundía en su sexo perforado y lleno de sangre. Pedí la parada y no la voltee a ver, ni cuando le pedí permiso para bajar ni cuando, al cerrar la puerta, después de que ella volviera a sentarse y abriera sus piernas sin intenciones, supe de reojo que sus calzones eran más pequeños y rosados de lo que había supuesto.

En otro momento, a un compañero le quebré la columna con una silla de metal, golpe a golpe; a una profesora la molí a puños y golpeé su cabeza contra el pizarrón tan blanco hasta partirla; al resto los imaginé amarrados en el suelo, con paquetes de C4 atados a las plantas de sus pies, explotando uno por uno hasta que con sus gritos sumados morían de desangramiento y convulsiones. Nadie escapó ese día, ni mis padres ni mis hermanos, tampoco mis tortugas.

Desperté a la otra mañana buscando la sangre entre mis dedos pero sabiendo ya que no iba a encontrarla: siempre es así, y dejé de esperar, hace mucho, el milagroso día en el que de verdad haya pasado.

La mayoría de las veces dura sólo un instante. En raras circunstancias estoy así todo el día o toda la noche, y todavía más extraño es estarlo ambas, o incluso más si se prolonga a la mañana siguiente. No sé a qué atribuirlo, pero sé que cuando sucede sonrío y después comienzo a sudar así no haga calor. Entre más vívida y violenta sea la muerte, más se crecen estos signos y más placentera es mi estadía posterior en las habitaciones de la realidad. Es verdad que en esos momentos me desvanezco de entre los demás, y suelo confundir el momento (a mis amigos) con un trance escritural, con esa modalidad autística en la que me sumo antes de escribir o cuando se me ocurre una historia y escribo mentalmente un primer borrador. Como cualquier buen pretexto, con el tiempo ya a nadie le importa qué esté haciendo en realidad: siempre que mi mirada se pierde en medio de la nada ya saben que no voy a contestar pronto, aunque la verdad es que pocas veces se dan cuenta: como dije antes, la mayor parte del tiempo creen que sigo escuchando.

Así compenso mis hábitos tranquilos de ahora. De cierto modo, es como comprar mucho papel de baño de un jalón: así uno sabe que puede caer con la peor diarrea del mundo en cualquier momento de su vida sin temor a que se quede sin qué limpiarse antes de tener la solvencia necesaria en el colon para poder salir a la calle a buscar raciones. Quebré tanto mi mente que basta cualquier cosa (y que ni siquiera sé que es) para exaltarme, y eso siempre se agradece cuando no hay nada mejor que hacer. ¿Cómo soportaría, si no, tanta carne tan blanda y vida tan frágil, tan preciosa, si no fuera despedazándola, desarticulándola, matándola?

2 han dicho algo.:

Consolation Des Arts dijo...

"la ficción es y será" siempre más interesante, tan llena de colores...tal vez usted pueda ser un asesino amante de la sangre...yo, simplemente una enigmática mujer, una campesina o en el mejor de los casos una dama del 1800...........
Saludos...pero... antes, cuando lo leía, siempre creía en lo que escribía...ahora no, tal vez porque era la realidad de un sueño...en fin...

Reiben dijo...

Porque siempre me has creído la ficción, pero nunca la realidad, y esto hace tiempo no es ficción sino realidad.