lunes, 14 de marzo de 2011

Retrato de familia: el tío aburrido

Tengo un tío, quizá la persona más aburrida de todos los tiempos, que lo único que hace durante las reuniones familiares es pasearse. Al principio se sienta en la mesa, como todos los demás hermanos, una muestra de jerarquía y poder, pero pronto abandona su puesto y empieza su paseos eternos. Visita todas las habitaciones, los jardines, los baños, las cocinas, los cuartos de limpieza, las terrazas, los balcones: todo. Camina despacio, sin sacarse jamás las manos de los bolsillos de sus pantalones, como quien hace una actividad de importancia vital, como quien comprueba que el orden del universo sigue siendo constante y que, efectivamente, ninguna ruptura temporo-espacial ha sucedido durante su guardia. No importa si hay gente o no, él siempre entra, caminar por donde se pueda caminar, y sale por donde llegó. Jamás hace contacto visual. Jamás entabla conversación.

Hubo un tiempo en que sentí lástima por él. Había perdido a su esposa (entonces él no hacía sus paseos), y había encontrado a su hija con un vibrador en el culo. Quizá no fuera relevante dónde estaba insertado el vibrador, pero sí que estaba siendo maniobrado por su cuñado, el hermano de su esposa recién fallecida, el tío de su hija. Mandó a mi prima a uno de esos conventos-reformatorio de la vieja escuela y no la volví a ver, y él empezó a dar sus paseos. Entonces creía que buscaba alguien con quien tener conversación, pero jamás intenté hacérsela pues, sencillamente, no tenía ni un tema del cual hablar con él. Intentar darle el pésame, ya fuera por la esposa o la hija, me parecía incluso más imprudente. Después de todo, ¿quién quiere que le estén recordando constantemente sobre una tragedia personal?

Pasaron años, quizá una década, y en ninguno de esos años hablé con él. Cada vez que escuchaba sus pasos acercándose a donde fuera que yo estuviera concentraba mi vista en algo evidentemente absorbente, como mi celular, o un libro, o la computadora, o fingía que dormía. Con el rabillo del ojo lo veía recorrer la habitación, sin sacar sus manos de los bolsillos de sus pantalones, con toda la seriedad del mundo, como si inspeccionar el mismo lugar que había inspeccionado diez veces antes durante el día fuera crucial para el bienestar de la humanidad. Con el tiempo dejé de pensar que buscaba conversación, pues él mismo la hubiera intentado, aunque fuera de alguna manera precaria y llena de timidez. En cambio, sus paseos seguían un esquema según la casa en la que estuviéramos, y nunca salía del esquema. Por ejemplo, en la casa de mis abuelos el orden de las habitaciones era, iniciando desde la sala después de ponerse en pie y dejar su asiento como cabeza de familia en la mesa, primero la cocina, después el cuarto de mi abuelo, luego el de mi abuela, luego el baño principal, luego el cuarto de la lavadora que estaba tras la cocina por lo que tenía que cruzar la cocina de nuevo (aunque en este punto lo hacía sin inspeccionar pues ese momento había sucedido antes), después el baño del cuarto de mi abuela para lo que hacía lo mismo que con el cuarto de lavado, luego el patio de enfrente, la cochera, el patio de atrás, y finalmente el patio occidental donde antes había una higuera. Unos cinco o seis ciclos después, repitiendo todo, suele sentarse en su silla por media hora o despedirse de todos y salir tranquilamente hacia su casa. Jamás ha cambiado una sola cosa, ni se ha prolongado en una habitación ni se ha acelerado en otra, desde entonces.

Hoy, después de diez años de absoluta mudez, habló conmigo. Asumía que el trauma conjunto de perder a su esposa y, de cierto modo, a su hija, había sido demasiado para él, al grado de impedirle el habla, pero no fue el caso. Lo que pasaba era que hablaba toda la mañana, como un desquiciado, frente al retrato de mi tía (y quizá sí se trata de un demente), y para cuando nos reuníamos se encontraba seco, sin voz y sin nada que contar. La mayoría de las cosas que le contaba al retrato, me explicó, tampoco eran tan relevantes, pero contárselas evitaba que explotara violentamente ante cualquier comentario más o menos relacionado con la muerte o la pedofilia incestuosa y, como es fácil de suponer, la mayoría de los comentarios versan alrededor de estos temas. Me contó estas cosas, también que le gustan las películas de sci-fi barato, las de terror donde un psicópata mata a muchos adolescentes, y las de mafiosos. Me explicó que el motivo por el que me había regalado archiveros y pantuflas y CDs no era porque fuera él tan aburrido como para creer que eso realmente me iba a interesar, sino que era tacaño y aparte distraído y no tenía idea de qué me podía gustar. También me dijo que no leía, ni le gustaba la literatura, pero que respetaba mucho mi trabajo como escritor, aunque todavía no publico nada ni termino ningún libro porque siempre estoy postergando y postergando con el limbo de la corrección como pretexto. "Aunque no te he leído te he visto crecer, y uno se da cuenta cuando lo que se hace es bueno para uno o no, y tú has cambiado para bien". Eso me dijo, literal. Antes de despedirse me pidió que alguna vez escribiera sobre él, pero que no hablara ni de la muerte de mi tía ni de la precocidad lasciva de mi prima.

Decidí no hacerle caso.

1 han dicho algo.:

P a p a s q u i a r o dijo...

wey, te interesa participar en una mesa de discusión en la ueba?? será sobre la novela bajacaliforniana, durante el homenaje que se le va a hacer al berumen. es hasta el 11 de abril... si se hace me dices, man. saludos.