I.
Nunca he tenido lo que se llama un "área de trabajo". El concepto me parece romántico: soy nómada para este tipo de cosas, y es que lo que más viaja de mí es el lugar donde escribo cuando me desplazo escribiendo. Escribir es eso: mudarse, migrar. Mudarse de piel la memoria, migrar de acción en acción, de sentimiento en sentimiento.
II.
Me preguntas si realmente es posible describir una emoción con palabras y te respondo. Entre más lo pienso más me cuesta trabajo oponerme a esa afirmación subjetiva: es que la emoción no se describe con las palabras sino que se siente a través de ella, se reafirma, se ajusta: se traduce. Escribir así es como cuando tenemos esas conversaciones de frente y ves mis ojos y todo lo que digo se siente en mi pulso, mi aliento, mi tacto en tu cabello: entre las palabras, detrás de la lengua, en la punta de los dedos.
III.
Veo los tejados, las chimeneas, las paredes de ladrillo. La lluvia de Bogotá, ligera y constante. Duermes en una mitad de nuestra cama, de espaldas a mí, con la otra mitad de la cama pequeña donde quepo sólo si te abrazo: es que queremos dormir pegados, así de juntos, aunque el calor me descalabre el sueño, aunque sentir tus nalgas ahí me la paren y tenga que despertarte, aunque se rompa la cama (no de verdad, sólo se caen las tablas que nos sostienen y hay que levantarse y quitar el colchón, acomodar las tablas, volver a acostarse), aunque para voltear al lado opuesto tengamos que hacer una maniobra en la que te me subes encima para quedar en la otra mitad de la cama y en el camino se me vuelva a parar y ya no te bajes hasta que se me baje: aunque nunca durmamos cuando estamos juntos en nuestra cama.
Es el ahora, este primer tiempo en que vivimos juntos, todo el tiempo juntos, maldormidos y sobrealimentados. Yo no me he pesado, pero tras la primera semana tú subiste dos kilos y medio. Para mí estás hecha una mamacita: "you're beautifull", me dijiste el otro día cuando, entre sueños, mencioné que estoy gordo.
IV.
Acondiciono un área de trabajo. Un área de trabajo que ya estaba ahí hecha, incluyendo una edición de "Ficciones" llena de anotaciones en todos los cuentos, una silla de madera con asiento acolchado, un futón verde al lado de la ventana, un escritorio tipo Davenport, un tapete, un gato que siempre me sigue cuando estoy en el apartamento. Lo que acondiciono es un cuaderno o mi computadora sobre el escritorio, cenicero, Pielroja sin filtro, encendedor, una botella de agua, si dejo o no entrar el aire de afuera, el soundtrack.
La música cambia y a veces es silencio, los trenes de Steve Reich, las trompetas de Coltrane, las campanas de Arvo Pärt, los maullidos de Gato Malo, el papel del cigarrillo quemándose. Falta usar tu respiración, tus lecciones de piano, tus dedos hojeando mis libros, tu pestañeo.
Escribo bien, mejor de lo que esperaba, en un cuarto acondicionado para escribir, en un espacio preparado para que las palabras corran como tinta bajo las uñas y las piernas no se entuman mientras tanto. ¿Cómo se escucharía aquí una Remington, cuál sería el eco? ¿Sabías que el ruido de los golpes del tipo al escribir —dedo, tecla, cinta, papel, rodillo— suma los de la escritura y la impresión, separados en una computadora, en un mismo momento —lo que es el silencio relativo de la escritura a mano, el silencio externo del pensamiento?
Estoy aquí donde quiero estar, escribiendo, viéndote en la memoria de unas horas antes: tomados de la mano por calles empinadas, calles nubladas, protegiéndote del sol y de la lluvia con un paraguas; en nuestra cama, fumando cigarrillos encendidos con la misma flama en el mismo instante, hablando de esas cosas que se hablan sólo en ese instante posterior a no estar uno físicamente dentro del otro, cuando se sigue estando metafísicamente, anímicamente; cocinando, almorzando, bebiendo café en el mismo sofá donde después te fotografío fumando y semidesnuda. Escribo sobre eso.
Escribir es eso: acondicionar un "área de trabajo", un área de trabajo mental, donde tenemos una cama pequeña, donde llueve mucho, donde tenemos gatos, donde nos preparamos café, donde compartimos cigarrillos, donde salimos juntos a comprar libros y a caminar, sólo a caminar, tomados de la mano y admirando las casas, hablando de cocheras y chimeneas y arcos y bardas y rejas.
2 han dicho algo.:
Qué bien que te sienta bogotá rafa :)
Disfruto mucho tu blog. Me encantó tu texto irreverente y cruel sobre los Encuentros de Filosofía. Y este, el del encuentro en Colombia.
Saludos desde Tijuana.
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