viernes, 23 de julio de 2010

Bogotá, primera impresión romántica

Estoy en casa. Crucé la aduana y ya sabía que estaba en casa. Te vi al otro lado de dos paredes de cristal, había un perro oliendo mi maleta, una declaración firmada de que no cargaba materia ilegal, dieciesiete horas de viaje (dos vuelos, una escala de diez horas en la Ciudad de México) y supe que estaba en casa. Nos saludamos de lejos. Mi corazón saltaba de paso en paso hasta abrazarte, besarte, llorar contigo, sentirte llorando abrazándome, oler tu cabello, ver tus ojos de frente, besarte, besarte llorando, llorar besándote, llorabas, me besabas, estaba en casa. Estoy en casa.

Bogotá. Julio de 2010.

Despierto casi dos semanas después de haber llegado. Hoy nos vamos de picnic, ayer fuimos al Jardín Botánico y nunca encontramos el mariposario. "Era hasta marzo", y nos venimos acá, a mi cama, después de comer en Crepes & Waffles, de tomarnos un tinto y platicar de Cortázar, de Borges, de David Foster Wallace, de Kundera, de literatura, del proceso de escritura, del autor como figura ficcional. Mi cama. Vimos Paris Je T'aime. Mi cama. Fumamos Camel. Mi cama. Comimos arequipe. Mi cama. Hicimos el amor. Mi cama. Huele a ti, a nosotros. Despierto y huelo las almohadas y las sábanas y huele a ti, a nosotros, mi cama huele a nosotros. Vamos a tu casa, hacemos de comer: pasta con una salsa de pimientos rojos, bocadillo con queso de postre, café. Lavamos la loza y tú cantas Piero. Ponemos Star Wars y nos quedamos dormidos en el sofá, abrazados. Me acompañas de vuelta acá y llego a la cama que huele a nosotros, duermo, sueño contigo, despierto casi dos semanas después de haber llegado.

Me siento en casa no sólo por estar contigo. Bogotá me ha tratado como si no fuera extranjero. Tus amigos, mis amigos, nuestros amigos. Me hago de tu vocabulario y baño mi habla de tu acento. Están las calles agujeradas, el asfalta hecho baches, las congregaciones de gente, la celebración del bicentenario, el clima templado, las lluvias constantes, los cerros. Bogotá se parece en muchas cosas a Tijuana y ya no siento que los billetes sean iguales.

El desayuno está listo.

Fumo en la ventana escuchando Coltrane. Montserrate y su basílica al fondo. Comarca de los cóndores que ya nadie ve porque ya no hay. Tu barrio es de ladrillo y teja, chimeneas, ancianos trajeados, de sombrero y bastón, típico rolo. ¿No me visto así yo, no alabo siempre al ladrillo y la chimenea? Será que me tomó casi un cuarto de siglo encontrar mi origen, que no encontré en otros viajes, ni en Morelia donde aprendí a sentir, ni en Guadalajara donde aprendí a ver, ni en la Ciudad de México donde aprendí a caminar, ni en Sinaloa y Baja California donde aprendí a vivir. Será, porque acá no siento aquella sensación que he sentido en otros lugares, otras ciudades, otras montañas, otras calles, esa mezcla de maravilla y extrañamiento de los lugares que me han recibido como a un extranjero que no deja de pensar en su tierra. Acá no pienso en mi tierra.

Acá no extraño mi tierra, mi Tijuana, mi México, porque en parte tú eres mi hogar y tu ciudad, Bogotá, se siente como una parte de mi tierra que me había estado esperando. No como una parte que no conocía, porque la conozco; no como una parte que fue apareciendo, porque ya estaba aquí: como una parte que desde mi corazón y mi memoria se traduce a mi futuro, a donde quiero pasar contigo más días, los que faltan, los que no han venido, todos los que vamos a caminar. No hay dudas: quiero la ciudadanía, quiero ambas nacionalidades, quiero seguir viviendo esta doble historia porque no son dos sino la misma. Tu pasado y el mío, Tijuana y Bogotá, México y Colombia.

Amo estar aquí.