jueves, 7 de octubre de 2010

Let's talk timetravel: apuntes para reescribir una novela

Hace un año cerré los ojos y estaba frente a Paracelso. Antes había viajado a Damasco, trepado a la cima del alminar de la ciudadela de Saladino, corrido por los tejados, entre baldosas y maderos, piedras de adobo moruno, piedras de arena. Compré pescado seco y tuve lepra. Morí una tarde de abril en el camino a Constantinopla.

Abrí los ojos y estaba en mi cama. Los volví a cerrar y Londres en 1896 era tan neblinoso como ya no es ahora, como todos lo recordamos con nostalgia. El mal del siglo, la asedia, el spleen, le enui, el tedium vitae, el hastío, abrían paso para el siguiente progreso: La Gran Depresión. Morí una mañana de diciembre tosiendo sangre en un kang de ladrillo en un fumadero de opio.

Volví a abrir los ojos y estaba en los albores del siglo XXI, frente al Estrés. Los malestares de siglo son acumulables y abarcan los anteriores, me dice el techo blanco.

Seguí durmiendo. Cerrando y abriendo los ojos. Volviendo atrás a otros tiempos, a los tiempos de mis pasados, de mis ancestros, a mi memoria genética. Descubrí algo llamado El Árbol de la Vida, El Árbol del Tiempo, un molde maestro de toda la vida de uno, de toda la línea de vida de uno, desde la muerte hasta el comienzo de los tiempos. Descubrí que viajar a través del tiempo involucra todo un marco teórico, y decidí desarrollarlo en torno a cinco premisas.

La teoría es la siguiente:

  • La teoría es que cada acción ramifica la línea temporal propia y se ramifica con todas las acciones posibles no cometidas para ese instante.
  • La teoría es que cada árbol de tiempo es único y propio aunque confluye con otros árboles de tiempo únicos y propios a otros individuos.
  • La teoría es que cada árbol de tiempo corresponde a la memoria, y en la memoria se encuentra la memoria de los ancestros en los genes.
  • La teoría es que el viajero puede volver a la memoria de sus ancestros, a sus ancestros, hasta que su linaje era concebido.
  • La teoría es que el viajero puede volver, ancestro a ancestro, hasta el origen de la vida.
  • La teoría es que el viajero puede visitar otra posibilidad en su árbol de tiempo, pues todas las posibilidades en su memoria están abiertas.
  • La teoría es que el viajero puede romper la barrera de la vida y del universo cambiando de plano: memoria genética a memoria espiritual.
  • La teoría es que el viajero puede volver al origen del tiempo y las cosas y volverse omnipresente, ramificar el árbol a su antojo.
  • La teoría es que no hay paradoja porque la posibilidad representa el pensar que eso ya fue hecho en todo momento, desde cualquier momento.
  • La teoría es que el viajero evita el fin de los tiempos y por eso es que el tiempo siempre fue infinito.
  • La teoría es que el viajero jamás puede anular la existencia porque su propósito es viajar bajo la ley de un propósito propio.
  • La teoría es que el viajero quiere volver al pasado porque su presente no le es satisfactorio: busca una respuesta, un cambio, o un beso.
  • La teoría es que el viajero no comprende hasta el final que el origen del tiempo y las cosas sólo es su origen del tiempo y las cosas.
  • La teoría es que el viajero no comprende, hasta el final, que no puede obligar a otros árboles de tiempo a fusionarse con el suyo.
  • La teoría es que el esfuerzo del viajero, sin embargo, es apreciado y el final es un final feliz: llegará la muerte, se conocerán sólo ahí.
  • La teoría es que ella y él se verán en un último instante, lo entenderán en el último instante, estarán juntos siempre en ese instante.
  • La teoría es que cada instante tiene la permanencia de una fotografía, de una historia escrita, de un testigo inmóvil que siempre la cuenta.

Las premisas son las siguientes:

  • Primera premisa: lo leído se siente.
  • Segunda premisa: lo sentido se vive.
  • Tercera premisa: lo vivido se memora.
  • Cuarta premisa: lo memorado se escribe.
  • Quinta premisa: lo escrito se lee.

Digamos que hoy desperté sintiéndome anulado. Digamos que, como hace un año, abrí los ojos y yo no venía de acá: venía del trópico. Digamos que desperté con una sensación en el pecho de haberme quedado allá, de haberme perdido allá y despertar acá no es sólo horroroso sino también incomprensible. Digamos que yo me siento como bajo tierra, como si todos pasaran encima de mí, sobre mí, y de ellos escuchara cosas, escuchara algunas palabras vagas y a veces me llegara un papelito, una basura, por la rendija de la alcantarilla. Digamos que yo veo cómo la vida pasa allá, y toda mi vida debería pasar allá, mientras yo estoy acá en un letargo indefinido. Digamos que me siento exiliado, que me siento en prisión y en trabajos forzados, trabajando y trabajando sin tiempo ni energía para rebelarme, sólo pensando en qué pasa allá mientras yo lucho acá para poder volver. Digamos que envidio todo lo que pasa allá, envidio a todos los que viven allá, cambiaría a todo el mundo para estar allá.

Digamos que tengo una razón para cambiar mi realidad, una razón para viajar en el tiempo.

Así empecé una novela el año pasado.

Siguiendo las premisas, escribí una realidad alterna. Viajé en el tiempo, buscando la respuesta, buscando el cambio, buscando el beso. Concluí, como explica la teoría, que mi línea del tiempo sólo es modificable en cuanto a mí mismo y que no puedo forzar al entrecruce a las otras líneas de tiempo, a las líneas de tiempo que quería juntar con la mía. Escribí un instante en el que me fuera posible, para siempre, tener eso que necesitaba tener, y que fuera de ese instante en el que se cruzaba una mirada con la mía, un instante eterno para todo el curso de la historia, un instante de la memoria, una fotografía imaginada, fuera de ese instante no era posible tener más.

Se entiende que esa novela fue un ejercicio de creación, un conocer los límites de la creación. Viví todas esas cosas, las sentí, y en todo ese momento en que escribía esa historia, una historia que escribí durante un mes, en ese momento fui genuinamente feliz, o triste. Se entiende que, terminada la escritura, la novela ya no tenía propósito de existir y jamás la corregí, jamás la volví a leer, jamás la volví a tocar. Se entiende que, al volver de ese viaje, de ese viaje de doscientas cincuenta páginas, había encontrado algo, algo que necesitaba, y de ese año para acá me he movido por otras dimensiones, tan distintas.

Digamos que hoy me topo, otra vez, con una situación similar.

Digamos que hoy me topo con una realidad en la que no quiero estar inmerso. Una realidad que me sabe a desgaste y difuminación.

Digamos que estoy a dos meses del viaje, a dos meses de haber vuelto de Bogotá. Estoy a dos meses de haber encontrado mi casa, mi familia, mis amigos. Estoy a dos meses de no terminar de volver, porque tomé la decisión de hacer allá mi futuro.

Digamos que el presente me sabe a estar bajo tierra, a estar en una prisión, a estar en el exilio. Tijuana ahora me es una cárcel temporal donde, a trabajos forzados, lucho para volver a mi casa, a mi familia, a mis amigos. Todo lo que sucede allá se siente acá tan distante, y apenas recibo pequeñas noticias, ligeras palabras, de lo que sucede. No sólo extraño a una persona, una persona con quien quiero estar, sino también el clima, el olor de las mañanas, la iluminación, las montañas verdes, los acentos, la comida. Extraño la lluvia constante, el frío, el sabor del tabaco y del café. Extraño esa cama pequeña, ese estudio con gatos, esa cocina con esa puerta que a veces se iba de paso y había que abrirla halándola por el marco con las uñas. Extraño el horno de convección, extraño las ventanas que se quiebran con los vientos, extraño el vendedor de frutas con guanábanas en la esquina. Extraño los taxis. Extraño los ladrillos. Extraño las chimeneas. Extraño la falta de tortillas y frijoles. Extraño, extraño todo. Extraño hasta las marchas. Extraños hasta los perros que me ladran y ponen nervioso. Extraño hasta los mendigos a los que les daba monedas grandes por no reconocer al tacto las más chicas. Extraño hasta el tráfico, hasta el transporte retacado y violento.

Digamos que estar así me hace daño. Estar así me hace paranoico, me hace neurótico, me hace, poco a poco, una carga muy pesada, una carga que no puede estar bien por sí misma y necesita constante reafirmación, constante y constante reafirmación.

Digamos que estar así me quiebra, porque estar así me debilita, y debilitado no puedo proteger, no puedo cuidar, no puedo ser buen cimiento para erigir encima.

Entonces quisiera volver en el tiempo, una vez más, a reparar ese hueco que me dejó aquí. Volver en el tiempo para volver a sentir y volver para siempre tener presente un futuro sin arrepentimiento. Y es otra vez tiempo de escribir otra vez esa misma novela.

Pero ahora ya conozco la teoría, ahora ya conozco las premisas y sé qué me voy a encontrar y qué no. Sé qué puedo cambiar y qué no. Sé qué puedo volver a vivir y qué no. Sé qué puedo sentir y qué no.

Digamos que, ahora, la novela ya no tiene la finalidad de ser una experiencia creativa, de entender hasta dónde me puede llevar la creación, sino una finalidad estética.

Digamos que, ahora, la novela sabe que debe detenerse en ese instante, en esa postal, en ese momento en el que dos personas se cruzan con la mirada por primera vez y se abren en ellos todas las posibilidades de todos los futuros juntos, en los que se amarán y se odiarán y se serán indiferentes, se tomarán de la mano, dormirán en la misma cama una y otra vez o sólo una, tendrán y no tendrán hijos, serán y no serán amigos, en el que él no volverá a pisar ese aeropuerto, en el que morirán en un accidente en un acantilado, en el que ella volverá con él una y otra y otra vez, y todo desde antes de dirigirse la primera palabra, si es que la hubo alguna vez.

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