viernes, 13 de mayo de 2011

Abaddón

Hace un par de semanas empecé a leer Abaddón el exterminador, sin ninguna relación con la muerte de Sabato, sino que por coincidencia era el aniversario de la última vez que leí Sobre héroes y tumbas. Lo de su muerte fue algo quizá afortunado, aunque para un fantasma que lleva décadas flotando en el vacío eso puede que sea indiferente. Para mí fue un alivio, en parte porque anuló un impulso por ir a Buenos Aires a buscarlo, impulso que seguramente él no hubiera apreciado y por el cual yo hubiera tenido que invertir demasiado: un sueño adolescente sin justificación ni garantía. Antes de que muriera yo no quería que muriera, pero ahora que ha muerto me parece saludable que lo haya hecho. Saludable para mí, más que nada. Eso ya no importa. Lo que importa es lo que pasó después de abrir el empaque del libro.

El libro tenía casi cinco años en mi librero, todavía forrado en celofán, con un precio marcado de una librería que ya no existe. Lo agarré de mi estante sin saber que lo agarraba y lo desnudé de esa transparencia. Llevaba casi media hora viendo todos mis libros, decidiendo cuál de los libros que nunca he leído iba a empezar ese día, en el autobús rumbo a la universidad. Iba, otra vez, a salir al mundo exterior, y para eso quería algo que me motivara, algo que me hiciera olvidar, al menos durante el trayecto, que estaba afuera de mi bastión acolchado y constante: un libro nuevo. Tenía semanas leyendo los mismos libros gordos, y sin darme cuenta había terminado varios y no los había reemplazado con otras lecturas. Había disminuido mi consumo conforme mis ganas de producir incrementaban, pero tampoco había escrito mucho por estar pensando demasiado. Pensando demasiado en qué escribir, pensando demasiado en qué leer. Mi mano sacó el libro. Rompí el celofán. Lo eché a mi mochila. Sólo ahora entiendo que ha pasado un año exactamente desde que volví a leer Sobre héroes y tumbas, aunque no estoy seguro de que eso signifique algo que importe. Caminé hasta la parada de autobuses, tratando de no pensar que estaba afuera y que ese aire, ese cielo inmenso, podía desplomarse sobre mi cabeza en cualquier momento. Me subí al autobús y empecé a leer el libro en cuanto pude.

No había coincidencias. Todo presuponía un orden de las cosas que poco a poco comprendo mejor como una estructuración del mundo a través de mi imaginación. Otra vez la verdad en un libro, un libro que habla de mí, como todos los libros si los leo en el momento adecuado: cuando ellos por su cuenta llegan a mis manos. Es lo mismo que con la escritura: uno puede escribir (leer) lo que quiera en cualquier momento, pero hay ciertas cosas que cobran un significado relevante en ciertos momentos, y sólo en esos momentos adquieren su máximo potencial para uno. En cualquier otro momento escribir (leer) es mero entretenimiento, pero cuando se trata del momento para el texto preciso, se trata de un flujo favorecido por las circunstancias.

La primera página del libro dice lo siguiente:

Pero, después de un largo tiempo sin encontrarlo en La Biela ni en el Roussillon, y cuando supo por los mozos que en todo ese período no había reaparecido, se decidió a llamar a su casa. “No se siente bien”, le respondieron con vaguedad.

“No, no saldría por un tiempo.” Bruno sabía que, en ocasiones durante meses, caía en lo que él llamaba “un pozo”, pero nunca como hasta ese momento sintió que la expresión encerraba una temible verdad. Empezó a recordar algunos relatos que le había hecho sobre maleficios, sobre un tal Schneider, sobre desdoblamientos. Un gran desasosiego comenzó a apoderarse de su espíritu, como si en medio de un territorio desconocido cayera la noche y fuese necesario orientarse con la ayuda de pequeñas luces en lejanas chozas de gentes ignoradas, y por el resplandor de un incendio en remotos e inaccesibles lugares.

Sé que es debatible hablar de una armonía universal extemporánea cuando se piensa que un ritmo inconsciente guía la mano a tomar cosas que quizá en lucidez uno no sabe que sabe. Por ejemplo, yo sabía que Sabato se encerraba, que tenía años encerrado, que la humanidad le dolía, que estar afuera lo hundía más y más en el pozo, y quizá por eso, guiado por mi mano que lo sabía cuando yo no lo tenía presente, tomé ese libro con la esperanza de leer algo que me hablara más sobre mi desasosiego y mi desconexión física con el mundo. Quizá sea debatible, pero por eso digo que no es sino una estructuración de mi mente, de mi imaginación. Esa es la armonía universal de mi mundo, y no sé si pueda existir otra, lo dudo profundamente.

Lo que siguió en las próximas páginas, que hablan del proceso creativo estancado de Sabato por forzar una novela que se opusiera a las fuerzas negativas que amenazaban con destruir al universo, me llevó entonces a retomar mi cuaderno, ayer, y seguir escribiendo una novela que ya no sé si es una ficción nueva o un producto anterior de mi imaginación. Escribí el comienzo de un capítulo, después de varias horas de ver a dos personajes nuevos en mi cabeza, nuevos pero muy familiares, nuevos pero que reconocí como viejos amigos. ¿Quiénes eran en mi vida? ¿Cómo se entrecruzan conmigo desde antes?

No estoy seguro de quiénes se derivan ellos, una pareja. No estoy seguro de si se desdoblaron de una sola persona cada uno, o si son producto de una síntesis de varias personas. Claro, todo personaje es una síntesis, pero en ocasiones predomina una esencia sobre otras, y entonces es que digo que se desdoblan de una sola persona. Estas cosas no me eran claras cuando comencé a escribir sobre ellos, y todavía no lo son, aunque después de esas páginas que escribí anoche siento que les voy encontrando parecido con varias personas de hace cinco años. La duda que me queda al final es sobre lo táctil que me son sus recuerdos mientras los escribo, lo físicas que devienen sus palabras en mí al momento de escribirlas. Los veo frente a mí, sólidos, ya ni siquiera como quien recuerda algo sucedido sino como quien vive algo en el momento. A la vez parecen memoria, como si resurgiera un pasado que había olvidado o que yacía dormido. Entonces pienso que quizá sí haya sucedido todo eso, aunque sea en el pasado que el narrador de esa novela recuerda. Quizá ese pasado sea verdaderamente mío, no como lo es mi creación, sino como lo es mi vida. Quizá yo viví esas cosas, ya no en mi imaginación sino en mi carne. Quizá sí, quizá sean experiencias que he olvidado, que no fueron relevantes en su momento pero que ahora regresan de sus habitaciones oscuras para vivirse otra vez, otra vez, como si fuera el principio de las cosas, la primera vez que vivo todas esas cosas.

En últimas, puede que al final esas vidas me consuman, me dominen, hasta volverse mi vida, y de mí ya no queden sino sombras vagas y disueltas en un mar de experiencias oscuras y sin forma definida.

0 han dicho algo.: