lunes, 21 de junio de 2010

Hablando de paralíticos

Mi tío pega un póster de Avatar en su habitación. Antes, el póster había estado en el cuarto de mi abuela. Mi abuela es así. No que ella lo haya quitado, sino que cuando se cayó encontró el pretexto para deshacerse de él. Al pretexto hay que añadirle un sutil comentario, razón del deshecho: "siento que el mono azul me observa desde el inframundo". Mi abuela es así. La superstición y ruptura lógica, tanto en su construcción léxica como en flujo de pensamiento, caminan junto a su vasta cultura literaria y filosófica. Yo, como mi abuela, soy un mar de contradicciones.

Veo a mi tío golpeando con el puño las orillas del póster. Me siento en la nueva silla eléctrica de mi abuela. Lo hago muy lento, rostro inexpresivo, mirada fija en mi tío golpeando el póster, en mi prima con cara de pedo, en una fotografía de Manhattan que todavía tiene las torres del WTC. "Siempre he querido ser un lisiado", pienso, viendo mi vida como un hermano de Stephen Hawking, compartiendo ese mundo de la parálisis, recibiendo el alimento hecho papilla en la boca, los labios embarrados de crema de zanahoria, el derecho a quedarme en casa y leer y escribir y ver películas y tener vida virtual. "Me hace daño el exterior", pienso, recordando mis rodillas lastimadas porque camino tanto, mi cara quemada porque camino tanto, mis pies con llagas porque camino tanto. "Sería un gran paralítico y siempre traería una cobija sobre los muslos, para las erecciones constantes, porque sólo perdería de las rodillas para abajo, no los muslos, no los genitales, no el ano", pienso, porque en las fantasías uno debe llevarse completamente, sin bloqueos: si vas a masturbarte, no pienses en condones.

"Naciste para ser un discapacitado, como Christopher Reeve; lo malo es que él pensó que nació para volar: hay que saber para qué nace uno, Rafa", dice mi tío, golpeando la cara de Sam Worthington en el póster. "Sí", le contesto, "de hecho estaba pensando eso". Muevo la silla. De haber sido militar y perder las piernas en combate, la silla sería mi mejor amigo, mi único amigo. "¿Para qué quieres piernas si puedes tener un cuerpo digitalizado? Nomás es cosa de sincronizarte el sistema nervioso, de hacer una sinapsis cerebral total a distancia. Es el futuro, nadie va a salir de sus casas, todos vivirán en cuartitos donde sólo cabes sentado, como los japoneses." Mi tío y yo hemos estado pensando en eso desde hace años. Siempre nos ha gustado la idea de ya no tener que salir de casa. Pero no ahora, todavía no: todavía no empiezan las guerras que lo hagan la estrategia menos cobarde, la más segura, la más sensata, la única aceptada; todavía no bombardean mi casa ni se derrumba a medias la fuente del patio de mis abuelos, ni establecen zonas de control, ni interfronteras; todavía no me adjudican un agente de migración para mis trámites entre mi delegación y la del trabajo, un permiso para comprar cigarrillos; todavía no me piden gafete certificado ni un baño de descontaminación antes de sentarme en mi cubículo: todavía es temprano.

"Tú aprende a mover bien esa silla. Será tu mejor amigo en el futuro. Tal vez tu único amigo", dice mi tío mientras me desplazo sigilosa y ágilmente por la habitación y él sigue golpeando a Sam Worthington. "'Golpeando a Sam Worthington' me suena a un buen nombre para un texto, pero no sé todavía de qué, nomás me gusta cómo suena", le digo mientras acomodo la silla en reversa. "Sí. ¿Sabías que Sam Worthington aplicó para ser James Bond? Como todos los ingleses", dice mi tío, dejando de golpear a Sam Worthington, sentándose en la cama, poniendo un disco de Cerati en su viejo estereo.

"Hablando de paralíticos", dice mi tío.

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