jueves, 19 de agosto de 2010

La ceguera es blanca

Hablamos de ciegos. No sé por qué pero tenemos tiempo hablando de ciegos. No como tema secundario, no como hablar de Borges y asociarlo porque perdió la vista, ni empezar a leer Sobre héroes y tumbas y entonces hacer la asociación de que a Sabato le advirtieron que si seguía leyendo perdía completamente la vista y entonces ya nomás pinta para al menos no dejar de ver esas borrosas sombras y no formar parte de la Secta. Esas asociaciones vienen después, apenas ahora, mucho tiempo después de haber empezado a hablar de ciegos.

Empieza con El libro negro de los colores, hace varios meses. Tiempo después empecé a imaginar un cuento que se desarrolla en una habitación de un niño ciego. La habitación tiene las paredes desnudas, sin retratos ni fotografías. Un vecino que entra a su casa le pregunta por qué no tiene su historia en las paredes y el ciego le contesta que ahí hay un recuento de vidas: las hormigas dejan sus huellas surcando la pintura, marcando casi invisiblemente su paso, invisible para los que ven con los ojos, pero no imperceptible para los que lo hacen con los dedos. El niño que ve no lo entiende y le explica los retratos, las pinturas, en una habitación cualquiera de cualquiera que no esté ciego. El encuentro marca a ambos sin saberlo y, muchos años después, el que ve tiene sus paredes limpias mientras que el ciego las ha adornado con relieves, con arabescos, con pasajes enteros de libros en braille.

Varias veces, en ese transcurso, escuché, dije y me han dicho que la ceguera no es negra, sino blanca. Pero todos los que tenemos la noción de la ceguera blanca la tenemos porque nos la implantaron, seguro sin malicia, aquellos que perdieron la vista, aquellos que dejaron de ver cuando ya veían y pueden hacernos ya un recuento parcialmente objetivo de lo que se ve cuando no se ve. Y digo parcial porque son pocos los testimonios que hacen de la ceguera algo blanco, y uno de los pocos que detalló su proceso de enceguecimiento fue Borges. Digo parcial porque aquellos que nacieron sin vista no conocen los colores y no pueden asegurarnos que todos ven blanco, ni pueden entender lo que significa ver en blanco. Para ellos, la ceguera no puede ser blanca, ni negra, ni púrpura: para ellos, blanco y negro son lo mismo que para nosotros todos los sonidos debajo de veinte hercios: indefinibles.

Pero yo sí percibo la ceguera como algo blanco. Veo a la ceguera como algo blanco. Cuando no veo, veo en blanco. Pero no ver no es ver con los ojos cerrados, no es ver el enrojecido de la luz que atraviesa el párpado, ni el rosado interior, ni el sol rompiendo la piel para no hacerme olvidar que no hay tinieblas afuera. No ver es indiferenciar la tiniebla del encandilamiento. No ver es poner a la penumbra en el mismo nivel que a la bruma matutina, al mediodía con la medianoche.

Michelle me decía, cuando vimos juntos El libro negro de los colores, meses después, hace un par de semanas, en la Feria del Libro de Bogotá, que el problema que tenía ese libro era el pensar a la ceguera como algo negro. Y es cierto, pero creo que también lo es el pensarla como algo blanco. Lo pensamos porque eso nos dijeron algunos ciegos que era, y eso ellos lo quisieran definir en motivos de su pasado, cuando la memoria es engañosa y asumimos al pasado como algo real y definido, confiamos en nuestros recuerdos cuando existe esa posibilidad de haber creado toda la vida porque no había ahí, un minuto antes, siquiera la existencia del universo.

Eso nos dijo la Secta, va a concluir Fernando Vidal, pero la verdad es que no nos lo dijo ni un ciego de nacimiento, ni Borges, ni Sabato, ni Saramago, ni el relieve de las paredes y los suelos. Nos lo dicen los dedos, el tacto. Las yemas, cuanto tocamos el borde sobresaliente en la efe y la jota. Cuando presionamos el meñique para que el Shift se active y la ce sea mayúscula. Cuando golpeamos la barra espaciadora con el pulgar derecho y luego con el índice derecho o con el pulgar izquierdo, dependiendo de la conveniencia del momento. Nos lo dice ese pedazo de uña que corté mal y me deja la carne descubierta y me duele esa carne. Nos lo dice el pensar que sabemos que hay un pasado porque si leemos el texto es porque fue escrito antes para que pudiéramos leerlo y entonces el espacio se fragmenta en varios momentos anteriores y entonces alguien escribió "blanco" para hablar de su ceguera cuando recordar colores era sólo cuestión de volver un poco hacia atrás, a los ojos, y recordar el color de las paredes en las que dejó de colgar cuadros y pinturas y retratos sin saber que se acordaba del niño que nació ciego y tenía en sus paredes las huellas de las hormigas: blanco.

Luego hablar de ciegos, tanto, como de esa compañera de Michelle que no parpadea, que tiene ojos como de vidrio. Recordar con eso a Sabato. Recordar que un profesor nos habló una vez de algunas pinturas de Sabato, y las vimos, y supimos que siempre tuvo algo con la ceguera, y preguntarnos si era porque siempre supo que iba a quedarse ciego o por otra cosa, una de esas supuestas coincidencias que nunca lo son porque, como entiende Vidal, en todo caso es una "venganza". De la Secta. Del Destino. De la Vida.

Decidí, entonces, por tanto abordar el tema y rozarlo y estar en él, que lo mejor es no escribir el cuento sobre el ciego, no escribir jamás sobre ciegos, jamás volver a hablar de la ceguera. No por un miedo supersticioso a poseerla y llegar a pensar que es blanca, sino porque aquí la tengo, enfrente, en la boca, en el pensamiento. Y ese mismo ciego, ya de viejo, viviendo en la misma habitación pequeña en la que huyó de la pared blanca, la pared vacía, ahora con relieves sobre los relieves y arabescos sobre los arabescos y braille sobre braille, me dice, entre susurros antes de acostarse a morir y dejar de ver lo que no se ve, que por fin va a saber lo que son las tinieblas.

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