"Bienvenidos al Tercer Mundo, esperamos haya disfrutado de su estancia en nuestro característico apagón de seis horas durante la lluvia."
Y no, no pasan esas cosas que Yuri cantaba, nada de eso, nada de que nuestros propios padres nos violaran en una calleja oscura y nos gustara porque eso buscábamos, porque para eso salíamos de la casa. No para los padres sino lo otro pero, bueno, fue una coincidencia acaso grosera.
Cosas totalmente distintas como abrir todas las ventanas para no quedarnos a ciegas, para ir dilatando las pupilas naturalmente mientras el ocaso y seguido el crepúsculo y de inmediato ya la noche. Entonces platicar, sin vela y luego con ella, platicar y tomar wiskey, platicar y entonces el "Rafa, ve por un libro de poesía y lee algo. Tocamos de fondo, algo suave, con guitarra y percusiones." Pero no, no poesía, sino tangos, tangos porque tengo ganas de recitarlos, recitarlos porque también son poemas, poemas que me gusta no siempre cantar.
Alguien tráiganos un bandoneón.
Sale el violín, la flauta, la armónica, el bajo, el palo de agua, la pipa, el shlemovidnye gusli, la guitarra, el güiro, y alternamos entre tres. Hacer una base. Improvisar. Cambiar la base. Improvisar. Soltarlo. Dejarlo fluir. Como cantar, como recitar, y yo cómo quisiera un bandoneón ahí, el acordeón de mi abuelo, y hacerle arreglos a sus canciones, darle un ritmo para que me componga sin luz un par de melodías para siempre. ¿Tendré nietos algún día?
Habría que salir a comprar algo para cenar, algo de botana, tortillas, chiles, un poco de queso. Ahora que la lluvia se ha calmado y no hay luz y no me importa ir en pijama. Vamos, porque así se verá el mundo cuando se acabe y tendremos que caminarlo. Vamos: atravesar un fraccionamiento en penumbra, con la pura Luna y lámparas, y cómo es que media ciudad está apagada y nadie hace algo. Qué van a andar haciendo. Y no hace mal, de vez en cuando.
Volvemos. Sube una ambulancia. ¿Qué le vamos a contar a nuestros hijos si los tenemos algún día? "Nuestro apocalipsis eran apagones. El de sus abuelos fueron inundaciones. El de sus bisabuelos inundaciones y apagones. El de sus tatarabuelos la Revolución y la Guerra Cristera." Por eso no queremos hijos, no hasta que vengan los zombies, hasta que vengan los extraterrestres, hasta que tengamos algo mejor que lo que ellos van a tener que seguro van a ser teletransportadores para anular distancias y máquinas del tiempo para frenar el envejecimiento, para eternizar todos los momentos que valen, al menos que sí se acabe el mundo y entonces ya, entonces nada. Pero, claro, si acaso llegáramos a tener hijos habría que nombrarlos primero, antes de cantarles en la cuna, antes de cargarlos y que se nos caguen encima, antes de enseñarles a decir palabras de vital importancia como "arquitrabe" y "penumbra", "ofuscar" y "exhalar", antes de darles el gusto por nombrar a las mascotas según lo que uno siente que sería su palabra favorita si no la dijeran, que viene siendo exactamente que nos la están diciendo. Ganzúa y Corolario se llamaban mis tortugas, hijo. Transistor fue un conejo de tu tía Elizabeth que se murió de un paro cardíaco porque lo cargaban como si fuera mono de peluche, hijo. Wolfgang Amadeus fue un pez beta azul que nunca quiso a sus esposas, y ambas se suicidaron brincando fuera de la pecera, hijo; Salvia y Licorice se llamaban, hijo. Todo son palabras, hijo, todo son nombres, los nombres son importantes y nos llevan a cuestas por la vida porque nos definimos en ellos, hijo, y la cosa está en que uno a veces no sabe si su nombre lo lleva a lo que es como una especie de destino o al final lo que se termina siendo fue una predisposición por saber lo que quería decir el nombre, hijo, pero también está que uno siempre puede ver la forma de significar lo que se es o de nombrarse por lo que se siente que es y claro que puedes ligar algo como que yo me llamo Rafael y alguna vez iba a ser médico y hasta cierto punto siempre ha habido mucho de médico en mí, hijo, y la verdad es que escribir también sana, hijo, escribir también. Y entonces ya para cuando tuviéramos nietos, si es que los llegamos a tener, sacaría ese acordeón que era de mi abuelo y tocaría para ellos. Pero primero el nombre.
Y como buenos malos padres los llamaríamos E. Trabao y Cromañón LaChoza. Nombres tan ñoños que hasta los geeks serán sus bullies. Sí, la referencia tan directa a Star Wars y aún un tanto oscura, un tanto si no se la pasa haciendo uno juegos de traducción con nombres y canciones. Y otros más obvios, menos crípticos, como Mira Cielocaminante, automáticamente descartados. No, no, esos nombres no nos desvían de la imagen previa, la de las palabras, porque somos los padres y como tales es nuestra obligación ser la primera y más fuerte dosis de humillación para nuestros futuros improbables hijos. Es el ciclo de la vida, como lo fue para el niño llamado Sue y para el resto: sufres, de niño, a veces por tu nombre, por un rasgo físico, algo que sólo tus padres te dieron, que no escogiste, que no quisiste, y tal vez hasta repudiaste (yo siempre quise más de un nombre), y después, si todo sigue el curso que debe seguir, sin patologías, se convierte en ti, tu identidad, tu definición, y ahí tus padres ya son otra cosa porque te hicieron, te crearon, así con palabras, como uno a sus personajes en sus cuentos o en sus novelas. Queda puro amor incondicional, y aún así los padres que se la ingenian toda la vida para dejarlo en ridículo a uno, con esos álbumes de fotografías del típico bebé cagando o de la vez que te rasuraste la piel queriendo ser tu papá y para que cuando tuvieras barba te gustara cómo se te ve tanto como para nunca querer rasurarte. Eso, todo eso, si es que llegamos a tener hijos.
Todo porque se va la luz, y eso no quiere decir que no nos va a dar hambre y que no vamos a buscar una manera. Seis horas en penumbra, con nada más que una sola vela, y ya es hora de cocinar. Unos chilaquiles, aún sin ver, moliendo salsa en molcajete y friendo sin la certeza de cuánto aceite hay en el sartén. Todo por olfato y tacto: mientras no huela a quemado. Queda bien, sabe bien, y comer frente a esa llama amarilla da ganas de pensar en otros tiempos, de tomar vino, de hablar del Señor de los Anillos.
Debería irse la luz más seguido, debería haber velas más seguido, al menos una vez al año. O como allá, como contigo, en Bogotá, y encender toda la acera, llenar de luces el piso, reflejar las estrellas sin espejo, una rayuela de lucesitas en la banqueta. Que se consuma la cerca. Una vez al año debería irse la luz.
Una vez nomás, no cada lluvia, no cada viento fuerte. Una vez al año para seguir pensando que estamos en un Primer Mundo de segunda clase, pero aún con bebidas ilimitadas. Barra libre, es todo lo que pedimos, dejen la comida afuera, y que no se nos vaya la luz tan seguido aunque aprendamos a pasarla tan bien.
