Hablando de comparaciones, uno termina homologando una ciudad nueva con una que ya conoce, que hace años que recorre o recorrió y que ha dejado algo de sus calles dibujadas en la manera en la que camina. Se entiende que entre más ciudades conoce uno más rica es la comparación, y también que a veces toca re-visitar, ya sea en toda la extensión de la palabra o parcialmente (por medio de fotografías o la memoria, por ejemplo), una ciudad que se entendió de cierto modo para entenderla de otro modo distinto.
Es así que el tiempo pasa en uno y en las ciudades que tiene dentro como pasa en las relaciones que tiene con los demás. Por ejemplo, es así que el amor más ardiente e incomprensible nacido de un deseo caprichoso se apacigua y transmuta en la confianza más sincera, en la amistad más valiosa.
Supongamos que uno viaja por un terreno que para él es desconocido, completamente exótico. Por ejemplo, el Eje Cafetero de Colombia. Supongamos que uno pasa unos días en un pueblo en medio de lo que para él es "la nada", o lo que era "la nada" antes de que fuera y que ese lugar se volviera un sitio real, de verdad verdadera, como dicen algunos. El pueblo se llama Salento y está a veinte minutos de Armenia, la capital del departamento de Quindío. Después de haber conocido muchos pueblos en su vida, uno concluye que los pueblos de una nación son más o menos idénticos entre sí, aunque difieren por regiones. Por ejemplo, todos los pueblos de México son iguales, pero los del Bajío y los del Noroeste no tienen absolutamente nada que ver en nada entre sí. Así mismo, todos los pueblos de Colombia son iguales, pero los del Eje Cafetero no tienen absolutamente nada que ver en nada con los de las montañas de Cundinamarca, por ejemplo Choachí o Ibagué. Dicho de otro modo, alguien conformista vería igual a Choachí y a Salento. Sólo los diferenciaría por cosas sustanciales como que Salento es exageradamente más limpio y porque hace ligeramente más calor. Pero eso es entender nada. La verdad es que entre Salento y Choachí hay tantas diferencias como las hay entre Salento y Montenegro, que pertenecen al mismo Eje, o entre Salento y Culiacancito en Sinaloa, o entre Salento y Barcelona (la del Quindío, no la de Cataluña). Es complicado de explicar. Uno tendría que haber visto muchos pueblos iguales y entender sus diferencias para saber a qué me refiero. Alguien que no encuentra sino piedra vieja e idéntica en todas las ciudades coloniales o en todas las ruinas mayas, por ejemplo, nunca va a saber de qué hablo. Alguien que no se asombra de que una iglesia sea casi una réplica de otra en otro pueblo pero que cambie sólo el color de algunos detalles de la fachada por cuestiones profundas de idiosincracia que hacen distintísimos a ambos pueblos no entendería a qué me refiero. Pero ese uno que suponemos que viaja por un lugar que para él es exótico y que es nuestro guía ahora, él sí lo entiende y él lo hace comparando con esos lugares que conoce o conoció antes y que determinan hasta cierto punto su manera de caminar. Uno atraviesa esa zona desconocida y la vuelve conocida, y al compararla la vuelve única, porque la matiza con lo que se le parece pero sin pretender una equivalencia.
Se concluye, por ejemplo, que esa zona es similar a donde se cultiva el cacao en México: Chiapas, Oaxaca, Tabasco. Pero desde el momento en que se cultiva cacao en un lugar y café en otro ya hay una diferencia sustancial. Después de eso ambos lugares empiezan a correr en direcciones distintas, digamos en un ángulo de un solo grado, cosa que basta para que veinte metros después ya tengamos una separación relevante entre ambas líneas (y ya no se diga quinientos metros después, cinco kilómetros, dos mil kilómetros después). Entonces uno recorre, visita un jardín botánico y lo compara con los otros quince jardines a los que ha ido en su vida. Uno entra a un mariposario. Uno va a un centro de investigación sobre la guadua y el bambú. Uno sube por la montaña a un bosque de niebla y camina por lo que entiende, dos horas después de empezada la caminata, no es sino un bosque tropical, una selva; es decir, uno camina por un lugar con el que ha soñado caminar muchas veces antes, pensándose con un machete y una cantimplora, con galletas en la mochila, con botas para fango y con mucho repelente para evitar los moscos y demás bichos. Uno hace relaciones y entiende de otro modo el lugar que se pisaba (o pisó) y que no se entendió en su momento.
Entonces uno viaja a otras ciudades. Supongamos que uno viaja a Pereira y a Manizales y a ambas les encuentra familiaridades agradables. Ambas tienen algo de parecido a Tijuana, pero uno no define bien qué es. ¿Será el tipo de locales textiles que encuentra en Pereira y algunas casas medio derrumbadas pero funcionales cerca del centro? ¿Será la manera en la que Manizales está distribuida sobre las laderas de los cerros y cómo hay que girar en espiral para llegar de un punto a otro aparentemente no tan lejano? Luego uno le encuentra similitud con otras ciudades grandes. Por ejemplo, a Manizales con Guadalajara, con el caos coqueto de Guadalajara, con el casco histórico fragmentado de Guadalajara, con la arquitectura saltarina de Guadalajara. Y a Pereira le encuentra algo de Culiacán, que siempre le ha recordado a Tijuana pero más condensada, sin tantos bulevares. Uno vuelve y se queda con un buen sabor en la boca. No porque esas ciudades bastante lejanas de las otras se parezcan en algunas cosas a esas otras, sino que eso parecido las hace tan diferentes. Uno piensa en lo grande que sería Tijuana si tuviera un teleférico como el de Manizales, idea que uno ya había pensado hace mucho pero que nadie en Tijuana consideraría realmente posible. Sin embargo ahí está, en una ciudad que se parece tanto a Tijuana como a Guadalajara pero que a la vez no tiene nada de México, que es toda Colombia, que es toda Eje Cafetero, toda paisa. El Bolívar Desnudo de Pereira le recuerda a uno algunos murales de Clemente Orozco, porque hay algo en la cabeza del caballo, en la longitud del brazo de Bolívar y en la antorcha, algo que recuerda a esos murales que hizo el manco preferido de uno (a la par con Cervantes) sobre los fundadores de la patria mexicana. Y resulta que fue fundido en México. Entonces uno vuelve y pasa una última vez por Armenia. Armenia le recuerda a Ensenada, a Navolato un poco. Una ciudad pequeña y tranquila que combina las virtudes de un pueblo limpio y cortés con las comodidades citadinas. Uno se enamora de Armenia. Se enamora de Filandia. Del café de Quimbaya.
Es inevitable comparar, y por más que uno se esfuerce en no hacerlo se encuentra a sí mismo haciéndolo para sus adentros. Pero entonces compara en reversa. Quizá, más bien, Guadalajara se parece a Manizales pero no a Tijuana, y Quimbaya se parece más bien a un barrio feo de Pereira y a uno del D.F. o viceversa. Uno se da cuenta de que conociendo esas otras ciudades, Armenia, Pereira, Manizales, uno conoce mejor las ciudades que conocía antes. Uno se da cuenta que conociendo esos pueblos, esos paisajes, uno conoce mejor los pueblos que visitó en su infancia, los paisajes confusos de sus recuerdos.
Al final uno vuelve a Bogotá y se siente como si tuviera dos meses en la carretera aunque apenas sea una semana. Uno se siente feliz de volver a casa, de sentarse en su mesa a comer, en su cama a dormir, en su baño a cagar. Uno desempaca y echa la ropa sucia a lavar y respira el aire familiar, se fuma un cigarrillo, se bebe un vaso de agua del grifo y recuerda entonces, sólo entonces, que uno no ha hecho sino un viaje dentro de otro viaje así uno sienta que su casa es donde está ahora dentro del primer viaje, que uno todavía tiene que, eventualmente, subirse a otro avión y volver a volar, regresar a Tijuana, desgraciadamente.
0 han dicho algo.:
Publicar un comentario