lunes, 25 de abril de 2011

La gorda, en Picnic no. 38

Hace unas semanas me llegó el número 38 (febrero-marzo 2011) de la revista Picnic, Guerreros. Adentro, un texto mío, “La gorda”.

Semanas antes, en Bogotá, recibía un correo en el que decía que mi texto original para la revista se pasaba un poco en lo gráfico, en lo explícito. “Wey, me están censurando por primera vez en mi vida”, pensé. Y sonreí. Me gustó la idea. Me sentí importante. Que mis palabras pudieran causar estragos, al desnudo, significaba que mis palabras eran peligrosas, que estaban cargadas de poder y pasión más allá de las convenciones fuera de lo convencional. “En últimas”, pensé, “mis palabras pueden afectar a otros”.

Acepté la oferta de modificar el texto, sin más intervención que una nota ligerísima en la que se me pedía de buena gana, si yo quería, que cambiara frases explícitas por frases más sugerentes, sin sugerirme ninguna frase ni ningún cambio específico. “Puedo publicar el original en mi blog”, pensé, todavía enamorado de mis palabras viejas. Edité el texto. Volví a México.

Cuando había olvidado el tema, semanas después, entró mi mamá a mi habitación con un paquete con mis ejemplares adentro. Lo hojee, enamorado del olor a revista nueva, tinta fresca, papel caliente, mi texto publicado. Lo leí. Me gustó. Le di una revista a mi mamá para que la leyera. “Está muy fuerte tu cuento”, me dijo a los dos días, “pero me gustó”.

Un mes después, la semana pasada o antepasada, leí en público el cuento. Antes de leerlo comenté un poco esto, de cómo originalmente el texto era otro y después lo modifiqué y ahora tenía dos textos y no sabía qué hacer con uno, el viejo, porque estaban ahí sus palabras como camisetas sucias, sin lavarse, sin usarse, hediendo en una esquina de mi habitación, y prometí subirlo aquí para que se leyera, para que tuviera un lugar. Después leí el texto, como aparece en Picnic, en voz alta. Me gustó. Me gustó mucho.

Me gustó tanto que decidí que ya no voy a publicar el original en ningún lado. Esas camisetas estaban muy gastadas, y las tiré de una vez. Quizá alguien, en el basurero, las encuentre y las use. Quizá debí donarlas. Quizá, quizá, quizá, lo mejor sea olvidar que hubo una versión previa, porque ese cuento de antes fue un paso antes del cuento final. Muchas veces me ha pasado eso.

El fin de semana pasado le contaba a un amigo que tenía un libro al borde de la publicación, pero que ese libro, adentro, tenía varios otros libros: los libros que había ido escribiendo antes de llegar a este, y que por muchos cambios en mí se convirtieron en este. En muchas ocasiones, amigos que conocieron esos libros viejos, o su proceso, se lamentan porque “abandoné” el proyecto, de uno u otro modo. “Tenía un título genial” o “daba para una obra independiente” o “me parecía más sobrio que lo que estás trabajando ahorita” me han zumbado en los oídos por los últimos cinco años. La verdad, hay que dejar ir esas cosas. Si el texto se amarra por mucho tiempo invariablemente se transforma, de muchas maneras posibles: a veces reescrito en otro texto, como una versión alterna de una canción de jazz; otras, elementos como un personaje o un escenario o algunas imágenes o una sensación se traspapelan o emigran a otro texto, madurando; también, puede ser, el tema evoluciona hacia otro subgénero, y se nutre de coincidencias y aparentes absurdos. Pueden pasar muchas más cosas, pero estas son las que más pasan conmigo y mis textos. No me arrepiento. De nada. Es parte del crecimiento.

Si no se hubiera publicado este texto en Picnic quizá sería otra cosa, quizá seguiría cambiando, a través del tiempo, hasta que se publicara eventualmente, quizá como algo que ya no se le pareciera en lo absoluto. Lo más probable es que así sería.

Aquí queda, “La gorda”.

***

La gorda

Estoy gorda. Peso un kilo más que la semana pasada. Estoy muy gorda. Peso siete kilos más de lo que debería pesar.

Mi novio dice que no le importa cómo me vea, le gusta cómo me veo. Que le gusta cómo las medias me surcan la carne de los muslos. Estoy gorda. Peso siete kilos de más y los tengo que bajar para pasado mañana. Mi novio dice que le gustan mis muslos partidos por las medias. Mi novio no entiende. “Como un chorizo”, pienso cada vez que me dice que le gustan mis muslos partidos por las medias. Me gustan tus muslos partidos por las medias [como un chorizo]. Le agrego las palabras que le faltan y pienso que estoy gorda. Pienso que para pasado mañana tengo que pesar siete kilos menos, que voy a llegar al estudio de grabación y que el director me va a decir que estoy gorda y que mis muslos parecen chorizos cortados por las medias.

El director me va a tratar como a un par de chorizos abiertos en ángulos de cuarenta y cinco, noventa, ciento veinte grados, pero no ciento ochenta grados porque estoy gorda y no puedo abrir tanto las piernas. El director va a cambiar los ángulos que había pensado, va a modificar toda la escena en el momento porque estoy gorda.

Mi novio no entiende que esto es una guerra. Que estoy en una batalla que se detiene y que se retoma la próxima semana.

Mi novio no entiende que después de que termina el combate empiezan los preparativos para el siguiente.

Mi novio no entiende que lucho para que mis muslos sean rectos y firmes, perfectos, para que el director no me llame “pedazo de manatí” y “vaca bípeda”.

Mi novio no entiende, pero tampoco quiero que entienda, tampoco quiero contarle, tampoco quiero que se entere, aunque sea cuestión de tiempo para que lo sepa.

Pude haberle contado. No era que me sintiera liberada ni ninguna de esas pendejadas que dicen las otras en las entrevistas. Tampoco era que siguiera un sueño, ni que me faltara el dinero, ni que quisiera probarme a mí misma, ni nada de eso. No le conté porque si no lo hacía era combatir por una causa mía. No era que no tuviera mis propias causas, sino que aquí eran completamente íntimas.

Completamente íntimas y públicas y él nunca se enteraba.

Cada vez que una embestida salvaje me partía la cadera, cada vez que un disparo directo caía en mi lengua sin ninguna gota desperdiciada, cada vez que el filo de estante de unos dientes extranjeros me cortaban, cada vez que alguien me cargaba y me tiraba como a un trapo y me arrastraba y me dejaba en cuatro patas y me detenía por detrás mientras yo arañaba el suelo y mis rodillas temblaban y mis piernas se rompían y me derrumbaba y me volvían a levantar y me volvía a derrumbar, cada vez que tenía frente a mí una cámara, era una batalla ganada.

Batallas íntimas, grabadas, vendidas, re-vividas, elogiadas por el tiempo justo y la memoria colectiva.

Batallas glorificadas.

Batallas de leyenda.

La guerra es constante, es contra nuestro propio cuerpo y contra el cuerpo ajeno. La guerra es contra el cuerpo de todos los otros, todos esos cuerpos ajenos, que ven a los nuestros, a nosotros, como infecciones.

La guerra es contra las monjas que viven en el edificio de enfrente del estudio que nos han echado a la policía un par de veces. Por eso grabamos con la ventana abierta, por eso muchas veces saco la cabeza por la ventana y grito que me gusta, que más, que más, que más duro.

La guerra es contra mis padres que me decían que me casara y tuviera hijos, que no lo hiciera por placer porque es pecado. Por eso grabo con los ojos mirando al cielo, a su dios, para que él les cuente cuando recen por mí que hoy grabo una escena con más amantes en ella de los que ellos tuvieron en toda su vida, juntos.

La guerra es contra mis hijos que nunca van a nacer porque desde ya les estoy negando a la madre que quisieran tener, a la madre que merecen tener, a la madre que creen que deberían tener porque alguien les dijo que hay un tipo de madre que es la madre y otro tipo que no es una madre sino una enfermedad. Por eso cuando grabo los beso a todos, para darles el amor que es de todos, el amor que tengo para darle a todos mis hijos que se alimentan de mi pecho.

La guerra es seguir frente a una cámara y no fingir que me gusta, porque sí me gusta y no tengo que fingir, porque lo hago porque quiero y todos lo hacemos porque queremos y por eso lo vamos a seguir haciendo.

La guerra es que cuando lo haga y diga que lo hice no me miren con asco, no se asusten, no me censuren, no se caigan del horror porque he hecho, he hecho y he sentido, he sentido lo que quisieran sentir.

Pasado mañana grabo y tengo siete kilos de más, estoy gorda y mi novio no entiende y el director me va a decir que por eso no puedo abrir las piernas en ciento ochenta grados y que mis muslos parecen dos chorizos cortados por las medias.

A mi compañero le va a dar igual. Me va a dar igual de duro. Va a terminar igual de denso y yo me lo voy a tragar, como siempre, sabiendo que otra vez he ganado a pesar de todo, que otra vez he combatido y triunfado aunque todas las probabilidades siempre hayan estado en mi contra.

Siempre gano.

Soy Judith y estoy gorda y siempre gano.

Hola, soy Judith, tengo diecinueve años, estoy gorda y quiero que me dejen ser una pornstar.

1 han dicho algo.:

Aquí su pendejo dijo...

Maravilloso cuento Rafa: todos somos gordas.