jueves, 30 de septiembre de 2010

Sobre traducción y Michelle

Me he interesado por la traducción desde hace tiempo: siendo un proceso inherente a la escritura, en cuanto a que traducimos las señales de nuestra percepción a lenguaje y de ese lenguaje a un sistema sígnico para expresarnos, dentro y fuera de nuestro pensamiento, traducir es lo primero que hacemos al escribir. Sucede así en muchos niveles, en muchos planos, a la vez.

Pero también, la traducción literaria, entre lenguas, como herramienta de acceso a textos que de otro modo serían sino símbolos indescifrables. He traducido algunos textos, algunos artículos del New York Times, dispersos por ahí, algunos poemas de T. S. Eliot (trabajé un tiempo una re-traducción de The Wasteland, pues me parecía que las traducciones existentes se quedaban muchas veces cortas), algunos fragmentos de obras de Lord Dunsany que no he encontrado en español. También, algunos textos míos han sido traducidos, sobre todo de lenguaje, de lenguaje literario a lenguaje cinematográfico, y una vez también a pintura.

Mi acercamiento, sin embargo, no fue más allá, y durante mucho tiempo dejé la idea de convertirme en un traductor en estos niveles, para serlo, sobre todo, en el nivel que más me interesa: dentro de la interacción cotidiana con el universo: traduzco las expresiones de los demás hacia dentro de mí, como traduzco los sentidos de la lluvia que me refresca y del concreto que me soporta, y las vuelvo a traducir hacia afuera: escribo sobre los niveles del mundo que me rodea, siempre entendiendo que, en esa negociación, algo se pierde entre ambas partes para ganar algo en conjunto.

Hoy empecé a leer Decir casi lo mismo, de Eco, y me encontré con que algunas de mis deducciones empíricas no eran tan disparatadas ni distantes como creía. Más importante, entresaqué otra cosa, algo íntimo que no sólo me da ese texto, sino lo que para mí traduce ese texto, ese texto físico y real que hojeo y ojeo y comienzo a entender.

Decir casi lo mismo estuvo al lado de la cabecera de Michelle todo el tiempo. Cada vez que entraba a su habitación, que me sentaba en el sofá, que me recostaba en su cama lateralmente para acomodar la cabeza contra la pared y verla en la computadora, que dormía con ella ahí y cambiábamos de lugar, todas esas veces ahí estuvo el libro. No sé cuánto tiempo tenía ahí antes de que yo llegara, pero al menos ahí estuvo desde el primer día. Para mí, se convirtió en el libro de cabecera de Michelle, y aquí que ligue al objeto físico con un símbolo, con una traducción semiótica interna: ese libro es de Michelle: el contenido del libro es de Michelle: el tema es de Michelle: la traducción es de Michelle.

Desde hace tiempo la considero mi traductora, de cierto modo, en cuestiones íntimas. Me traduce la realidad que a veces yo no logro asir y, entre otras cosas, la interacción constante con ella es para mí un proceso de traducción entre su mundo y el mío, sus conceptos y los míos, sus emociones y los míos. Cuando toco el libro pienso invariablemente en ella, y el hecho de que la dedicatoria que le escribió ella lo roce como su tema, como una parte de su vida que ahora comparte conmigo, no es gratuita. Para mí, ella es La Traductora.

Hoy es día de San Jerónimo. Día del traductor. Pienso en el nombre. Jerónimo. No es gratuito pensar en un hijo que así se llame. Haberlo pensado juntos. Haberlo imaginado. Otro proceso, así, más viejo de traducción, y tal vez inconsciente en su momento. Pienso en que una de las frases que me dejó subrayadas en el libro sea "de hecho, desde hace milenios, la gente traduce".

Traducir, entonces, siempre ha sido con ella una parte principal de nuestra relación. A veces me toca esforzarme más de lo normal para lograrlo. A veces, admito, me lastima intentarlo. Hay situaciones en las que no quisiera que en el momento de la negociación uno de los dos se coloque de un lado en el que, por fuerza, deba ofrecer más para equiparar lo pedido, pero a veces así pasa. Momentos, en los que quisiera que ella comprendiera mejor lo que siento, porque hay momentos en los que la diferencia entre nuestros lenguajes, la diferencia entre ella y yo, hacen más que difícil traducir algunas cosas, lo hacen casi incomprensible, y para que ella o yo comprendamos se debe golpear uno a sí mismo un poco. Hay momentos, pero es parte del proceso.

Hoy, por ejemplo, fue un día en el que sólo me quise sentir cerca de ella porque me era absolutamente necesario. Si no podía verla, aunque fuera un minuto, habría otros modos de forzar por mí mismo un acercamiento. O, más que forzar, negociarlo. Traducir, semióticamente, cosas de mi alrededor inmediato en ella: hacer que lo que me rodeara fuera Michelle y sólo Michelle. Por eso me dejé mojar por la lluvia, por eso leí un poco de Eco, por eso escribo estas líneas.

Al final, creo que no lo logré del todo. Soy mal traductor, y me sigue haciendo mucha falta.

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