La última estancia en la que pasaré mi muerte será igual al resto de las estancias en las que he pasado mi vida: azorada bajo el peso de incontables papeles, humo, migajas y el último trámite que será el mismo trámite transmutado de siempre.
Mi voluntad nació de una línea burocrática de "seguimiento". Se entiende: paso uno, paso dos, paso tres, paso cuatro, revisar el paso dos porque el paso cinco no checa, revisar el paso tres porque el paso dos no tenía errores, revisar el paso cuatro porque tampoco el tres, paso cinco porque no había errores sólo trabas, paso seis, paso siete, sucesivamente. Regresar del paso diez al uno y así sucesivamente. Nada concluye, todo es continuo y despiadado, desapegado y viene la orden de otro departamento. Todo mi pensamiento, todos mis procedimientos. Seguimiento. Seguimiento. Continuidad. Línea de tiempo. De las seis de la mañana siguen las siete. De la primera alarma sigue la segunda. Al primer sorbo de café le sigue el primer pensamiento lúcido. Todo retraso o inconveniente nunca ha sido mi culpa sino de alguien más que se remite a su vez a otro departamento. En los mejores casos, sin perder lo mínimo su chocantez, la ignorancia y el clima y la enfermedad. Macrocosmos y microcosmos: una pareja de hijos de puta a los que no se les puede reclamar por su estancia permanente en esa repudiable constante que es la distancia de lo inconsciente incognoscible. Putadas.
Kafka lo entendió muy bien como esencia del universo: todo son trámites, todo es burocracia. De ahí que el asco humano haya empezado a pensarlo todo como fragmentos, de ahí la paranoia, pero el refugio del caleidoscopio no es sino una consecuencia, un seguimiento, otro paso del mismo trámite. Qué gustoso pensar en el caos, sobre todo en quienes abordamos al caos como orden de vida y estructura mental, para olvidar por una serie de instantes tan consecutivos como todos que las rupturas y la atemporalidad y las regresiones y las proyecciones son nada fuera del momento consecuente. No me gustan esos ratos decepcionantes en los que, por más que me esfuerzo en dejar que todo fluya y se vuelque al origen de las cosas, a la nada, al vacío, a la ausencia, retomo todo nacimiento desde una fisura, desde un quebrantamiento del bloque del infinito pretiempo y preespacio hacia una progresión que se condensa y se vuelve a romper para volver a condensarse y volver a romperse. Qué engañoso ese homocentrismo que me lleva a analizarlo todo desde mi perspectiva humana, mi perspectiva masculina, mi perspectiva mexicana, mi perspectiva tijuanense, mi perspectiva clasemediera, mi perspectiva humanista, mi perspectiva literata, mi perspectiva Rafael Zamudio 29 de junio de 2010 a mediodía, etcétera.
Qué molesto es tener, a veces, toda la verdad del absoluto, toda la verdad del universo, todas las canciones y todos los libros en mi cabeza. Qué cansado, qué tedioso, irlos develando paso a paso, hoja que se cambia a hoja que se cambia, nota que se toca a silencio a nota que se toca, beso que se da a condón que se pone a cadera que se mueve, hipótesis a experimentación a conclusión, a seguida de pe seguida de a seguida de erre seguida de te seguida de a seguida de de seguida de o. Subir las maletas al carro, subirse al carro, llegar al aeropuerto, bajar las maletas, registrar equipaje, entrar al andén, subir al avión, volar por tantas horas, aterrizar, etcétera, con todos los otros procedimientos menores que llevan de un punto a otro, desde las preguntas en el registro a dar respuestas a revisión de equipaje a caminar, a los movimientos que son los pasos, a las contracciones musculares que hacen los movimientos, al consumo de ATP para generar las contracciones, etcéteras. Macrocosmos y microcosmos: putadas: la esencia del universo es la burocracia: llamamos "burocracia" a la esencia del universo que, como todo, hemos interpretado y pensado que creamos a partir de una condición antinatural, como lo "inhumano" o lo "bestial".
Pensar que son "inhumanas" la violencia, la brutalidad, el desapego, los prejuicios, la discriminación, la intolerancia; que son "bestiales" las orgías, los genocidios, el incesto, la ira, el amor. Pensar que en algún punto dejamos de ser bestias, que lo humano no es una proyección del absoluto, que el absoluto, que la naturaleza, no es una proyección humana de los mismos procesos cerebrales.
Qué cansado el orden de las cosas. Qué cansado que sea tan predecible que como nací una vez voy a morir otra, que si no usas un preservativo va a haber un bebé, que si das un paso al borde de un abismo vas a caer, que si no bebes agua te vas a deshidratar, que si te sumerges en el mar te vas a ahogar, que si vas a mudarte a otra ciudad tienes que acarrear con las cosas que quieras llevar, que si compras vas a pagar, que si comes vas a cagar, que si sigues leyendo vas a avanzar en el transcurso del texto. Qué cansado que todo sean carreteras y que cuando hay un imprevisto reacciones con miedo o ira o risa. Qué cansado que no dormir te enferme. Qué cansado que para no ser mal visto haya que vestirse. Qué cansado que el caos sea un idealismo humano para escapar por un momento del cansancio de la rutina tramitaria que es la vida.
No es que quiera otra cosa, pues el mismo pensamiento es parte de un orden, una consecuencia, una progresión que llevará a otro punto y será remitido a otro departamento. Ya sé bien que nada se hace sin tramitarse y que si no se tramita en el momento justo hay que esperar hasta que vuelva a ser el momento para poder tramitarse. Por ejemplo, simplemente no puedes hacer el amor sin condones con tu novia si no la quieres embarazar si no hubo hormonas externas a tiempo y, bueno, es lo mismo que no poder ir el día que quieras a verla porque tienes primero que pagar un boleto de avión, que es lo mismo que tener que esperar diez segundos en lo que te abres la bragueta y sacas la verga para empezar a orinar, que es lo mismo que tener energía eléctrica para reproducir el disco que quieras. Todo funciona así, desde la gestación, desde dos células que se unen para hacer una que se empieza a dividir, desde que se mastican los alimentos y se empiezan a digerir. Todo funciona así.
Uno piensa en los suicidas. Los piensa libres. Piensa que el que se quita la vida le da una lección de humildad al universo. "Toma tu puto trámite, yo lo corto cuando quiera, cabroncito." Uno los admira. Uno quisiera ser como ellos. Uno quisiera tener esos huevos y ese coraje, esa depresión tan insoportable, esa ira tan irrevocable. "Los suicidas son genuinos, son los más individuales, porque deciden cuándo y cómo, dónde, deciden en contra de la línea del tiempo." O no. O los suicidas son los más sometidos. Los suicidas son los que hacen mejor el trámite. Porque, a ver, explícame una cosa: ¿quién termina primero su titulación? ¿El que lleva todos sus papeles en forma y jamás tuvo una queja, jamás llamó la atención, jamás se quejó cuando le pidieron que volviera la próxima semana y lo hizo puntualmente o el que levantaba la voz reprochando que un recibo de pago de un semestre de hacía diez no tenía razón para ser causa de retención si obviamente lo pagó porque si no cómo chingados llegó a doceavo? Eso, o el que tiene conectes, y muchos suicidas hicieron su conecte. Muchos suicidas son tan ejemplares partes del sistema como corruptos porque entienden cómo funciona el sistema y porque saben que no tiene sentido seguir respirando si para lo único que se respira es para oxidarse. De hueva, ¿no?
Por eso no quiero otra cosa, nomás espero. Levanto la mano cuando dicen que quién viene a trámite de muerte, pero si no me eligen me vuelvo a sentar. Levanto la mano cuando hacen votaciones a si ya se acaba el mundo y luego me vuelvo a sentar. Es inútil pensar que puede ser de otro modo, es falaz, es ingenuo, es fantasioso. Es vivir entre unicornios. Mi voluntad está hecha de pasos, de seguimientos.
La estancia de hoy está llena de papeles y migajas y humo y el trámite de toda la vida. La de ayer, también. La de las cinco de la tarde, mi habitación, es eso mismo. La de mañana, la del próximo mes, la de dentro de treinta años, todas son iguales. Habrá que tramitar en todas, con sus pasos correspondientes o se regresa al paso saltado, el levantarse de la cama y estirarse para salir a un corredor para pasar a otra habitación no muy diferente para atravesar otro corredor para salir a la calle que es una habitación en nada diferente. Todo serán siempre estancias y corredores que conecten. Variarán en ellas personas, tipos de preservativos, ruidos, olores, armonías, temperaturas, colores, cosas así que, por ser variables, serán tan insignificantes como para tornarse súmamente relevantes cuando, a la vez, lo eterno, lo constante, el envejecimiento, girarán a irrelevantes e imperceptibles, como el sabor de la propia saliva o el estar rodeados siempre de atmósfera. Lo otro será lo sacro, los rituales, que querré preservar alejado de toda conciencia burocrática siempre sin éxito pero bajo autoengaño para pensar que algo vale la pena, que algo hace que la vida sea más que llegar a la muerte donde hay nada: actos de fe, instinto de supervivencia, del que creo que tengo mucho porque me encantaría estar muerto, me encantaría no estar pensando ni actuando ni importándome un carajo lo que la humanidad va a seguir haciendo hasta que se extinga y entonces ya nada de lo que hizo le duela a nadie. Porque, ¿a quién le va a importar el Holocausto, los teletransportadores, Twitter, Platón, las guerras del Peloponeso, las muertas de Juárez cuando ya no haya humanidad? No va a haber chimpancés que tomen nuestro lugar y sigan desde donde lo dejamos. No van a llegar extraterrestres a leer nuestra historia y llorar la muerte de César ni la caída de los Estados Unidos. Tanto sufrimiento sin repercusión: macrocosmos y microcosmos: pura pendejada. Pero tengo esta fe jodida que es lo que me jode y me hace seguir viviendo, esta fe madreada del futuro, de amar a alguien, de querer tener hijos, de querer dejar un libro que mejore a mi modo de ver el mundo al mundo, esta fe estúpida de que las almas y la armonía y la música.
Y ya ni siquiera puedo decir que esa fe terca es lo que me hace distinto a un suicida, que esa fe es la que me hace pensar que vivir es más que llegar a la muerte porque entonces para qué habría existencia, porque no lo estoy diciendo por algo particular, ningún detonante, ninguna razón del momento: no dejo de estar emocionado, no dejo, en este mismo instante, de rebozar de felicidad por lo que viene, por mi situación económica actual, por mi novia, por lo agradable que es mi trabajo, por mis amigos, por la música que disfruto diario. No lo puedo decir porque hacerlo es negar y dar razón a la vez, y para paradojas retóricas ya es suficiente el hecho de estar vivo ahora mismo, en este momento, en el anterior y en el que sigue.
0 han dicho algo.:
Publicar un comentario