sábado, 27 de noviembre de 2010

Reflexión al primer cuarto de siglo que dejo atrás

Cuando volví a casa me sentía muy solo. A diferencia de otras veces en las que cruzaba la puerta y todavía sentía cosquillas del aroma a comida casera de mediodía que mi hermano recalienta tarde, cuando vuelve, tarde pero nunca tan tarde como yo, hoy no sentí ni eso ni el calor de una casa grande y llena de gente. Hoy abrí la puerta y me quedé ahí, comparando al silencio con el frío de afuera que, sin respeto, se metía a mi casa haciéndome a un lado, corriendo irreverente bajo mis piernas ligeramente abiertas y sobre mis hombros y a mis costados. Dejé que todo el frío se metiera, que ocupara todos los espacios del sofá y de las sillas que hay en la sala, que entrara a la cocina y se sentara sobre todo el espacio que hay sobre la barra, que se metiera hasta el baño y ocupara la taza, la regadera, el lavamanos. Cerré la puerta detrás de mí sólo hasta que dentro era tan frío como afuera. Casi hasta sentía las corrientes de aire por las escaleras.

Estaban todos, cada uno en su habitación, pero a diferencia de otras veces, de siempre, no me dio esa sensación de familiaridad, de común acuerdo entre todos que cada uno de nosotros necesita su espacio y no es necesario vernos todo el día. Salvo mis padres, todos en mi casa vivimos aislados. Salvo mis padres porque ellos viven juntos y siempre se han aislado juntos y nunca han dormido separados, nunca han dormido sin abrazarse, sin besarse durante la noche, sobre todo durante las noches frías y largas, larguísimas, de invierno. Entré a mi habitación y encontré en ella todo el frío que dejé que entrara. Estaba ahí sobre mi cama, sobre mi silla, acostado en toda la alfombra, pegado a todas las paredes y al techo, en la ventana. Me sentí, más que solo, abandonado.

La verdad es que no había abandono y que sólo estoy siendo exagerado. La verdad es que pasé un día muy agradable. La verdad es que no esperaba recibir más. La verdad es que tuve un buen cumpleaños.

Desperté temprano. Eran las siete de la mañana. Michelle me esperaba para cantarme las mañanitas y lo hizo con Silvana. Encontré que ya tenía varias felicitaciones en Facebook y en Twitter. Las felicitaciones siguieron. Michelle y yo hablamos. Ella convocó a un canto colectivo para mí. Las felicitaciones siguieron. Michelle y yo seguimos juntos, nos vimos, nos hablamos, nos escuchamos, nos amamos. Recibí mi primer correo. Luego el segundo. Seguí recibiendo felicitaciones. Seguí hablando con Michelle. Comí. Me fui a la escuela. Leí a Kawabata en el camino. Llegué a clase. Recibí algunas felicitaciones vía celular. Recibí algunos abrazos. Llegó Humberto. Más abrazos. Terminó la clase. Otros abrazos. Fuimos a la cafetería. Alma me compró un pastel de tres leches. Bebimos café y fumamos y me cantaron. Volví a casa. Abrí la puerta. Me sentí extrañamente solo y triste. Prendí mi computadora. Tenía el triple de felicitaciones. Tenía un correo. Me senté. Leí el correo. Sonreí. Volví a mi tristeza inexplicable.

No me siento tan deprimido como pensé que me sentiría por no haber terminado mi carrera y por verla, de pronto, más lejos de terminar de lo que esperaba, de lo que deseo, del ideal. Tampoco me siento tan deprimido por las cosas que me han pasado recientemente, ni por el estrés del sobretrabajo, ni por las distancias, ni por las futuras despedidas. Tampoco por mi abuela enferma, ni mi padre al que veo cada vez más cansado, ni mi país más cansado, ni mi ciudad más cansada, ni mi espalda más y más cansada. No es nada de eso.

Quisiera decir que fue el hecho de que este año es en el que he recibido menos regalos, que cada año son menos los regalos, que cada año que pasa son menos y menos las personas que piensan en algo que yo quisiera y me la buscan, me la traen, me la dan. Pero no es eso, porque cada año los pocos regalos que me dan, los cada vez más pocos, son más sinceros que los anteriores. Los regalos que me dan, cada año, cada año nuevo que viene, me son más útiles, más necesarios, más vitales. Yo, por ejemplo, que siempre he tenido la costumbre de regalarme algo, este año me di este tiempo, de noche, después de todo el día, para pensar y sentir con libertad, para leer mis textos favoritos, para escuchar un disco, para llorar. Cumplir un cuarto de siglo, creo, merecía un tiempo así.

Un cuarto de siglo. Para mí es una edad simbólica. Para mí es un día muy importante.

No quiero hacer un recuento del cuarto que ya he vivido. No quiero decir, por ejemplo, que con el tiempo me he dado cuenta de que los grandes amigos son aquellos que se conocen de pronto, inesperadamente y bajo circunstancias incómodas (una lectura compartida, un amor compartido, un accidente automovilístico, una fila larguísima en el banco o el aeropuerto). No quiero decir que me ha costado expresar mis sentimientos desde siempre, que me he sentido triste la mayor parte de los veinticinco años pasados, que amar duele mucho, que nunca aprendí a cocinar pasta, que muchas veces quisiera tener la fuerza para renunciar a todo y encerrarme a leer y escribir todo el tiempo, sólo leer y escribir, nada más que leer y escribir y no volver a responderle a nadie, no volver a tener responsabilidad hacia nadie: porque me he dado cuenta de que todo lo hago por responsabilidad hacia alguien. Pero no quiero hablar de ninguna de esas cosas.

Tampoco quiero hacerme muchas esperanzas y ponerlas en el siguiente cuarto de siglo. No quiero, por ejemplo, decir que ojalá el siguiente cuarto esté cargado de menos tristeza, que ojalá el próximo año sea emocionalmente más estable, que ojalá logre terminar mi carrera a tiempo, que ojalá todo se arregle y fluya constante y delicadamente hacia la armonía perfecta de la lluvia de flores del otoño. No quiero, por ejemplo, decir que me gustaría aprender a controlar mi sensibilidad y mi volubilidad. No quiero, por ejemplo, decir que me gustaría ser moralmente más flexible. No quiero, por ejemplo, decir que espero que la siguiente temporada esté imbuida en paz y consentimiento, paz y devoción, paz y trabajo, paz y equilibrio, paz y dulzura, paz y amor, paz y dedicación, paz y paz. No quiero, porque me he dado cuenta de que mis esperanzas, mis deseos, mis querencias, suelen ser demasiado fantásticas, suelen estar encaminadas más hacia lo complicado y lo imposible (o altamente infactible), y termino doliendo, por esa responsabilidad excesiva hacia otras personas, responsabilidad que no suele ser compartida.

No quiero hablar de esas cosas.

No quiero hacer promesas que nunca voy a cumplirme. Por ejemplo: prometo no entregarme demasiado.

No quiero tener fe en cosas que nunca van a cumplirse. Por ejemplo: dejaré de sentir dolor un día cuando escuche esas canciones que ahora duelen.

No quiero porque hasta ahora sé que lo que viene no es más fácil sino que, de hecho, la etapa más fácil de mi vida es la que acaba de quedar atrás. No creo que eso sea malo ni bueno. Creo que no puede ser de otro modo.

Hoy me pregunté si preferiría volver a ser adolescente o si ser más viejo. Hoy sé que la adolescencia es más fácil que los años entre los veinte y los veinticinco. No sé qué tan difícil sea después, pero ya no asumo —como hacía en mi adolescencia— de que crecer era cada vez más sencillo, de que la etapa más problemática era cuando no entendía a mi cuerpo. Hace tiempo que conozco a mi cuerpo y que lo entiendo, que se ha estabilizado, pero me encuentro que es más difícil entender a las emociones que al cuerpo, entender a mis sentimientos que a mi cuerpo. Al menos, en mi caso, fue más sencillo enamorarme cada diez minutos, enamorarme y perder el amor cada quince minutos, embriagarme de cuerpos en proceso como el mío, de cuerpos que nos creíamos otra cosa más que un cuerpo, de sentir que se acababa el mundo cada veinte minutos que alguien nuevo aparecía, a este encontrarme en la disposición a vivir bajo la presión constante y absoluta de una relación a distancia porque sé que la persona del otro lado es, hasta hoy, la persona más valiosa en mi vida. Y esto sólo por mencionar un aspecto, y elijo este aspecto precisamente porque el amor termina siendo el ejemplo más sencillo. Hoy sé que es mucho más difícil no quebrarse en una relación cuando ambas personas tienen metas, tienen sueños, tienen necesidades, y no embonan perfectamente en ellas. Hoy sé lo desgastante que es una relación, lo demandante que es una relación real, una relación seria, un compromiso, y volteo atrás y recuerdo que creía que mi vida era complicada. Y lo era. Para su momento lo era. Seguro así mismo, si de pronto fuera más viejo, vería este momento como algo tan sencillo, algo tan fácil de solucionar, algo tan simple. Quizá lo que ahora me duele después no me causará la menor preocupación. Quizá después se mitiguen sentimientos, mis sentimientos juveniles, ahora incandescentes y ardorosos, y aprenda a vivir de sus flamas cálidas y pequeñas, a vivir en un estado de menor furor emocional. Quizá. Lo pienso así por lo que he leído, por lo que he visto en las personas a las que he visto crecer desde puntos en su vida similares al mío a lo largo de mi vida. Recuerdo a mis tíos, cuando tenían más o menos mi edad, algunos menos. Recuerdo esa pasión que los rodeaba. Esa energía. Los veo ahora tan disminuidos, tan tranquilos, tan serenos en todas las situaciones, tan civilizados. Me pregunto qué secretos dolores guardan bajo esos rostros apacibles, qué insondables emociones mueren en ellos diario, qué tristezas tan grandes los van devorando en su silencio hasta que se van convirtiendo, poco a poco, en ancianos gobernados por una sola carga emocional: ya sea amargura o dulzura. Me pregunto cómo voy a envejecer yo: si van a cambiar las cosas y voy a vivir en armonía, si no van a cambiar las cosas y voy a vivir en melancolía, si van a cambiar pero yo también y no me va a ser suficiente, si no van a cambiar pero yo sí y voy a vivir en armonía o indiferencia. Asumo que hay otras posibilidades, pero prefiero no arriesgarme: en este punto no las comprendo.

Concluí que no podría tener otra edad, ni antes ni después. No podría volver a ser más joven, porque no quisiera perder la poca experiencia y madurez que he ganado; y no podría ser más viejo, porque no quisiera perder la poca energía y disposición que aún me quedan. Ambos momentos, el más joven o el más viejo, son demasiado como para volver a vivirse o vivirse por adelantado.

En cuestión de balanza, de pros y contras de mi situación actual, de si voy bien o mal como momento paradigmático en mi vida, concluí, por ejemplo, y por dar un ejemplo arbitrario de lo que se suele considerar como éxito o progreso en una persona, que está bien cumplir veinticinco años y no haber terminado mi carrera: tengo un currículum más sólido que muchos egresados, incluso gano más que muchos de ellos, que muchas personas más jóvenes que yo que ya terminaron su carrera o que muchos mayores que yo que también ya lo hicieron o que los de mi edad que lo acaban de hacer hace poco. Así, me encuentro en todos los ámbitos de mi vida.

No puedo decir qué va a pasar después, ni quiero pensarlo demasiado. Por ahora, pienso en promesas. Pienso en responder a ellas, en hacer que respondan. Pienso en las palabras que se han dicho, en lo que queda detrás de ellas, en lo que ha llevado a esas palabras, en el sentimiento que lleva a ellas. Pienso en las promesas que me han hecho, sobre todo en este último año, sobre todo en estos últimos meses, sobre todo en estos últimos días, y pienso en que si no me aferro a ellas, si no fuerzo al universo a que se cumplan, a que no se quiebren, el próximo cuarto de siglo comenzará como terminó el último: doliendo, y de viejo no seré el que se torna dulce, sino que seré el que se torna amargo.

Aunque quizá eso no sea tan malo. Quizá ningún destino es, realmente, malo.

2 han dicho algo.:

astro dijo...

Bello, rafa.

Consolation Des Arts dijo...

jajaj...hace algunos días estaba pensando justamente en temas similares...hablamos de adolescencia y de cambios, pero, hay una etapa de la vida en que tienes que parar (sin ninguna edad en especial), dejar de pensar siempre en tí, no quiero decir que se piense en un futuro, matrimonios, hijos y esas cosas, pero de pronto tienes que (aquí viene una lista grandooootaaaa jaja)......Antes era más fácil dejar de hacer algo, hoy, simplemente no se puede. Envejecer siempre ha sido la mejor solución...Saludos!