Cada vez que conozco a alguien pienso "este puede ser un día que recordaré en mi mediocridad futura, aquí puedo tener enfrente a un futuro Ginsberg (Stalin, Káiser Guillermo, Niels Bohr, Jefe Diego, etc.)". Otras veces lo pienso cuando me cruzo en la calle a personas, personas que cargan encima un aire secreto, como si la atmósfera a su alrededor se condensara y les diera desde ahora, desde su anonimato absoluto, una cualidad gravitatoria. O pienso, en circunstancias distintas, que la persona enfrente tal vez no sea quien en el futuro aparezca en los periódicos, pero sí su primo, su hijo, su hermano. Y en otras, menos, se me ocurre que, cosa que tal vez ni esa persona sepa, tenga parientes lejanos que todos conocemos, o parientes lejanos que todos conocimos y que sean más famosos de lo que podemos pensar. Uno nunca sabe, ese tipo que se sorbe la nariz en el asiento de al lado en el autobús y salpica salsa Guacayama con una encantadora accidentalidad sobre el libro de uno, ese tipo que odiamos por quince minutos o una hora y luego olvidamos cuando se baja o nos bajamos y encendemos el primer cigarrillo para caminar las tres cuadras que faltan para llegar al malecón, ese tipo podría ser un sobrino lejanísimo de Jorge Negrete, o hasta bisnieto bastardo de Pancho Villa.
Pasan los años y no merecemos más escenario que el de nuestras oficinas, el de nuestras clases. Tal vez gozamos de algún ligero reconocimiento, alguna buena impresión en la memoria de nuestros conocidos. Podremos vivir siendo el mejor amigo de todo el pueblo. Todo eso pasa, pasa seguido, pero con el tiempo desaparece y los nietos, a veces los hijos, de las personas en las que dejamos una impresión ya no nos recuerdan. Yo no recuerdo a los amigos de mi abuelo, ni a todos los de mi papá, menos a los de mi bisabuelo, aunque recuerdo que él decía que Jorge Negrete fue su compañero en el Heroico Colegio Militar. Y la historia sigue con mi bisabuelo, que luchó en la Guerra Cristera y, pese a toparse durante su larga vida con mucha gente que ahora es recordada, no consiguió fama, no consiguió más que su rango de General de división y una anécdota que ya nadie recordará, nadie tiene idea de que sucedió, cuando, postulado para Secretario de Defensa Nacional si López Portillo subía a la presidencia, dijo en Televisa que, en su opinión, el presidente Echeverría era una reverenda mierda y que si fueran otros tiempos, los buenos tiempos, sus tiempos, por él lo mandaba fusilar. Tampoco importa que su hijo sea Teniente coronel, ni que Zacatecas esté lleno de calles y escuelas con su nombre: nadie lo recuerda, nadie sabe quién es. Pero él, en cambio, recordó toda su vida a aquellos que estuvieron a su lado y cuyos nombres se imprimieron para siempre en los libros de historia: presidentes, actores, poetas, músicos, muchos que conoció en sus tiempos de anonimato, otros que durante toda su vida.
Estoy yo, siguiendo esa línea de mi bisabuelo, enterándome años después de cosas que, para la familia vieja, no son de tanta importancia porque ¿quién es Roberto Cruz, general mexicano, para su esposa sino su esposo? Así como para ella no significa mucho el fusilamiento de Agustín Pro Juárez, para mi familia vieja no significa mucho que los hermanos Almada, primos hermanos de mi bisabuelo, tengan un amplio expediente dentro de la cultura popular mexicana. Esto, que yo ya sabía y a veces cuento como curiosidad familiar, que no se habla mucho dentro de la familia por "lo corriente" y "de mal gusto" y etcétera, opinión de mi abuela que heredó a sus hijos, de mi abuela que siempre callaba a mi bisabuelo cuando nos contaba historias de la guerra o de la expropiación, de la familia más vieja, que siempre lo callaba porque eran "cuentos vergonzosos", es nada frente a otra cosa que me vine enterando apenas hoy en la mañana y que mi abuela omite desde siempre disfrazándolo de ese mismo "pudor", que no es sino envidia, y es que mi bisabuelo tuvo otra prima célebre, del otro lado de su familia, y que a estas alturas me parece tan lógico como a cualquiera le parecería mentira, y también tan irrelevante como a otro le parecería alarde, porque no es más que dato curioso: María Félix, La Doña, fue mi tía lejana.
Entonces soy ese tipo de la salsa Guacamaya que te caga la madre en el autobús. Bueno, no el de la salsa Guacamaya, pero soy el tipo mamón que se pone a fumar en la esquina, esperando a que cambie el semáforo para cruzar la calle, cuando traes un bebé en brazos; el tipo mamón que, cuando pides un taco de chile relleno dos segundos después de que él pide dos y se acaban, no sólo no te ofrece que te quedes uno y pide el segundo de tortita de carne, sino que aparte te dice "ni pedo, a veces pasa", cuando acababa de escuchar que le decías a tu novio que era lo único que podías comer porque eres vegetariana y todos los otros tacos son de carne y no hay ningún otro puesto de nada cerca; el tipo mamón que te choca el hombro en el centro y que va tan en chinga que te caes o se te caen las cosas y ni siquiera voltea a disculparse: ese tipo mamón, y qué, no sabes, ni yo sabía, pero María Félix era mi tía.
Puede que ahí quede, que me quede para siempre en el anonimato de los que se olvidan después de unos años, de los que sólo llegaron a las personas con las que chocaron más de una vez, en las que entraron. Puede que mi red sea pequeña y que mis logros no vayan más allá de los de mi bisabuelo o de los de mi abuela, ganadora de tantos concursos de poesía y que nadie sabe que existe, ni siquiera los mismos poetas viejos que siguen vivos y que convivieron con ella y que le dijeron que ella era la siguiente Sor Juana, los poetas que sí conocemos. Puede que sea así, que todas esas personas con las que me relacioné me olviden, que nadie de mis compañeros de primaria sepa más de mí que el nombre después de muchos años, el nombre en bruto y seco, sin matices, sin relieves. El nombre, puede que muchas amantes nunca recuerden ni siquiera mi nombre, menos mis noches. Otras también sólo el nombre, pero ni siquiera que fueron mis amantes, y otras el nombre y haber sido mis amantes, pero no que me amaron, que por un momento de sus vidas fui lo más deseado, que por un momento de sus vidas significaba más que Jorge Negrete, los hermanos Almada o María Félix. Puede que, al final, muera y lo único que quede de mí sea mi nombre en un archivo del Registro Civil. Mi nombre, sin fotografías, sin rostro, sin ideas, sin frustraciones, sin delirios, sin anécdotas, sin otra cosa más que celebrar que la mera existencia: la fecha de nacimiento, la fecha de defunción: el tiempo que pasé aquí gastando el aire que pudo haber respirado un nuevo T. S. Eliot, un nuevo Otto von Bismarck, un nuevo Gran Nombre de la Historia de la Humanidad.
1 han dicho algo.:
jaja conozco a un bisnieto de Pancho Villa y a una sobrina-nieta de María Félix (si quieres te la presento, al fin que es tu pariente).
la gente que nos rodea no sólo puede llegar a ser revolucionario, poeta, presidente, astronauta... también puede ser el siguiente 'pozolero', 'barbie', 'teo' o la siguiente 'reina del sur'... [caras vemos, colas no sabemos]
y con eso de las redes familiares-genéticas-cosanguíneas que desconocemos, no dudes haber cometido incesto en una de esas (insisto, te presento a tu prima? chance y ya la conocías en alguno de esos contextos -literalmente- carnales jojo)
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