martes, 27 de abril de 2010

Preferiría quedarme ciego... a sordo

Siempre he dicho que preferiría quedarme ciego a quedarme sordo. No que la elección sea fácil, ni que, comparando, haya un abismo de diferencia lo suficientemente hondo como para que la pérdida de un sentido para conservar el otro me libre de dolor terriblemente severo. La verdad es que tanto la vista como el oído me gustan demasiado, y aquí debo aclarar que tampoco existe un abismo entre ellos y el olfato, el tacto y el gusto. Es posible, incluso, que ninguno me guste verdaderamente más que los demás, y que la pérdida de cualquiera me sea tan dolorosa que, posteriormente, la llore sin el estoicismo de un Borges o un Sabato, por decir algo.

Mi elección más bien se basa en miedos y cuestión de supervivencia.

No le temo a la oscuridad, la prefiero. Me sé manejar por medio del tacto y el olfato, tengo un oído agudo. Conozco mis cosas por sus texturas, reconozco a las personas por su olor, cierro los ojos en momentos hermosos para captarlos como sonido. Me aprendo los pasos que doy de un lugar a otro y puedo caminar leyendo por donde siempre camino sin miedo a tropezarme con la banqueta, antes de entrar a un salón de clases sé quién está ahí por su aroma, siempre guardo los ojos frente al mar para dibujar las olas con sus rumores. Podría dejar de ver, aprender braille, usar bastón o perro, tocar siempre la cara para conocer sus rasgos, permítame tocarle la cara para conocer sus rasgos, olerle el cabello, olerle el cuello, las manos, tocarle el pecho para hacerme una idea de si debo lamerme los labios cuando traiga escote o esperar a que se dé la vuelta para sabrosearme sus nalgas y su espalda.

Soportaría ya no ver los atardeceres, ya no ver la luna amarilla de los horizontes, las sombras de la niebla, los reflejos del vino, el Saturno devorando a un hijo, los ojos de los gatos que brillan cuando me miran de frente, su cadera, el fondo de sus ojos, las sonrisas en sus labios, las nubes del otoño, la arquitectura barroca, las manecillas del reloj, las cáscaras de las naranjas, las escaleras en espiral, los paisajes sobre los que cuelga un puente, las aletas de los delfines en el mar; lo soportaría, después de mucho llorar y sufrir, querer matarme, matarme a medias, si a cambio no tengo silencio, no tengo silencio externo que me obligue a hablar conmigo todo el tiempo y sólo conmigo, y darle a mi voz otras voces al principio hasta que las haya olvidado y ninguna voz en mi cabeza sea una voz sino un mero hilo.

Porque no podría escuchar a los demás con ese mismo hilo, no palpar sus gemidos, su canto, su cuerpo bajo la regadera rebotando gotas o bajo la lluvia, perder al mar que susurra y susurra los nombres de los ahogados, a los cuartetos de cuerdas, a las campanas, los grillos exigentes, los gallos que despiertan a medianoche, el ruido del sol que se desplaza alrededor del centro de la galaxia y nos lleva con él, el agua que corre, el agua que corre, el agua que corre, no quiero dejar de escuchar el agua que corre.

¿Cómo voy a atravesar la calle sin oído si soy tan distraído con mi vista que no suelo saber si vienen carros más que escuchando las llantas que se raspan con el concreto? ¿Cómo saber que no estoy solo cuando alguien se acerca por la espalda si no puedo adelantar sus pasos? ¿Cómo recordar que sí estoy vivo cuando dice mi nombre si no puedo escucharla decir mi nombre?

No quiero no escuchar el agua que corre, que me diga "te amo", que me den el "buenos días", los estornudos de los demás para decirles "salud", los gritos colectivos de espanto en el cine, la furia de los marchantes, las luces nocturnas zumbantes, el lento pero constante crecimiento de las plantas, el viento que rasguña mis ventanas, el agua que corre, los grillos, el agua que corre.

*

Tenía tres días con el oído izquierdo sordo.

Ya era algo recurrente, algo que había hasta llegado a pensar "normal", que se me tapara el oído derecho, sobre todo al despertar (porque duermo casi siempre sobre el costado derecho) y al bañarme (ahí no tengo explicación). No pasaba de un momento, en el que bastaba un golpecito caricaturesco en el lado opuesto de la cabeza (no olvidar su inclinación de cuarenta y cinco grados), para destaparlo. Al principio me preocupé un poco ("ve al médico, ¿y si es un problema de la presión?") pero, haciendo caso omiso de los consejos que me daban, como siempre, porque si hay algo que no hago es seguir consejos (porque si hay algo que detesto es recibir consejos a modo de "tú no sabes de estas cosas, hazme caso" [¿qué le vamos a hacer?: tengo un problema con "la autoridad"]), me olvidé de toda preocupación, ya fuera presión o cerilla o los años acumulados de estarme apachurrando esa oreja mientras dormía, y seguí mi vida como antes de que se me empezara a tapar: impulsivamente.

Entonces duró no sé cuántas horas tapado el maldito oído, después de bañarme, y le pedí a mi mamá que me revisara la oreja. Sacó dos bolas de cerilla negra, vil, pero no se me destapó.

Me golpee, y nada. Me eché agua oxigenada, y nada. Luego moví la oreja y se destapó, pero no completamente. Antes de dormir, ya estaba otra vez tapado, y al despertar siguió tapado, y luego dolió tanto que me quedé a pasar el dolor durmiendo.

Cuando desperté seguía doliendo y, puta madre, más tapado. Analgésicos. Desinflamatorios.

Empecé a pensar, camino a la escuela, tratando de no ser atropellado, terriblemente desorientado, no sabiendo si hablaba demasiado fuerte o demasiado bajo, pidiendo que me repitieran todo dos veces, eso de que quedarme sordo a mí como que no me iba.

Tenía dos días sufriendo no poder disfrutar la música, ni el ruido de la regadera, ni el de mis desayunos haciéndose en el sartén. Había platicado con amigas de voz muy linda, y nada disfruté porque con un solo oído y el otro en un silencio que parecía ruido les deformaba la voz a un agudo imperceptible. La mayor frustración estuvo en ver a un perro ladrar y no escucharlo por haber tenido un celular en el oído que servía (que aparte es el opuesto al que uso para el teléfono...).

Pensé que he pensado varias veces antes en el suicidio, la mayoría de las veces preguntándome cómo me suicidaría si acaso me suicidara, y acaso una o dos veces pensando "sería cosa de suicidarme y ya... si fuera de la gente que se suicida", acaso en un instante de desesperación absoluta fue que sí pensé "no, yo me suicido ahorita y ya, ¿para qué tanta mierda?" (y, aclaro, duró un instante esa decisión, un instante nada más), pero que si esa seudosordera se volviera absoluta, en ambos oídos, viviría hasta el día que ardiera por escuchar una canción y no pudiera recordarla. (Tengo buena memoria, tal vez alcanzaría a reproducir muchas canciones en ella antes de llegar a ese punto de frustración suficiente para el suicidio.)

Trataba de conversar con una amiga mientras pensaba eso, pero era tan difícil, mientras fumaba, no sentir en los movimientos de mi saliva un oleaje intenso, y su resonancia dentro de mi boca, por oclusión del mundo exterior, me empezaba a enloquecer. Estaba a punto de pedirle que no hablara, que dejara de hablar y nomás me abrazara, porque en aquel momento pensé en que si seguía así, para cuando me acostumbrara, ya no iba a poder escuchar cosas que no he escuchado y que no tengo cómo reproducir en la memoria y, aunque a veces el silencio se ama, yo no quiero silencio eterno. Estaba a punto de pedirle... pedirle... (no quiero no volver a escuchar el correr del agua)... ¡se destapó el oído! ¡De pronto! ¡SUPUTAMADRE!

Lo primero que hice fue gritar su nombre como un conjuro de alivio. Lo segundo fue eso que preví me sucedería: admirar la claridad estéreo de escuchar la carretera con un oído y la conversación con el otro.

Ahora es noche y escucho música a volúmenes tan altos como escucho durante el día, cuando estoy en casa durante el día.

…el placer que le proporcionaba la música, y que pronto sería en él verdadera necesidad, se parecía en aquellos momentos al placer que habría sentido respirando perfumes, entrando en contacto con un mundo que no está hecho para nosotros, que nos parece informe porque no lo no le ven nuestros ojos, y sin significación porque escapa a nuestra inteligencia y sólo le percibimos por un sentido único. Gran descanso, misteriosa renovación para Swann —que en sus ojos, aunque eran delicados gustadores de la pintura, y en su ánimo, aunque era fino observador de costumbres, llevaba indeleblemente marcada la sequedad de su vida— el sentirse transformado en criatura extraña a la Humanidad, ciega, sin facultades lógicas, casi en un fantástico unicornio, en un ser quimérico que sólo percibía el mundo por el oído. Y como, sin embargo, buscaba en la frase de Vinteuil una significación hasta cuya hondura no podía descender su inteligencia, sentía una rara embriaguez en despojar a lo más íntimo de su alma de todas las ayudas del razonar y en hacerla pasar a ella sola por el colador, por el filtro oscuro del sonido.
—Marcel Proust

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