No lloro cuando piso caracoles, porque no lloro, o no lloro del cuerpo hacia afuera. También es que no recuerdo haber pisado un caracol, porque los busco para no pisarlos. Los busco para verlos: me gustan las espirales, tengo una obsesión con la simetría, el hermafroditismo, la baba que se seca y brilla, la lentitud, el repliegue, el heroico acto de postrarse en medio de un corredor frente a una estampida humana y desconsiderada, cruel y maliciosa.
Lloro, lloro mucho, por dentro, me desgarro, me arranco un pedacito de alma y la quemo, la ofrendo, cuando escucho un caparazón tronar, cuando veo el pie firme y decidido que aplasta por violencia, cuando regreso media hora después y está seco, seco y negro, y hay otros a los que se los llevan las hormigas, otros pisados y rotos, deshechos. Lloro porque desde muy niño me han gustado los caracoles, porque yo tuve caracoles, porque Calac y Polanco tienen a Osvaldo, porque cuando empecé a encontrar patrones encontré el del caracol y el Hombre de Vitruvio, porque mi mamá les dice "tlaconete" y me gusta mucho esa palabra.
Es lo único que me gusta de la primavera.
O son del mar, de todas las estaciones.
Caracoles de mar. Caracoles carnívoros. Caracoles de caparazón muy duro que nadie puede pisar. Caracoles para escuchar el mar porque cargan al mar dentro. Caracoles para llamar a los hijos desde el pasado. Caracoles para citar. Caracoles teléfono. Caracoles megáfono para congregar.
Tengo conchas. Tengo las conchas de los caracoles que han vivido conmigo. Tengo otras que me he encontrado, casas deshabitadas que no le permití a paracaidistas cangrejos. Conchas en fotografías. Conchas en la memoria. Conchas en el tiempo espiral que vivo, regresando siempre por la memoria involuntaria, haciendo de mi vida todo un acto de memoria involuntaria y leitmotivs interconectados y círculos en constante expansión.
*
Trabajo frente al mar, y frente al mar, por la brisa y la bruma y la garúa constante, los jardines son eternos y húmedos, y los caracoles se cruzan de uno a otro, en la mañana, antes del sol, cuando todo está nublado y gris azulado, y yo me agacho cuando los veo ahí, intrépidos, cruzando el corredor, cruzando desde horas antes, ¿para cruzarlo antes de que lleguemos? Me agacho para quitarlos del camino (sí, violo un poco ese orden que exalto cuando es el de las arañas o los predadores, o la defensa cornuda del ciervo y el ñu), hacerlos a un lado, darles un aventón al otro jardín, para que no los pisen, no los truenen, no los maten, porque no quiero llorar, y soy egoísta porque no quiero llorar, pero no quiero llorar porque voy a llorar porque quería seguir viéndolos vivos cruzando todas las mañanas los corredores y los puentes, de un jardín a otro. Me agacho y agarro a uno todo estirado, diez veces más largo que su caparazón, y luego a otro y a otros cinco, a la vez, casi al mismo tiempo, y traigo siete en la mano, y los pongo en el otro jardín, y se me quedan viendo los compañeros de trabajo porque evidentemente no he terminado de despertar para estar haciendo esas cosas. Pero no los levanto a todos... Y escucho a una señora decir "mira, ¡es un bebé!" y lo sé a salvo, a salvo de ella y su compañero pero, pero no de los demás... y antes de que llegue a él... Lloro.
Me subo al otro puente, hay otros tantos, me quedo viéndolos. Fumo un rato. Pienso en los muertos. Nadie pasa. Fumo hasta que todos se han escondido, todos se han metido a otras flores que no eran de las que venían. Fumo todavía más rato. Empieza a salir el sol. Ya no hay caracoles cruzando puentes ni corredores. Ya no veo caracoles.
El resto del día evito pasar por la entrada principal. Salgo por el puente del tercer piso. Rodeo. Bajo escaleras, subo otras. Voy a la cafetería vía el otro edificio, por arriba, por otro puente. No cruzo por ahí, por la entrada principal. No los quiero ver secos...
Pero es inevitable. Tengo que pasar cerca, pero no volteo. Cruzo casi corriendo, cruzo y corro al autobús del trabajo. No pasa nada. No los vi. Probablemente ya se los habían llevado las hormigas.
Sale una amiga por la puerta principal. Grita. Sé que están ahí. A ella tampoco le gusta verlos muertos... Se sube. Se sienta al lado de mí. No hablamos durante el camino. Los dos volteamos al Oeste. Al mar.
2 han dicho algo.:
Un simple Caracol...algo q` para muchos no tendría la más mínima importancia. Hacer de algo tan escueto un escrito, he ahí la grandeza del lenguaje... Me agrada, cada q´ puedo lee tus textos, sigues escribiendo Reiben...
leo, perdón.
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