jueves, 6 de mayo de 2010

Acercamiento personal, literatura y escritura

De repente escucho que un "gran escritor" dice que se acercó a la literatura "por lo que me impusieron en la escuela" y "gracias a mi madre". Dice que se acercó a la literatura para divertirse y para distraerse, para matar el tiempo, por placer. Uno de esos escritores que empezó publicando en un periódico semanal, que empezó con un cuentito a los dieciséis años, y que lo recuerda, y lo dice con orgullo.

Yo no puedo ser uno de esos escritores.

Aunque tal vez "publiqué" mi primer poema a los dieciséis en la revista de la escuela, y tal vez mi mamá o mi abuela me hicieron mis primeras recomendaciones de lecturas. Tal vez fue porque en la secundaria mi tío era el maestro de español.. o porque en la primaria, en el libro de lecturas, venían esas coplitas ridículas que a los nueve años me gustaban. Aunque, tal vez eso, ¿qué fue eso sino memoria del olvido?

Yo ya no me acuerdo de esa revista. Yo ya no me acuerdo de esos primeros libros que me prestaba mi prima. Yo ya no me acuerdo de que haya visto a Manuel Acuña en la primaria, ni de haber recitado El brindis del bohemio en un festival del día de las madres. Digo, claro que me acuerdo, pero no me acuerdo como si fuera mi vida, sino como un tedio creciente de la vida de todos: nada hay de especial en esos recuerdos como para alzarlos, para creer que por eso todo, que por eso escribo.

Yo escribo porque si no lo hago voy a matar a alguien.

Me acerqué a la literatura por las razones menos hermosas, que son de muchos, y muchos esconden en su romanticismo. No me acerqué para divertirme, no me acerqué para reírme, no me acerqué para entretenerme. Aunque me divierte, me hace reír, me entretiene, yo me acerqué a la literatura para salir de mi encierro, buscando amigos, para encontrar lo que no podía tener en mi vida, que era la misma vida.

Mi amor por la literatura es enfermizo, es posesivo: yo la amo, y la deseo, y la deseo y la amo tanto que quiero ser como ella, quiero ser ella, quiero estar dentro de ella y poseerla desde dentro.

Yo no escribo para divertirme. No escribo para pasar el rato. Escribo por la necesidad de acercarme más a la literatura, de conocer lo más oculto, de meterme hasta el fondo del abismo sin fondo y tocar lo intocable. Escribo, en realidad, porque quiero tanto ser literatura que sólo escribiendo me siento realmente cercano a ella, me siento en ella. Escribo para hacer mi propia mitología.

Por eso diría que mi acercamiento a la literatura fue cuando descubrí, sin saber cómo, en un libro que no quiero mencionar, un pasaje en el que violaban a un muchacho de doce años, mi edad, y lo violaban tan grotescamente, tan cortante, dejándolo medio muerto, con el culo proyectado al exterior, medio intestino de fuera, epiléptico, y yo sentí, en todo momento, ese momento, esa violación. Yo fui ese muchacho, y cuando dejé de serlo yo ya sabía qué se sentía, sabía, quién era él, y por qué después de eso él violaba muchachos de doce años. Fue mi primer amigo.

Porque siempre fui un outsider, siempre fui fronterizo, siempre estuve de pie o sentado en el espacio entre la vida y la no-vida, sin caminar por la vida o la no-vida, y mi crecimiento no fue el de extranjero o el de que no pertenece a algo, aunque yo nunca pertenecí a muchas cosas. Mi crecimiento fue el del que pertenece a la frontera, y pues va siendo que aparte vivo en una ciudad fronteriza. Pero no hay que creer eso, ridículo y lo más falso, de que el fronterizo no se puede desenvolver fuera de la frontera, de que el fronterizo es ajeno a lo que está fuera de la frontera, porque es todo lo contrario: el fronterizo se adapta a vivir en cualquier lugar, se adapta a todo, a todos, porque en la frontera ya ha lidiado con todo.

Así fue mi acercamiento a la escritura: en el borde entre la misma escritura y lo demás.

¿Qué es lo demás? Nada. Todo es escritura.

El borde entre la escritura y la nada. Pero la escritura también es la nada. La escritura también es lo opuesto a la escritura.

No puedo amar a la escritura. No puedo amar al acto de escribir. Escribo todo el tiempo. Escribo todo. Escribo como respiro. Escribo como bebo agua. No amo al acto de respirar. No amo al acto de beber agua. Respiro y bebo agua todo el tiempo. Respiro y bebo todo. Que no la ame no significa que no la ame. Amo cuando soy consciente de ello. Amo cuando me doy cuenta que amo. Es decir que amo todo el tiempo.

Por eso digo: te amo en continuo.

2 han dicho algo.:

Rain dijo...

Un océano, la escritura, un loop en ti.

Así es.

astrid dijo...

Precioso texto.