jueves, 30 de diciembre de 2010

Bogotá VII: Sobre comparar el Eje Cafetero

Hablando de comparaciones, uno termina homologando una ciudad nueva con una que ya conoce, que hace años que recorre o recorrió y que ha dejado algo de sus calles dibujadas en la manera en la que camina. Se entiende que entre más ciudades conoce uno más rica es la comparación, y también que a veces toca re-visitar, ya sea en toda la extensión de la palabra o parcialmente (por medio de fotografías o la memoria, por ejemplo), una ciudad que se entendió de cierto modo para entenderla de otro modo distinto.

Es así que el tiempo pasa en uno y en las ciudades que tiene dentro como pasa en las relaciones que tiene con los demás. Por ejemplo, es así que el amor más ardiente e incomprensible nacido de un deseo caprichoso se apacigua y transmuta en la confianza más sincera, en la amistad más valiosa.

Supongamos que uno viaja por un terreno que para él es desconocido, completamente exótico. Por ejemplo, el Eje Cafetero de Colombia. Supongamos que uno pasa unos días en un pueblo en medio de lo que para él es "la nada", o lo que era "la nada" antes de que fuera y que ese lugar se volviera un sitio real, de verdad verdadera, como dicen algunos. El pueblo se llama Salento y está a veinte minutos de Armenia, la capital del departamento de Quindío. Después de haber conocido muchos pueblos en su vida, uno concluye que los pueblos de una nación son más o menos idénticos entre sí, aunque difieren por regiones. Por ejemplo, todos los pueblos de México son iguales, pero los del Bajío y los del Noroeste no tienen absolutamente nada que ver en nada entre sí. Así mismo, todos los pueblos de Colombia son iguales, pero los del Eje Cafetero no tienen absolutamente nada que ver en nada con los de las montañas de Cundinamarca, por ejemplo Choachí o Ibagué. Dicho de otro modo, alguien conformista vería igual a Choachí y a Salento. Sólo los diferenciaría por cosas sustanciales como que Salento es exageradamente más limpio y porque hace ligeramente más calor. Pero eso es entender nada. La verdad es que entre Salento y Choachí hay tantas diferencias como las hay entre Salento y Montenegro, que pertenecen al mismo Eje, o entre Salento y Culiacancito en Sinaloa, o entre Salento y Barcelona (la del Quindío, no la de Cataluña). Es complicado de explicar. Uno tendría que haber visto muchos pueblos iguales y entender sus diferencias para saber a qué me refiero. Alguien que no encuentra sino piedra vieja e idéntica en todas las ciudades coloniales o en todas las ruinas mayas, por ejemplo, nunca va a saber de qué hablo. Alguien que no se asombra de que una iglesia sea casi una réplica de otra en otro pueblo pero que cambie sólo el color de algunos detalles de la fachada por cuestiones profundas de idiosincracia que hacen distintísimos a ambos pueblos no entendería a qué me refiero. Pero ese uno que suponemos que viaja por un lugar que para él es exótico y que es nuestro guía ahora, él sí lo entiende y él lo hace comparando con esos lugares que conoce o conoció antes y que determinan hasta cierto punto su manera de caminar. Uno atraviesa esa zona desconocida y la vuelve conocida, y al compararla la vuelve única, porque la matiza con lo que se le parece pero sin pretender una equivalencia.

Se concluye, por ejemplo, que esa zona es similar a donde se cultiva el cacao en México: Chiapas, Oaxaca, Tabasco. Pero desde el momento en que se cultiva cacao en un lugar y café en otro ya hay una diferencia sustancial. Después de eso ambos lugares empiezan a correr en direcciones distintas, digamos en un ángulo de un solo grado, cosa que basta para que veinte metros después ya tengamos una separación relevante entre ambas líneas (y ya no se diga quinientos metros después, cinco kilómetros, dos mil kilómetros después). Entonces uno recorre, visita un jardín botánico y lo compara con los otros quince jardines a los que ha ido en su vida. Uno entra a un mariposario. Uno va a un centro de investigación sobre la guadua y el bambú. Uno sube por la montaña a un bosque de niebla y camina por lo que entiende, dos horas después de empezada la caminata, no es sino un bosque tropical, una selva; es decir, uno camina por un lugar con el que ha soñado caminar muchas veces antes, pensándose con un machete y una cantimplora, con galletas en la mochila, con botas para fango y con mucho repelente para evitar los moscos y demás bichos. Uno hace relaciones y entiende de otro modo el lugar que se pisaba (o pisó) y que no se entendió en su momento.

Entonces uno viaja a otras ciudades. Supongamos que uno viaja a Pereira y a Manizales y a ambas les encuentra familiaridades agradables. Ambas tienen algo de parecido a Tijuana, pero uno no define bien qué es. ¿Será el tipo de locales textiles que encuentra en Pereira y algunas casas medio derrumbadas pero funcionales cerca del centro? ¿Será la manera en la que Manizales está distribuida sobre las laderas de los cerros y cómo hay que girar en espiral para llegar de un punto a otro aparentemente no tan lejano? Luego uno le encuentra similitud con otras ciudades grandes. Por ejemplo, a Manizales con Guadalajara, con el caos coqueto de Guadalajara, con el casco histórico fragmentado de Guadalajara, con la arquitectura saltarina de Guadalajara. Y a Pereira le encuentra algo de Culiacán, que siempre le ha recordado a Tijuana pero más condensada, sin tantos bulevares. Uno vuelve y se queda con un buen sabor en la boca. No porque esas ciudades bastante lejanas de las otras se parezcan en algunas cosas a esas otras, sino que eso parecido las hace tan diferentes. Uno piensa en lo grande que sería Tijuana si tuviera un teleférico como el de Manizales, idea que uno ya había pensado hace mucho pero que nadie en Tijuana consideraría realmente posible. Sin embargo ahí está, en una ciudad que se parece tanto a Tijuana como a Guadalajara pero que a la vez no tiene nada de México, que es toda Colombia, que es toda Eje Cafetero, toda paisa. El Bolívar Desnudo de Pereira le recuerda a uno algunos murales de Clemente Orozco, porque hay algo en la cabeza del caballo, en la longitud del brazo de Bolívar y en la antorcha, algo que recuerda a esos murales que hizo el manco preferido de uno (a la par con Cervantes) sobre los fundadores de la patria mexicana. Y resulta que fue fundido en México. Entonces uno vuelve y pasa una última vez por Armenia. Armenia le recuerda a Ensenada, a Navolato un poco. Una ciudad pequeña y tranquila que combina las virtudes de un pueblo limpio y cortés con las comodidades citadinas. Uno se enamora de Armenia. Se enamora de Filandia. Del café de Quimbaya.

Es inevitable comparar, y por más que uno se esfuerce en no hacerlo se encuentra a sí mismo haciéndolo para sus adentros. Pero entonces compara en reversa. Quizá, más bien, Guadalajara se parece a Manizales pero no a Tijuana, y Quimbaya se parece más bien a un barrio feo de Pereira y a uno del D.F. o viceversa. Uno se da cuenta de que conociendo esas otras ciudades, Armenia, Pereira, Manizales, uno conoce mejor las ciudades que conocía antes. Uno se da cuenta que conociendo esos pueblos, esos paisajes, uno conoce mejor los pueblos que visitó en su infancia, los paisajes confusos de sus recuerdos.

Al final uno vuelve a Bogotá y se siente como si tuviera dos meses en la carretera aunque apenas sea una semana. Uno se siente feliz de volver a casa, de sentarse en su mesa a comer, en su cama a dormir, en su baño a cagar. Uno desempaca y echa la ropa sucia a lavar y respira el aire familiar, se fuma un cigarrillo, se bebe un vaso de agua del grifo y recuerda entonces, sólo entonces, que uno no ha hecho sino un viaje dentro de otro viaje así uno sienta que su casa es donde está ahora dentro del primer viaje, que uno todavía tiene que, eventualmente, subirse a otro avión y volver a volar, regresar a Tijuana, desgraciadamente.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Bogotá VI: Postal de la empanada

Carrera 48, cerca del Templo Mormón. Empanada de carne con salsa agridulce. Segunda mordida: salsa tártara. Tercera mordida: guacamole con jalapeño molido. Cuarta mordida: salsa BBQ. Quinta mordida: mayonesa.

Regreso al establecimiento de al lado. Pido una tercer Coca-Cola. Prendo un Pielroja.

Un señor ocupó la mesa en la que estaba antes de irme al puesto de las empanadas. Lo veo. Va en su tercer cerveza. Cada media cerveza le pide un cigarrillo al encargado de la tienda. Se levanta de la mesa, da dos pasos afuera del establecimiento, fuma, apaga el cigarrillo aplastándolo con el zapato, se devuelve a la mesa, bebe mirando fíjamente a un árbol (o a algo entre él y el árbol, o a algo entre el árbol y la pared que está detrás, o a la pared detrás del árbol), cuando termina la cerveza pide otro cigarrillo y repite el proceso. El encargado le da los cigarrillos y sigue hablando y le lleva otra cerveza. El señor llega a cinco cervezas y ya se fumó diez cigarrillos. Ya pagó el precio de una cajetilla con el doble de cigarrillos. Apunto en mi cuaderno:

«Hoy empieza mi búsqueda por la empanada perfecta. Quizá sea una tarea muy difícil, quizá algo que me tome toda la vida. Tendré que atravesar muchos países, aquellos que gocen de una tradición empanadística. Argentina es un destino obvio, México y Colombia se irán rellenando en mi mapa de viajes casi como quien avanza despacio por la vida, Portugal y España serán un destino conjunto y no menos lleno de misterio y audacia a su momento, Perú verá su día igual que Brasil, Chile lo mismo, pero Venezuela y Panamá quizá tengan que esperar a ese otro viaje que involucre otras costumbres todavía desconocidas. Uno no sabe, porque puede que ninguno de esos países la tenga, que no sea ni el hojaldre ni la masa de maíz o de garbanzo, que no sea el horno ni el disco: podría estar en Indonesia o en Filipinas, podría hasta estar en Malasia.»

Me termino la Coca-Cola y el señor ya lleva diez cervezas. Bebe rápido. Se ha fumado veinte cigarrillos y ha pagado por dos cajetillas. Lo veo ver a la nada y pienso en qué estará pensando. ¿En qué piensan los demás cuando ven a la nada sin moverse? Yo pienso en empanadas. En las empanadas que he comido a lo largo de mi vida. Mis empanadas favoritas. Hay unas empanadas adobadas rellenas de tinga en el Cañón K, en Tijuana, de masa de garbanzo. Hay unas empanadas de chicharrón cerca del mercado Bola en Guadalajara, sumergidas en salsa como torta ahogada. Hay unas empanadas de hojaldre rellenas de queso crema con jalapeños que hace una señora en Pátzcuaro. Las mejores empanadas de hojaldre. En Bogotá he comido empanadas de lechona y de carne deshebrada. Empanadas con chimichurri, con cebolla curtida. Empanadas con forma de media luna y fritas. Yo pienso en comprarle una empanada a Michelle porque fue una empanada tan deliciosa que vale la pena compartirla.

Pago la cuenta de la tercer Coca-Cola. Regreso al establecimiento de empanadas. "Volví", le digo a la señora que me mira inquisitivo. Puede que no entienda mis modales abruptos y directos, secos y frontales. Puede que para ella sea muy agresivo el comentario, la sonrisa sincera, la apertura con la que le hablo como si la conociera o, más bien, como si importara tan poco que no la conociera más allá de haberle pagado mil quinientos pesos colombianos una hora antes por una empanada como para hacer un comentario con tanto aire de familiaridad. "¿Me das una empanada de carne para llevar, por favor?" Cambia un poco su expresión. Sé que le golpea un poco el "me das" en vez de un "me regalas". Sé que mi lenguaje es violento para ella, que para ella es excesivamente imperativo, que se siente obligada, que siente la fuerza de una orden. No le explico que no soy de acá, que vengo de un norte rudo y sin preámbulos orales, sin adornos léxicos que significan nada más que lo mismo pero que hacen sentir a uno que significan otra cosa: un regalo, una sutileza en el trato. "Es para mi esposa", le digo. Otra vez su cara inquisitiva. "Me gustó mucho la que me comí hace rato." No deja de mirarme como si fuera un psicópata mientras la envuelve. "Creo que le gustará igual." Extiende la mano para dármela mientras aleja su rostro, como si temiera que pronto, fugazmente, alargara mis dedos y los convirtiera en un puñal para clavarlo en su columna, detrás de la yugular y después de haberle atravesado todo el cuello blanco y rechoncho. "Gracias, nos vemos." Y no deja de mirarme, no deja de mirarme, y le susurra algo a la otra mujer, a la que fríe las empanadas.

Camino hasta la esquina y enciendo un cigarrillo. La gente pasa. La gente trae prisa. Se me acerca un guardia de seguridad y me pide un cigarrillo. Se aleja fumando. Termino, lo aplasto contra el piso, sin dejar de mirar al árbol enfrente, o a algo entre yo y el árbol, o a algo entre el árbol y la reja que está detrás, o a la reja detrás del árbol. Sale Michelle. Pienso que quizá el hombre esperaba a alguien, a alguien que brincaría por esa pared o que cruzaría por ahí o que llegaría a él. Quizá pensaba en ese alguien. Quizá un amigo o a su amante. Quizá nada de eso. Quizá sólo pensaba en su trabajo o dejaba de pensar en ello. Michelle llega y me besa y me pide disculpas por haber tardado más de lo que debería haber tardado. Le doy la empanada. Caminamos a TransMilenio. Paso la tarjeta una vez para que ella entre al andén, la meto por la ranura para yo entrar al andén. Subimos a TransMilenio. No hay asientos. Antes tampoco hubo asientos.