lunes, 25 de abril de 2011

Mi memoria incierta y la escritura del pasado

Hace días salí de mi encierro autoimpuesto. El mundo, un mar de catástrofes en potencia, de muertes violentas probables, me acosaba como un niño a un renacuajo. El cielo, la mayor amenaza, podía convertirse en plomo en cualquier momento y aplastarme, caerme encima, todo, todo ese volumen flotante y que aparenta ser ligero, todo, troposfera, estratosfera, ozonosfera, mesosfera, ionosfera e incluso la exosfera, sin un solo átomo desviado al espacio, todo, llenándome de terror y de exagerada paranoia: me refugiaba, por momentos, entre el techo del autobús y luego el de un Oxxo y después el de un taxi, el de un edificio de cinco pisos, el de la terraza de un café, como si barreras tan ligeras pudieran detener al insomne cielo una vez que decidiera solidificarse y caerme encima. El aire corriente también me atacaba. Cortando mi cara, mi piel que se desvanecía en cada caricia violenta, el viento se llevaba mis facciones de un lugar a otro más remoto, para siempre. Después, lo más terrible, la gente. Tantas personas, tan desconocidas y al mismo tiempo tan familiares, tocándome, abrazándome, besándome la mejilla, disparándome voces que de mantenerse silentes me hubieran hecho menos daño.

Recuerdo el primer cigarrillo que prendí no por gusto sino por necesidad: oculto tras una barda, fingiendo que hablaba por celular, ocultándome de los otros que apenas llegaban y recibían información de mi presencia física, de mi existencia. Entonces, lo peor, fui llamado al frente de un público a leer, y todas esas miradas ajenas reposando en mi barba como dientes de peines de acero me laceraron, me desgajaron hasta que me fue puesto el micrófono enfrente, los miré a todos a los ojos, y dije la primera palabra.

Me sentí vivo. Por un momento estuve vivo. Vivo y ligero, floté de una cabeza a otra, resonando entre sus oídos y detrás de sus ojos, en cada lengua y cada paladar y cada garganta. Leí mis textos, entre los que después alguien reconocería historias familiares, historias vividas juntos e historias compartidas, historias que hablaban de un pasado, un pasado en común, de personas y momentos y emociones de antes.

Pasó durante dos días consecutivos.

Dos días después, la última vez que estuve afuera, perdí el derecho a poseer partes de mi memoria al confrontar mis recuerdos con los recuerdos de otras personas que estuvieron conmigo en ese mismo momento que yo recordaba, recordándolo de otra manera. Tuve que preguntarme si mis recuerdos podían ser compartidos con otros o si eran estrictamente míos, restringidos y privados y frágiles. El mundo que había hecho para habitar, perfecto sobre todo por sus errores e infortunios, colapsó en momentos, en situaciones, en paredes completas, en pisos enteros, en edificios y colonias, en sectores grandes, en ciudades, en países, en continentes. Fue abandonado, mi mundo, en su mayoría. Y después de llorarlo y de pasar el luto, decidí volver a construirlo. Lo hablé con mi mujer. Le dije “amor, necesito tener un pasado, necesito venir de algún lado”, y ella me recordó que yo no vengo de ningún lugar, que “de donde vengo es imposible que viniese, [que] por eso no estoy aquí”. Entendí en sus palabras que yo soy libre de crear mi origen, que soy libre de crear mi futuro. Volví a escribir.

“Han habido momentos en mi vida que, aunque recuerdo con claridad, no sucedieron. Hasta qué punto esos momentos me forman me es incierto. Sé que no se trata de cimientos, de nada verdaderamente esencial, sino de instantes catárticos que cierran un capítulo para abrir otro. Sin estos momentos, en mi memoria, mi vida tiene una ilación continua y plana, en la que todo sucede hasta un punto justo antes del clímax de un capítulo. Sin estos momentos no dejo de ser quien soy, pero sí soy un yo incierto y desconocido para mí mismo, un yo sin bordes, sin asperezas, sin abismos. He decidido, entonces, no aceptar la realidad. He decidido alimentarme de mis recuerdos. He decidido mantenerlos, así sea sólo para mí, en privado, como sucede con los sueños. No pienso escarbar más. Voy a construir esos recuerdos, en mis textos. Voy a escribir esos recuerdos para que persistan más que yo, más que la verdad que los anula. Al final, quiero que esos recuerdos sean ese yo de entonces, ese yo que también vivía encerrado, encerrado en su imaginación.”

El párrafo anterior está en mi diario con la fecha 24 de abril de 2011. Lo escribí en la madrugada.

El pasado, he leído mucho en estos días, por todos lados, es eso. Proust escribió su pasado para no perderlo, para entregarlo, para volverlo real y edificar alrededor de él un mundo en el que circulara todo el mundo que lo había escrito a él, antes. Anaïs Nin dejó un mundo testimonio con su pasado y el de otros en los registros de sus diarios por medio de sus emociones desnudas, de sus pensamientos cotidianos, de sus deslices, de sus juicios, de sus visiones. Vila-Matas parte de su pasado para hablar de su presente y del proceso de escritura, y por medio de sus motivos y de sus reflexiones que giran como reguiletes forja un mundo en el que las coincidencias y los encuentros fortuitos acompasan una armonía mayor, un designio detrás del caos y del absurdo, una vida fundada por el estilo. Yo escribo con un pasado ficticio para darme un lugar dentro de mi propia escritura, para vivir y recordar por medio de mis personajes lo que no me es permitido vivir ni recordar afuera de ellos. Escribo sobre un pasado que, mientras pensé que vivía, no sabía que estaba escribiendo como una posibilidad alterna para sobrevivir a mi propia incapacidad para vivir coherentemente.

Quizá en algún punto, dentro de muchos años, ese sea el verdadero pasado, cuando nadie pueda negarlo y nadie pueda romperlo y tampoco importe porque será tan lejano, tan distante, que nadie podrá recordarlo con certeza. Como yo no puedo ahora, como no podré nunca.

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