Estoy gorda. Peso un kilo más que la semana pasada. Estoy muy gorda. Peso siete kilos más de lo que debería pesar.
Mi novio dice que no le importa cómo me vea, le gusta cómo me veo. Que le gusta cómo las medias me surcan la carne de los muslos. Estoy gorda. Peso siete kilos de más y los tengo que bajar para pasado mañana. Mi novio dice que le gustan mis muslos partidos por las medias. Mi novio no entiende. “Como un chorizo”, pienso cada vez que me dice que le gustan mis muslos partidos por las medias. Me gustan tus muslos partidos por las medias [como un chorizo]. Le agrego las palabras que le faltan y pienso que estoy gorda. Pienso que para pasado mañana tengo que pesar siete kilos menos, que voy a llegar al estudio de grabación y que el director me va a decir que estoy gorda y que mis muslos parecen chorizos cortados por las medias.
El director me va a tratar como a un par de chorizos abiertos en ángulos de cuarenta y cinco, noventa, ciento veinte grados, pero no ciento ochenta grados porque estoy gorda y no puedo abrir tanto las piernas. El director va a cambiar los ángulos que había pensado, va a modificar toda la escena en el momento porque estoy gorda.
Mi novio no entiende que esto es una guerra. Que estoy en una batalla que se detiene y que se retoma la próxima semana.
Mi novio no entiende que después de que termina el combate empiezan los preparativos para el siguiente.
Mi novio no entiende que lucho para que mis muslos sean rectos y firmes, perfectos, para que el director no me llame “pedazo de manatí” y “vaca bípeda”.
Mi novio no entiende, pero tampoco quiero que entienda, tampoco quiero contarle, tampoco quiero que se entere, aunque sea cuestión de tiempo para que lo sepa.
Pude haberle contado. No era que me sintiera liberada ni ninguna de esas pendejadas que dicen las otras en las entrevistas. Tampoco era que siguiera un sueño, ni que me faltara el dinero, ni que quisiera probarme a mí misma, ni nada de eso. No le conté porque si no lo hacía era combatir por una causa mía. No era que no tuviera mis propias causas, sino que aquí eran completamente íntimas.
Completamente íntimas y públicas y él nunca se enteraba.
Cada vez que una embestida salvaje me partía la cadera, cada vez que un disparo directo caía en mi lengua sin ninguna gota desperdiciada, cada vez que el filo de estante de unos dientes extranjeros me cortaban, cada vez que alguien me cargaba y me tiraba como a un trapo y me arrastraba y me dejaba en cuatro patas y me detenía por detrás mientras yo arañaba el suelo y mis rodillas temblaban y mis piernas se rompían y me derrumbaba y me volvían a levantar y me volvía a derrumbar, cada vez que tenía frente a mí una cámara, era una batalla ganada.
Batallas íntimas, grabadas, vendidas, re-vividas, elogiadas por el tiempo justo y la memoria colectiva.
Batallas glorificadas.
Batallas de leyenda.
La guerra es constante, es contra nuestro propio cuerpo y contra el cuerpo ajeno. La guerra es contra el cuerpo de todos los otros, todos esos cuerpos ajenos, que ven a los nuestros, a nosotros, como infecciones.
La guerra es contra las monjas que viven en el edificio de enfrente del estudio que nos han echado a la policía un par de veces. Por eso grabamos con la ventana abierta, por eso muchas veces saco la cabeza por la ventana y grito que me gusta, que más, que más, que más duro.
La guerra es contra mis padres que me decían que me casara y tuviera hijos, que no lo hiciera por placer porque es pecado. Por eso grabo con los ojos mirando al cielo, a su dios, para que él les cuente cuando recen por mí que hoy grabo una escena con más amantes en ella de los que ellos tuvieron en toda su vida, juntos.
La guerra es contra mis hijos que nunca van a nacer porque desde ya les estoy negando a la madre que quisieran tener, a la madre que merecen tener, a la madre que creen que deberían tener porque alguien les dijo que hay un tipo de madre que es la madre y otro tipo que no es una madre sino una enfermedad. Por eso cuando grabo los beso a todos, para darles el amor que es de todos, el amor que tengo para darle a todos mis hijos que se alimentan de mi pecho.
La guerra es seguir frente a una cámara y no fingir que me gusta, porque sí me gusta y no tengo que fingir, porque lo hago porque quiero y todos lo hacemos porque queremos y por eso lo vamos a seguir haciendo.
La guerra es que cuando lo haga y diga que lo hice no me miren con asco, no se asusten, no me censuren, no se caigan del horror porque he hecho, he hecho y he sentido, he sentido lo que quisieran sentir.
Pasado mañana grabo y tengo siete kilos de más, estoy gorda y mi novio no entiende y el director me va a decir que por eso no puedo abrir las piernas en ciento ochenta grados y que mis muslos parecen dos chorizos cortados por las medias.
A mi compañero le va a dar igual. Me va a dar igual de duro. Va a terminar igual de denso y yo me lo voy a tragar, como siempre, sabiendo que otra vez he ganado a pesar de todo, que otra vez he combatido y triunfado aunque todas las probabilidades siempre hayan estado en mi contra.
Siempre gano.
Soy Judith y estoy gorda y siempre gano.
Hola, soy Judith, tengo diecinueve años, estoy gorda y quiero que me dejen ser una pornstar.
1 han dicho algo.:
Maravilloso cuento Rafa: todos somos gordas.
Publicar un comentario