domingo, 24 de octubre de 2010

Hablándole a la pared: las afinidades afectivas

Está de moda ser “sensibles”. Está de moda conectarnos con el mundo y sufrir por las desgracias de los demás. Está de moda, cuando son las grandes desgracias, las catástrofes colectivas, las injusticias masivas, sentirnos uno con el sufrimiento ajeno, estar ahí sin estar por medio de un lazo metafísico que une a toda la humanidad. Nos hemos globalizado en la empatía. Somos solidarios con La Gran Causa que mueve al mundo. Recordemos el sismo de Haití, cuando todos queríamos mandar nuestros centavos sobrantes. Recordemos a los mineros recién rescatados en Chile.

Lo malo, como es moda, es que cada quince minutos nos preocupamos por otra causa, y todo el esfuerzo global enfocado a la causa pasada se queda sin seguimiento. Agujeros negros metafísicos se abren en cada espacio colectivo que dejamos atrás, como con los sueños de adolescencia, con los proyectos de desarrollo gubernamentales, con todo en lo que fracasamos y ya no volvemos a intentar. Recordemos que un día anunciaron el iPad y ya nadie recordó a Haití, que a los días tembló en Chile y ya nadie quería un iPad, que al poco tiempo reanunciaron el iPad y a nadie le interesaban los temblores pero entonces fue Mexicali, luego Hugo Chávez, el carro bomba en Juárez, la muerte de Michael Jackson, una pipa de petróleo en Irán, el Nobel de la Paz de China, otro iPad, el Bicentenario, Tijuana Innovadora, etcétera. La culpa es de Warhol, maldito, maldito profeta y sus quince minutos de fama para todos, para todas las causas que nos afectan y deprimen cada quince minutos, para brincar de paradigma en paradigma cada quince minutos: Latinoamérica jamás fue tan insegura como cuando intentaron derrocar a Correa.

Como nuestra sensiblería global es mediática, melodramática, catártica, lloramos hasta cuando nos enseñan una fotografía de un niño biafrano azotado por la hambruna, fotografía cuyo fotógrafo, famoso por dicha fotografía, se suicidó a causa de ella, dicen, y lo entendemos: nos suicidaríamos si tomáramos esa fotografía, si ganáramos millones con esa fotografía. No nos suicidaríamos, sin embargo, por haberlo dejado morir de hambre, sino hasta después, y sólo por haber tomado la fotografía, por haber desplazado una realidad concreta y permanente a la esfera comunicacional del mundo. No buscaríamos el contexto, no desmitificaríamos los rumores legendarios (puede que el niño ni era biafrano o que ni se suicidara el fotógrafo). No nos suicidaríamos por los niños mendigos a los que les negamos monedas diario, varias veces al día, porque “son adictos” y “pulgosos”. Ni siquiera, cuando vemos esa fotografía, cuando donamos al Teletón, recordamos a los niños mendigos. Cuando vemos a los mendigos, tampoco pensamos en la fotografía ni en guarderías ABC. Sólo somos sensibles a lo que todos son sensibles al mismo tiempo: hay que estar en onda.

Entonces sale un intro de Los Simpson por un tal Banksy. Un tal grafitero británico famosillo del que nunca hemos visto nada, pero hizo el intro de Los Simpson. Leemos en Twitter que el intro es brutal, que es una crítica a Fox por el maltrato, por las plantas en Corea donde se hace la caricatura. Leemos que Banksy hace una crítica secreta a Groening dentro del mismo intro. Leemos, digerimos, y contamos en la calle que Banksy denuncia la injusticia por medio de su arte, nos escandalizamos por las instalaciones de Fox en Corea, porque esclavizan pandas y tienen a un unicornio como perforadora para los DVDs. Unos gritamos a favor de Banksy, otros lo apabullamos por haberse vendido trabajando para una megacorporación que utiliza la supuesta denuncia como parte de un mecanismo de mercado que dicta que toda publicidad es buena publicidad.

La neta, no tenemos ni idea de qué onda con Banksy, ni nos consta lo de las instalaciones en Corea. Tampoco nos importa tanto. Mañana anuncian otro iPad nuevo que todos vamos a querer y vamos a sufrir como Precious porque no lo podemos tener. La neta es que el intro de Los Simpson ni es para hacer tanto escándalo, ni tiene una sola cosa que no haya salido dentro de los mismos Simpson toda la vida. Sólo llegó, oportunamente, a nuestra casa, como cualquier noticia de momento que se pone de moda, a tocar nuestra sensiblería global, nuestra necesidad de estar conectados con el sufrimiento del mundo para no sentirnos aislados de la supuesta realidad.

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