Te abrazo, te digo que te amo, cierro los ojos y te beso, los abro y estoy sentado en el avión. Sueño en el avión que sigo contigo, que sigo en Bogotá, que no faltan cuatro meses para volver a abrazarte y besarte y caminar por la calle tomados de la mano. Esos gestos tan sencillos, tan vividos, tan cotidianos para todos, casi todos, que como para esos todos tienen sentido común. Trato de no usar frases como "pero no es lo mismo, porque nosotros ahora estamos lejos, divididos continentalmente por los epígrafes 'norte' y 'sur' dentro de nuestro propio continente", "pero es distinto que los demás, porque nosotros tocamos algo que pocos conocen, porque es algo que apenas para nosotros se volvió tangible", "pero es distinto, porque nuestra historia no es la historia de la típica pareja forzada a vivir por separado, en dos países alejados, entre dos culturas parecidas pero diferentísimas, entre amigos opuestos, entre contextos divergentes" o "pero es distinto, porque qué saben de amor si nunca han estado como nosotros ocho meses separados y luego uno siendo uno y luego otra vez separados". Trato de evitarlas porque no lo expresan, no hacen sino afirmar lo que no es, y es que no es "una historia de amor", no es "una novela", no es "una relación a distancia".
Me encuentro en Tijuana sin las palabras para expresar lo que siento. Despierto y salgo a fumar a mi terraza y decir "el contraste de vistas, de panorama, que se me abre al fumar un Pielroja sin filtro y ubicar el sabor a esa ventana, a esa rendija de viento que dejo pasar mientras veo a la gente con paraguas cruzando a prisa la avenida, a Monserrate, esa mole de árboles en el fondo, las casas de ladrillo con chimenea, la lluvia, en contraste a la amalgama de techos y paredes amorfos en material de construcción y pintura vestida, los cerros pelones y secos, el clima árido y caliente y sin viento, la gente quemada que va lento, el contraste me es horrible" me parece burdo, porque no expresa lo que realmente siento. Porque se suma al cambio drástico de ambiente, de iluminación, de paisaje, la transformación de los olores y los ruidos, y eso otro que es la noción del espacio, la noción del tiempo, la noción del momento certero en el que vas a llegar a mi apartamento o yo al tuyo en oposición a la de que vas a llegar a tu apartamento o al mío pero yo no, yo no voy a estar ahí, yo no voy a estarte esperando afuera de la estación de Transmilenio de la 39 tomándome una Coca-Cola en una cigarrería, sino que en ese momento yo redacto un oficio que desaprueba la publicación de un trabajo de investigación sobre la prostitución masculina en Ciudad Juárez o entrando a una clase de literatura del siglo XIX con un grupo que no tiene ni uno de los miembros de los varios grupos que compartimos en Bogotá.
Lo que más acierto a describir, acaso, es lo que anoto en ese cuadernito que compré en la calle 20, cuando me dibujaste un mapa para que no me perdiera y después anduve por esas calles viejas del barrio de La Candelaria imaginando otros siglos, con gente vestida "chistoso", a lo que me corregiste que "chistoso no para ellos, que así se vestían" y yo te pregunté si alguna vez habías pensado eso que todos pensamos a veces, eso de que después de varios siglos la gente va a decir que nosotros nos vestíamos chistoso. Entonces llegamos a la Salesiana y nos sentamos ahí, y te dije que esa era mi iglesia favorita de Bogotá.
Escribí:
«Me siento ajeno, distante, con esa pesadez del que ya no pertenece sino al viaje, al recuerdo del viaje. Como Narval:Yo soy el desdichado; soy el triste y el locoy también el oscuro que insomnes sombras besa.¿Por qué no me conceden esa esquiva y traviesafelicidad que tienen todos? Pocode esplendor el pasado me ha ofrecido.Ningún legado dejo. Ningún oro.Siento la soledad como el tesorocon el que azar me alcanza en el olvido.Si una música escucho es ya lejana.Si una mano descubro me ha negado.No soy del alba ni de la mañana.Soy de la tarde que invisible ha dadosus eternas penumbras y un caminoque eterno va a la noche. Es mi destino.Llámenme Marco Polo, con la mirada en la lejanía; con el oído no en las poesías del siglo XIX, no en los talleres ni los edificios nuevos ni los recuentos de estancias de verano, sino en los Andes, en las lloviznas constantes de los gemidos de Michelle.En saludos beso otras mejillas, me cosquillean otros cabellos, y ninguno me sabe ni a mejilla ni a cabello ni a beso. El café sabe a agua, el aire huele a aire, no a vida.Me entiendo apenas un poco, por condición nostálgica, con aquellos que también viajaron, que también vivieron un verano. Escucho sólo palabras relacionadas con aeropuertos y otros continentes. Siento sólo las miradas de esos otros forzados, como yo, a solventar el recuerdo que queda en el fondo del paladar.»
La mirada en la lejanía. Como si volviera por partes, como si mi cuerpo hubiera llegado antes y el resto de mí, lo más importante, siguiera en la distancia.
Vuelvo por partes y voy aprendiendo otras palabras, otros adjetivos, para hablar del viaje. Todavía es muy temprano, me digo, para profundizar, porque todavía, de pronto, cuando me subo a un taxi, doy la dirección del apartamento con gatos en vez de mi casa con tortugas. Todavía espero, cuando duermo, que lo que abrazo no sea mi colcha amoldada a tu cuerpo sino tú misma. Pero no sé si pueda llamar tristeza o nostalgia a la sensación que me abarca al abrir los ojos y perder el escalofrío que me daba tu piel al besar las sábanas y no encontrar el suspiro con el que respondían tus hombros. No sé si el ánimo verdaderamente sea así, lúgubre, o si es acaso parte de la transición, simplemente un trámite ontológico, un proceso migratorio de factores de identidad. Si, por ejemplo, es por el hecho de ya no ser de acá ni de allá, sino de ambos lados, y de sentir este mestizaje que añora y extraña, que quiere ambos lugares a la vez y no se reconcilia con el hecho de que a la vez sólo puede tener uno, y abarcar ese uno.
Lo que si defino es que no me siento triste. No hay nostalgia. Es otra cosa.
Poder recordar, revivir momentos, expresarme como tú, me da la oposición de la tristeza. No tengo esa cualidad melancólica de antes de prever más dobleces de estómago en el intento constantemente fallido de volver a la aceptación del pasado en el otro, de que hubo algo, de que ese algo era grande y podríamos recuperarlo. Tal vez, por eso de que mis pasados siempre fueron fantasías y sólo yo me daba cuenta que los había vivido, es que separarnos y volver a Tijuana no me causa tristeza, ese tipo de tristeza que causa la separación. Tal vez porque, a ti, si te pregunto, me respondes. Tú sabes lo que vivimos. Tú entiendes si te me quedo mirando fijamente qué es lo que estoy sintiendo, porque tú también te me quedas mirando fijamente. Entonces entiendo algo más del viaje, del volver por partes: en este momento, cuando no tengo palabras, no necesito contarlo, no necesito explicarlo.
Me basta que tú y yo sepamos lo que estamos sintiendo.
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