La memoria es una convención social: lo son los gatos, los cigarrillos, las arepas, la sabana; dormir solo es un concepto ajeno: lo son los padres, la sequía, los frijoles, los Camel.
El pasado no existe: siempre he fumado Pielroja, soy el roomate de Leonor, leo poco y escribo menos. Paso las tardes contigo, en mi cama o tu sofá, leyendo Carpentier o estudiando para Literatura de viajes, almorzando en la calle o tomando café en alguno de nuestros dos cafés en La Soledad, comiendo en tu casa, a veces durmiendo juntos en el apartamento o moviendo el colchón de tu cama al piso para que no se caigan las tablas de tu cama con nuestro peso compartido. Andamos los dos bajo el mismo paraguas. Salimos los domingos de paseo, a Choachí, a Sopó, vemos películas. ¿Cómo es el acento del norte que olvidé?
Hoy casi me muerde un perro. Tocó volver a pagar peaje porque se te olvidó el bolso en el restaurante frente a la presa donde nos llenamos con un asado y te tomé fotos en un columpio. ¿Cuál es el presente? Estoy sentado en el borde de mi cama, fumando, escribiendo, como todos los presentes que he registrado. Como en todos los presentes que he registrado pienso en huellas, en esas huellas que dejé por ahí en la cordillera, en el piso del baño, en tu terraza, por todo Tijuana.
¿Cuál es mi presente? Pienso en huellas, huellas que dejé en Tijuana y huellas que me dejó Tijuana. Abro el registro de mi memoria en Bogotá: narices, ojos, bocas, piernas, manos, cuellos, tetas. Abro el registro y veo esas caras conocidas. Veo a esa gente con la que trabajo, con la que comparto el camino por carretera de mi trabajo al centro. Las caras de los choferes, de los taxistas, de la señora de la panadería Don Diego, del don de la tienda, de mis profesores. Veo a mis amigos, a mis amigas, a mi familia. Los veo en la calle, en la 7ma, en Plaza 39, entrando al Barón, cruzando el Park Way, en Unilago, en Chapinero, en Plaza Bolívar. Veo y les sonrío y ellos no me sonríen de vuelta. La memoria es una construcción social: ellos no me recuerdan.
Recuerdo eso de que nadie existe. Eso de que todo brota de mi cabeza. Eso de que la vida es sueño. Recuerdo eso de los ciclos, eso de los leitmotivs. Recuerdo eso de que mi historia me trajo aquí, de que todas mis acciones me trajeron aquí, de que yo estoy aquí porque me tocaba estar aquí porque no existe otro aquí. Recuerdo que nada más que esta habitación en este momento, en el que escribo fumando al borde de la cama, existe. No existe Tijuana, no existen mis padres, no existen los dólares, no existe afuera de mi puerta cerrada ni de mi ventana cerrada. No existe, ni siquiera, lo que está en el clóset, lo que el bajo cono que ilumina la pantalla de mi monitor no toca y se mantiene oscuro. No existe debajo de mi cama. No existes ni siquiera tú, en tu casa, a tres cuadras. Sólo soy yo solo en este instante. La memoria es una construcción social: todo lo que escribo lo he escrito desde un presente en el que estoy solo, fumando, al borde de una cama, y todo lo que escribo viene de mi infiel memoria,
Luego me viene tu olor desde las sábanas, desde mi camiseta que usas como pijama, desde mi ropa con la que te he abrazado. Se abre un poco la penumbra de mi propia habitación y puede, puede, que aparte de mí exista algo más. Puede que tú sí seas, que sí estés a tres cuadras dormida, en tu cama, en tu cama en la que me acuesto y me pongo a dibujar tus paredes en mi libreta. Puede, o puede que mi propia mente me esté volviendo a vencer, me esté imprimiendo una realidad más intensa, más vívida, una memoria más lúcida, más precisa. Puede que mi sistema narrativo se esté empalmando con una modalidad menos fragmentada y eso haga que mi sensación de Bogotá, de nosotros, de los amigos, se sienta menos ficticia que antes. Puede que aquí esté perfeccionando la técnica.
Porque Bogotá me recuerda a Tijuana en muchas cosas, y se junta con mis otros viajes. Bogotá me es familiar y constante. Bogotá, que construí desde mucho antes de venir con tus anécdotas y tus fotos, tu ánimo, tu voz, tu rostro, tu pasado contado y tu pasado omitido, tus deseos y tus miedos. Bogotá se me abrió cuando llegué como tú misma y pasó de ese terreno escabroso y metafórico del ideal al de la realidad. Pasó de un conocimiento desconocido a un reconocimiento primerizo. Ya no la imagino como imaginaba tu tacto, tu aliento, tu peso, tu olor, sino que la recorro con la confianza con la que paso mi mano por tu espalda desnuda, con la que enredo mis dedos en tu cabello, con la que te beso, con la que cogemos. Bogotá y tú son mi presente, y con decir eso digo que Tijuana y mi soledad no son ya mi casa, no son el lugar al que quiero volver después de cuatro semanas, faltando una para volver.
Estamos entendiendo que el viajero cambia durante el viaje, que se transforma, que es la narración en la que el viajero vuelve otro la que nos interesa. En todos mis viajes anteriores esos cambios fueron unívocos y personales, directos, inmediatos. En este viaje, la transformación ha venido de otro modo, sacudiendo mi posibilidad de seguir como iba, quebrando esos pilares íntimos de mi vida a secas solitaria. En este viaje, el cambio también es para ti, aunque no es el mismo, porque en este viaje hemos empezado a vivir juntos, hemos empezado lo que en ese largo prefacio idealizamos y deseamos, exigimos, soñamos. Queda una semana y ya noto cuánto de Bogotá y de ti se ha metido en mi manera de ver el mundo, de sentir la lluvia, de dormir. Falta una semana y ya veo lo terrible del porvenir, la nostalgia de los próximos meses cuando nos toque separarnos y yo viva otra vez en Tijuana, otra vez a cinco mil kilómetros. Ya veo, porque he cambiado y al volver, como Marco Polo, tendré esa mirada en la lejanía, sin ser ciudadano de Tijuana, sin poder ser de Bogotá, siendo del recuerdo.
El viaje no ha concluido y aún falta ver, estando allá, en la distancia geográfica y temporal, qué puedo contar de Bogotá, qué puedo contar de ti, de nosotros, de mi tiempo acá, contigo, qué tanto entiendo de que no soy sólo yo, que no existo sólo yo en el mundo, sino también tú.
Será planear un futuro, porque qué.
2 han dicho algo.:
Otra conmoción interior. Las últimas entradas, todas, me han hecho lloriquear un poco.
Serás mi roomate en el recuerdo y, como tal, siempre serás bienvenido.
El viajero se transforma y transforma lo que viaja, por donde viaja, con quien viaja.
Yo no sé por qué siento como si siempre hubieras estado dando vueltas por Bogotá y un fortuito día nos conocimos; fortuito porque aquí viven 8millones de personas. Se me olvida que viniste a propósito, que todo confirma las sospechas de Spinoza porque en el universo no hay nada fortuito, sino que todo está determinado por causas.
Yo te extrañaré, Rafa, de veras.
Siempre serás un poquito de Bogotá.
Publicar un comentario