Me gustaba disecar. Me gustaba cuando el cuerpo era nuevo y yo le hacía la primera incisión. Me gustaba estar presente cuando llegaba el camión de la morgue a entregarnos los cadáveres que tenían un mes sin ser reclamados. Me gustaba fumar viendo cómo los pasaban en camillas al anfiteatro. Me gustaba estar dentro del refrigerador, que era un solo cuarto, con nuestros seis cadáveres acomodados en filas sobre las camillas de metal helado, viéndolos, sólo viéndolos, leyendo las etiquetas en los dedos gordos del pie que ahora eran sus nombres. "Hepatitis C, Cirrosis", "Tuberculosis", "Infarto al miocardio", "Fallo renal por sobredosis", "Asfixia", "Apuñalamiento".
La primera vez fue meningitis. Estuvo casi veinte días en coma. Tenía aproximadamente setenta y cinco años. Tenía los dedos de los pies amarillos, hongos, y los demás lo apodaron "Chester". No quería ni decirle "meningitis", "coma" o "Cheester", pero opté por el último por ser el más humano. Todavía lo veía como un hombre, un viejo, que tuvo tal vez hijos y nietos, y por alguna razón murió solo y sin alguien que le llorara en ese momento en el que el electrocardiograma se volvió una línea plana. Esa línea plana que después conocería en otros pacientes con meningitis, a quienes sí les lloraron encima, aún después de ese momento en el que los esfínteres se abren por la gravedad sola y escurre lo que quedaba detrás de ellos. No con Cheester, con él tal vez fui el único, pensando después, cuando comía en mi casa, si a él también le gustaban los tamales de puerco, los frijoles con chorizo, la ensalada de papa. Dicen que a todos les gustan, pero, ¿y si Cheester era vegetariano? ¿Si le caía mal el puerco como me cae a mí ahora? Hoy mi papá trajo chuletas para la comida, y me molesté porque no recordó que me cae mal, que ya no quiero comer puerco, aunque después se me pasó el coraje: después de todo, sólo es otra cosa de mí que no recuerda, como mi cumpleaños o mi segundo apellido, porque siempre me pone los suyos como si fuéramos el mismo Rafael Zamudio (Almada).
Llegaba a contarle a Cheester las cosas que no le podía contar a nadie más, y aunque sabía que en su larga vida que era más del triple de la mía eso no le debió haber sido ajeno, sentía que le daba al menos algo de valor a su cuerpo, donde ya no había más que carne muerta y seca, porque hasta la sangre lo había abandonado hacía mucho tiempo. Poco a poco le contaba menos, y para cuando ya tenía todo su cuerpo abierto, cuando ya había yo tocado lo que nadie le tocó mientras respiraba, dejé de pensarlo como un hombre, un viejo, y empecé a verlo como un cadáver. No como esa visión del cadáver que alberga dentro a la muerte y posee en sí la memoria física de la existencia, sino como lo que realmente es un cadáver: un recipiente vacío. Comprendí que al tenerlo entre mis dedos, al abrir su piel y desprenderla, al seccionar un músculo y aislar el nervio femoral, al amputarle el pie, al abrir su cavidad craneal y cortar el cerebro de la médula espinal: ahí...; y desde antes: desde que llegó a mí; y todavía desde antes: desde que llegó a la morgue; y todavía desde más antes: desde que fue encontrado muerto; y... desde que murió, propiamente dicho, en él ya no había un solo aliento de lo que verdaderamente había sido, y su muerte, ese último instante que le pertenece a la vida, se fue con él del mundo. Aunque en vida fue su cuerpo, porque es indivisible de su alma, sin alma su cuerpo no es sino lo mismo que las plantas y los mosquitos y los ciempiés y los topos y los coyotes y los elefantes marinos, lo mismo que los minerales en la tierra y en la atmósfera, lo mismo de lo que está hecho todo el mundo y todo el sistema solar y toda la galaxia. No que por eso yo no respetara a ese cuerpo inerte, porque incluso lo respetaba más por haberse mantenido íntegro tantos años que, si bien son nada en edades estelares, o apenas una tortuga joven, apenas un retoño de muchos árboles, para un hombre era mucho, más que suficiente.
Con los siguientes cuerpos ya no pensé en el pasado, pero los respeté a todos igual. Y todavía después de no ser más que recipientes, ellos, cuerpos sin vibraciones, me hablaban: si yo presionaba un hígado, el hígado me decía cómo habían sido sus borracheras, cómo habían sido sus comidas, cómo pasaba el tiempo libre, consumiendo qué drogas; si yo abría el estómago y lo extendía sabía cómo era su carácter, si hacía o no muchos o pocos corajes, si desayunaba, si tomaba café, si comía mucho chile; si yo abría una boca en la aorta para acariciar por dentro su corazón, sabía qué tanto había latido, cuántas veces se enamoró, cuántas tantas se decepcionó, cuántas otras heló su sangre con el odio que sólo los celos y las traiciones pueden. Y aunque ese no era mi trabajo, yo lo hacía que fuera, porque yo lo que quería no era tanto romper mis propias marcas, volverme un experto de las formas, un degustador de tipos y anomalías, sino algo distinto, algo más ligado a lo intangible por medio de lo tangible, algo más activo: quería ser lector de esas vidas que ya se habían terminado, que ya estaban cerradas, circulares, y aprender de ellas para poder escribir la mía.
Todo esto lo había olvidado, aunque en momentos me viniera en el fondo de una mirada el paisaje cristalizado que se grabó en los ojos de Asfixia como en la plata de una vieja placa fotográfica, y no lo recordé hasta ese examen sobre Proust, en el que se me pedía mencionar las cualidades que Marcel admiraba en Bergotte y dar tres ejemplos de ellas en la misma Busca. Entonces dije que era imposible, como en un cuerpo, una región anatómica, desprender las estructuras del texto y analizarlas aparte, como elementos inconexos y separados, porque al igual que en el cuerpo todo tenía un músculo e irrigación y sensibilidad y movimiento. Al igual que el cuerpo, o una catedral, cada estructura se extiende desde un centro de gestación y se va ramificando, se arboriza, y al brotar las hojas y las flores en el texto que caen al suelo y germinan y se vuelven el abono mismo para el crecimiento, el texto se vuelve en sí un ecosistema en el que las partes por separado no tienen sentido aunque sean estudiables como generalizaciones de las particularidades individuales de sus especies. Aún así, hay regiones que son más músculo, como los glúteos y la pierna, y regiones que son más hueso, como el maxilar y los codos, la rodilla, y otros más nervio, como las manos o los pies. Así es ejemplificable cada cualidad, siempre y cuando se entienda que no se están ausentes las demás.
Lo recordé así, viendo de pronto secciones enteras en una bandeja, con los músculos cortados en tiras como si fueran filetes que no hacen justicia a las funciones motoras de su carne, y los nervios y las arterias y las venas estiradas y paralelas como cordones idénticos e irreconocibles, la piel como una tela aplanada y distendida, la grasa hecha una bola de plástico, el hueso polvo en el piso de un taller de ebanista. Yo no podía hacer eso con un cuerpo, y tampoco puedo hacer eso con la literatura. No puedo hacer eso con las personas, ni con las evocaciones de las personas, ni con los sueños que tengo con las personas. Ellas son tanto lo que son y lo que siento que son y lo que sueño que son, y si a veces son más de una parte que otra es porque se corresponde a un momento, como en el cuerpo, en el que hay más hueso que músculo y nervio, o más vasos superficiales, o más madera, o más pulpa, o más musicalidad, o más melancolía, o más pensamiento crítico. Y como en el texto y en el cuerpo yo no puedo deshebrarlas a ellas, sino profundizar, repasar con esmero la vista en cada palabra y reconocer lo que de su memoria se me expresa, y aprender, aprehenderlas, transcribir en mí lo que puedo leer de sus imágenes, y tal vez repartir con ellas mi carga mientras ellas me reparten la suya, esta carga que no es sólo mía sino también de lo que ya me han dado los demás desde antes, que a la vez no era sólo de ellos sino mezcla de lo que a ellos les habían dado los otros desde antes.
De eso se trata todo en mí: leer y escribir, escuchar y que me escuchen, decirle a alguien más lo que no le quiero contar a los demás por medio de un texto público y que me digan cosas que sólo a mí se me van a decir. Porque aunque todo viene desde el mismo centro de gestación, cuando se ramifica y se vuelve más específico, todo termina en un solo punto de la piel, un poro, un folículo capilar. Y así es que, aunque mucho de mí es igual para todos, siempre hay algo de mí que es específico a cada persona, a cada texto, a cada cuerpo, y eso se refleja que en la manera que cambia mi trato hacia una persona con el tiempo pueda ser tan gradual e imperceptible como repentina y conflictiva. Puede que se cambie de pronto la señal a otro órgano, o que lentamente se someta a un proceso digestivo que lleve de la boca a la garganta al estómago al intestino a la sangre al corazón al cerebro, o que se mantenga ahí, siempre moviendo mis manos para escribir. Al final no siempre depende de mí ni de ellas sino de otras circunstancias que pueden ir modificando los entornos y que son incomprensibles en su momento, hasta que el tiempo y la distancia los matan y entonces es cuando son disecables y todo puede seguirse con una cánula de nacimiento a muerte. Antes de eso no se sabe, y la mayor parte de las veces todo es espera.
Con esto podría decir que he abandonado muchas cosas durante mi vida, que he dejado a medias todos mis más grandes amores que de haber sido yo de otro modo hubieran terminado de otra manera, al menos hubieran terminado de alguna manera porque la verdad es que nunca se quedaron más que inconclusos; que ya estuviera terminando el internado de medicina, o que ya estaría cursando mi último semestre de Literatura en lugar de que me sigan faltando cuatro si es que algún día termino; que ya tuviera un par de libros publicados si no los dejara siempre en proceso de revisión y corrección o muchas veces como notas en alguno de mis cuadernos; que tuviera un diploma en pintura, en fotografía, en actuación, aunque no sé para qué querría diplomas; que me sabría al menos una canción completa en la guitarra y no siete mil introducciones y sabe más cuántos coros y tantos otros riffs y solos y pura pedacería; que hubiera aprendido a tocar flauta y armónica y teclados y violín y batería, en vez de siempre quedarme con ellos paseándose en mis dedos como si fueran gatos buscando caricias; que no tendría ahora diez libros sin terminar de leer cuando empiezo a leer otro y dejo uno de los más viejos y vuelvo a empezar otro y vuelvo a dejar uno de los más viejos y abro uno nuevo y compro cinco y termino dos pero empiezo cuatro y aparte revistas y artículos y ensayos y poemas sueltos y tanto más; podría decirlo así, que todo lo que hago nunca termina, que todo lo que yo empiezo es infinito, o al menos en busca de mi muerte para completarse todo en el mismo lugar. Pero no, no lo diré así porque así no es. Es que todo lo que yo hago está terminado desde que lo empecé, sin que siquiera vaya a concluirse jamás. Todo lo que yo hago es reunir instantes, impresiones, en experiencias, lecturas, personas, para seguirme escribiendo y poder seguir escribiéndolas a ellas. Lo que yo hago es la escritura desde ella misma, para ella misma, por ella misma, para que pueda seguir ramificándose y floreciendo, y necesito a otras personas conmigo como las flores que necesitan abejas y colibríes para reproducirse. Personas pasajeras, muchas veces, personas a las que no llamaría amistades, sino conocidos, compañeros, incluso desconocidos. Pocas veces, y son estas las importantes, en las que debo insistir por lo valioso, lo estimulante y potente, personas a las que llamaría mis amigos, mis amigas, mis queridos, mis queridas, mis amados, mis amadas, a quienes serviré yo tanto como podrían servirme, no porque me sirvan, sino porque quiero servirles. En esas personas habrá algo que me lleve a progresar en mi escritura, y algo de mi escritura las llevará a ellas a progresar a su modo.
Insisto así en esto, porque creo que verdaderamente vale las penas posibles, y no se diga las sonrisas, las pulsaciones del corazón a esos rincones del cuerpo que uno no sabía que también podían tener tanta sensibilidad. Verdaderamente vale lo que sea que se enfrente una amistad, porque de otro modo no podría llamarse de tal modo. Verdaderamente vale la pena un amor aún cuando por él se sufre y se cree que nadie ha sufrido como uno cuando la verdad es que todos lo han sufrido al menos un par de veces, hasta uno mismo. Vale la pena cuando la amistad es amor, vale la pena cuando el enamoramiento se torna cariño y el cariño en confianza y la confianza en familia. Vale la pena cuando se puede tocar desde adentro, porque así como muchas personas sólo pueden tocar desde afuera y ni diez años de intimidad física pueden estremecer la sangre, hay otras que, por circunstancias ajenas a ellas, pueden removerlo y temblarlo todo sin pasar un dedo por encima. Vale la pena, siquiera intentar y tal vez encontrarse con que fue una equivocación. Vale la pena, porque al final quedará una certeza, y algo que alguna vez fue desconocido tendrá un valor y un significado, algo que antes no existía habrá nacido y ramificado y florecido, y son esas flores las que, al marchitarse y caer junto a nuestros pies, se convertirán en abono para que la tierra de nuestro jardín sea más fértil y produzca mejores flores.
Al menos, así funciona conmigo.
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