sábado, 29 de enero de 2011

Bogotá VIII: gatos y Villa de Leyva

Lo que más me gusta de vivir aquí es que tengo gatos. Maya y Chiquis, mejor conocido como Gato Malo.

Ella, tan gata como ningún otro, se pierde con los puntos en la pared que son invisibles al ojo humano, diez minutos, media hora, una hora, maúlla del susto y atraviesa la habitación, brinca al biombo que está en la esquina de la sala y ahí se queda temblando. Una vez intentó saltar al librero de filosofía de Leonor y no se dio cuenta de que estaba apoyada en un fólder resbaladizo; el salto no fue, digamos, ejemplar, y al intentar apoyar sus garras delanteras en la portada de un libro encerado —hazaña imposible—, no hubo otro remedio que reírse así fuera a expensas de su humillación felina: "¿Que no los gatos siempre caen de pie, Mayita?"

Él, tan no-gato como ningún otro, se roba la comida del plato con la garra y bebe agua del grifo, exige cariño como lo haría un perro y rara vez se le ve brincando. Una vez probó el arequipe después de hornearse accidentalmente (olvidamos encerrar a los gatos antes de prender los churros, y Chiquis se quedó en medio de la mesa en la que nos acomodamos al estilo de That 70's Show) y no le servía el olfato para encontrar la cuchara que, después de haberle dado a probar, dejamos en la mesa frente a él, literalmente frente a él, a dos centímetros de su cuerpo gordo y muy esponjoso (es muy esponjoso, mucho).

Ahora me parece que están locos. Después de dos meses de cohabitar esta casa con ellos, Michelle, Leonor y muchas veces Santiago, los gatos se están volviendo locos. No es que la casa esté llena, ni que Ana, la mamá de Leonor, se haya ido a vivir a España (cambio repentino para los gatos, que se acostumbran rápido a los inquilinos que llegan pero no a los que parten), sino todo lo contrario. Chiquis, por ejemplo, ahora se emboba por horas con el humo en el techo de mi habitación, se deja cargar y huye de las caricias, brinca mucho y come del plato con el hocico; Maya, por su lado, se acerca para recibir caricias, bebe del grifo, no corre ni brinca. Ambos, en general, se la pasan echados en el sol que entra por la ventana grande que ocupa toda la pared de la sala. Considerando que casi nadie ha estado en esta casa en los últimos días, creo que es un cambio de actitud razonable por parte de los gatos.

Michelle y yo nos fuimos con toda la familia a pasar unos días en la Zona Cafetera en navidad. Leonor después se fue a una casa abandonada. Luego volvimos todos. Ana ya se había ido a España y entonces Leonor se fue a Cartagena. Michelle y yo nos fuimos a Villa de Leyva.

En Villa de Leyva todas las casas son museos. En todas las plazas pasó algo importante. Nació y murió gente importante. El pueblo, una villa colonial que se ha mantenido prácticamente intacta en casi quinientos años, no sólo es hermoso y acogedor, sino lleno de vida. La gente de Villa de Leyva, acostumbrada al turismo extranjero y local, es cálida y amable, sencilla, hospitalaria. "Aquí no le va a pasar lo que en otros lugares de Colombia, que le manden niños a escuchar lo que habla para saber quién es y cómo aprovecharse de usted. Aquí, al contrario, lo vamos a tratar bien no importa de dónde venga." Y es cierto. Por primera vez en mucho tiempo, cuando alguien me preguntó por la cámara ("¿Es usted fotógrafo profesional?"), no dije que era periodista o fotográfo, sino que era turista y que venía de México. El señor de la tienda, un viejo amable y de ojos verdes, nos recomendó visitar el Museo Paleontológico. Y fuimos. Y vimos fósiles.

Fuimos al museo El Fósil, a cuatro kilómetros del pueblo. Un cronosauro con un cráneo de casi dos metros de largo era la exhibición principal, por no decir la única. Claro que decir la única es mentira, pero lamentablemente pasa que después de haber visto mil tipos de amonitas en el Museo Paleontológico, y otras tantas en el Museo Prehistórico, y otras más en las piedras del suelo de muchos de los edificios del pueblo y en las piedras de las paredes de los edificios, uno ya no se sorprende y las pasa de largo, a no ser que sean muy grandes. Y tiene razón de ser. Uno no se emboba horas en un zoológico viendo cuervos, a menos que sea en Chapultepec porque allá no hay cuervos, por ejemplo. Pero un cronosauro, como ver un rinoceronte o un tigre de Bengala o una ballena, es otra cosa.

Pasamos dos noches.

Nunca supimos cómo se llamaba uno de los dueños del Hostal Rana, donde nos hospedamos. Sabemos que el viejo que nos hacía los desayunos era su papá, pero tampoco tenemos ni puta idea de cómo se llama. Creemos que el muchacho de cabello largo, Diego, que nos atendió y registró cuando llegamos y que jugaba mucho ajedrez con el cuchito, era sobrino o quizá hasta hermano del bato cuyo nombre no sabemos. Sabemos que el bato desconocido, que aparte de amable hablaba un inglés perfecto, aparecía bebés de la nada, muchos bebés.

Nos cuestionamos mucho por qué la mayoría de los restaurantes eran de comida italiana, pero una vez almorzamos carne a la plancha y en otra ocasión comida mediterránea.

Nos tocó que estuvieran grabando una telenovela colonial, "La Pola". Los insurgentes y los levantados en armas desfilaban por las calles empedradas, los primeros a caballo y los segundos a pie. Las mujeres se sentaban en los portales y bajaban la cabeza. Todos usaban sombrero. No eran tantos los curiosos tomando fotos. No era casi ninguno el que no estuviera vestido como a principios de 1800. Nos sentíamos anacrónicos.

No es raro, entonces, que después de volver, después de tener la casa sola para ellos, los gatos hayan adquirido algunas mañas raras. Chiquis, por ejemplo, que me parece cada vez más senil, perdió un bigote el otro día. Mientras veía el humo de mi cigarrillo ascender hacia el techo de la habitación y yo lo veía a él porque su cara era muy cómica, se le cayó el bigote, de repente, como una fruta madura o una rama seca lo hace. Me parece que su equilibrio no ha sido el mismo desde entonces. Maya se la pasa sobre el piano, tomando el sol, o, como ya dije antes, pidiéndome que le abra el grifo de agua para beber.

Sea lo que sea que les pase, creo que no les va a durar mucho. Leonor regresa el lunes de Cartagena y siempre que regresa de un viaje los gatos vuelven a estabilizarse. Quizá pasen un rato extraño el lunes en la tarde y en la noche, pero para la mañana del martes puede que ya hayan recuperado su cordura. Pero entonces hay otro problema para los gatos, para mí y para Michelle y para todos, y es que yo me voy el martes, apenas unas horas después de que su normalidad se haya reestablecido.

Pobres gatos.

Se la pasan extrañándonos.

1 han dicho algo.:

Marciana dijo...

Los gatos rondan por lo que fue tu espacio y maúllan al lado de ese grifo que, cuando regreses, siempre será tuyo. Todavia no recuperan del todo su normalidad: quizá te llevaste contigo un poco de ella y -afortunadamente- también un poco de locura.
Te extraña(re)mos.