Trato de analizar lo vivido el mes pasado. Hace una semana y tres días caminábamos por Corferias, entre libros, entre estantes repletos de libros, entre puestos de libros rodeados de libros en la Feria del Libro. ¿Ha pasado ya una semana y dos días, o apenas ha pasado una semana y dos días? Decidir cómo hacerse la pregunta no es arbitrario: corresponde a una sensación del paso del tiempo que varía, ha variado, durante esta semana y dos días. Primero pensé que iba rápido, ahora va terriblemente lento.
Hoy no fui a trabajar. Mi oído derecho sordo, adolorido por la inflamación de una muela del juicio creciente. Pasa cada cierto tiempo, pero el dolor es insoportable en algún momento de la madrugada, a esa hora en la que tendría que haberme levantado y hecho café, metídome a bañar, desayunado. Decidí quedarme a dormir, levantarme tarde, hablar contigo en algún momento antes de irme a clases. No llegaste. No sé dónde estés, no sé cómo escucharte y el tiempo que pensé que podría aprovechar para hacer lo que no pudimos hacer ayer, el sábado, la noche del viernes, se convirtió en otra cosa. Las horas han pasado horriblemente lentas.
Veo las fotografías que te tomé. Todas. De todos los momentos. Desde las que robé antes de tener el derecho a llamarte "amor", a las que se convirtieron la promesa de algún día, hasta las que fueron de hace unas semanas cuando ya no ibas a ser sino fuiste, cuando "eras", "éramos". Veo eso, todo en pasado, todo un recuerdo largo y confuso del que no puedo entresacar, verazmente, cuánto tiempo pasó entre la primera fotografía que me regalaste y la primera que te tomé de frente. Queda tan atrás todo, que de pronto pienso que nunca estuve en Bogotá, que fue un sueño dentro de un sueño, que ahora sueño esto de haber soñado que te soñaba, y que cuando despierte nunca te habré conocido, ni habré pensado conocerte, ni seré yo, el que escribo.
Tomo la camiseta que me traje, la tuya, y te huelo para decirme que fue cierto y que sigue siéndolo. Que todo lo que sentimos está marcado en nuestro cuerpo y bajo la lengua. Que así como fue continuo y consecuente, lo volverá a ser cuando yo vuelva a estar en Bogotá, cuando tú estés en Tijuana, cuando estemos juntos, cuando ya no tengamos que volver a separarnos. Me digo, oliéndote, que existes, que exististe, que existo, y que esos besos que ahora parecen una película, esos abrazos que parecen un cuento, esa espalda tuya cuando dormíamos y tu cabello, sobre todo tu cabello, estuvieron todos entre mis manos y mi boca.
Salgo a caminar a la calle y veo caras conocidas. Caras de gente conocida. Gente que conocí en Bogotá, que vi en el aeropuerto, que estuvieron en el avión conmigo. Caras de gente en la calle, como la de aquel señor gordo y calvo con un perro, o la de la señora de la cigarrería, o la de las muchachas de Ricardo Corazón de Papel, o la del man en la entrada a La Recontra. Veo a un muchacho que me cobró una arepa de queso con carne pidiendo un taxi. Veo a un señor de bigote que pasó por la fuente donde estábamos sentados en el Parque Nacional, donde no vimos venados, manejando ese taxi. Recuerdo lo que escribí cuando llegué a Bogotá, lo de traer la casa a cuestas, en la espalda, en la mochila, dentro de la cabeza. Lo de crear la mitología personal a través de esas cinco o seis caras base de las que desprendemos todos los demás rostros para la totalidad humana. Pienso que, ahora, traigo Bogotá a cuestas.
Pero a ti no te traigo. A ti no puedo traerte. No así. No es que me baste, que me pueda bastar, haber estado allá un mes para sobrevivir estos cuatro. Ni que si cierro los ojos puedo recorrer tu cuerpo como lo hacía con mis labios y mi nariz, reconociendo la textura, el sabor y el aroma de cada cuadrado de piel. No es que puedo pensar "qué rico haber hecho esto juntos" o "me acuerdo cuando...". Porque nada de eso basta. Nada de eso me hace seguir. Nada de eso me da fuerza para estar acá. A ti no te traigo, porque cuando dejé de traerte me di cuenta de que existías, de que eras tú y no yo. No te traigo porque traerte sería, como con algunas cosas de Bogotá, cristalizarte en mi cabeza, en mi memoria, en mi corazón, y tú sigues viva, sigues viviendo a la par que mi cabeza, que mi memoria, que mi corazón.
Necesito volver para seguir adelante, necesito volver a tus brazos, a tus lluvias, a tus llantos. Necesito volver a tenerte viva frente a mí. Volver a ver por primera vez que eras menos bajita de lo que esperaba, pero todo tu cuerpo tan pequeño como recordaba. Tu cara, tus labios, tus manos, mucho más pequeños de lo que pensaba.
Necesito volver porque acá me siento más extraño, extranjero y no de cuerpo. Acá no me siento, siento que no estoy, que no debo de estar. Porque ya no miro ni al cielo ni a los árboles ni a la playa, ni al mar, ni al cerro, ni al atardecer. No me acuerdo cómo mirar estas cosas yo solo.
Veo cíclopes y sirenas. A mis amigos vestidos de oveja y a todos los monstruos resurgiendo de las cenizas del cielo en un atardecer rojo. Veo cánceres y luces negras, uñas enterradas, flores que nunca se abrieron. Veo marchitarse los sueños del Otoño y el porvenir de un Invierno más viejo y ciego. Veo... veo lo que no está, veo lo inútil que es todo, lo infructífero y sinsentido de tener demasiado encaminado a caminos que no van a donde quiero llegar.
Veo muchas opciones, pero no veo sino demasiado océano.
Llámenme Ulysses. Estoy viajando para volver.
1 han dicho algo.:
Alguna vez esperé también a que fuera posible estar al lado de un amor. "I was not living, I was killing time". Por más triste que sea, esta canción siempre me dio fortaleza para seguir esperando.
http://tinyurl.com/3zb56e - Youtube
http://tinyurl.com/2wdg36 - Lyrics
Publicar un comentario