lunes, 18 de octubre de 2010

También los orcos aman

Apuntes para una novela inexistente.


I.

En Sobre héroes y tumbas Sabato dice, en voz de Bruno, que nada de la naturaleza humana debería sorprendernos y que eso se aprende con el tiempo. Yo diría que no, que nada debe sorprender, pero también que lo inesperado, al volverse esperado o al menos coherente cada vez que sucede, pierde imaginariamente su carácter de "natural" y gana en el de "artificio", categoría en el que el pensamiento humano inserta todo aquello que moralmente le parezca grotesco o incoherente. Habría que matizar al respecto, decir que, en cambio, Anaïs Nin escribía, en nombre de Huck, que "seguir sólo los propios instintos es humano, que la fidelidad en el amor no es natural, que la moral es un artificio del hombre, que la autonegación, necesaria para ser bueno, es la negación del instinto de conservación y lo más egoísta de todo". Aquí es donde digo que, Huck, no hay acción, así sea la negación del instinto, que no sea humana. Me atrevería a decir, pero no lo hago por sofisma, que lo "inhumano" es incluso lo más humano.

Mientras escribo esto escucho a una doctora en Ciencias Políticas, cruzando el pasillo, gritándole a un "joven" de cincuenta y tres años a quien asesora en su tesis de maestría que "jamás, pero lo que es jamás, abras o cierres un texto con una cita: le resta fuerza a tu argumento: te hace quedar como un idiota inseguro resguardándose bajo las alas de Doña Señora Establishment". Pienso en todos los clichés literarios que escucho diario y que llenarían las páginas de una mala novela de dos mil páginas que habrían de leer doscientas mil personas para su tercera reimpresión en su segundo mes de publicación. Oprah le pondría sello. Lo guardarían en los anales de la historia al lado de Bolaño. Se olvidaría en los anales de la historia dos años antes que Bolaño.

Leo lo escrito y subrayo con Stabilo Boss Original Highliter verde. Pienso en Murakami. Pienso en agregarle a la descripción una razón subjetiva para preferir los Stabilo Boss sobre los demás marcadores. Pienso en decir algo sobre el logotipo, ese cisne estoico que no frunce el ceño ni siquiera ante frases como "si Robin Hood le robaba a los ricos para darle a los pobres, el sistema neoliberal debería llamarse Hood Robin, porque le roba a los pobres para darle a los ricos", porque ese cisne, Stabilo Boss Original Highliter, no discrimina, sólo hace bien su trabjo. Pienso que odio cuando Murakami hace eso. Pienso que en mi caso no tiene caso: a mí no me van a pagar por el pinche comercial, como a Murakami. Pienso en esa frase de Robin Hood, pienso en lo mal que escriben los doctores. Pienso que, hace cinco meses, cuando leí por primera vez esa frase y pensé "no mames, ¿esto lo escribe un investigador profesional de cincuenta y tantos años en un trabajo serio de investigación de doctorado? ¿Te cae?", no tenía idea de las aberraciones que encontraría después. Pienso que, de haber tenido algún conocimiento sobre economía en la secundaria, hubiera podido escribir todos esos trabajos, incluso con frases más ingeniosas y adolescentes. Hood Robin... jamás voy a superarlo.


II.

Cuando la conocí me pareció cualquier señora más, cualquiera de esas señoras jóvenes que odian que se les diga "señora" en voz alta, que se pintan el pelo de rojo cuando son morenas, que se ponen uñas postizas con pendejada y media brillante anclada, que se delinean más oscuro el contorno de los labios, y creen que leer es recostarse antes de dormir a seguir con la vista párrafo tras párrafo de Azteca de Gary Jennings o Memorias de una geisha o cualquier idiotez de Og Mandino. "Yo leo mucho. Y fíjate que, todos los libros de aquí, todos, me los he leído. Y, todavía, llego a la casa, y antes de dormir me pongo a leer. Me relaja. Me relaja leer esas cosas. Fíjate, Rafael, si no somos parecidos." Pienso en ese insano juicio de que "leer mucho te vuelve sabio", que es lo mismo que pensar que ver muchos documentales de Nat Geo te hace experto en temas científicos. Leer mucho. ¿Quién puede jactarse de haber leído toda la obra de Carlos Fuentes si de ella no extrae una sola frase que le sirva para algo? Peor, ¿qué se gana con haber leído cuatrocientos libros en un año, si de todas esas palabras no se hace una sola revolución mental? ¿Parecidos? Jamás dije que leer me relajara, todo lo contrario: leer me exalta, me despedaza el sueño, me fractura, me enerva. Para mí leer es enfrentarme a mí, a los otros en mí: enfrentar mis historias a las suyas, enfrentar mis conceptos a los suyos, enfrentar mis sensaciones a las suyas y, como en todo duelo, uno vence y a veces vencer es conquistar, colonizar, cuando otras es arrasar, exterminar, o repeler. Leer sin crítica no hace más sabio, ni "inteligente", ni crítico, ni culto a nadie, sólo lo hace cerebralmente obeso. Y esa obesidad, como vería después en ella, no hace sino entorpecer cualquier juicio y razonamiento, sino llenar de pretensiones y prejuicios, sino enfrentar la realidad propia como unívoca ante la posibilidad de una oposición universal del pensamiento. Jefa Mexicana no era una mujer culta, por más que leyera, sino una asidua forjadora de telenovelas mentales. Y telenovelas malas, para acabarla de chingar.

Una vez me tuvo dos horas escuchando sus quejas sobre sus uñas postizas, antes de que empezara a ignorarla para evitar alargar las conversaciones más allá de la cortesía necesaria para mantener un trabajo. Dos putas horas escuchando su endeble queja sobre el dolor físico y espiritual, irreparable, cuando se le arrancó la uña postiza con diamante de fantasía tratando de levantar una moneda de cinco pesos que se cayó al suelo y se raspó con la boquilla de cemento entre las losetas. Dos horas, forzando mi vista al daño que su cara bestial presenta a cualquiera con la más ligera noción estética. Dos horas, descuartizado por sus gestos de sorpresa, de horror; por esos ojos de batracio, sin cubiertas ni párpados, protegidos por una delgada línea de gránulos ponzoñosos; por su mandíbula de cerdo, prognata, que en este caso no es una malformación genética como lo fue con los Habsburgo sino un rasgo de cercanía con esas otras especies más primitivas, emparentadas, predecesoras nuestras como el Cro-Magnon, o de cruce de linaje con fuertes líneas neandertales —como su labio inferior tan grueso y simiesco y sus dientes tan grandes, tan adecuados para comer fruta y arrancar carne nos cuentan— rasgo que ocupa mucho mi pensamiento pues, de ser cierto este mestizaje, explicaría que de cinco mil lecturas en su cabeza ni una sola modifique su psicorrigidez característica; por sus cachetes de caricatura de bulldog que estornuda y babea, espolvoreando toda la tapa de mi termo de café con su fino maquillaje de segunda; por su berruga o lunar o ambas, todo pelos, a la Enrique Iglesias pre-operación, a la brujita de Halloween, verde y negro con puntitos rojos. Dos horas, viviendo el concepto de "esperpento" en su más pura y horrorizante verdad. Dos horas, a punto de suicidarme, y que fueron nada cuando, al siguiente día, me tuvo otras dos horas alternando esa expresión en la que toda su máscara trágica y abominable se convertía en un agujero negro de tortura con otra, igual de grotesca, igual de repugnante, en la que con el rabillo del ojo me miraba como quien cuenta un sórdido secreto, un rumor que habla de asuntos de la más baja moral en un hombre respetable, mientras con la voz más rasposa y gutural imaginable expresaba suposiciones infames sobre la mujer que le pone las uñas, que lo ha hecho siempre, para no poder atenderla hasta dentro de dos días, que, en sus palabras "no ha de ser ninguna otra cosa, Rafael, más que por estar de indecente entregándosele a su novio, cosa que me parece razón suficiente para dejar de ir con ella porque, ¿con qué manos me va a poner las uñas con las que le cocino a mi marido y rezo, si ya las contaminó con esos pecados?"

Escuché ese tipo de comentarios, cada vez con más frecuencia, cada vez que tenía oportunidad de hacerlos. Era la más cristiana, la más capacitada para juzgarnos a los demás. Si Dios no la había hecho verdugo todavía lo haría seguro más adelante cuando, con los años, le hubiera probado a Dios ser digna de sus poderes. Esto lo decía contando sus idas al desierto para limpiarse de sus pecados y enfrentar a sus demonios, sobre todo a Satanás, que de entre los pocos habitantes del planeta había puesto precisamente su mira en ella, una asistente técnica a un secretario académico de un instituto de investigación de la periferia de un país del tercer mundo: la crema de la nata.

Hablaba por teléfono con cientos de personas. La oficina era un hotline de autoayuda. Entre sus clientes estaban un joven divorciándose porque amaba a otra mujer, un viejo que buscaba una salida a su adicción al onanismo, una señora frígida, un hombre que gustaba de prostitutas con cara de niña, una prostituta de catorce años. Ella misma decía: "soy la doctora corazón... ni modo, los gajes del oficio, Rafael". Cada frase que decía era un cliché ligado a otro ligado a otro. Su discurso entero una suma de clichés, de lugares comunes circunscritos por lugares comunes. Jamás vi a una persona citar tanto a Nietzsche, a Nietzsche que ya es tan lugar común y de mal gusto con frases como "lo que no te mata te hace más fuerte" o "cuando ves al abismo, él también te ve a ti". ¿No te suena a algo que diría un personaje odioso en una blockbuster hollywoodense de guerra, a una de esas frases estúpidas que no encaja en una trama baladí e ingenua? Si vieras eso en el cine te quejarías y eso sería suficiente para que catalogaras al film de "adolescente, radical, incongruente e inmadura". Más tarde tú también citarías a Nietzsche, sin darte cuenta que citas no lo que entre su visión de lanza quedaba al fondo de la herida abierta, sino otra mojigatería igual de "irreverente" y "audaz". Así se sentía Jefa Mexicana cuando hacía esos comentarios, y lo notaba en su mirada de ave rapaz que ha cazado un ratón o una serpiente habiéndola visto desde lejos, abalanzándose sobre ella desde el cielo, orgullosa como si fuera la gran hazaña y no lo que hace diario, lo que debe hacer y hacen todas las demás aves rapaces con la misma facilidad, como si uno se sintiera grande porque camina, porque sabe dar pasos, como lo hicimos todos cuando aprendíamos a dar los primeros.

No le faltaban espacios para hacer comentarios evangelizadores, porque proyectaba su voz como quien empuja las manos a una multitud y aparta con violencia para abrirse paso. Siempre tuvo una manera de ligar una circuncisión con la vez que peregrinó al templo en la sierra y encerró allá a Beelzebub, que la acosaba en su casa, que pudría a su familia; unas galletas de mantequilla con las juventudes cristianas, y cualquier conversación con el hecho de que su esposo no es ni guapo ni adinerado, pero en cambio estaba entregado a Dios y entonces, "entonces yo hago absolutamente cualquier cosa que desee, Rafael, porque sé que es Dios quien se lo autoriza y no un demonio, sé que si me mueve el tapete es la voluntad del Señor".

Sobra decir que a mis costumbres, a mi café ("yo no tomo café porque irrita el estómago y la irritación, Rafael, no es concebida por Dios sino por los ángeles caídos"), a mi Coca-Cola ("¿qué puedes esperar de una bebida que ha sido hecha con plantas del infierno sino la condena?"), a mis cigarrillos ("el cáncer nace del tabaco porque el tabaco nace del azufre que los cuernos de..."), a mi comida picante ("¿sabes por qué los chiles al madurar son rojos, como la piel del dragón?"), a todo, absolutamente todo, ella le metía uno de esos comentarios, una de sus razones.

Si todo lo dicho hasta ahora más bien hacen una caricatura deforme de ella que una descripción objetiva y redondeada, es porque, de todo lo que Jefa Mexicana es y me irrita, esta máscara suya fue la que más se me quedó grabada. Más que el hecho de que su gordura, según sus propias palabras, "es cosa de familia, Rafael, porque yo casi no como, o como muy poco, y no como nada con grasa ni mucha carne", y no tiene que ver con el hecho de que cada dos minutos se meta una galleta, que en la mañana le compre siempre cuatro burritos al bato mamado que se las da de carita y se junta con el batito informático afeminado que dice que "no vengo a las fiestas donde hay alcohol porque le pierdo el respeto a la gente cuando la veo borracha y no quiero perderle el respeto a mis amigos", que vaya por una ensalada de frutas porque "casi no desayuné porque se me hizo tarde", que luego se coma un lonche de pan con no sé qué y que una hora antes que yo salga a comer, cuando sólo he comido el desayuno a las seis de la mañana, antes de venirme a trabajar y ella ya lleva cinco comidas, vuelva a tomar su hora de comida y le pida al chef una porción extra de frijoles puercos y un poquito más de pastel de queso porque está muy rico y una vez al año no hace daño. También porque, después de cinco meses trabajando con ella, viéndola de frente toda la puta mañana, me aprendí sus gestos, sus modismos al hablar por teléfono con su esposo o sus amigas o sus pacientes, sus reacciones al mundo, y la imagen que se me grabó de ella, como una cristiana esotérica y chamánica, pasional y fanática, sufrió hace varios días una modificación, un matiz que, de cierto modo, acerca la caricatura al lado humano, aunque sea un poco.


III.

He clasificado al personal en tres rubros mayores, a saber: Veteranos, en los que se incluyen a los investigadores, docentes de las maestrías, los directivos, los doctores, el Presidente, el Secretario General, etcétera; Novatos, donde nos incluimos todos los becarios y recién egresados, toda la "carne nueva", los alumnos de maestría, siempre y cuando cumplan con la característica fundamental de saber utilizar una computadora; y, finalmente, Señoras, donde se insertan todas aquellas personas, sin importar sexo, que, regidas por un sistema tradicional axiomático, se encargan del esparcimiento de chismes, rumores y mitos a los demás estratos y que se conforma, en un noventa y cinco por ciento, por, literalmente, señoras con hijos en la guardería y el kínder y la primaria de las instalaciones. Podría anexar un cuarto rubro en el que incluyera al personal de mantenimiento, cocina y seguridad, pero el aislamiento al que se autoinducen es de tal grado que convivir con ellos, hacerlos parte de la mecánica, es imposible y, por ende, sus función social dentro de la institución es prácticamente inexistente.

Las fronteras entre un grupo y otro son realmente flexibles, y así tenemos que hay muchos doctores, investigadores, que entre el grupo de Veteranos fungen más o menos la función de otros grupos, ya sea de Señoras o Novatos, sembrando cizaña u organizando borracheras magistrales, martirizándose por sus uñas o viendo porno en su cubículo; secretarias con una alta jerarquía entre las otras (incluso frente a los Novatos, tratándolos con la indiferencia y altanería que sólo un investigador aplica contra sus asistentes becarios) o que no sólo van a las fiestas que organizan los Novatos en la Zona Norte sino que frecuentemente despiertan con dos o tres personas desconocidas en una habitación de motel (y, libre de sexismos, secretarios que ídem, doctores, maestros, becarios, asistentes, técnicos que ídem); asistentes de investigación o alumnos de maestría que dejan a sus hijos en la guardería y llaman a tal extensión y preguntan por tal persona para "un asunto de óptima urgencia" y le dicen, en horario laboral, que necesitan verlo en el puente porque se acaban de enterar de unas cosas que para qué te cuento, o que, con un sueldo mínimo de becario, realizan labores profesionales por las que se suele cobrar diez veces más y sin a la autoridad detrás del cuello.

Por ejemplo, La Víbora: investigador, Veterano-Señora. Barroca joya de defectos, máscara burocrática, alegoría de la Institución Mexicana. Un hombre trajeado y de pelo engomado, perfumado, voz grave y poderosa, mirada verde penetrante. Hizo su doctorado, su tesis fue premiada, pero jamás recibió el título. Es maestro, según el mapa de la planta de investigadores, pero no acepta un oficio en el que se refiera a él como "maestro". Se enfurece y grita, se le hinchan las venas del cuello y tiembla mientras avienta el oficio frente al redactor y le dice, entre dientes, "¡yo no puedo recibir esto! ¡Yo soy doctor!" Tendría sentido, mucho, a no ser porque su tesis premiada es la misma de su licenciatura y su maestría, que aparte fue plagiada pero astutamente disfrazada y revisada por amigos suyos, mismos amigos que fungieron como jueces y sinodales. También, que una de sus publicaciones, en inglés, fuera esa misma tesis con formato de libro, y que ese mismo libro, retraducido, fuera un trabajo con el que me tomó rencor.

Revisé su libro cuando no contaba con mucha experiencia ni conocía al personal. Me di cuenta de que había algo extraño y, después de una no tan minuciosa investigación me encontré con todos los detalles referentes al historial de su tesis. Hice mi reporte, negando el apoyo para publicación no en base a esto, sino a los mismos parámetros con los que se había evaluado anteriormente la tesis, demostrando que, desde el principio, jamás debió haberse publicado. El dictamen final era claro y conciso y, discúlpenme la falta de modestia, una joya del lenguaje burocrático-académico. Al enterarse La Víbora del rechazo de su obra, claro, buscó al culpable y fue que se topó con un becario, un Novato, sin credenciales ni licencia: alguien a quién estrangular. Tuvimos la reunión en mi oficina donde, tras un primer round en el que me sentí mareado por su apostura imponente, comencé a recordar todas esas veces que a mí se me habían rechazado manuscritos por una u otra inexplicable razón, las veces que el sistema escolar me había dejado fuera, las solicitudes de pasaporte, los papeleos en los hospitales, en el registro civil, y, sintetizando todas esas experiencias, alteré mi fisionomía a la del burócrata perfecto casi como empujado por un móvil crítico. En pocas palabras, diciéndole nada con muchísimas palabras, frustrándolo, viéndolo mirar al techo y endureciendo los puños sobre mi escritorio, me lavé las manos como Poncio, ese primer gran burócrata, y lo remití a otros poderes para ser juzgado bajo otra autoridad. Pensé que me lo devolverían, que el Jefe de Jefes le diría algunas cosas nimias y regresaría conmigo, pero no fue así. La sentencia fue definitiva: el libro no se ejecuta, y esa tesis jamás debe volver a presentarse. Pensé que recibiría una amenaza de muerte, que alguien infiltraría mi computadora y leería mis conversaciones pornográficas y las usaría para extorsionarme, que volvería un día y me toparía con un cuervo muerto sobre mi escritorio, una golpiza en el baño, cualquier cosa así. En cambio, el compadre de La Víbora, Dr. Zaius, entró a mi oficina con la misma expresión con la que fue cuestionada la existencia del alma de Taylor, y me dijo que la próxima vez que fumara en el puente (donde están los ceniceros, área designada para fumar) y entrara el humo a su oficina, me las vería con él. Eso fue todo. Y tal vez risitas de puberta cuando cruzaba frente a su puerta. Asumo que se burlan de mí como yo de ellos, pero francamente no me preocupa qué se les pueda ocurrir, ni qué tan problemático pueda ser después de que me di cuenta que Jefa Mexicana, que siempre cerraba la puerta del cubículo en mayo porque "qué frío, Rafael, ¿no se te hace?", la abría porque "ya se sofocó la oficina... el calor humano" y, sólo cuando hacía calor, se ponía a tirarles mierda a ambos Veteranos, en voz alta, y ellos hacían lo mismo.

Evidentemente, Jefa Mexicana no pertenece a ningún otro grupo que el de las Señoras, con un índice de hibridación de un cero por ciento. Siendo el grupo más abundante, no es de sorprenderse que la mayor parte de los Novatos y los Veteranos, aún cuando mantenemos características predominantes de nuestro grupo, nos contaminemos y lentamente avancemos hacia la transformación total. Así como La Víbora, alguna vez un audaz estafador ya no es sino una niña berrinchuda, yo también, poco a poco, me he ido haciendo cada vez más una doña chismosa de mercado. De otro modo, este testimonio sería inexplicable e inútil. Entiéndase entonces, en este punto de la lectura, que mi intención con este escrito no es la de difamar y ridiculizar, como podría parecer, sino registrar cómo alguien ha perdido su integridad en un ambiente infecto y terminado corrompido por las mismas fuerzas que intentó repeler y destruir. No me sorprendería que el otro becario que entró conmigo, ese muchacho serio y de facciones árabes que siempre está leyendo, escriba secretamente sobre mí, que especule sobre mis abismos mentales cuando me ve fumando, siempre, siempre fumando, en el puente, o tomando Coca-Cola, o saliendo del baño, o haciendo nada relacionado con el trabajo. Seguro a él estas cosas también se le han permeado, por más que haya intentado ser un Japón en el aislamiento oficinil. Es tan comprensible cuando el aislamiento absoluto es imposible, como en el caso del otro becario, rodeado de secretarias, o del mío, en el que no sólo convivo directamente con Jefa Mexicana todo el día, al cohabitar la misma oficina, sin separaciones, sino que enfrente está un Veterano-Señora y al lado, justo al lado, otra Señora: La Loba, la comadre de Jefa Mexicana.

La Loba y Jefa Mexicana se hablan todo el día. Se llaman por teléfono dos o tres veces por hora. Salen juntas al baño, a la cafetería, a la máquina de sodas (por jugo, para cuidar la línea). Se encierran en la oficina de La Loba para contarse los chismes más intensos durante la hora de comida que, convenientemente para mí, la toman a la una, lo que significa que de una a dos no tengo a Jefa Mexicana en la oficina y que de dos a tres, cuando tomo mi hora de comida, también estoy libre de ella. Esto me da dos horas de cero productividad porque, aunque tenga trabajo que hacer, no lo hago después de la una (y tampoco antes de las diez, porque la computadora tarda en cargar un buen rato). Suelo cerrar la puerta de la oficina de una a dos y poner cumbias en YouTube y bailar solo. Cierro los ojos, veo a mi compañera enfrente, le agarro la mano, la cintura, me la repego, le doy vueltas, hasta que quedamos ambos satisfechos y abro los ojos y vuelvo a la oficina y vuelvo a sentarme. Para mí es crucial bailar unas buenas cumbias a esta hora y luego contrastar con Steve Reich o Smashing Pumpkins. Me es crucial porque justo antes de eso, por cuatro horas consecutivas, he estado escuchando, contra mi voluntad, el mismo disco de flautas peruanas que he escuchado durante cuatro horas diarias los últimos cinco meses. Jefa Mexicana es una loca por las flautas peruanas. Y La Loba también. Y Jefa Mexicana a veces le presta el disco a La Loba y entonces me viene la musiquita horrenda desde el pasillo. Y se les ve una cara de éxtasis, de arrobo divino, cada vez que escuchan ese disco. Y yo quiero matarlas. Pierdo la compostura con ese disco, pierdo la sintaxis, la capacidad para alternar entre un estilo de lenguaje a otro. A veces han sido boleros cantados por Alejandro Fernández, y es casi el mismo caso. Porque ni siquiera es que sean los mismos discos todos los días, sino que es el mismo disco todo el día, todos los días. Me hace preguntarme, seriamente, ¿cuántas veces necesita escuchar un hombre en su sano juicio la versión en flautas peruanas de Hotel California antes de estallar? Temo convertirme en ese tipo que llega un día al trabajo con un rifle automático y descarga.


IV.

La primera vez que noté que Jefa Mexicana tenía un amante me hice muchas preguntas. ¿Quién tan valiente (estúpido, ciego, desesperado, con tan mal gusto, horrendo, masoquista, etcétera) para enfrentar semejante empresa? ¿Es la vida algo más que un frenesí, una ilusión, una mentira, una ficción (todos los sueños, sueños son)? ¿Dónde queda el equilibrio del universo, la justicia, la omnipotencia de Dios frente a un hecho tan estéticamente desagradable? Todas las cuestiones referentes a realidad y belleza se desploman porque si algo así es factible, todo es cuestionable y ninguna pureza, ningún gozo, puede estar carente de falacia. Ya era suficientemente terrible que tuviera esposo, que alguien alguna vez haya decidido amarla, pero todavía se justificaba por, como ella decía, "la entrega a Dios", esa afinidad abominable, esa quimera, pues si Dios existiera, así con mayúscula, no dejaría entrar semejantes criaturas a su reino. No por desgraciado, no por sangrón, no por ojete ni culero, sino por sentido común, que si falta tanto entre la humanidad es porque seguro es una cualidad divina. Sentido común porque, vamos, ¿cómo una vida futura puede ser mejor vida si en ella se encuentran esperpentos, si en ella las leyes de la belleza que forjaron a los ángeles y a los primeros hombres, a los súpermodelos y actores de Hollywood, a las mujeres de Venezuela, no rigen a todos sus habitantes para una constante experiencia placentera? Se sobreentiende que, en este hipotético mundo mejor, aquellos no tan agraciados y los más normales, los guapos pero no excelsos y hasta los excelsos pero no divinos, vivimos todos un refinamiento de nuestros rasgos, una optimización para ser todos hermosos. Se entiende, que dentro de la omnipotencia hay cosas incomprensibles, como el poder calentar un burrito en un microondas tanto como para que sea incomible incluso por Dios y que esto no es una paradoja porque el que sea incomible no significa realmente que no pueda comérselo, incomprensible para nosotros porque nos movemos en varios planos de existencia entre los que esa dicotomía no puede hacer equivalencia pero Dios, en cambio, sí puede. Se entiende, siguiendo esa lógica, que Dios haya creado a un ser tan horrendo como para que sea imposible deshorrendizarlo, que sea imposible para él tornarlo bello, aunque eso no signifique que no lo haga. Se entiende, pues, que Jefa Mexicana no sería menos grotesca, menos espeluznante, menos repulsiva, en un Edén donde todos hemos sido transformados en ángeles metrosexuales y deliciosamente andróginos.

Entonces, usando una frase que ella diría, "la pregunta es necia": ¿cómo chingados tiene, aparte de esposo, un amante? Lo he pensado muchas veces y he concluido muchas cosas pero, estando tan cerca de Jefa Mexicana todo el tiempo, conociéndola, habiendo aprendido a repudiarla y a encontrarle todos los minúsculos detalles que detesto, ninguna de mis conjeturas me parecen suficiente después de un par de horas de haber creído que tuve la epifanía de mi vida. Por eso mismo prefiero no comentar mis teorías sobre quién podría ser el amante, si es Señora, Veterano o Novato, ni cómo podría ser, física y psicológicamente. Prefiero dejarlo abierto al lector: que él haga todas las especulaciones que quiera; pero le advierto una cosa: al final, no importa qué tanto se busque, la única manera de llegar a la misma conclusión que yo he llegado no es posible sin haber conocido de frente a Jefa Mexicana, sin haber convivido con ella seis horas diarias durante cinco meses (literalmente de frente: estamos dentro del mismo cubículo, a medio metro de separación). El horror, la desesperanza, el agotamiento de espíritu es mayor que todas las palabras que se me ocurren para describirlo, y ni siquiera al final del relato sería suficiente para hacer de ella más que un esbozo, un bosquejo, de lo que es en su totalidad. Entiéndase, pues, que por medio del relato tal vez sea posible concluir algunas cosas con respecto a su amante, pero sólo en persona es posible concluir que su amante no puede ser humano, su amante no puede ser de este mundo, no puede ser alguien con cuerpo. Diría "su amante es ficción", pero la idea que surge de inmediato, de la que el amante no existe en este plano y que es una invención creativa de ella, de mí, de ambos, no es a lo que me refería. Digamos que, con esa frase, lo que pretendo es plantear al amante en un plano similar al de ese Dios al que me referí hace rato: el plano de lo incomprensible.

Me di cuenta un día como cualquier otro, en el que Jefa Mexicana se maquillaba como cualquier otro día, a mediodía, después de una llamada telefónica. Nunca presté mucha atención a ese ritual suyo porque no acostumbro voltear a verla cuando me avisa, con esa costumbre que tiene, muy de criada, de avisarme a dónde va siempre que sale. Ese día no le di el indiferente "bueno" que acostumbro darle, sino que por alguna razón magnética que desconozco la voltee a ver y le dije "aquí me quedo". Esas palabras que indicaban que no me movería, que mi existencia durante su salida se remitía sólo a mi cubículo y que afuera no había algo que nos ligara, me fueron respondidas con un amable "gracias", entonado como quien entona una complicidad que no requiere más palabras. No le presté atención en ese momento, ni a ese tono ni al campo semántico de nuestro intercambio de miradas y palabras en ese instante, ni consideré importante que se hubiera puesto sombra azul en los ojos, delineador labial, polvo blanco, nada de esas cosas. Me pareció grotesca su máscara de payaso cholo, pero no lo pensé como un posible ritual de cortejo. Eso vino después, cuando volvió sin el labial tan acentuado y el cabello menos en orden, acaloradísima, llamando a los de mantenimiento para que nos prendieran el aire acondicionado, cosa que no me hubiera importado más allá de un pensamiento de "no mames, pinche gorda, ni hace tanto calor, y eso que yo estoy gordo y siempre tengo un chingo de calor" a no ser porque, después de sentarse y echarse aire y suspirar, me dijo: "ay, Rafael, ya ves cómo la traen a una". Para muchos puede parecer un comentario cualquiera, pero recordemos que, para este punto, mi condición de Novato ya se veía contaminada por la influencia directa de Jefa Mexicana y de todas las Señoras con las que compartía el autobús, como esa gorda que trabaja en la Biblioteca y que un Día del Niño me regaló unas galletas y un yogurt, motivo que me convirtió, en su cabeza tejedora de melodramas, en uno de sus más cercanos amigos y, como escribí alguna vez, me condujo por una serie de molestias que todavía en mis últimos días dentro de la Institución tuvieron lugar, como la vez del Archivo Muerto que contaré más adelante. La frase clave es "cabeza tejedora de melodramas", condición que no sólo yo ya tenía en potencia por la práctica de la escritura y de ser naturalmente chismoso, sino que aparte se acentuó exageradamente hasta convertirme en un Sherlock Holmes del universo de la paranoia colectiva, aunque lo más probable es que lo haya sido desde siempre y esté tratando de engañarme a mí mismo por la terrible revelación que sería darme cuenta de que toda la vida he sido una Señora, que mi lugar desde que entré a la Institución no era el de un Novato sino el de una hecha y derecha Señora.

Dejando de lado la introspección momentánea y retomando el hilo narrativo, no pasó más que un día para que yo comprobara mis sospechas cuando, al día siguiente, otra vez a mediodía, Jefa Mexicana tuvo una llamada en la que descubrí una entonación especial en su voz, una melodía casi de coro celestial (entiéndase esto en términos subjetivos e individuales específicos a Jefa Mexicana), y ciertas palabras, cierto tipo de frases, que mi experiencia me ha enseñado que corresponden al de la jerga de los amantes. La conversación, escuchada sólo por el lado de Jefa Mexicana y que anoté como quien tomaba dictado de los acusados durante un juicio en los tiempos anteriores a la grabación de audio, es la siguiente:

«Ajá, sí, pues tú sabrás. Con eso de que te la pasas de viaje y cuando regresas no me traes nada. / No, pero es diferente, yo sí te traje algo. / Adivina. / No, cómo crees. / Ay, no, siempre estás pensando en eso. / Tampoco. / Ya, pues, te digo. Un chicloso. / Sí, un chiclosito de los cafecitos, de los que te gustan. / No, cómo crees. / Pues, al menos deberías agradecerme, digo. / Trayéndome algo cuando vuelvas de tus viajes. / Ay, es que te la pasas lejos, ¿qué quieres que haga? Una extraña el calor humano. / Sí... ya sé. / Pero, ¿volviste con ganas? O sea, digo, ¿traes ganas ahorita, en este momento? / Eres insaciable. / Un chicloso, ya te dije. De los que te gustan, cafecitos. / Ya, ya, ya, no se diga más, señorito. / Sale, entonces ahorita voy para allá.»

Para una mente fláccida, obtusa, esquiva, la conversación puede parecer muy genérica, así como una deducción, a raíz de ella, de la existencia del amante. Pero una mente con ojos como los del que sube al mástil para acechar ballenas, con oídos como los del ciego que reconoce los pasos de sus amigos a distancia y en medio de una multitud, comprenderá rápidamente que, esa conversación, con el tono adecuado de coquetería en el timbre de la voz, sumada al retoque de maquillaje, no puede significar otra cosa que la visita de Jefa Mexicana a su amante. Por si quedaran dudas, diré que la situación se repitió y siguió repitiendo durante días, siempre con el mismo cuadro de acción ritual, siempre siguiendo los mismos e incambiables pasos en el método de procedencia.

Las conversaciones, por su lado, a veces más sutiles, cuando eran sólo largas charlas sobre nada, sobre los días, sobre las nubes y el aguamarina del océano con los delfines y la bruma; a veces más evidentes, más subidas de tono, en las que se dedicaban canciones y se hablaban de otras épocas, conversaciones que ella siempre cerraba con "un beso" de un modo en el que no cerraba ninguna otra conversación, ni siquiera las de su esposo; una vez alcancé a escucharle, justo antes de que ella colgara y se percatara de que me di cuenta de lo que dijo, que le mandaba "un besito, ahí, abajito, bonito", cosa que la enrojeció hasta la luminiscencia. Los pretextos, los lugares a donde Jefa Mexicana "iba" después de esas conversaciones, después de retocarse el maquillaje, eran cada vez más disímiles, como a la copiadora para tener una copia extra de un libro que hacía dos años fue cancelado porque "parece que se le va a dar seguimiento, Rafael, ¿tú crees, después de dos años?", a la cafetería porque a comprarse una ensalada a pesar de haber comido quince minutos antes porque "fíjate que si no como ensalada después de una comida, como que no hago bien la digestión. Ni modo, Rafael, cosas de la edad", al baño porque "ay, no, es que ayer me comí unos tacos de camarones en la calle y creo que me desataron al diablito, y es que yo no como en la calle, Rafael, no me gusta, pero qué le voy a hacer... ay, no", al estacionamiento porque olvidó algo en el carro y "no sé que traigo hoy en la cabeza, Rafael, pero como que no ando cuadrando bien las cosas, yo creo que es la falta de sueño, y fíjate que traigo unas pastillas en el carro porque, como no tomo café porque es irritante y, ya sabes, pues me las voy a tomar mejor", y así variando todas las situaciones posibles hasta llegar al máximo de todos, que se convirtió, al final, en el único pretexto válido para justificar cualquier tardanza posible: "voy a dar una ronda por todos lados, ya ves cómo es el Jefe de Jefes y le encanta ponernos a dar vueltas". Los suspiros, el acaloramiento, cada vez que volvía, progresivamente más acentuados. La frase, porque siempre hubo una frase, después de pedir que nos prendieran el aire acondicionado, cada vez más exagerada: si al principio fue una alusión vaguísima a las vueltas que había que hacer como oficinista o al alto grado de rudeza con el que era destrozada por su amante, vaguedad artificiosa e intencional, después solían ser, según el grado de alteración del cabello y el maquillaje, alusiones al viento, a un pleito con la señora de la cafetería que terminó en arañazos, a que la chamarra de mezclilla se le atoró en un tornillo salido de la puerta del carro hasta que, una vez, volvió con el pelo desgreñado y el maquillaje completamente corrido, con marcas de mordeduras en el labio, con la ropa desaliñada y completamente agitada, y entonces dijo: "Ay, tuve un accidente con una de las máquinas de la imprenta. Me jaló dentro, me estaba absorbiendo, pensé que me moría, ¿tú crees?" No. No creo. Claro que no creo.

Mis especulaciones respecto al amante, a cómo la existencia de un amante podía funcionar dentro de la psique de Jefa Mexicana, tan religiosa, tan en contacto con Dios, me llevaron por muchas hipótesis, ninguna de las cuales era coherente con sus reiterativos comentarios acerca de la pasión cristiana ni de la entrega divina. Parecía una paradoja, otra cosa que tenía que enmarcar dentro de lo Incomprensible. Así viví días enteros sin conseguir sosiego, sin entablar paz con la situación porque de no haber una coherencia espiritual el amante no podría ser: sería sólo mi paranoia enfrascando situaciones en un marco conspiracionista, como había pasado antes con un libro, una paranoia que, de ser falsa, como fue el libro, podría tornar en rumor grave y general pues mis ideas, mis visiones, no se habían mantenido encerradas dentro de mi cabeza sino que habían encontrado fértil las de mis compañeros para crecer y florecer hasta el nivel de un bosque o una selva frondosa que oscurece el suelo por su denso follaje. Estuve a punto de caer en la triste aceptación, en intentar aceptar que no existía el amante, que yo mismo lo había creado para darle a las horas de aburrimiento que pasaba en la oficina un punto de atención, una trama para desenredar mientras durara mi instancia en la Institución. La epifanía se volvió tan inevitable como es, en este punto, predecible, pues de otro modo, ¿qué narración acontecería? Recordé, mientras leía un pasaje de Anaïs Nin que hablaba sobre una moral flexible en la que su adulterio no disminuía, sino que exaltaba, su amor por Henry Miller y que él así lo prefería, pese a sus celos, para tenerla pura y salvaje, esa conversación acerca de su esposo, esa conversación que justifica cualquier cosa, cualquier acto, hasta el más brutal, mientras haya sido ordenado por él: "yo hago absolutamente cualquier cosa que desee, Rafael, porque sé que es Dios quien se lo autoriza y no un demonio, sé que si me mueve el tapete es la voluntad del Señor". Era claro: su esposo le ordenó tener un amante.


V.

Abrí los ojos: veía nada. Sombras, acaso, tenues sombras y lechosa oscuridad. Avanzaba con las manos como cualquier ciego nuevo: cuidadoso y con asco. Es difícil ser ciego las primeras veces: ver con las manos es doble tarea: ¿cuándo has sentido, con los ojos, la textura precisa de un vidrio sobre una garganta? Esa sensación, de ver y tocar, a la vez, sólo la comprende un ciego. Porque también escuchan y ven. Huelen y ven. Prueban y ven. Los ciegos son pura vista. Y las primeras veces, avanzar viendo con cuatro sentidos especializados para no ver, da, sobre todo, asco. La pared era pegajosa: podría ser saliva, sudor, moco, mierda, musgo, telarañas, baba de caracol. Dejé de oler y probar y escuchar y tocar: poco a poco, veía otra vez: era un pasillo largo lleno de telarañas de arañas inofensivas y comenzaba una escalera hacia un sótano más oscuro y denso, del que salía un aire caliente y húmedo. Bajé al sótano. Al final de la escalera había una puerta, una rendija abajo de donde una luz roja me cortaba todos los sentidos de vuelta a sus funciones primordiales y la vista, dolorosamente, se volvía a concentrar sólo en mis ojos. Una placa de letras palpables en la puerta: Archivo Muerto.

Toqué la puerta. Nadie contestó. Un par de días antes me había enterado de la existencia de ese lugar recóndito, una mazmorra bajo la Biblioteca Central donde aquellos destinados a la penitencia eran exiliados para nunca más ser vistos, para no volver a ser recordados. Nadie iba. Nadie entraba ni salía. Excepto, cuando por venturosos azares, como era el caso, era necesario (y sólo si era realmente necesario) consultar un archivo viejo, un archivo que alguna vez se hubiera considerado lo suficientemente sin vida como para ser almacenado bajo tierra. Que ese lugar se llamara Archivo Muerto y que el acto de "revivir" el folio fuera "exhumar el expediente" no es coincidencia léxica ni broma del destino, sino una de las más finas muestras de la sutileza casi artística del lenguaje burocrático, así como lo era también la práctica de la "toma de signos vitales" al papel y, posteriormente, una "autopsia" tras ser "diagnosticado muerto" para determinar que la "causa de muerte" sea siempre bien tratada. La verdad es que los textos, todos, están vivos en algún punto, y es posible que sólo una institución burocrática sea capaz de comprender cabalmente lo que eso significa simbólicamente. Así, esa tarde yo fui encargado, por obra expresa del Jefe de Jefes, a petición del Departamento de Investigaciones Funerarias, exhumar un expediente fallecido. Bueno, exhumarlo yo no, no precisamente. Se entiende que una institución en donde se emulan todas las organizaciones humanas para el trato de textos habría de tener también alguien especializado en ejecutar cada una de esas funciones: exhumar y enterrar: El Sepulturero.

El ambiente inhóspito del Archivo Muerto hace que ningún sepulturero viva más de dos meses, acaso tres, y todos aquellos que no lograron renunciar a tiempo fueron devorados por las ratas que, en otros momentos, se alimentan del papel. Los mismos sepultureros se alimentan de papel y ratas. Y el papel se alimenta de la carne de los sepultureros y de las ratas, pero en un sentido más metafórico, cuando alguien, cualquiera, al ejecutar un oficio de sepultura para un expediente viejo, sin darse cuenta engrosa las filas del papel, que siempre van in crescendo, y así reafirma la necesidad de la existencia del Archivo Muerto, de un sepulturero que lo guarde, de ratas que sirvan de alimento cazable al sepulturero, y así el ciclo es otra vez perfecto. Inhóspito, pero perfecto: catacumbas, un ecosistema de catacumbas. Nadie sobrevivía más de dos o tres meses, nadie excepto el actual encargado, quien ya llevaba ahí más de un año. El Sepulturero, con mayúscula también en el artículo, cuyo nombre ya nadie conocía y cuya voz jamás nadie había escuchado.

Poco sabía yo de El Sepulturero. Sobre el Archivo Muerto no se hablaba mucho: casi nadie entraba. Cuando era necesario revisarlo, se mandaba una orden escrita a El Sepulturero que llegaba por un sistema de tubos de viento que comunicaba a la extensa red habitacional de la Biblioteca. La Biblioteca había sido construida como un laberinto, y a veces llegar a la habitación contigua significaba mucho más tiempo que ir al edificio más lejano, para lo que el sistema de tubos presentaba una gran comodidad que agilizaba todas las necesidades de movilidad de textos. Por eso se sabía poco sobre El Sepulturero: la orden se le enviaba desde la Central de Tubos en la recepción de la Biblioteca, y él contestaba, a su tiempo, por el mismo medio. Pocos lo habían visto, pero, por esa misma razón que nunca he comprendido y que ha hecho que tanta gente me cuente su vida, una de las pocas personas que lo llegó a conocer antes de ser lo que es hoy me habló un poco de él. "Un wey de como dos metros, gordo, pero de esos gordos sólidos, que nunca habla y cuando habla lo hace muy lento. Lo corrieron de todas las escuelas cuando estaba chico y estuvo muchos años en la cárcel. Dicen, yo no sé, pero dicen, que mató a alguien, y que lastimó a mucha otra gente. Está aquí nomás porque una tía suya trabaja en mi departamento, si no, se pudriría en la calle." Y yo, probablemente el único en bajar al Archivo Muerto desde antes de que él fuera El Sepulturero, ahora me toparía con un gigante de historial violento que no había visto la luz del sol ni escuchado otra voz en más de un año: se comprende mi terror, y también que, por eso mismo, por el lugar en el que me encontraba, no entendiera yo algo vital sobre este tipo de situaciones: para criaturas como él, el tiempo no pasa: un año o diez bajo tierra eran lo mismo que diez o veinte minutos. Lo otro es que, sabiéndose aislado, esta clase de monstruos jamás destruyen a sus potenciales víctimas de un mordisco o un resoplido hirviente, así y ya, sino que extienden la situación lo más posible porque quién sabe cuándo volverán a tener un nuevo interlocutor. Cuando es así el caso, como lo era con El Sepulturero, en el que se sabe que no se va a tener jamás otro visitante, sólo se pueden lograr dos cosas: esclavizar o amistar, y, en la mayoría de los casos, la amistad sincera es más fructífera si representa un lazo con el mundo exterior y, por lo tanto, un constante refrescamiento de la imagen oral del mundo exterior que el acompañante expresa gradualmente. Simplifico mucho, sí, pero hacer un catálogo extenso de tipos de habitantes del inframundo es innecesario, pues El Sepulturero no era sino uno de todos y no todos. Aceptó mi amistad, propuesta que no hice con lo anterior conscientemente (como dije antes), sino porque me pareció que podía aprovechar ese intercambio: dos hombres con necesidades mezquinas complementarias es una gran alianza, mientras ninguno de los dos se vuelva dispensable.

El archivo por el que yo había bajado era un viejo registro referente a un pago, un pago que fue registrado y archivado pero que, por razones desconocidas, se traspapeló y terminó en el Archivo Muerto. Se trataba de un recibo con una cantidad inusual escrita, más de seis ceros: un pago por corrección de estilo y edición para un atlas regional que, entre otras cosas, había causado una ligera revuelta entre dos de los bandos más fuertes, en cuestión económica, de la Institución. La revuelta comenzó cuando Jefa Española me hizo la pregunta: "Rafael, tú que eres experto en estas cosas, ¿qué tanto trabajo requiere editar este libro así como nos lo han entregado?", a lo que yo respondí, haciendo énfasis en el matiz referente a mi expertez (cosa que no sólo no era tal, sino que jamás salió a luz porque, entre otras cosas, siempre he sido uno de esos que no hacen mucho, que fingen hacer, y casi nadie lo nota, casi todos creen lo opuesto y me tienen en tan alta estima): "no mucho, si acaso un par de semanas trabajando relajadamente; en realidad, me tomaría cuatro días si lo trabajara sólo en horario de oficina, porque el libro está prácticamente armado; realmente, el libro ya está listo para la imprenta, y creo que por eso nos lo han dado en este formato". Ella, sobándose los codos, exaltándose de pronto, pregunta: "¿Entonces por qué coños están cobrando esta cantidad, y por qué coños están contratando a un supuesto editor especializado? A mí se me hace que aquí hay otra cosa", y yo, claro, que soy un perfecto especulador, un perfecto chismógrafo desde mi seudoinclusión al grupo de las Señoras, no puedo sino responder que "sí, claramente hay otra cosa. Me parece que lo que hay ahí es fraude, Jefa Española. Me parece que pretenden meternos un gol y que esa cantidad va para ellos, para quien sea que sea la persona encargada de gestionar ese pago, quien sea que haya sido quien haya contratado al supuesto editor." La conversación siguió, especulando por la misma línea, entendiéndose que en el transcurso la imaginación se convirtió en un gran pulpo de mil tentáculos, un pulpo cuyos brazos y ventosas se afianzaban con celosía sobre todos los posibles sospechosos, sobre todas las facciones involucradas. "No se diga más. Tú haces lo que sea que necesites con estas cosas, yo me encargo de seguir investigando. Por lo pronto, no te levantes de esa silla, pero tampoco te apures a terminar de revisar el atlas. Es mejor que crean que trabajamos duro en algo complicado, a apresurar este proceso. Lo que necesitamos es tiempo, y no hables con nadie del tema porque puede estar plagado de espías. Me voy."

Los Espías. Claro, con tantas facciones internas en disputa por el poder tiene que haber espías en una historia como esta. Esa misma tarde, por ejemplo, cada vez que Jefa Española volvía a mi cubículo, alguien pasaba por el pasillo, sonaba el teléfono, alguien irrumpía sin tocar la puerta cuando estaba cerrada. Hablábamos en voz baja, bajísima. Bloqueamos internet, apagamos el teléfono. Jefa Española me dio un radio para comunicarnos en una frecuencia especial. La paranoia estaba al límite, ni siquiera Jefa Mexicana era capaz de hacer comentarios referentes a sus uñas, a sus peregrinaciones al desierto. Para cuando terminó el día yo ya sospechaba de todos, todos podían estar involucrados. Hablé con Giselle, con quien siempre hablaba en el autobús de regreso a Zona Río. Ella ya había escuchado de Los Espías, había escuchado de su líder, La Araña. Giselle había escuchado que operaban bajo mandato de una organización secreta interna compuesta por trece jefes que no ocupaban cargo, pero que eran quienes controlaban todos los movimientos políticos y económicos de la Institución. El cargo de Presidencia, y también el del Jefe de Jefes, eran supervisados por ellos, eran elegidos por ellos, eran dominados por ellos. Obrar en su contra era un riesgo a perderlo todo, y por eso mismo ya no pude soltar el tema. Decidí investigar a dos amigos que trabajaban en Publicaciones, el área donde radicaba el conflicto, la Zona de Guerra, la Tierra de Nadie, donde estaban nuestros principales sospechosos. Alguno de ellos, tal vez, por el contacto directo que tenía conmigo, podría ser ahora un espía menor, pagado para sacarme cualquier información relevante. Decidí jugar un doble juego y atraparlos si es que eran espías, ser una araña encubierta en traje de arena.

Al primero que interrogué fue a Néstor. Conociéndolo de años, sabía que no diría mucho. Sabía que fingiría saber nada así lo supiera todo o poco, y se limitaría a reírse, a hablar con el cigarrillo entre los dientes palabras incomprensibles, a encogerse de hombros y pelar los ojos concluyendo que estaba medio loco eso. Yo sólo le diría las cosas superficiales, lo que todos saben, como si tampoco estuviera tan enterado, como si todo me pareciera una broma, una paranoia colectiva. Entonces me abriría puerta, porque con Néstor así, entendiendo que a mí ni me iba ni me venía, podría hablar con la otra, Carla, como si estuviera más al tanto y convencerla de que me dejara entrar como espía. Así fue. Mordieron el anzuelo, y Carla me contó que su jefa estaba llevando a cabo una investigación a nuestro departamento y que cualquier información que pudiera sugerirle me sería recompensada a su debido modo. La pesquiza, no sin sus contratiempos, me llevó a concluir que era necesario revisar el Archivo Muerto, gracias a un tip que me dio uno de los contraespías de Publicaciones: el recibo de pago se había "traspapelado" allá porque presentaba una inconsistencia que cualquiera del departamento de finanzas notaría: no estaba autorizado por la Secretaría. Fue así que conocí a El Sepulturero, y entablé con él un trato: yo le llevaría fotografías de la superficie, de las nubes y de la niebla, y charlaría con él una vez a la semana, le llevaría cigarrillos, y él me dejaría hurgar entre el tesoro de su archivo, buscando lo que necesitara buscar.

Cuando redacté el informe a Jefa Española que contenía todo lo referente a mi investigación recibí una nota de cuidado. Decía poco, escrita con letra a mano, con un pulso temerario y dictatorial: "Salga hoy del país, o no saldrá nunca de su última habitación".

Por suerte, esa misma tarde salí a Bogotá.

Cuando volví, todo el asunto se había olvidado.


VI.

Antes de renunciar al trabajo dediqué todo mi esfuerzo a descubrir al amante de Jefa Mexicana. Estuve a punto, un par de veces, pero en ambas ocasiones el resultado se frustró por un imprevisto: el amante no llegó al punto de reunión.

Comencé a pensar por el lado más peligroso: ¿y si el amante no existía? Pero yo había escuchado su voz, yo sabía ya de su existencia. ¿Sería posible que lo hubiera formado como una desviación de mi estrés, como una necesidad señorística por la represión de todas las otras necesidades señorísticas que me surgían poco a poco conforme mi estadía en la Institución se volvía más y más rumbo a lo permanente? No lo creo, pero en ese momento lo pensé, y el pensamiento fue terrible: ¿qué tal si era yo mismo el amante, en un desfase esquizoide de personalidad, mi propio Tyler Durden?

Un viernes tuve la oportunidad más cercana de conocerlo. Antes había seguido a Jefa Mexicana a distancia, cuando ella había hablado con él, habíase maquillado, había inventado un pretexto para una larga ausencia en el cubículo. La seguí entre los árboles, ocultándome entre la vegetación de los barrancos que separan los edificios. La seguí, por tal vez un cuarto de hora, hasta que ella se detuvo bajo un granado y esperó, esperó paciente, y yo también esperé paciente. Yo la veía, sólo de pie, de pie y con una carpeta bajo su brazo, sin hacer movimiento alguno, sin moverse, sin consultar el reloj, sin cambiar de expresión. No mostraba cansancio ni angustia, ni espera, nada. Era un maniquí. Y yo, espiándola desde el árbol, experimentaba todas las sensaciones que creía que ella debía experimentar al ver que su cita no llegaba y no llegaba. Yo vivía su frustración, ¿por qué él no llegaba? ¿Por qué ella no se movía? ¿Por qué todo era tan desmesuradamente imposible? Esa vez volví con las manos y la cabeza vacías, con un desprendimiento de mí mismo. Pero el viernes, el viernes sería diferente, el viernes el encuentro había sido programado en un lugar público, en un evento público al que yo también estaba invitado. Sabía que descubrirlos en una situación así era más que complicado, que requeriría de observación rapaz y agilidad de mangosta. Era una comida mexicana (término que siempre me ha parecido estúpido cuando se vive en México y la mayoría de la comida es siempre mexicana pero que, en un contexto burgués, donde las fiestas suelen ser de comida italiana o japonesa, o "nativa" —término más estúpido, pues se refiere a comida "nativa" a zonas más bien remotas, como India o Tailandia— se especifica que se trata de comida mexicana "gourmet", que no es sino comida mexicana hecha por señoras, por señores comunes y corrientes, por nuestras madres y abuelas campiranas, por las mismas señoras que en el Instituto decían que la fiesta sería una comida mexicana, por señoras que no suelen hacer la cocina casera de los burgueses y que, por lo mismo, no son burguesas, y una señora no burguesa no usaría ese término, como las señoras que trabajan ahí, como Jefa Mexicana, porque ellas cocinan y comen eso todos los días). Yo estaba sentado en una esquina desde donde tenía asegurada una vista general a todo el salón. Jefa Mexicana estaba de pie, donde los platillos, frente a los camarones con chile que ella hizo, a un lado el pollo en mole y los chicharrones servidos con dos salsas distintas en dos trastes distintos, al otro lado los tamales y el pastel azteca. Estuvo ahí, de pie, sirviendo, ayudando a servir, y jamás noté una sonrisa especial, diferente, a esa que hacía ladeando la cara. Jamás noté que su mano se deslizara, o que otra mano se deslizara, suavemente, al servirle a alguien los camarones o la carne en su jugo que estaba un poco más lejos pero todavía accesible a ella. Luego se sentó a dos espacios de donde yo estaba con unos amigos, al lado La Loba, y estuvieron platicando de nada, de chismes, como si cualquier cosa, toda la tarde. Me fui, con los sueños rotos, a casa.

No volví hasta una semana después.

Toda la semana no hubo noticias del amante y yo me cansaba cada vez más. Cada vez odiaba más a Jefa Mexicana. El trabajo me sabía a tedio. No tenía ya, siquiera, palabras para describirla, para odiarla descriptivamente, para meter a otros en mis narrativas espiralescas alrededor de ella. Sólo pensaba en renunciar, y pasaba todo el tiempo posible en el puente, fumando, evitando sus comentarios, evitando su cara de demonio maya. Fueron días grises de aburrimiento.


VII.

Una semana antes de renunciar comencé a escribir estos apuntes. Entonces no tenía otra manera de pasar las horas, horas largas frente al espacio vacío donde Jefa Mexicana se suponía que debía sentarse. Había pasado un mes y medio desde que había vuelto de Bogotá. Todo se sentía muerto.

Mi departamento se encontraba en crisis: Jefe de Jefes renunció repentinamente, sin aviso, tras conseguir un puesto importante para el gobierno federal. Descabezados, nadie respondiendo a nadie, la analogía perfecta de la Revolución: me autonombré Jefe de Coordinación Editorial, porque ya todos éramos jefes de algo. Jefa Mexicana corría todo el día, papeles en mano; Jefa Española iba y venía por los pasillos, "tú despachas en los pasillos, me dicen", decía cuando uno se la encontraba con una carpeta gruesa en mano; Jefa Secretaria y Jefe Becario, antes una secretaria y un becario, simples, sin más, no entendían ahora sus facultades; yo, fumaba todo el tiempo, fumaba en el puente pero también en mi oficina, mi oficina que ya no compartía con Jefa Mexicana, fumaba con el peso de la distancia, de la ausencia.

Pasaron así todos los días hasta el penúltimo.

Por cuestiones de editorial, y por respeto al trato hecho con El Sepulturero, tuve que volver al Archivo Muerto. Pasé tres horas escarbando, contándole a ese gigante silencioso del caos repentino en el que mi departamento se había sumido y también el Instituto en sí, considerando que el puesto que ocupaba Jefe de Jefes era el segundo en importancia. Para entonces ya había llegado su reemplazo, aunque todavía no ocupaba el cargo, aunque tampoco servía de mucho: en unos cuantos meses entraría la nueva administración y, con ella, todos los nuevos directivos, todos los nuevos jefes, y los jefes previos, todos, ya no serían más que simples funcionarios de segundo nivel. Yo, entre ellos, volvería a ser nadie, otra vez un Novato aseñorado cualquiera. Salí tras encontrar el archivo que buscaba: una carta de una de las dependencias centrales de investigación del país. Crucé el umbral hacia la oscuridad impenetrable, crucé el largo pasillo, subí las escaleras, ya sin tocar las paredes, ya como un ciego, como un topo, como una alimaña nacida sin ojos, alimaña de la penumbra y el moho, alimaña que conoce su camino por el olfato, por el olor del aire que se adelgaza. Cuando abrí la puerta que daba a la Biblioteca Central, ahí, frente a mí, sonriendo con la cabeza ladeada como hacía Jefa Mexicana, estaba La Gorda.

—Te vi en las cámaras de seguridad— dijo, con los ojos hacia abajo y a la izquierda, como si hubiera algo importante en la alfombra, algo que fuera imprescindible ver mientras me informaba que, y se me revolvía el estómago cuando lo decía, me había visto en las cámaras —fumando mariguana. —No, yo no... / No me haces pendeja, yo te vi, y vi a tus amigos. Fumaban acá abajo, en el quiosco que está en el estacionamiento. La cámara está justo arriba de donde siempre se sientan— y calló. No dijo más. No dije. Nos quedamos así. El resto de la conversación sucedió en su celda, una pocilga apestosa y circular en medio del sótano de la Biblioteca Central, una celda con una sola ventana, una ventana circular que hacía las veces de pared de toda la celda. Me enseñó los videos. Me enseñó la pipa, inconfundible, la pipa negra en la que había fumado, una y otra vez, casi todas las tardes, durante cinco meses. —Sabes que esto te puede meter en muchos problemas— paladeó como quien bebe una copa de sangre, deliciosa sangre, a lo que añadió, no sin cierta entonación perversa de quien disfruta sabiendo que causa pena en los otros: —Pero somos amigos, y los amigos se echan la mano, ¿no crees? Tú dirás.

Pensé que me pediría que me la cogiera. Pensé que ahí, en el sótano, a la vista de todos los sotanarios, oscuros y secretos trabajadores, tendría que forzarme una erección para salvar mi honor y el de mis amigos, para evitar así un despido escandaloso mío y de mis amigos. Pensé que nada podía evitarlo, porque incluso si alguien de ahí, un guardia del sótano o una de las dos señoras que trabajaban en otros puestos recónditos alrededor de esa celda central, intentaban llegar a la celda para detener el acto, tardarían más en encontrar el modo de entrar que de volver a Tijuana pues, como había dicho antes, Biblioteca es un laberinto, y nunca una puerta te lleva a donde crees que debe llevarte. La estrategia, entonces, supuse, era que ella me acusaría de haberla seducido y ella accedió, pero ella no sería culpable de algún modo, gracias a algún mecanismo burocrático arcaico que la expugnaría y dejaría libre, dejaría mantener su puesto, mientras a mí me despojarían del mío sin afectar a mis amigos. Supuse que ella ya estaba harta de mí, pero que también sus necesidades físicas... Luego cambié de opinión, pensé algo peor: todos los circundantes, todo el departamento de información, de comunicación, de seguridad, plantado en el sótano de Biblioteca sería partícipe: lo que ella planeaba era una orgía: nosotros en la celda central: ella devorándome, succionando mi verga como a una herida de serpiente, como quien succiona una herida para sacar el veneno, mi veneno, mi veneno lechoso que ella ávida busca, ávida desea, ávida quiere que escupa desde dentro de mi cuerpo: mi esencia, busca mi esencia, beberla, rejuvenecer con ese elixir cultivado cuidadosamente, cada caricia, cada beso, cada lengüetazo un ladrillo más, un nudo más que se avanza en el proceso delicado de hervir el deseo hasta que se tiene la temperatura adecuada, la temperatura perfecta, el estallido. Afuera, todos los demás, se masturbarían viendo, se cogerían entre ellos viendo, hombre contra hombre, mujer contra mujer, mujer contra hombre, hombre contra mujer, y ninguno una sola vez, porque a mí tampoco me dejaría irme con una sola vez. Tendría que lograrlo dentro de ella, en cada agujero, para impregnarla completa, hasta haberme ordeñado por completo. Con el estómago revuelto la escuché repetir esa última frase, ese "y los amigos se echan la mano, ¿no crees? Tú dirás..." retumbando, retumbando, tú dirás, cabroncito. Pensé en rehusarme. Pensé en golpearla y huir, escapar, no volver. Ya había nada ahí para mí.

Pero no, resultó ser otra cosa completamente distinta. Lo que ella me pidió fue escucharla, durante horas, durante todo el día. Contarme, por ejemplo, de su sobrina con leucemia, de su madre con diabetes, de su tío con cáncer. No tenía hijos, su esposo murió cuando eran jóvenes y ella engordó y no se volvió a casar. Sus hermanas vivían en Sonora, y rara vez se veían. Sus padres y sus tíos, también en Sonora, y les mandaba dinero. Estaba sola, completamente sola, y no tenía amigos dentro del Instituto. Todos la odiaban, como yo mismo, porque era insoportable, porque era inmiscuida y argüendera, y su soledad y tristeza no le quitaba lo hija de puta. Hice una concesión, esa tarde, conmigo mismo, para no repudiarla por haberme engañado, por haberme encerrado en su celda y chantajeádome con los videos para que la escuchara forzosamente. Hice la concesión, simplemente, porque yo también estaba solo, porque estaba honestamente solo y triste y cansado, porque tenía necesidad de escuchar a alguien peor que yo, alguien que me hiciera sentir afortunado. Siempre he atraído a las personas a que me cuenten sus historias. Desde niño se me han acercado en la calle vagabundos, borrachos, locos, a contarme esas cosas que nadie más escucha. Vienen a mí, desde todos los rincones, de todas las penumbras, a desnudar sus vidas amoratadas y dispares. Esto, desde niño, me ha llevado a pensarme como un filtro, como un destilador, un traductor de realidades. Siempre he escrito, y escribo alimentado por mi vida y las de los demás, las de los demás que se me acercan a contármela, de pronto, sin negociación, como si supieran que yo soy el depositario de esas historias, el archivo, y a la vez el medio de difusión, de propagación, de expansión del universo. Como yo hay muchos: somos los que narramos el mundo, los que llenamos la realidad y abrimos portales a otras dimensiones, los que mantenemos al universo conectado, a la memoria del universo andando. Por eso siempre escucho, aunque no quiera escuchar, porque entiendo que es mi obligación hacerlo. En ocasiones nada resulta de ello, nada relevante. Pero, en otras, casi siempre, hay voces que brillan. Muy rara vez una gran historia. Casi nunca, una obra maestra. Lo que me contó esa tarde La Gorda fue una de las primeras, una de esas historias que no son diferentes a todas las demás, pero que de cualquier modo deben contarse, deben dejarse volar, evaporar, para condensar en otra historia después. A las tres, justo cuando debía irme, me dejó salir.

Decidí que renunciaría al día siguiente.


VIII.

Hablé con Jefa Española en la mañana, y todo estaba puesto para que yo me fuera. Decidí que me quedaría la jornada entera, no tanto porque quisiera despedirme, sino porque los puentes, muchas veces, me habían servido como foco de concentración para pensar en los sucesos que me llegaban, a veces demasiados y difíciles de comprender como parte de un todo inmóvil dentro del cual se mueve el todo transmutable. Jefa Mexicana no tenía idea de que renunciaría ese día. Nadie, excepto yo y Jefa Española.

Los ratos que estuve en la oficina, trabajando en el último libro que trabajaría, me mantuve atento al teléfono por si el amante llamaba. Pero nunca llamó. Jefa Mexicana estuvo ocupada todo el día, de un lado para otro, carpeta en mano. A las once de la mañana, sabiendo que sólo me quedaban unas horas, salí de la oficina para hacer un último recorrido por todos los edificios. Había cosas que tenía que ver por segunda vez, sobre todo un baño, un baño en el piso más alto del edificio más alejado, a donde una vez Jefa Mexicana me había mandado varias veces durante el día, no sé si como castigo por mi actitud o para ella tener oportunidad de verse con él en la oficina, para coger en el escritorio como yo siempre había fantaseado hacer si llegaba a quedarme ahí el suficiente rato como para que fuera posible. El baño presentaba una característica peculiar: estaba desprovisto de techo, a diferencia de los otros baños, y una escalera de hierro en espiral, cortada a la altura donde debería estar el techo, ascendía hasta alturas indescriptibles. Por afuera, el edificio era igual que los demás y no presentaba cúpulas ni cosas parecidas. El baño estaba en el último piso, por lo que el hecho de que no tuviera techo al nivel del resto de la planta sólo podía indicar que había un fragmento amplio de edificio, el equivalente a unas dos plantas de techo bajo, que no estaban registradas ni existían oficialmente, cosa que había comprobado en el Archivo Muerto al no encontrar nunca ningún oficio relacionado con esos niveles. La escalera me quedaba a la altura de los dedos si me estiraba, así que bastaba dar un pequeño salto para anclarme a ellas y, con el impulso suficiente, jalarme hacia arriba para subir todo el cuerpo y recorrer el resto del tramo como si no estuvieran cortadas, como si ahí empezara el mundo, a media escalera. La luz del baño, ahí, justo sobre él, no llegaba. Alucé con mi celular. Seguí adelante.

Tras unos quince escalones, tramo largo, terminó la escalera y, como comprobé tanteando con la punta del pie, empezaban los pasillos secretos. No había ruido. Ni siquiera el mar, omnipotente en todos los rincones del Instituto, susurraba ahí. No me sentía temeroso, como cuando bajé por primera vez al Archivo Muerto. Me sentía, incluso, seguro, en calma, como si cada paso que diera en la oscuridad absoluta, donde ya no me servía siquiera el celular para aluzar el suelo —y entonces lo guardé—, un suelo que se extendía a infinitos abismos de distancia más allá de mis pies, mis pies que pisaban algo pero era nada, pisaban la nada. Llegué a una puerta que no vi ni sé cómo supe que estaba ahí, pero que abrí, y cuando la abrí tampoco pude ver qué había del otro lado porque la luz que ahora tenía al frente no me dejaba ver aunque tampoco me lastimaba.

Ahora estaba en un lugar similar al anterior, donde la oscuridad eterna había sido reemplazada por luz eterna, al menos hasta que mis ojos se acostumbraron y comenzaron a distinguir paredes blancas de techos blancos y de suelos blancos. Había un escritorio blanco al centro de la habitación y, detrás de él, una mujer muy pálida vestida de negro, cosa que me sorprendió pues no logré verla en mi encandilamiento.

—¿Por qué la entrada es tan accesible?
—Porque es una entrada.
—Pero, ¿se supone que cualquiera debería entrar, tan fácil?
—Nadie más había entrado antes.
—¿Y si alguien lo hubiera hecho?
—No estaría usted aquí ahora.
—¿Me esperaban?
—Desde hace tiempo.
—¿Qué debo hacer?
—No lo sé, nadie lo sabe.
—¿Suponemos que lo sabré a su momento?
—Como buen lector, usted sabe que esas cosas sólo se saben en su momento.
—Aquí hay un pozo, entonces.
—Sí.
—Y yo debo sumergirme en ese pozo.
—Sí.
—¿Ahora?
—No, a su tiempo.
—¿Qué debo hacer ahora?
—Despertar.


IX.

Estaba en el baño. Me había quedado dormido después de haber brincado al techo y no encontrar más que maderos viejos y algunos papeles arrumbados, una pared sin puerta.

Volví a mi cubículo, habiendo fracasado también en mi última empresa, como había fracasado en mi intento por descubrir al amante de Jefa Mexicana. Redacté mi carta de renuncia, sabiendo que al siguiente día entraría La Suplente, que La Suplente significaría un proceso arduo de cambio de régimen, un previo para la entrada del nuevo régimen que me despojaría de lo poco conseguido. Mi garganta sabía a cobre: la decepción, la tristeza de haber sido derrotado por todas las fuerzas del trabajo, por todas las fuerzas del Instituto. Al final, no sólo no había logrado mis propósitos, sino que sentía que todo lo que había sucedido después de volver de Bogotá pertenecía a otro plano de realidad, un plano en el que yo me movía superficialmente y sin mucha capacidad de cohesión.

Le expliqué a Jefa Mexicana que renunciaba en ese momento, que estaba a punto de ir a Recursos Humanos a entregar la carta y que nunca más nos veríamos. Un lado de mí, el que la había odiado por esos meses, gozaba, brincaba de alegría. Otro, el que había diluido el cansancio de su presencia constante las últimas semanas, desde mi ascenso, desde mi oficina propia, desde que ella ya no era mi compañera de celda y su vida ya no estaba ligada a la mía, sentía hasta un poco de tristeza el ya no trabajar con ella, el no volver a verla. Hubo lágrimas en sus ojos.

Me dijo, con una voz y un discurso que no parecieron suyos: "Rafael, pues, vaya, cómo pasa el tiempo. Siempre hiciste las cosas tan bien, y no sé ahora cómo le haremos para encontrar un reemplazo. Pero no es eso, es que ya me había acostumbrado a ti, a tu forma de ser, a tu silencio. Pensé... te pensaba como alguien ya de aquí, como alguien de la familia. Supongo que hay que aceptar cuando los amigos parten. Hay que desearles lo mejor. Ojalá algún día vuelvas, si es que sí te vas a Colombia, como sé que planeas. Ojalá les vaya bien a ti y a tu novia. Si un día andan por acá, pasen a visitar. Me encantaría conocerla y..." En ese punto, Jefa Mexicana soltó el llanto. Traía una carpeta azul en la mano que me ofreció sin dejar de llorar. La agarré y, sin decir más, sin hacer otra cosa, le dije: "adiós, igual y luego vuelvo". Salí y cerré la puerta. Me quedé unos minutos en el pasillo. Nunca pensé en qué pasaba con un Veterano o una Señora o un Novato cuando ya no era parte del Instituto. Nunca pensé en una clasificación que los incluyera.

Encendí un cigarrillo aún sin salir del edificio. ¿Qué podían hacer? ¿Correrme? Caminé lentamente hasta Recursos Humanos, en el edificio de al lado. En la recepción estaba una señora que me preguntó, con rostro severo, a quién buscaba. Le dije que no sabía, que iba a entregar una carta de renuncia. Cambió su expresión, ese gesto de cuando alguien le dice a una persona que fuma que si puede apagar el cigarrillo porque le molesta, que si no le preocupa el cáncer, y el que fuma le responde que tiene cáncer terminal y que, fume o no, morirá cualquier día de ese mes. Entonces me pidió, dulcemente, que esperara un minuto. Durante ese minuto hizo una breve llamada, me ofreció una galleta de mantequilla, recibió otra llamada breve, y me pidió, con la misma dulzura, que pasara a la oficina de al fondo, por favor. Ahí, una señora alta y pálida, de peinado austero y traje sastre, me preguntó la razón de mi denuncia.

Le conté toda la historia que acabo de escribir.

—Pero eso no es suficiente para que renuncie.
—¿A qué se refiere?
—Para renunciar, tiene que tener un motivo real. Un motivo fuerte. Lo que usted me ha dado es una serie de acontecimientos, pero no un motivo.
—Ya no tengo propósito aquí.
—Eso es un motivo, pero hay que matizarlo.
—¿Cómo hago eso?
—Usted es un burócrata, es capaz de hacer eso.
—Sólo fingía ser burócrata.
—Eso cree ahora. Nadie puede fingir lo que no es en esencia.
—Pero yo nunca lo fui, sólo lo imité, como un actor.
—Pero un actor no imita, se funde con su personaje durante la obra.
—Pero de cualquier modo no sabría inventar un motivo.
—Podría inventar uno.
—Eso sería mentir.
—¿Y no sabe mentir como para que yo no me dé cuenta?
—Pero ya sé que sabría que estoy mintiendo.
—A no ser que usted lo que en realidad pretenda sea ocultarme el motivo de su renuncia porque le es embarazoso. Pero ahora me lo contará, me dirá la verdad, porque ya he descubierto que usted es así, pudoroso. No se preocupe, me aseguraré de que nadie indiscreto se entere, y podrá usted volver aquí si gusta, si siente que tiene un propósito su regreso, si cree usted que hay algo aquí, tal vez un pozo, que necesite utilizar en algún momento. ¿Entendido?
—Sí. Entiendo.
—Entonces, ¿por qué es que renuncia?
—Me voy de la ciudad.
—Ya veo. ¿A dónde y por qué se va?
—A México. Me han becado para escribir un libro y me iré allá mientras dure la beca.
—Ni hablar entonces, no hay nada que yo pueda hacer para persuadirlo a quedarse.
—Pero me ha gustado trabajar aquí.
—¿Aprendió algo?
—Muchas cosas.
—¿Qué experiencia se lleva de aquí?
—Principalmente, que ahora sé que lo es luchar por una meta.
—¿Se refiere a Bogotá?
—Más precisamente a la persona detrás de mis viajes allá. Sí.
—Correcto. ¿Alguna otra cosa?
—Siento que no hubo nunca un sacrificio. Siento que también saqué una buena historia de mi experiencia aquí.
—Entonces escríbala. Y, cuando vuelva, pase a visitarme, y me trae una copia.
—O la subo a internet y le mando un correo para decirle dónde leerla.
—Acá nadie usa internet, señor Zamudio, se supone que ya se dio cuenta de eso.
—Cierto.
—Bueno, no lo retengo más. Que le vaya bien en el D.F., hasta luego.
—Gracias. Hasta luego.

No pasé a despedirme de ninguno de mis amigos. Bajé, eso sí, a la cafetería. Quedaban veinte minutos antes de que saliera el autobús, suficiente tiempo para comer. Sabría que no me encontraría a nadie conocido: todos, a esa hora, ya habrían comido. Calenté mi última comida, mi último lonche recalentado, mi último plato de mole batido, mole con arroz y frijoles batidos por haber llevado el traste en la mochila todo el día, el traste sin separaciones en el que mi mamá echaba, indistintamente, todo lo que me diera de comida en la mañana, antes de irme. Lo comí en una mesa al lado de la ventana, la mesa de siempre. El mar tranquilo al otro lado de la ventana. Plateado y tranquilo al otro lado de la ventana. El mar que había visto siempre desde los puentes, aguamarina o violáceo o de niebla derretida. El mar que, todos los días, cuando comía siempre en la misma mesa, en esa misma que estaba ahora, yacía calmo y lejano al otro lado de la ventana, a veces aguamarina o a veces negro, a veces con lunares rojos, a veces espumeando, a veces silbando. El mar, al que siempre volvía, como esos pájaros en Seda, de Baricco, que vuelven después de partir, cuando Hervé Joncour llega por tercera vez a Japón, al pueblo de Hara Kei y
"...pudo ver,
al final,
de repente,
el cielo sobre el palacio tiznarse por el vuelo de cientos de pájaros, como si fuera un estallido de la tierra, pájaros de todo tipo, desorientados, huyendo hacia cualquier parte, enloquecidos, cantando y gritando, pirotécnica explosión de alas y nube de colores disparada en la luz y de sonidos asustados, música en fuga, volando en el cielo.
Herve Joncour sonrió."
Yo sonreí. "Volverán", le dice Hara Kei, "es siempre difícil resistir la tentación de volver, ¿no es cierto?".
Volveré.
Un día.
Al mar.
Al pozo.
Es difícil resistir la tentación de volver. Es cierto.
Volveré a esa vista aguamarina, a veces niebla derretida, a veces lunares de púrpura y pelícanos en picada. Volveré, al mar, por el mar, porque así está escrito, porque sé que, cuando llegue el tiempo, eso me pedirá mi propia vida que haga. Como pájaro, volveré como un pájaro que escapó de su pajarera, un pájaro del mar que escapó de su pajarera.

Es difícil resistir la tentación de volver, muy difícil.

¿No es cierto?

2 han dicho algo.:

Anónimo dijo...

hahaha el esperpento con mandibula de cerdo, pinche rafilla, no he trabajado por estarte leyendo

Anónimo dijo...

En 20 minutos me converti en tu admiradora.