miércoles, 12 de mayo de 2010

El presente constante en Joel Sotomayor

Dice Joel que a su edad uno ya no tiene sueños, que lo que uno espera para la vida son cosas más inmediatas y sencillas, cosas tan posibles que hemos dejado pasar como si no fueran importantes hasta que llega ese momento en el que pensar a futuro es imposible porque ya se ha calcificado en la imaginación una rigidez para seguir deseando con fuerza sobre el plano metafísico.

Dice Joel que, a su edad, después de los treinta, uno más bien desea cagar a gusto, y que después de aventarte ese cague de una hora en el trabajo con el que sabes vas a andar más ligero el resto del día ya te sientes realizado, sientes que tu vida va corriendo bien, todo bien.

Empezamos a hablar de eso por otras cosas que la verdad no recuerdo, y sé que la razón de que me acuerde de lo que dijo Joel va más allá de la forma en la que lo dijo (es muy gracioso, Joel quiere ser comediante, o quería, cuando tenía sueños), o de que me pareciera trascendente, porque es algo que yo sé y tengo muy presente desde siempre. Es por una necesidad estética.

Hace tiempo definí mi vida como una serie de sucesiones concatenadas en las que "yo" "no tengo voluntad para moldear", en las que yo no decido qué sigue ni cómo va a seguir, donde yo no hago planes a futuro ni sueño de modo para construir una vida real a largo plazo. Yo siempre he vivido el momento. Yo construyo mi mitología: el pasado.

Hasta hace poco no había planeado después de la siguiente semana, y eso jamás me fue conflictivo: siempre he entendido a la vida como algo que está sucediendo, sin detenerse, continuamente, y no que sucedió o sucederá. Mi modus operandi es el del pez que registra lo que sucede en un lapso de cinco minutos y acciona en base a lo que en esos cinco minutos tiene alrededor. Claro, se vuelve un tanto más complejo en cuanto a que tengo "una memoria privilegiada" y "demasiada imaginación", pero hay que entender que yo veo todo lo que vivo como ficción, como Historia.

Para mí todo son historias: todo lo que he vivido sólo tiene una función si se encadena al presente, si se vuelve un recurso estético del presente. Para narrar mi vida no es necesario detallar toda mi infancia ni mi adolescencia ni los días más recientes; para aclarar mi carácter y mis manías, mis fetiches, mis perversiones, no es necesario desglosar explícitamente las situaciones de las cuales se iniciaron; para entenderme no es necesario conocer mi pasado, ni todos mis pensamientos, ni todas mis lecturas: bastan claves, nada más, de las que sea posible un análisis, una acumulación de detalles que elaboren un cuadro de mi estructura para deconstruirla: basta el presente, donde está, en cada gesto, en cada expresión, en cada acto, la suma absoluta de todos los gestos, expresiones, actos, pensamientos, lecturas, previas: para mí, la vida sólo es el presente, y el presente es la suma de todos los pasados ficticios posibles que me llevaron hasta aquí.

Entonces no creo en el futuro.

El futuro nunca es. El futuro se queda en el pasado. Yo tuve muchos futuros pasados, que a esta edad ya se incumplieron en este presente pero que se concretaron en un presente pretérito que aquí no existe: fui pintor, a los veintidós me gradúe en Artes Plásticas y ya tuve tres exposiciones más o menos importantes, actualmente trabajo en un colectivo con otros artistas plásticos buscando las fronteras finas con la música; fui médico, me gradué con honores, el mejor promedio, y estoy a punto de terminar el internado, y ya tengo plaza esperando; fui deportista de alto rendimiento, taekwondo, sexto dan, campeón mundial diez veces, ya no compito por una lesión en la rodilla pero tengo mi propio gimnasio, entreno a la selección nacional infantil y juvenil, me pienso postular para Presidente de la Federación Mexicana de Taewkondo; fui drogadicto, empecé como yonqui, experimentando con mis amigos más hippiosos, he estado en siete centros de rehabilitación pero he encontrado el camino a la iluminación por medio de los opioides, la siguiente semana voy al desierto a buscar a Mezcalito. Tuve más, pero ninguno importa, ninguno es otra cosa que no sea anécdota, que no sea un motivo para empezar a hablar de algo más importante, algo de ahora, del presente, del momento: en el presente estoy enamorado, en el presente quiero casarme, en el presente quiero tener hijos, en el presente quiero vivir en Bogotá, en el presente quiero titularme, en el presente quiero publicar un libro ipso facto, en el presente quiero un cigarrillo y una taza de café y comer para quitarme la ansiedad y el sueño y el hambre.

Soy igual que Joel: yo no tengo sueños: yo quiero lo inmediato, me importa sólo lo inmediato.

Yo quiero un intestino limpio, quiero la certeza de poder echarme pedos sin miedo a que me salga, en el caldito, un pedacito de mierda que arruine mis planes del día. Yo quiero comer bien. Yo quiero dormir bien. Yo quiero tener un buen orgasmo. Yo quiero leer algo que me sacuda un poco. Yo quiero escuchar un disco nuevo. Yo quiero escribir dos mil palabras.

Yo quiero alimentar mi mariposario. Yo quiero sonreír imaginando hijos. Yo quiero que mi corazón lata fuerte al pensar en mi boda. Yo quiero regalar orgasmos. Yo quiero pensar en la vejez compartida. Yo quiero desear una cogida salvaje y espontánea. Yo quiero desear. Yo quiero desear. Yo quiero desear.

Yo deseo. Todo acto de deseo, todo pensamiento, toda suposición, se emite desde el presente, es el presente. Pensar en el futuro es el presente, por lo que el futuro jamás se vive sino como ficción, y esa ficción o puede fluir libremente, si se le alimenta de forma adecuada para digerirse bien, o taparse, si se le impide correr con la libertad que requiere. Pensar el futuro es vivir el presente, no es otra cosa, como lo es leer una novela o ver una obra de teatro, que son ficción pero que están siendo parte del flujo irrevocable del tiempo constante.

Yo no tengo problemas: si mañana fui a Tecate para nada, pasado mañana abro otro capítulo: así toda mi vida. Que pase dos semanas gritando sólo significa que ese capítulo dura dos semanas, o dos meses, o diez años, pero es un capítulo.

Joel dice que a su edad ya no hay sueños, que a su edad uno ya no piensa en armar un futuro ideal, que uno siente el mismo placer, la misma satisfacción, por otras cosas de la vida. "¿Sabes cuál fue mi máxima realización hoy? Haber cagado bien a toda madre en el jale. Eso. Salí, después de cuarenta y cinco minutos, bien chingón, wey, tripeando: 'wey, si me quiero pedorrear ahorita en mi silla no hay pedo, porque sé que no me va a salir ese pedacito de mierda que va a hacer que valga madre mi día', ¿sabes cómo? O sea, después de eso tenía la seguridad de que todo iba a fluir bien smooth, al putazo, y sí: me comí una hamburguesa, me fumé unos cigarros con café, estuve cotorreando con un compa, voy manejando para la casa a tirarme en el sillón a ver siete horas de tele. No necesito nada más. ¿Sabes cómo?"

Y sí, sí sé cómo, sé cómo bien cabrón, wey, porque la neta así está el pedo, y, como hablar excesivamente de mi pasado, afligirme por los futuros que ya son pasado es algo igual de inútil para el acto de narrar mi vida.

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