lunes, 25 de octubre de 2010

Fragmento de mi diario: La casa de las bellas durmientes

Compré La casa de las bellas durmientes de Kawabata.

Llegó a mí del mismo modo en el que me llegó Corazón tan blanco, el libro que me llevó a éste.

En Corazón tan blanco, Juan compra, en New York, en inglés, The House of the Sleeping Beauties, mientras espera tres horas (en realidad un poco más) en la calle, de noche, a que su amiga Berta, quien lo hospeda durante las ocho semanas de su estancia ahí mientras trabaja como intérprete para la ONU, se conoce con un hombre, "Bill", con quien intercambió antes un par de cartas y videos.

Las relaciones con mi vida son muchas: desde las ocho semanas que pasa Juan lejos de Madrid, ocho semanas en las que no está con Luisa, su esposa, con quien acaba de casarse hace relativamente poco; el nombre "Berta", mismo de cierto personaje con quien trabajé y que me "alojó" en su oficina (que ella llamaba "su casa") mientras yo permanecía lejos de mi casa, de mi futura esposa; hasta el conocerse por carta y video (aunque la situación es radicalmente distinta, pero hay algo de similar) y esperar, la espera ansiosa por el encuentro.

El nombre del libro, en inglés, se redondeaba con un superíndice, 41, que apuntaba a una nota al pie de la página donde se aclaraba que Marías (o, más bien, varios narrados suyos) menciona en otras obras al mismo libro. Casi al final del libro, en un párrafo que habla sobre esa duda solipsista acerca de la posibilidad ficcional del universo (mi problema ontológico más relevante), reaparece el superíndice 41 cuando ahí, de haber una nota a pie de página, habría de corresponder el número 56. No había nota, así que revisé qué decía la número 41, por curiosidad, sin recordar de qué iba, y al ver que era la referida al libro de Kawabata, libro que había visto a la venta en la Feria del Libro Usado pero que decidí no comprar aunque quería leerlo por ser de esa edición de los premios nobeles que hace Ediciones Orbis (no que me importara tanto eso, sino que comprarlo significaría desvirtuar mi biblioteca, la uniformidad de ella, pues los otros cinco libros que tengo de Kawabata son de Emecé), al notar ese error de edición y comprenderlo ya no como un error de edición sino como un recurso narrativo de la voz que me cuenta al universo, al ver ese 41 repetido, esa múltiple referencia a tantas cosas inmediatas, decidí que hoy mismo habría de comprar el libro.

Así hice.

Lo cargo en mi mochila.

Empezaré a leerlo hoy mismo, en la noche, antes de cualquier otra cosa, pero quizá después de cenar.

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