Hace varios meses llegué a una cantina, a mediodía. Hacía calor. Venía de la playa. Venía sudando. Pedí una Victoria y un vaso, sal, limones, y dos pesetas. Fui a la rocola, puse dos canciones: la primera, The End, de The Doors, mi canción favorita de todas mis favoritas y con la que a veces quiero morir en un prado, si es que no me suicido con Rape Me o Heart-Shaped Box o Pennyroyal Tea de Nirvana (o puede que hasta Lake of Fire, o puede que hasta con otras bandas, con otras canciones que también he considerado, como Hurt en la versión Johnny Cash o el segundo movimiento de Tabula Rasa de Arvo Pärt); la segunda, Mambo Nº 8, de Pérez Prado, que me recuerda a Hugo porque siempre la pone, y también a mi tío con la frase de aquella navidad —y que me he apropiado— que le dijo a mi prima cuando llegó al cuarto y no entendió por qué escuchábamos esa música (como no entiende, tampoco, la otra "música de viejitos" que escucho, sea jazz o blues o tango): "Hace tiempo el diablo subió a la tierra, y lo hizo bajo el nombre de Dámaso Pérez Prado para hacer mambo", frase que después, esa misma noche, volvería a decir con el nombre de Juan García Esquivel y el lounge. Se entiende que llegué con la intención de leer, que si hacía calor y yo sudaba, que si venía de la playa, que si me metí a una cantina solo a tomar Victoria y poner ese tipo de canciones es porque quiero leer, o no se me conoce.
Leía The Wasteland, lo recuerdo porque estaba traduciendo algunos poemas. Era agosto y yo los quería para septiembre, pensando que el lugar en el que yo pensaba, Bogotá, era primavera cuando acá otoño, y que april is the cruelest month era september is the cruelest month, y no me vine a enterar hasta quién sabe cuándo que Bogotá no sólo está casi en la línea del Ecuador sino que aparte en el Hemisferio Norte, igual que yo. Leía. Cantaba. Y estaba por sacar mi cuaderno y mi pluma, hacer algunas anotaciones de frases, de versos, de una traducción que iba a ser mi versión sensorial y no literal, no como las otras traducciones de The Wasteland que había leído.
Llegó un amigo. Era temprano, para él, hasta un poco para mí. No me saludó ni me dijo algo por la hora, ni por ser lunes, ni por no habernos visto en un buen tiempo. Me dijo, mientras me pasaba de largo en la barra para terminar silenciado en una esquina oscura, en una mesa a solas, a pegarle al foco: "Tú y tus preocupaciones que no existen".
Su frase me ha seguido durante el último año. Algo así como el perro chiquito que te anda chupando la suela de los talones cuando cruzas la calle y se queda contigo durante veinte cuadras, primero por miedo a perros más grandes o porque está perdido y que de repente ya está ladrándole a todo lo que se te acerca, sintiéndose adueñado por ti, queriendo protegerte de quién sabe que tantos peligros que ni él está seguro de que sean.
Mis preocupaciones que no existen.
Un mes antes yo andaba en la Ciudad de México con dos amigos. Siempre traíamos libros. En el metro leíamos. En los camiones. En la casa en la noche, antes de dormir. En el baño. En los autobuses a lugares más remotos. Compramos como treinta libros cada quien, o cuarenta. Un año antes yo andaba en Guadalajara con una de esos dos amigos. Leíamos. Compramos libros. Ella se compró más de cien. Yo casi sesenta. Con él he ido a comprar libros muy seguido. Hubo una temporada en que comprábamos dos o tres veces al mes, seis o siete libros a la vez. Leíamos. Ahora cuando vengo al trabajo, leo en el camino, y los amigos con los que a veces platico esperando el camión también leen cuando está arriba. De regreso también leemos. Del centro a mi casa o a casas de amigas siempre he leído, así ellas vayan conmigo, porque ellas también van leyendo. Después de coger, durante la comida, y esas lecturas que nos hemos hecho, con cigarrillos, con cafés, han sido igual de importantes para nosotros. Muchas veces nos citamos sólo para leernos, aunque el después devenga otro tipo de lectura, de cuerpos, y otras, cuando nos citamos no para leer nos terminamos leyendo. También hacemos lecturas colectivas. Leemos. Mucho. Casi todo el tiempo.
Nos preocupa lo que leemos, nos afecta, nos golpea a veces muy duro. Pasa que leemos algo terrible y no podemos dormir, temblamos, comer nos parece absurdo, ridículo, y alguien nos dice que "en lo referente a la comida, tenía su origen en que había perdido totalmente las ganas de vivir".
Queremos suicidarnos. Queremos dejar de estar aquí entre tantas cosas, tanto horror, y es que nos ha empezado a preocupar tanto lo que leemos que empezamos a ser lo que leemos, y nuestras preocupaciones, de donde vienen nuestras preocupaciones, son cosas que no existen, y eso envenena.
Por ejemplo, yo: que he llevado mi solipsismo a un nivel tan destructivo como para realmente considerar el suicidio para así acabar con El Absoluto; que creo que nada existe fuera de mí y que todo lo que se supone que es el mundo y la historia y la biología y la física y la docencia y la filosofía y la música y la arqueología y la criptozoología y la hostería, etc., es creación de mi mente, y eso involucra mi cuerpo y las sensaciones, mi percepción, porque es mi mente tan poderosa como para inventarles justificaciones a todas las personas que ha creado y sigue creando para explicar esos momentos en los que no están manifiestos conmigo, el supuesto pasado, y es mi mente tan poderosa como para mantener esos supuestos pasados en una cronología lógica e inalterable y con las contradicciones justas como para que tenga que dudar a veces de que sea cierto; que llegué al grado de concluir que no puedo destruir el universo tan llanamente si no pretendo destruirme porque si mato a alguien, si sigo diciendo que yo sé que nadie existe, si le digo a personas que viven conmigo que no me importa drenarles la vida porque yo los creé y tengo derecho a hacer lo que me plazca, si quemo lo que quiera, si tiro basura, si trato de volar, si intento robar un banco, si quiero despertar en Bogotá, sé que no es posible hacerlo sin traer consecuencias dañinas a mí porque cuando mi yo creador creó todo, las reglas del juego, las creó en sí con tanta severidad que no es posible modificarlas, como no es posible que una piedra sea a la vez agua. Busco un equilibrio en el que, sabiendo que no existes, trato de persuadir a esa partícula de mí que eres tú a que entiendas esto, a decirte: "Oye, pero, ¿qué te asegura que realmente existo yo, Rafa, que sabes que escribió esto, y que no es algo que tú misma escribiste desde tu mente, en tu mente, y que sigues en tu mente y yo soy parte de tu mente?", porque creo que si lo entiendes, entiendes que, como soy tú, como eres yo, podemos hacer muchas cosas "juntos", porque entonces otra parte de mí que lo ha entendido ya es mi cómplice en eso, y siento que crezco, aunque a la vez sé que no tengo sentido, sino que le empiezo a dar sentido a la narración desde la que mi ser que pienso como individuo y que contiene a mi mente —cuando no es sino su avatar— anda por aquí desdoblado. Yo no estoy en mi cuerpo, me digo, ni en el mundo, ni en el universo: yo soy algo mayor, yo estoy fuera de esto, yo contengo todo esto y a la vez hay algo que ha de contener todo eso desde lo que soy todo esto. ¿Me entiendes, parte ajena de mí? ¿Eres un poco mi cómplice ahora? ¿Crees que, aunque tú no lo creas así, de algún modo no es un disparate y que por momentos tal vez lo pensarías? Porque yo sé que la mayor parte de mí, de "los otros", nunca lo entendería, y si yo empiezo a decir, en hospitales, "no importa, señora, deje que le amputen mi pierna, que ni existe", o en la calle, "mija, no te fijes, no me va a doler romperte el culo", o en el aeropuerto, "señor, no se preocupe, todavía no tengo ganas de inventarme más de Venecia que algunas fotos y pinturas así que me puede dar ese dinero para irme a Bogotá", entonces termino en la cárcel y de ahí en un manicomio. Y como si no hago que yo entienda entonces no se puede, como, para que entiendas, si no haces el suficiente ejercicio para tener el cuerpo lo suficientemente fuerte nunca vas a poder dar un salto con pértiga de cinco metros de altura.
Por ejemplo, ella: que se vuelve loca porque no encuentra una palabra que exprese correctamente la sensación placentera de sacarse un moco que le picaba, o la palabra que explique al hambre de lectura, o al hambre de ver películas, al hambre de podar pasto, al hambre de oler miel; ella quiere palabras que definan las ganas, porque ella siente que las ganas son hambres de las cosas pero no se les puede llamar así cuando son ganas tan poderosas porque el hambre, que se entiende tan atractivo como un sol que llama a los meteoros a encenderse, se refiere al alimento del cuerpo, por la boca, por la digestión. Ella sufre, por estas cosas, por demasiadas más palabras inespecíficas, inexistentes, como yo por la inexistencia del universo entero.
Por ejemplo, él: que se pasa horas sin dormir pensando y pensando en qué va a pasar cuando la humanidad se haya extinguido, si van a venir o no extraterrestres después a encontrar los vestigios de nuestra civilización, si la van a estudiar, si la van a interpretar, si la van a considerar interesante o tan primitiva como para no ahondar en los caudales de nuestra filosofía; o si nunca vienen, si nadie nos recuerda jamás, ¿qué va a ser de nuestro legado sino absurdo?
Nuestras preocupaciones inexistentes.
Las tenemos todos los que hacemos de la lectura nuestra vida. Son tan insuficientes, tan innecesarias para seguir viviendo, que si le decimos a un albañil o a un administrador o a un policía o a un ingeniero que anoche no pudimos dormir porque no encontrábamos en unos versos específicos de Juan Gelman un suplicio de remembranza de una influencia sutil de Spinoza, lo más probable es que rían y, mientras pensamos que su preocupación nocturna de "cenar a toda madre y dormir ocho horas de corrido" es superflua, lo es igual habernos tomado siete tazas de café mientras subrayábamos palabra a palabra, sílaba a sílaba, cigarrillo tras cigarrillo, buscando a Spinoza. Como pasar veinte años revisando libros, comprando, corriendo de biblioteca a biblioteca, recibiendo por correo ejemplares escaneados de una iglesia gótica subterránea a las orillas del Volga, tratando de resolver (¿para qué? ¿para quién?) los orígenes del universo desde el momento en que la voluntad de Dios se hizo voluntad antes de que hubiera su voluntad... o esos mismos años buscando la inclusión de este tipo de ideas sobre lo inexistente, como en la política, en lo tangible, como la política, el desarrollo, la economía.
Todo. Todas nuestras preocupaciones. Todo inexistente. Todo antinatural. No nos estamos simplemente cazando, durmiendo después de comer, cogiendo después de dormir, volviendo a comer, caminando, tomando agua, embriagándonos, cazando, así de sencillo y placentero, en medio del bosque, de la pradera, de la selva, entre ríos.
Y a veces se nos antoja, ¿no? No pensar, por un momento no pensar, por un momento ser libres. Volver a la naturaleza, ser otra vez salvajes. Por un momento mandarlo todo a la chingada, desafanarnos de todo. Pero no podemos, porque allá no nos vamos a despojar de nosotros y allá, mientras sigamos pensando vamos a seguir leyendo, y mientras sigamos leyendo nos vamos a seguir preocupando.
Sabemos que sólo dos cosas podemos hacer: seguir viviendo, que implica seguir pensando, seguir leyendo, o suicidarnos.
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