martes, 25 de mayo de 2010

Sensualidad de los camiones

Para mí los roces con otro cuerpo significan mucho. De más chico pensaba que era igual con todos. Si en el camión mi brazo rozaba el de alguien más me sonrojaba y lo quitaba, porque imaginaba que así como es de sensible mi piel lo es la de los demás. Me estresaba dormir con mi hermano por eso mismo, o la mayoría de los abrazos a mis tías; saludar a mis amigas, a mis primas, pegarme a ellas mientras compartíamos un asiento en la cafetería o el camión, que sus tetas se aplastaran contra mi pecho en un abrazo en el que les olía el cabello, la suavidad de sus mejillas en un beso de saludo, eran para mí un acto de extremo placer sensual, y creía que lo era también para ellas, que era normal para todos esta voluptuosidad. Cuando crecí me di cuenta que yo buscaba esos abrazos y esos besos y esas tomadas del brazo y esos repegones porque yo los sentía más que los demás y, tras percatarme de ello, de que era algo personal e individual, dejé de preocuparme con los extraños y me dediqué a disfrutarlo como una perversión secreta y dulce.

Fue evidente, entonces, que mis preguntas infantiles y juveniles seguro no tenían tanta confluencia en los demás y que mis pensamientos hacían un eco de otro modo, menos expansivo, más penetrante, a las pocas personas que pensaban de alguna manera parecida a la mía. Me convertí en un buscador de esos detalles que para mí habían sido tan obvios y universales que no comprendí como sintagmas de unión hasta ese momento. No es que todos tengamos que preguntarnos a dónde se van los patos cuando se congela el lago, o que nos fijemos si alguien deja todas sus reinas en la hilera del fondo al jugar damas inglesas, sino que nos hagamos ese tipo de preguntas. Aunque tampoco mataría a John Lennon por ese tipo de cosas, no es para tanto.

Al principio no me quedaba claro qué tanto es imperceptible dentro del terreno de la sensualidad y cuándo es que la barrera se traspasa. Era cosa de empujar los límites, llegar a un consenso personal que universalizara lo entendido como un roce incidental y carente de significado o, en el contacto prolongado, cuerpo a cuerpo, una estancia como la que se hace en un aeropuerto cuando hay escala: sin gusto personal, desinteresada. Me quedaba claro que para algunas personas no significa una violación a su espacio que, en el asiento trasero de un taxi de ruta, su pierna estuviera recargada a la mía, mientras que para otras era incómodo si existía el suficiente lugar para hacerla un poco al lado y evitar esa fricción. El estudio trataba de encontrar ese margen universal que se acomodara a esa zona libre, de tolerancia, y nunca violarlo: el juego siempre fue propio, nunca con afán de molestar ni incluir, sino con el de imaginar, el de cerrar los ojos y sentir sólo esa piel, ese calor.

Puedo decir que me he vuelto experto.

Recuerdo una vez, una de las primeras veces, en la que me enamoré de una piel. Le dediqué un cuento. Era una piel morena. Era verano. Era sudores. Era su calor pegado al mío, su corazón extendido en la punta de sus vellos, palpitando descargante hacia mi antebrazo, deseante. No le vi la cara, ni el cuerpo, no le vi con los ojos más que de lado y supe que era morena. No le dije una palabra, pero escuché su aliento, y fue un aliento espeso y dulce, caliente y lento.

Repetí eso, muchas veces, recordándola a ella, a esa piel, hasta que poco a poco dejé de sentirla, dejé de enamorarme de todas las pieles que se sentían como la de ella. Me empecé a enamorar en el momento, de todas las pieles, y sentí en todas esas sensaciones distintas muchas maneras de decir lo mismo.

Dejé de enamorarme. Lo mantuve después como juego. Hoy lo sigo haciendo.

Venía pensando en esto en el camión cuando se subió una muchacha que, hay que decirlo de este modo, estaba bien pinche buena. Se sentó a un espacio de mí, pero yo esperaba que en el momento de que se subiera más gente se recorriera y quedara pegada a mí. Y se subió más gente. Pero ella no se recorrió, sino que entre nosotros se sentó una señora cargando un bebé dormido. No maldije, sólo seguí leyendo, cambiando entre cuentos en mi Octaedro porque a veces uno no puede leer ciertas cosas en un momento determinado por muchas razones diversas.

Estuvimos juntos, en pieles, yo sintiéndola despacio con el antebrazo y el codo, en su cintura, mientras leía otra vez sin poder prestar suficiente atención.

Al siguiente día pasó otra vez lo mismo, y fue todo igual, o casi todo. El bebé ya hablaba y le preguntaba a su madre que si qué hacía el señor —refiriéndose, claro, a mí— a lo que ella respondía que leyendo. Le preguntó si el señor estaba enojado, y con la misma tranquilidad le dijo que no, y con la misma suavidad le dijo que mi termo estaba lleno de café y que no se caía porque lo había sujetado bien al barandal del asiento. Le siguió respondiendo a todo lo que del señor, yo, le preguntaba, como si conociera al señor.

Esa tarde la vi cobrando en la cafetería. Siempre ha cobrado en la cafetería por la tarde, cuando la vieja energúmena de la mañana se va quién sabe a dónde, seguro a reciclar toda la mierda que se traga de los demás después de insultarlos porque qué para devolvérselas azucarada a la mañana siguiente. Pero yo nunca me había dado cuenta de ella, nunca le había prestado atención, hasta ese momento.

Hoy volvió a subirse, y otra vez el bebé preguntaba sobre mí. Ella seguía respondiendo, pero ahora con más intimidad, con un aliento suspirante, de amor, cuando se refería al señor. Y es que sí conocía al señor, a mí, sí lo conocía muy bien y por eso podía decirle a su hijo esas cosas que sabía de mí, esos detalles objetivamente insignificantes pero que matizan una existencia de conceptos relevantes: su piel estaba enamorada de la mía.

No sé si yo me enamoré, no lo creo, pero sí es verdad que he disfrutado esos momentos, que me gusta mucho la tersura de su codo derecho (dice Hugo que él lo primero que ve son los codos de los demás, que casi nadie los lava bien y menos los suavizan, que eso dice mucho de los hábitos de las personas), que la suavidad que adivino de su cintura a través de sus vestidos frescos de algodón me ha causado erecciones más rígidas que muchas otras veces, que he ido más allá y volteado a verla y la he imaginado abriendo los ojos en la mañana, volteado a ver a su bebé y pensado que podría llamarlo "hijo", que compré café varias veces durante el día y fui a agarrar servilletas varias veces durante la comida sólo para verla fingiendo que no la veía para comprobar que ella sentía algo y voltear de repente y comprobar que nos veíamos y sonreírnos abiertamente.

Pensaba en estas cosas mientras iba leyendo The Catcher in the Rye en el camión. Como le dije a Néstor, que siempre se sienta al lado mío y nos vamos leyendo, en silencio, pero con quien siempre comparto pocas frases muy significativas antes de empezar a leer y no volver a dirigirnos palabra en todo el día: no entiendo qué hace que este libro mate a tanta gente, o que sea tan escandaloso, o que no se entienda que es un libro de iniciación; a mí me gusta, me gusta mucho, pero ni se me hace lo mejor de Salinger ni tampoco se me hace tan bueno, ni Salinger ni el guardián, aunque sea de mis libros favoritos y de mis autores favoritos, por todo lo adolescente que me queda dentro tal vez, o por frases musicales repentinas, o por la naturalidad de los narradores, o, sobre todo, porque hace el tipo de preguntas que yo me hago y que a nadie le importan, ni siquiera a mí, hasta no ver que alguien más también las hace y no es que me sienta identificado y con esa sensación de "alguien me entiende" ni que me ponga romántico y piense que mientras siga habiendo gente así el mundo no será un lugar tan pinche, sino que, seguro, le dije a Néstor, ahorita que suba a la oficina me voy a quedar pensando en estas cosas y voy a terminar escribiendo de ellas: un escenario ficticio en el que, de una realidad mía, como que tengo piel muy sensible, me invento que me enamoré de una mujer en el camión que también compartía esa sensibilidad conmigo. ¿O no es así la vida?

0 han dicho algo.: