No me molesta hacer nada en el trabajo, porque la verdad es que nunca hago nada. Sin contar esas cosas que nadie cuenta como acciones —porque siempre se hacen y pasan a ser como el sabor de la propia saliva en la boca, imperceptible— como respirar o estar con la vista al vacío, mover una pierna nerviosamente, tronarse los dedos, dar vueltas en la silla, rascarse una nalga, me es imposible hacer nada. Nunca hago nada. Siempre hago algo. Para mí, pensar es hacer algo, pero también lo dejaré de lado aunque, aclaro, no me refiero a la línea de pensamiento divagante y constante, sino a entregarme a pensar, a meditar, a reflexionar, a proyectarme. Lo dejaré de lado para suavizar eso del hacer nada.
Siempre hago algo en el trabajo. Cuando hay nada que hacer, laboralmente, no me quedo papaloteando, rascándome una nalga con fervor, respirando ansiosamente el vacío al que mis ojos se postran para propiciar la introspección, sino que hago "mis cosas".
¿Qué son mis cosas? A veces otros desgloses del hacer nada: revisar Tumblr, leer Wikipedia, buscar palabras en el DRAE, tuitear, buscar fotografías de granos de café o tipos de chiles, observar a mi jefa trabajando, al otro becario en su desglose del hacer nada, salir a dar una vuelta por el pasillo a ver a quién me encuentro, ir al baño, saludar gente, fumarme un cigarrillo, tirarle a alguien concentrado un borrador en la cabeza. Pero estas ramificaciones de la nada, que en realidad son opuestas a la nada, son las que consumen menos de mi tiempo durante una jornada laboral relajada. Lo que más hago es escribir.
Lo digo mucho, eso de que me la paso escribiendo, o leyendo. Y lo he pensado, porque la verdad es que nadie sabe qué tanto lo hago, y qué tanto valor le doy, más que yo. Me es tan importante que, no importa qué sea, así sea chat o twitter o blog o un cuento o un trabajo para la escuela o un poema o un ensayo o un correo, siempre lo hago con la misma "seriedad", que no es realmente seriedad sino que yo me lo tomo siempre en serio o, más bien, como si fuera siempre relevante, así diga la cosa más pendeja del mundo.
Bueno, sí, lo hago tanto, y me gusta tanto hacerlo, estar leyendo y escribiendo todo el tiempo, que, aparte de "vocación" y "pasión" o lo que sea, me considero un obseso. Sumado a que en sí soy un obseso y compulso en todo lo que hago (o trato serlo, o tal vez mi obsesión es ser obsesivo [una vez dije que mi hobbie era tener hobbies y que mi vicio era tener vicios {¿ves? soy tan propenso al metadiscurso}]), pues le da un marco de normalidad a que prefiera irme solo en el transporte público la mayoría de las veces y me disguste que me lleven a la escuela porque me jode una hora de lectura y todas esas cosas similares que me la paso diciendo.
Pero hoy no. Hoy no es uno de esos días. (O no lo era.)
Hoy no hay café en la oficina. Entonces, no hay voluntad de hacer cosas.
Aunque ya le escribí un correo a Michelle, bastante largo, porque luego me apasiono escribiéndole y, tengo que decirlo, no importa el tema, si es para ella me apasiono haciéndolo. Y también escribí en mi cuaderno algunas cosas. Y varios tuits. Pero, digamos, cosas así son lo mismo que respirar, son tan esenciales y constantes que hasta ni las pensamos y las sentimos como "hacer nada". Son como esos capítulos prescindibles de Rayuela que ayer me recordó Adri. Como ese marcado por asteriscos, el de la aclaración, que tiene una aclaración a la aclaración, sucesivamente. Son las reglas del juego, son tan necesarias y propias, porque el juego es sus reglas, y las tenemos tan presentes y las sabemos que...
Entonces hago nada. He hecho nada. Veo al becario doblar post-its. Doblar un post-it. Agarrar otro post-it, doblarlo sobre el primero. Agarrar otro post-it, doblarlo sobre el segundo. Agarrar otro... hasta tener ochenta post-its doblados, media hora de su vida invertida en doblar post-its. Pienso en ponerme a hacer lo mismo porque... Estoy haciendo nada. La falta de café me saca de mi yo creativo, o de mi yo activo, me pone en este seudoletargo.
Cuando escribo, así sea un tuit, me activo un poco. Si escribo algo más largo, digamos varios tuits sobre lo mismo, me activo más. Si escribo un post, como este, me activo un poco más. Si escribo un cuento o un poema o un correo, es cuando más entro en esa modalidad que parece cafeína. Pero, a la larga, tras un rato, esa actividad tan lejana al hacer nada que es la escritura, me exige energía física. Lamentable es que no sea un monje que sepa canalizarlo todo en mi cuerpo al punto que me interesa. Así que después del correo a Michelle de esta mañana entrar en la modalidad de hacer nada, de los desgloses del hacer nada. De ver al becario doblando post-its y considerar yo mismo hacerlo hasta que alguien me dice que cuente grapas y llegué a cuarenta y ocho. Cuarenta y ocho grapas contadas. O cuarenta y nueve. Cincuenta. Cincuenta y uno. Cincuenta y dos.
Y esperar la hora de salir a comer, de platicar un rato, de fumar otro, de quedarme dormido de regreso en el camión porque, como no hay café, y me la voy a pasar haciendo nada las próximas dos horas hasta que entre a clase de Proust, pues me va a dar sueño, y ya no traigo grapas para contar ni post-its para doblar.
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