Tomé esas palabras porque ya las habías soltado, y sin contexto podían ser cualquier cosa, hasta una coincidencia. Las quería para yo ver desde mi texto lo que tú pudiste haber dicho (aunque todas las combinaciones) porque ya desde que encadenaste esa a con esa ene y la ese con la u y la i con la erre, desde ahí esas palabras ya eran tuyas, tuyas en mí, y cuando yo las enuncio me saben a ti, así no hagan entre ellas un acróstico de tu nombre ni de tus fotografías ni de tu música ni de tu sensación de vibración distante, epicéntrica, reincidente.
Entonces yo me autonombro Poseidón porque enciendo un cigarrillo y tiembla, y las réplicas vienen cada vez que enciendo otro, cada vez que fumo, y como entiendo de estas cosas me echo a sonreír. Tal vez me da un poco de miedo, porque tal vez se acabe en una de esas sonrisas temblorosas, pero no por la muerte porque si muero me concluyo, si muero dejo de crecer en espiral, dejo de regresar infinitamente a la pira funeraria a quemarme y deja de destazarme Seth, dejo de reintegrarme desde ceniza, deja de coserme una Isis que nada puede hacer para evitar que vuelvan a descoserme; el miedo, el miedo al miedo de morir, porque me da miedo que antes de la muerte me entre un miedo como el de ahora, un miedo a no conseguir, a no concretar, a no salir de esta red difusa de cavernas inundadas, de ríos subterráneos: una condena a nunca poder materializarme después de tus ideas, a que no puedas tocarme y decirme si en verdad soy real, si estoy vivo, si no soy otro de mis personajes que no saben si son el mismo autor o un desdoblamiento o sólo un narrador que cree ser el desdoblamiento del autor o el autor mismo, o si el doppelgänger, o si el reflejo, o si la sombra, o si ni siquiera eso, acaso el narratario al que se le engaña con la sensación de que puede hacer suya la historia, cuando ese papel sólo le corresponde al lector real y ni siquiera al imaginario, ni siquiera al que yo creo que eres hasta que no eres de frente y me dices: Sí, Rafael, eres real, te estoy tocando, me estás sintiendo, ya deja de fumar, te vas a quebrar la garganta. No vale si no dices en ese momento mi nombre completo, si lo cortas a dos sílabas.
Te digo que me alimento de palabras, como Daggoo que absorbe del aire mismo el sustento para su gran cuerpo, así me alimento de palabras, y soy la gula, soy como Hambruna que azota con el hambre porque él es el hambre, y quiero palabras, quiero palabras para hacer mis palabras, palabras para nutrimento y para crecer, palabras para poder ser más voces, para escribir desde esas palabras lo que las mías solas no pueden, porque las mías son de naturaleza arquitectónica, todas mis palabras son términos de construcción y por eso no tienen la soltura ni la maleabilidad para ser otra cosa que hormigón, concreto, vigas, columnas, arcos, cúpulas, arquitrabes.
Falta eso otro, eso de los relieves, eso de las inscripciones, eso de que un pilar tenga secretamente un bloque hueco en el que se guardó para siempre una caja de roble con candado que guarda una hoja con una figura geométrica dibujada, y alrededor de ella, circundando, palabras provistas de una impresión, una impresión que yo soy incapaz de conseguir.
Falta eso. Nada más eso.
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