martes, 6 de abril de 2010

Hache me dijo sobre recitar, o por qué me da miedo escribir correspondencia

Recuerdo cuando Hache dijo que los chamanes llegaban al éxtasis recitando en voz alta, que por la poesía accedían a orbitales de conciencia superiores y se conectaban con sus oyentes, porque la palabra no venía desde la articulación forzada sino desde lugares remotos, y que a eso es lo que hemos llamado "inspiración divina". Hache también dijo que la literatura oral, que el soliloquio, que el canto, lo que llamamos el flujo, la escritura automática, el état second, el voltear los ojos hacia dentro.

Yo todavía hacía un esquema de cómo iban a estructurarse mis cuentos, mis ensayos, mi novela. Hacía un guión de la historia, pensaba en los adornos, en los bajorrelieves que inscribiría antes de siquiera tener plásticamente la verdadera estructura sobre la cuál los tallaría. Entonces rellenaba "huecos", y no sabía que los huecos eran todo lo que hacía. Textos, más bien ejercicios: diez cuartillas de pura aliteración, diez cuartillas de párrafos encadenados de la última frase con la primera, cinco cuartillas de un paréntesis desprendidos de un enunciado simple, casi trescientas cuartillas que dibujaban una hoja que se dobla a la mitad partiendo desde el centro a la periferia. Ejercicios, nada más, porque entonces no entendía, entendía nada sobre escribir. No me atrevo a decir que ahora comprendo, en realidad, pero al menos lo siento, siento qué es escribir y lo escribo, y esto tengo que agradecérselo a Hache, personalmente.


Siempre he querido escribirle un correo, pero a mí me pasan varias cosas con atreverme a escribirle a alguien más.

Lo primero es que me dan miedo las innumerables reacciones posibles a lo que mis palabras directas puedan tener sobre una persona. Y me dan miedo todas las posibilidades. Las agradables y las desagradables, porque ambas transgreden mi zona de comodidad y cambian algo, siempre cambian algo, que no sé si debiera cambiar. Soy temeroso, y ese siempre ha sido un estigma mío, porque me llevan al encierro y al debate interno excesivo, y me agota. Es que me da miedo, desde que nunca me respondan en lo absoluto y no sepa si mis palabras tuvieron algún eco, alguna resonancia, alguna sensación en el destinatario, a que me vuelva desagradable en su vida, o que pase todo lo contrario y me aprecie. Me da miedo, porque en parte no sé cómo recibir ni agradecimientos ni burlas ni odios ni rechazos ni halagos ni cuestionamientos, y porque cuando tampoco los recibo lo que más deseo es recibirlos porque el no saber qué impresión causo me es todavía más insoportable. Por eso he postergado lo más posible siquiera el intento de publicar, y encuentro en mis textos cada vez más cosas que me desagradan, los tacho de impublicables, porque aparte pasa el tiempo y claro que ya no escribo igual que el mes pasado si prácticamente escribo diario.

Lo segundo es que al tratarse de un destinatario específico de quien sé algo y he tenido cierta relación (que a mí, sobre todo, me ha impactado) pero con quien no comparto una intimidad, me es más difícil dirigirme a él. No sé con certeza cómo modular mi voz, qué tipo de palabras usar, qué tono tomar, qué decir y cómo hacerlo porque sé que no es posible ser general en estas cosas, no se trata de un colectivo a quien me dirijo sino a una sola persona, y a esa sola persona se le merecen ciertos matices únicos a ella como así su individualidad a mí me penetra y hace temblar de modo distinto al de las demás. Y esto lo he llegado a entender también como parte de toda narración, porque la narración no se escribe "para el lector", se narra para el narratario, y tengo que tener siempre en cuenta a quién le estoy narrando, quién esa persona a la que le estoy contando.

Lo tercero es que soy impulsivo, soy insensato, soy intenso, y si desato una palabra que debiera mantener para mí, ya me es imposible borrarla. Entonces trato de cambiarle el sentido, pero el sentido ya es incambiable, y lo que dije ya está dicho y no me puedo echar atrás. Nunca he podido, cuando ya empecé a escribir, cuando ya pensé siquiera lo que voy a escribir, no terminar lo escrito. Y si se trata de un correo, aunque lo borre más de diez veces, aunque lo reempiece y aunque apague la computadora y me intente dormir, no puedo no volver al teclado a volver a escribir las mismas palabras, porque es como si le quitara las cuerdas a un piano y lo tocara pretendiendo escuchar nada cuando sé perfectamente dónde está cada nota y qué suena cuando presiono cuál tecla: así no se desprenda sonido, yo lo escucharé en mi cabeza. Y entonces ya me desato, y después de desatarme no sé qué hacer porque lo que pretendía sólo ser un agradecimiento amistoso pasa a otro plano en mí, y sé que estos cambios son incontenibles, que corresponden a algo mayor que yo no tengo la capacidad de contener, y no que así me exima de culpa, porque la culpa sigue siendo mía por desatarlo en primer momento. Y así también, he escrito textos que evocan la necesidad de escribir otros textos que me pongo a escribir, que llaman a otros textos, que llaman a otros textos, hasta cerrarse al menos por el momento, al menos hasta que desate otra palabra que vuelva a estallar esas proyecciones.

Me acordé de esto porque anoche recitaba en voz alta, y porque ya tengo varios días recitando en voz alta, y recordando esas sesiones con Hache que me ayudaron tanto a cambiar mis métodos de escritura. Yo no sé qué tan bueno sea para escribir, no tengo idea, porque cuando me han dicho cosas positivas, como ya dije, no sé qué hacer con ellas, y cuando me han dicho cosas negativas siempre me las he tomado demasiado en serio. Pero al menos a mí me llena. A mí me apasiona. A mí me hace vibrar desde dentro, porque yo escribo con el cuerpo. Y como escribo con el cuerpo, en lo que escribo se vierte lo que siento, y como se vierte lo que siento me encuentro pintando lo que percibo, y lo que percibo, lo que me mueve, lo que me estremece, se traduce en palabras acomodadas y dichas, también cuando recito en voz alta, cuando elijo un poema sólo porque tiene, entre otras trescientas, una palabra que me ha pintado el antebrazo, la pierna, y me detengo a enfatizarla.

Quizá en otra era estas cosas no me preocuparían tanto. Quizá simplemente escribiría, sin importarme a quién le escribo, y sin importarme tanto si, cuando escribo, cuando alguien me lee, parte de mí se hace suya, parte de mí nace en ella y vive en ella, sin ser mía esa parte, sin que me pertenezca, porque a mí lo único que me puede pertenecer es el momento de haberlo escrito. Y me importa tanto, siempre me ha importado tanto, no porque quiera habitarlo todo, no porque quiera poseerlo todo, sino porque, lo que verdaderamente me importa, es el lazo, el puente, saber que hay, más allá de toda percepción física, una percepción distinta, una percepción y traducción que sólo existe entre lo que sólo puedo ser cuando soy un texto y ella cuando lo escribe leyéndome, cuando siente lo que siento al momento de escribir y toca en mis palabras lo intangible, lo indecible. Sí, es una necesidad algo neuronal, de sinapsis, de eternizar el microinsante en el que atraviesa, entre dos neuronas, ese impulso eléctrico que enchina a la columna vertebral entera y hace que uno escuche un rumor de olas desde los pulmones, en la boca, en un suspiro. También es una necesidad que viene desde mis deseos de nunca haber dejado la actuación, de cumplir el rol que me pertenece, y siento que el papel que debo desempeñar es el de partero de emociones insospechadas en otros. Insospechadas, sí, porque nacen en momentos tal vez inoportunos e impensables, donde se encuentra sólo la verdad.

Y así, otra vez no le escribo a Hache para agradecerle, y otra vez no le escribo a quien le debo escribir, sino que lo hago público. Pero, como dije sobre Mariana y Fernando, lo que hago público es a la vez un guiño de otra cosa secreta, algo oculto, que sólo quien sabe puede descifrar, y la razón por la que lo digo, por la que digo que hay eso, es sólo para yo reafirmar que existe una intimidad mía que no está en la "intimidad" que hago pública, porque lo público nunca es intimidad.

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