jueves, 31 de marzo de 2011

Cuando escribía en Sanborn's

A mediados de marzo de 2002, una versión más joven, ingenua y voraz de mí se sentaba todas las tardes en la misma mesa de Sanborn's, al lado de una ventana cuya cortina estaba siempre sostenida por un tenedor. A veces con amigos, otras solo, pero siempre con la mirada puesta en varios lugares a la vez. Mínimo tres lugares: uno, un futuro tentativo, exitoso, en el que sería como esos personajes que llegaban con un puro, pedían un café y molletes, ocasionalmente una cerveza, y fumaban y bebían despreocupadamente a la par que escribían o leían portando su máscara más neutral y a la vez inspiradora, hasta que algún colega suyo los abordaba y, después de los correspondientes estrechones de manos y abrazos, se elogiaban mutuamente durante extensas y nada avasalladoras sesiones de cinco o seis horas; otro, las piernas de alguna muchacha, muchas veces (la mayoría) de una muchacha que había sido invitada por mí mismo con la sola intención de poder verle las piernas y registrar mentalmente imágenes de sus músculos realizando movimientos sutiles para alterar, más tarde, acorde a gusto y necesidad y antojo, en una sesión de masturbación mental (amigas de las que, es evidente, jamás buscaría otra cosa en la mesa que no fueran conversaciones sinceras y personales, pues mi enamoramiento secreto debía mantenerse así y sólo consumarse en solitario, por la noche más que nada, a veces por la mañana); finalmente, sobre un cuaderno en el que sin verdaderas intenciones literarias anotaba ideas fugaces, versos adolescentes repentinos, historias instantáneas y, más que nada, un catálogo minucioso de mis emociones diarias y de la relación que éstas tenían con otras personas, algo así como un diario pero no necesariamente. Mi romanticismo kitsch de entonces me permitía hacer todas estas cosas sin darme cuenta de lo trillado que era. Hoy miro atrás, a esa época, y me comparo con el yo de ahora: soy irremediablemente el mismo.

Mi idea de éxito ha cambiado mucho: ya no es una historia académica de elogios indiscriminados ni de reconocimiento por parte de los colegas, sino una noción más personal sobre el ser leído y disfrutado por lectores anónimos —anónimamente menos, pocos, poquísimos— que quizá, con suerte, sentirán en lo que escribo una conexión profunda y sincera con ellos y, con más suerte, recogerán una frase y la atesorarán por siempre; mi idea de éxito, entonces, se ha movido en el esquema muchos pasos hacia la izquierda, hacia las funciones emocionales del texto, hacia el impacto directo de lo escrito y no tanto de mi imagen como escritor. Mi idea del amor también ha cambiado mucho: ya no es el enamoramiento múltiple, furtivo, aleatorio y secreto de entonces, en el que me vertía hacia toda aquella persona que me regalara algo de su atención y de su confianza, sino hacia mi mujer, con quien he compartido vida, lágrimas, viajes, cama, comida, problemas y emociones tangibles así como sueños, y con quien sueño casi todo el tiempo (siempre que puedo) y cuyas piernas acaricio y veo siempre que puedo (todo el tiempo); mi idea del amor, entonces, también se ha movido en el esquema hacia lo real y lo imaginario que nace de lo real, y no tanto lo ficcional que añoro por realizar. Mi idea de la escritura también ha cambiado bastante: ya no es la producción errática, sustancial, como un oleaje indeciso y fragmentado, que se hace desde mis necesidades emocionales sin pensarse ni gozar de una función estructural, sino una escritura que nace desde sí misma y por sí misma según la función que ella misma haya querido desempeñar para alterar mi curso emocional y, por extensión, el de sus probables lectores, una escritura con propósito, siempre con propósito, que se acomoda por su voluntad a las funciones estructurales que quiero explorar; mi idea de la escritura, entonces, también recorrió la misma dirección, y ahora está menos libre de prejuicios y pretensiones, más viva y libre de mi propio estado de ánimo, pero nunca desligada de mí ni de mis inquietudes emocionales.

Dejé de ir a Sanborn's, dejé de querer ser reconocido por el gremio, dejé de vivir en depresión y soledad amorosa, dejé de masturbarme pensando en todas mis amigas, dejé de escribir sólo cuando había "inspiración" y lo que fuera, pero nunca dejé de ser un puto cliché. Si ya no soy el poetilla pendejo que era invitado a todos los encuentros organizados por las instituciones culturales en donde todos los demás poetillas pendejos se la pasaban elogiando mi obra pese a que no existía y que jamás la habían leído, ahora soy el típico narrador pendejo que se las da de antisocial y romántico del hacer lo que quieras hacer y que te valga un pito de perro, que se posiciona dentro del sistema cultural como un supuesto triunfador modesto y trabajador que siente que lo que tiene ha sido por su trabajo y no por sus influencias, que nunca ha pedido un favor, que rechaza la mayoría de las invitaciones porque no le interesan y no las necesita, y que tampoco siente la necesidad de criticar nada porque, aunque nadie le crea y muchos piensen que es un vendido, sabe que aunque hay una gran mafia involucrada el que tiene talento y no es imbécil consigue lo que quiere. Es decir, ahora me rijo por el signo del escritor apolítico que se preocupa por escribir y por vivir su vida a sus anchas, no las del más romántico que se destroza entre la pobreza y la crítica descarnada y el hermetismo anacoreta, ni la del político de las letras que se mueve entre favores y elogios y acciones discutibles y a la vez otro tipo de trabajo activo despreciable: un punto medio.

Y si antes disfrutaba ser un retrato cliché de un protoartista adolescente mexicano, hoy disfruto más ser lo que soy. Disfruto, incluso, darme cuenta de que soy un cliché y en el momento asquearme por cumplir una función tan específica e indiscutible dentro del gremio (como uno de esos que no opinan ni a favor ni en contra porque simplemente no les interesa). ¿Pero cómo no serlo? Ha llegado un punto en el que, creo, todas las maneras de ser escritor se vierten a un cliché, y pareciera que no existe una sola forma no estereotipada de escritor. Quizá ya no voy a Sanborn's salvo cuando necesito cambio de un billete de quinientos y entonces compro alguna revista (la última vez Tierra Adentro, que me hizo recordar por qué ya no compraba Tierra Adentro). Pero en ese tiempo, en ese año 2002, yo no era tan consciente de mí mismo como lo soy ahora.

Escribí mucho en Sanborn's. Mi primer libro, Bucles de cronotopía, un libro de cuentos relativamente buenos (para mi edad) con un título pésimo, lo escribí en esa misma mesa de siempre. Con el tiempo, esos cuentos se convirtieron en otra cosa: algunos en otros cuentos, otros en ensayos, unos en poemas y un par en estructuras para libros completos. Aunque las ideas, más que nada, eran potencialmente buenas, aquellos cuentos vieron su fin como futuro viable, como publicaciones. Algunos amigos que los llegaron a leer lo lamentaron. Yo no. Entendí su función como parte de mi proceso de crecimiento, y no veo un desperdicio en dejar que todas esas historias mueran como tal. La mayoría han vuelto en forma de otras cosas. La mayoría, si no es que todos, ayudaron a que ese cambio de escritor de Sanborn's a lo que soy ahora sucediera. En esos años no lo hubiera pensado así. Si yo mismo me hubiera dicho: "Rafa, no vas a publicar nada de eso, sólo van a ser ejercicios", mi propio ego de entonces me hubiera contestado: "Rafa, estás muy pendejo. Voy a publicarlo. Y voy a recibir reconocimiento." Ahora sucede lo contrario. Ahora siempre creo que no voy a publicar, mientras que lo del reconocimiento me tiene sin cuidado. Sé que voy a publicar (ya estoy haciéndolo), pero creo que no voy a hacerlo. Como mi relación ficcional con el amor de entonces, mi relación con publicar mis textos se basa más que nada en las fantasías que conecto del universo ficcional en el que nunca sale nada al aire y se quema todo en una lectura privada y secreta entre tres o cuatro personas, con la realidad en la que estoy constantemente fugando mis textos sueltos a medios impresos mientras trabajo mis textos que forman conjuntos (libros) para publicarlos próximamente. Si me hubiera explicado eso hace ocho años, me hubiera contestado que estaba loco.

El yo de hace ocho años tenía sus sueños y sus futuros muy definidos. Soñaba con lograr un ascenso rápido a la fama. Un par de premios nacionales ganados con envidiable sincronía, en parte alimentados por su talento y en otra parte por sus amistades. Pensaba en vivir fugazmente, gastando la mayor parte de ese dinero (y de otras comisiones a cargo del estado y de las instituciones) en drogas, putas y rocanrol. Era un buen plan para tener diecisiete años. El yo de entonces tenía claro que, eventualmente, esa vida lo iba a acabar, y que llegaría el momento en el que me encontraría solo, con problemas graves del hígado, sufriendo por el bloqueo escritural en un cuartucho barato ubicado en un motel del centro de Tijuana, sin dinero para cigarrillos ni comida ni alcohol, cayendo en las cantinas y en los prostíbulos con la esperanza nunca fallida de encontrarme a alguien que me alimentara los vicios aunque fuera por un par de horas. En mi fantasía, moría una noche de invierno a los treinta y ocho años, en la calle, de pulmonía o cirrosis o golpeado por algún proxeneta que no estuvo de acuerdo con mi manera de tratar a su prostituta favorita. Después crecí un poco. Dejé a mis amigos de entonces. Renegué de todo lo que era. Y poco a poco, como dijo Proust incontables veces, llegué a donde estoy ahora, reflexionando al respecto después de que el olor de un pescado empanizado, como el que mi madre solía hacer en esos años, activara recuerdos de hace varios años, escribiendo que hace ocho años era una persona muy distinta, aunque la misma, alimentada por los clichés que yo mismo he elegido como guías para vivir mi vida.

Hace ocho años quizá hubiera escrito algo similar a esto. Entonces habría hablando más sobre el presente porque no tenía mucho qué recordar, y todavía menos sobre el futuro porque no tendría necesidad de imaginar más allá de mi muerte que, entonces más que nunca, siempre puede ser algo tan inmediato e inesperado. En el 2002 habría una lluvia de anhelos en mi escritura, un olor a enchiladas suizas y a chilaquiles de Sanborn's, a molletes, a todo el café que uno quiere por sólo doce pesos con cincuenta, a uniforme folclórico mexicano (que seguramente habría enorgullecido a Frida y a Diego), a cigarrillos con filtro blanco y pantalones manchados de semen. Y todo eso, entonces, me habría parecido tan maravilloso como me parece ahora, con la excepción de enfoque de que, en esos años, lo habría visto como la verdad y hoy como espectáculo. Nada ha cambiado.

2 han dicho algo.:

Jorge Plata. dijo...

1.- También no puedes ignorar que el sólo hecho de entrarle a las letras en México es un acto de rebeldía suicida.
2.-Digo, pues.
3.-Me pasó lo mismo con la última vez que compré Tierra Adentro.
4.-Creo que lo que más me llegó de todo este asunto fue recordar las tazas de café infinitas por sólo 12.50$
Good times man, good times.

Rain dijo...

Ocho años. Lo que sucede en ocho años o en un mes, el azar, lo concreto, las bienaventuranzas, sí, esas tan inimaginables antes de que escribieras en Twitter. Continúas, estás aquí. Eso es mucho más que una percepción a lo lejos. Velvetsss, Rafaello.