No me desperté más temprano. No encendí el televisor. Como cualquier otro viernes, me senté media hora en el borde de la cama a frotarme la cara. La música todavía sonaba (desde hace poco he recuperado mi costumbre de dormir con música): Arvo Pärt, Lamentate, porque estos días rezo por la salud de una amiga. Saqué un cigarrillo de la cajetilla que tengo sobre el escritorio. Bajé al primer piso, abrí la puerta de reja, salí a la terraza. Hacía mucho frío. Estaba muy nublado. Briseaba. Empecé a fumar.
Seguí mi rutina. Las tiendas, cinco, todas, en las casi veinte cuadras de mi casa al bulevar, estaban cerradas. Me quedaban dos cigarrillos.
No había transporte público ni carros en la calle. Hasta el polvo estaba ausente. Quedábamos yo y el frío, espalda a espalda, y uno de mis cigarrillos, uno de dos, quemándose y acercándome más a la nada. Era temprano: salí veinte minutos antes de lo normal.
Ya me iba a fumar el segundo. El último. Decidí guardarlo para después, pero el después tardó acaso dos minutos en ser, porque cuando me quedan pocos cigarrillos, los últimos dos, me angustio por no tener más, y si me angustio quiero fumar. Lo llevaba a la mitad, sin ver más que esa soledad. Se detuvo un carro blanco. El primero del día. Me ofreció aventón. No hablamos. Venía escuchando el partido en el diario. Me bajé en donde me hubiera bajado de haber tomado el transporte público y caminé un poco. Entré a Calimax.
Dentro era lo mismo que afuera: el vacío, el viento libre, el sepulcro del ruido. Sólo había dos personas: una cajera vieja y con cara de armadillo, y un hombre viejo con cara de rana. La cajera me cobró una cajetilla de Camels, pero no me la dio hasta veinte minutos después. Tampoco tenía cambio. Le dejé el sobrante como propina y salí fumando desde medio pasillo.
La parada, la estación de trasbordo, estaba vacía, a excepción de Néstor. Traía un libro de Carlos Castaneda en la mano. Me preguntó, una de esas preguntas sin razón a ser aparte de cierta ironía, si no había agarrado el camión de las seis de la mañana al trabajo para ver el partido. Ni siquiera me reí. Nos quedamos en silencio hasta que llegó nuestro autobús. Subimos. No era el autobús de siempre. El chofer también era otro. Las ventanas no se podían abrir. La puerta de atrás estaba sellada. Justo antes de partir trepó la señora gorda, la que se cree mi amiga. O creía, porque ahora ya no me habla y se sienta hasta enfrente en vez de hasta atrás, desde una vez que le dije que qué chingados le importaba si fumaba a las siete de la mañana.
Le dije a Néstor que era un buen día para mandarnos a un campo de concentración. Me dijo que mi herencia secreta nunca estuvo a salvo. Le dije que no por eso. Los dos sabíamos de qué estábamos hablando, pero nos callamos. Ahora que lo pienso, guardar silencio fue un acto estúpido: si ya nos tenían camino a un horno, nada iba a cambiar si nos desahogábamos un poco hablándolo y quizá hasta aceptándolo. Sólo dijimos que sí, que el clima era propicio para que nos quemaran en Punta Bandera, tan gris y frío, y que nos lo ganamos por no habernos sabido manejar ni siquiera al grado de ser considerado un grillero: un grillero no deja de ser parte del sistema, se alimenta del sistema, alimenta al sistema: al grillero lo critican y lo ridiculizan, y a la vez que gana seguidores y la grilla crece, el bando opuesto gana seguidores y la masa crece. Las masas siempre crecen. La individualidad sólo se reduce. Pero aún así, le digo a Néstor, tampoco estamos fuera del sistema. También cumplimos un papel, siempre vamos a cumplir un papel, y al final por eso no nos van a matar: ya no somos una amenaza, nada es una amenaza, ni siquiera el cáncer. Es terrible, dice. Sí, le contesto, y nos volvemos a callar.
Le presto el libro de Borges que apareció en mi escritorio el otro día. Se pone a leerlo y yo sigo leyendo sobre este doctor que colecciona cráneos. "Yo colecciono cráneos", pienso. Así llegamos al trabajo, y Néstor dice que tenía razón, que no nos llevaron a matar. En su voz había más decepción que en la mía. Fumamos un cigarrillo juntos. Nos despedimos.
Al llegar a mi cubículo me encontré con una carta fechada en 1940. Era de Adorno. Firmaba también a nombre de Horkheimer que, según Teodoro, mandaba saludos y felicitaciones por otros asuntos personales. Era una contestación. Yo les había mandado una carta breve en la mañana, entre el primer cigarrillo y el primer café. También a Ortega y Gasset, pero claro que él no contestó: siempre fue medio mamoncito. En cambio, estos otros amigos, con los que siempre me he llevado bien, terminan su carta con un "diles que no la pinches mamen". Vamos, que les he enseñado, con el tiempo, a hablar un buen mexicano.
En la carta que les escribí en la mañana les decía que no es que mi repudio al mundial sea por el futbol. En realidad el futbol me vale madre, y ni me importa a quién le guste y a quién no. No lo veo porque no me llama. Igual si estoy en la cafetería y está puesto y no tengo otra cosa que me guste más a la mano, como un libro, lo veo. Pero para empezar es raro que no tengo un libro a la mano. Y reconozco que es cuestión de gustos: que prefiera leer a ver el futbol no me hace mejor que los demás, ni al revés: igual me pierdo de muchas cosas por estar leyendo todo el pinche tiempo. Tengo un problema personal con los deportistas, pero tampoco es ese el caso, aunque el caso se extienda a las olimpiadas y al Superbowl. El caso también se ensancha a las catástrofes naturales, a las grandes injusticias, a las muertes de celebridades, a la despenalización del aborto, a las elecciones de Colombia. El caso, no es que me parezca pendejo algo, sino que me da miedo el alcance masivo que adquiere un evento. Un evento de escala internacional, para mí, es horrible, me da pavor. Por ejemplo, tengo esta tía. No sabe ni madres de futbol. Es más, yo no veo futbol y sé bastante más que ella. No le gusta el futbol. Creo que yo puedo disfrutar de un partido si me siento a verlo, pero ella no. Pero hoy es el mundial, ¿no? Y, pues, claro, inaugura México. Y, claro, ahí está esa tía a primera hora de la mañana con la verde bien puesta y gritando y girando la matraca y encabronándose y gritando que el árbitro está vendido. Ni siquiera es por patriotismo: mi tía no pierde un momento para decir que México es una mierda y que todos son unos pinches pelados nacos y que en cuanto pueda se hace gringa y ojalá ni haya mexicanos viviendo cerca para no tener que volver a escuchar una puta ranchera en su pinche vida. ¿Me explico? Digo, está chido que la gente se dé una escapadita de la mierda que es el mundo ahorita (desde siempre, no seas tan egocentrista) y se deschongue con el mundial o la muerte de Paulette, cada quien. Lo que digo es que me da algo de miedo lo que se puede y se hace con eso, a nivel masivo.
Adorno me dice que voy en un tren al horno. Le quisiera responder diciéndole que cómo le encanta rimar con esas mamadas, pero la verdad es que he estado escuchando demasiado a los trenes de Steve Reich y él lo sabe. Le escribo ahora un telegrama, sólo para reírnos un poco juntos, cada quien en su época y con chamarras de corte muy distinto.
"¿Sabes? La cosa es que, igual, yo no dejo de tomar Coca-Cola ni de fumar tabacos gringos. La cosa es que también me envicio con la pornografía y la idea caracolesca de que los domingos son para hacer nada y los lunes son del puto demonio. Sé que me gusta la cerveza Tecate porque es para hombres con carácter, los Delicados porque son bien diferentes, y la leche porque me refundieron bien en la cabeza que es nutritiva y deliciosa. También sé, que en mis cosas, en mis gustos, en lo que yo hago como cualquiera hace su trabajo y su pasión, como ver el futbol o ganar concursos de comer hot dogs o tallar nombres en un grano de arroz, en la literatura, admiro a muchos porque me dicen que son grandes y odio a otros porque me dijeron que eran racistas, como si yo no fuera lo mismo. ¿Sabes? Me cago de la risa yo mismo. Soy mi propia caricatura y todo de lo que me burlo y me quejo. Y por eso me burlo y me quejo, sé que lo sabes. ¿Qué proyecto sino a mí mismo en mis análisis? Yo soy el puto futbol, yo soy el puto mundial, yo soy el puto temblor de Haití, yo soy el puto iPad: yo soy la masa."
Claro, me salió un huevo el chiste del telegrama por pinche largo. Mejor le hubiera escrito una segunda carta.
3 han dicho algo.:
también eres un hoyo negro.
Justo ayer hice un post sobre que soy todas las cosas… pero venga fue una escupida y no tiene la extensión de tu escrito. Yo si me levante a ver el futbol, creo que es un arte, en un sentido meramente bélico. Creo que tienes razón cuando hablas del gusto y eso que no puedes hacer. Por mi parte, leer, es lo ultimo que haría con mi tiempo libre, creo también que no deberías leer tanto, pero no me hagas caso.
A mi me asustaban esas cosas de lasque hablas cuando estaba en la prepa y escuchaba Especimen a tope. Ahora, como a los grilleros, creo que eso solo le pesa a quienes en realidad tienen una preocupación por el entorno, es decir, a quienes están muy afectados por los pedos sociales, esos que quieren cambiar el mundo leyendo mas que nadie, cosa que al parecer no te incluyes por notar que eres tu molestia y por que lo mencionas literalmente, ni me incluyo yo por que en verdad me da pena.
Creo que las tías, el PAN, las justas deportivas mundiales y Cortazar son una misma cosa y no sirven mas que para ser aderezos que escoges pa’ darle un toque distinto al mismo puto platillo que tragamos todos, como los pendejos que estudian filosofía y deciden ser lógicos para no equivocarse, o los que estudian literatura para aprender a escribir, o derecho para ayudar a la gente. Están bien… pero ese plato les ha de indigestar.
Un saludo, muy buena narrativa.
eres una onomatopeya.de las impronunciables
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