miércoles, 9 de junio de 2010

No quiero dormir

He estado olvidando mis sueños. Despierto sin despertar, con música pegada al paladar y la sensación de un sillón forrado en terciopelo granate en mi antebrazo. Voy al baño con las olas desprendiéndose una a una de mi cabello. Caen como caspa, en el pasillo, en mi mano recargándose en la pared húmeda de yeso por la que se suda la neblina de la madrugada, en la primera micción del día (es recomendable beberla para limpiar el organismo; a mí nunca me ha interesado seguir recomendaciones, menos si es por cosa de salud), en el agua que corre a mis manos y de mis manos a mi cara, en el retorno por el pasillo más visible que antes, en el reencobijamiento porque todavía son las cinco de la mañana y puedo dormir otra media hora o hasta otra hora completa si después me apuro. A las seis se ha secado la alfombra y no quedan de esas olas más que el frío que me reafirma que esa noche tuve un sueño digno de no haber olvidado: debí haberlo escrito cuando me levanté al baño, cuando lo tenía en los dedos.

Me ha pasado tanto, toda la vida.

De niño yo tenía muchas pesadillas. No las entendía. Cuando despertaba ya las había olvidado. Sólo me quedaba la sensación de una yegua pisoteando mi cabeza con sus cascos ardientes, relinchando y latigueándome con su cola, espinándome con su crin tras obligarme a montarla hacia una cárcel de hielo para mí. Nunca soñé a esa yegua, pero ahí estaba, y al despertar el mundo seguía siendo de noche y con cielo amarillo, de noche y sin nubes pero con cúmulos negros y relámpagos, de noche y con parvadas de cuervos con sarna, de noche y con demasiados cables, demasiadas cucarachas, demasiados callejones en los que quería ocultarme de la soledad pero no podía porque no cabía y tenía que caminar descalzo entre charcos y riachuelos de orina y mierda. Yo sabía que no encontraría a alguien más, pero de todos modos caminaba. Sentarme a llorar, desde entonces, me parecía una pérdida de tiempo.

Despertaba y cuando el sueño volvía yo no quería dormir. Temía que la yegua me dejara para siempre en mi celda helada y que ya no pudiera volver. Prefería morir ahorcado o destazado, ahogado, incendiado, baleado, atropellado; cualquier cosa, pero no durmiendo.

Siempre he odiado dormir. Tener que dormir tanto. Me gusta dormir a veces, pero tener que dormir tanto me hace sentir inútil. Hay tanto que quiero aprender y tanto que quiero hacer, y casi todo eso a mí me llega de noche. Desde niño he sido nocturno, y desde niño he preferido, porque es necesario, dormir después del amanecer. Dormir de día, porque el sol no me gusta, el sol me hiere la piel, y porque de día la mayoría trabaja, la mayoría trabaja entre el ruido de todos y la contaminación de todos y el tráfico mental de todos. Trabajar de noche porque el ruido sólo es mío y de los animales y del viento, porque en la noche todos sueñan y no me gusta la repartición no democrática e injusta de los espacios oníricos, porque de noche hay frescor y poca luz y a mí la luz me lastima la vista. Porque de día no me daban pesadillas.

Aprendí a controlar mis sueños hasta cierto punto. Construí mi dimensión, mi Oniria. Pero, como en una casa, como en una ciudad, cuando crece, adquiere independencia y cierta autonomía. No puedo alterar todo a mi voluntad, pues las reglas del juego, para su desarrollo y su desenvolvimiento y su progresión natural, son tan fuertes en sí mismas que me excluyen como modificador. Puedo sugerir. Eso sí. Pero requiere de otros tipos de esfuerzos. Tengo mi casa no casa, por ejemplo, pero para poder pasar las horas de sueño ahí necesito que alguien las pase conmigo. No sé explicarlo bien, pero creo en eso que dicen que cuando piensas en otra persona ella también piensa en ti. Por eso invito, para poder estar ahí.

No recuerdo mis últimos sueños en mi casa no casa. Sé que los he tenido, pero no los recuerdo. En puntos de la noche sé que estoy ahí, pero en otros me traspaso casi como cayendo a otros lugares. Sin aviso termino en una alcantarilla, una cloaca, fumando mariguana con una desconocida. O despierto agitado, y sé que tuve una pesadilla. Ya casi nunca recuerdo mis pesadillas, y cuando las he tenido, después de niño, no han vuelto a ser terribles; ya nunca han sido terribles, ni horribles, ni temibles, sino tristes, muy tristes, tristísimas. Mis pesadillas, cuando no las he olvidado, los últimos cinco años, han sido de seres amados que se van, que me dicen que se van de mi vida porque me detestan o porque me tienen miedo o porque no les soy suficiente: la soledad, mis pesadillas siempre han sido caminar a través de la soledad sabiendo que no voy a encontrar a alguien más por más que siga caminando y aún así no dejar de caminar.

"Padezco" insomnio, pero no me preocupa, no lo odio, no quisiera perderlo. Quisiera que no me matara, es todo. Quisiera que no fuera un padecimiento, que no fuera una patología, que mi cerebro no sufriera, que mi memoria no se cansara, que mis neuronas no se quemaran. Quisiera... quisiera no tener que dormir, y hacerlo por elección, de vez en cuando, cuando quisiera soñar. Soñar me parece necesario, me parece hermoso, pero olvidar mis sueños no me ayuda a conciliarme con el acto de dormir. Y menos, cuando la yegua vuelve a cabalgar mi cabeza, vuelve a quemarme, vuelve a cortarme, vuelve a punzarme, vuelve a helarme.

*

Nunca me ha gustado dormir. Lo hago porque toca y las pesadillas no me motivan tampoco.

Sentir sueño, sentir que necesito dormir es algo que celebro siempre que pasa...

¿En qué tipo de ser me he convertido? Cuando siento sueño también pienso que el cuerpo me estorba.

Paola Vargas

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