jueves, 31 de diciembre de 2009

Año que se va enamorado

Te llevaste mi insomnio cuando empezaste a dormir conmigo, a darme tu última palabra cada noche, a soñar con encuentros, mis cigarrillos, mi café, mis libros, mi barba, mi voz, mis brazos, mis miradas, mis besos, mis gemidos, mis quejidos, mi pasado, mis películas, mis personajes, mis ideales, mis zapatos, mi coeficiente intelectual, mis camisas, mi Julio, mis borracheras, mis Gauloises liados, mi playa, mi horizonte, mi Luna, mi lluvia, mis caracoles, mi copa de vino, mis notas al margen del monitor, mis fríos, mis cobijas, mi cama, mi ajenjo, mi letra, mis ojos, mi estatura, mis calles; yo hice lo mismo, lo mismo hago, y aventamos juntos mi tristeza, mis melancolías, mis celos, mis indiferencias.

Así fuiste mi año, de una vez en el mar a otra, aunque desde antes ya estabas ahí, sin que me diera cuenta, porque el océano es infinito.

Hoy quiero decirte sólo una cosa, y es que brindaré como nunca he brindado, por lo que viene, por lo que queda atrás, por lo que ya vino y es, lo que está, lo que estamos, lo que somos.

Salud.
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Mis pies el mar

Si necesito a veces meter los pies en la arena, profundos, en esa parte seca y caliente por el sol de todo el día y llegar a ese estrato húmedo y fresco, imagínate si no necesito, a veces, también meter los pies al agua. No tanto para lavarlos sino como una progresión, un ritmo sin adjetivos, natural, casi como si un orden superior lo invitara a existir: porque no hay de otra.

Pues no, no hay de otra: meto los pies a la arena y me arqueo para que venga esa sensación de tensión; ahí aflojo, ahí enrollo los dedos; el reposo que viene y ya están con esa película de arena y agua, arena húmeda, arena fría; pisar con la playa de suela, toda la arena mi suela, y si despego los pies del suelo sigue siendo mi suela el aire que corto entre arena y arena; sumergir momento a momento hasta el tobillo y mi planta que se va en la corriente fría del Pacífico.

Me hago el mar.

Apenas hace un par de meses le expliqué estos sentires a un loco en el malecón, y lo hice porque él me compuso al vuelo una canción que rodeaba mi barba.

Algo tan sencillo, que no creería nadie más ha pensado y sentido en su momento, apenas en mi voz hace tan poco y apenas porque de pronto pensé que tal vez, tal vez resulte que no todos, tal vez.

Tanto hablando y hasta hoy sin decirlo, porque igual se sobrentendía pero igual resulta que nada se sobrentiende, que apenas llega a suposición: ya no generalizar, no tanto, y sin dar por hecho es como una progresión que vengan cosas como un secreto al oído. No por especificar ni otra cosa más que el tacto que se siente recorrer todo el cuerpo con las palabras reconocidas para nadie más que uno mismo.

Nadie más que yo se hace el mar con sus pies desnudos.

Así a veces me da por sentirme único.

Y después te digo, a ti que eres el agua, todas las aguas, que si me hago el mar y tú eres y tú estás ahí, en ese momento con tus pies sumergidos, así sea el Caribe y yo el Pacífico, tú y yo: tú y yo. Nada más.
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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Miércoles noventero: Believe




Do you believe in life after love?
I can feel something inside me say
I really don't think you're strong enough



Y todos nos quedamos con "el efecto Cher". Gracias, noventas.
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En la vida real

Inútil eso de lanzarle a Anakin y Yoda a Dooku a media batalla contra Obi-Wan. Al menos en este universo alterno tampoco funciona. De hecho funciona peor, porque en el otro al menos fue culpa de un impaciente Anakin que se abalanzó antes de su maestro, y aquí digamos que el maestro venía del futuro, viejo, cansado, y apenas después, cuando también Yoda viejo y cansado, apenas ahí fue Anakin y ya para qué. Los tres a hacerse uno con la fuerza, chamacos, que este conde anda con todo.

"En la vida real se debió haber visto bien perro", y Eddie se ríe. Se acuerda de la secundaria: unos niños jugando con sus monitos de Pokémon, uno Bulbasaur y el otro Pikachu, y una violación de las reglas, de los ataques posibles por una rata eléctrica a un sapo vegetal. Vete a la verga, eso no se puede hacer en la vida real. Eddie se ríe porque ¿la vida real? ¿Pokémon existe dentro de la vida real? ¿Has visto a una rata amarilla dispararle electricidad como proyectil a un sapo que carga un botón de flor gigante en su espalda? ¿Te cae?

Pero lo de los jedi, eso es otra cosa, eso sí va en la vida real. ¿A poco no?
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domingo, 27 de diciembre de 2009

De ponerle loop a un video en mi cabeza

Le decía a mi hermano que me parece que no tengo archivos de video en mi memoria, ni canciones completas. Más bien todo son .gif y clips de audio breves que se reproducen de modo que da la impresión, cuando recordamos, de tener un video completo con sonido, y por eso es difícil recordar tal cual, así se tenga memoria fotográfica o lo que sea.

Así, si yo tengo buena memoria, con lo poco que gasta mi cerebro guardando puros .gif y .wav, pues es natural pensar que eso de que sólo usamos el diez por ciento de capacidad es cierto y tal. Entonces, nada me afectaría instalarme un archivo completo que dura 4:34, ¿no? Bueno, primero bajarlo de YouTube, y luego cambiarle de format .flv a .mpg porque mi cerebro así reproduce y esas cosas.

Tengo el archivo. Incluso tengo el puro audio extraído por si alguna vez vuelvo a tener un emepetrés (espero que pronto) y así escucharla donde quiera, cuando quiera.

Ahora, hay dos problemas a resolver, urgentes.

Primero: el cerebro almacena vía las neuronas y sus sinapsis y etcétera dizque un bit por neurona, lo cual significa que un archivo que mide, digamos, cuatro megabytes, se habría de dividir entre tantas neuronas equivalentes al etcétera (cosas que no requieren explicación en estos tiempos porque se entienden a la pura mención, como decir que cada peso tiene cien centavos, ¿no?). Cosa que hacen los discos duros, así que sólo es cuestión de encontrar la forma de administrar la información y probablemente de transformarlo de lenguaje binario a, no sé, cadenas de aminoácidos o lo que sea que use el cerebro y codificarlo en las neuronas circundantes para que así el archivo se mantenga tal cual y encriptarlo para que no se confunda con la red siempre creciente de conexiones neuronales. Cosa que no tarda en desarrollarse por la ciencia, según tengo entendido.

Segundo: ¿cómo transferir el archivo de mi computadora a mi cerebro? Sé que no tardan en hacer implantes con entrada de USB y BlueTooth para estas cosas, así que también sólo es cosa de esperar. No tienen muchos pretextos, digamos que la roca del temporal tiene la solidez necesaria y todas las estructuras anatómicas pueden ser redirigidas a través del mismo implante, así que no sé qué tanto se están tardando.

Como ven, no es tan complicado, sólo cuestión de tiempo.

Le pondría un loop infinito.

Lo vería mientras duermo.

Me lo susurraría al oído, todo el día.

Y me corta el soñar despierto cuando entra mi abuelo a la cocina, donde me he instalado con la laptop y una taza de café que se rellena infinitamente (como en Sanborn's), y entra renegando porque no encuentra una salsa y entonces le grita a mi abuela que si dónde está la salsa y ella finge que no lo escucha pero yo escucho cómo dice "ay, ya empezó este hombre otra vez" y entonces él le vuelve a gritar, pero resulta que los gritos de mi abuelo tienen poco volumen aunque su voz puede ser muy potente, y le vuelve a gritar y le vuelve a gritar porque él repite sus llamados veinte veces aunque le contestes y entonces mi abuela ya le responde y le dice que no sabe, Rafael, ni que fuera mágica para saber dónde está todo y por qué le pregunta siempre si él es el que cocina todo el tiempo, y claro que él le responde que porque ella guarda todo y lo esconde a propósito, Angélica, porque su fin en la vida, desde que le dio el "sí" en a iglesia hace más de cincuenta años, es hacerle difícil la existencia. Entonces siguen con la discusión mientras mi abuelo entra a la bodega que está detrás de mí y busca una salsa y le sigue preguntando a mi abuela y ella le dice que cómo va a saber pero todos sabemos que sí sabe porque ella guarda todo y nunca pierde una cosa y es tan obsesiva que hasta se da cuenta si mueves un centímetro el salero en la mesa y te dice que lo dejes como estaba porque se descuadra toda la escena.

Entonces mi tía, que siempre ha sido una exagerada y ahora en la menopausia todo le parece una violación a su espacio personal, le grita a una prima que deje de estar gritando y haciendo tanto escándalo y etcétera y el racismo de mi abuela y la otra prima que viene a reprocharme que me acabé todo el café y que soy "bien malo" y sabe qué tanto y así todo lo que es igual todos los domingos.

Concluyo que también la vida está hecha de muchos archivos pequeños que se repiten y se conjugan entre sí para hacer lo que llamamos rutinas y rituales, y entonces eso explica que el cerebro no guarde ni .mov ni .mp4 ni .flv ni nada, puro .gif y puro .wav, porque entonces puede reproducir y conjugar así, aleatoriamente, y hacer con eso videos que tengan las canciones que uno quiera, y recordar un momento es como vivir un domingo, que se forma de una base que nunca cambia y se repite, fielmente, y otros datos aleatorios como que hoy vi una paloma blanca al salir de la casa y mientras cerraba la puerta y mi papá sacaba el carro (yo me espero a que lo saque para cerrar el portón de reja) un halcón la cazó al vuelo y se la llevó (nunca había visto), y otros datos que cambian pero pertenecen a la base de datos del domingo como que hoy comimos en un bufet de comida china igual que hace dos semanas pero no que hace tres porque esa vez fue carne asada así como había sido hace seis semanas (es que las escenas de comida son exactamente las mismas siempre, siempre, exactamente).

La vida funciona así, me digo, como funciona mi computadora y mi cerebro, y no está mal, nada mal, sino todo lo contrario, porque entonces uno le pone una estrella a algo, lo hace favorito, y le sube el raiting, y entra el modo de reproducir cosas similares y en algún punto ya se empieza a disfrutar casi todo porque "se sabe tomar decisiones" o como sea que le queramos llamar.

Lo sé, porque ya está empezando a pasar, me está empezando a pasar.

Es como cuando definí lo que me gusta en literatura y en películas y me basta leer la sinopsis o la solapa, junto a otros datos si el autor es completamente desconocido y eso, para escoger y casi nunca equivocarme. Claro que ya varían otras cosas, como si es una "obra maestra" según mis gustos o "so so" o eso. Pero claro, aquí en lo de la vida no es tan sencillo, es mucho más complejo, y la verdad es que me la pasaba equivocándome en todo, y me la pasaba así en los loops "so so" porque no tenía muchas "obras maestras" para releer. ¿Sabes cómo?

Ahora que ya tengo, pues me jode un poco la vida por no tener un puto USB integrado a la roca de mi temporal (lo preferiría en el izquierdo), pero, como dije antes, es cuestión de tiempo, ¿no?
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sábado, 26 de diciembre de 2009

Climas y ánimos

Que el clima influye en el estado de ánimo y en el carácter, que también afina al individuo y lo condiciona a cierto tipo de mentalidad. Al menos en base. Al menos en otro de esos niveles ínfimos de programación humana que nos hacen tener tanto en común con todos los demás. Algo así como cultura climática.

Yo nací en Noviembre con lluvia y lo primero que registré del mundo fueron nubes oscuras. Frío. Cobijas. Mucha ropa encima.

No me gusta el verano, no me gusta el calor, no me gusta el sol, y prefiero ir a la playa cuando la brisa es densa y la nubosidad espesa.

Por vivir en una ciudad de cuatro estaciones marcadas todo son ciclos, y cómo espero la lluvia en cuanto ya no es temporada, en cuanto empieza la primavera y tanto polen que me distrae. Lo único que me gusta entonces son los caracoles.

Así también los días y sus noches.

Depois do dia vem noite,
Depois da noite vem dia
E depois de ter saudades
Vêm as saudades que havia.

Diario espero ambos crepúsculos y me los fumo. Uno va para dentro y el otro para afuera. Diurno y nocturno, ese espacio en el que no es ni día ni noche sino transición y todo es del azul frío del inframundo: de ese color es el ambiente después de la muerte, de ese color es mi alma y la tuya, ahí, cuando nace una mañana y cuando muere una tarde, cuando muere una madrugada y cuando nace una noche.

Y si se trata de engranes, el mecanismo funciona a escala, y entonces el ciclo mayor que viene y el mayor y el mayor, hasta el mío con su noche y con sus estaciones marcadas. Aunque tal vez yo sea una ciudad de sólo una estación, de sólo dos, y muera en verano, o soy un lado de la Luna y muera sin la otra mitad del día. Siempre hay catástrofes que lo detienen todo: una glaciación que hace de todo un invierno perpetuo, movimientos tectónicos que llevan más allá de cualquier verano: la aleatoreidad siempre presente, pero siempre improbable.

Así las noches, en las que avanzo, y dejé de conocer el sueño sin sueños, el sueño cansado de ser desperdicio de tiempo y de sentido, el sueño en el que pudiera estar leyendo o escribiendo más o viendo más películas o caminando más. El sueño que me parecía pérdida. Ahora sí lo espero, ahora sí lo quiero cuando viene, ahora sí lo disfruto cuando siento que se calienta la cama y sé que ya estoy ahí y estás acá, aunque siempre.

Porque ahora sí me gusta dormir porque comparto el sueño contigo, y ya me gusta despertar y hasta dejar que el sol me caliente un poco la espalda con el primer cigarrillo de mañana, esas horas que para mí siempre han significado desangrarse por la lenta acumulación de minutos en el gotero del día.

Y ciclos, ciclos, soy el Fénix que se quema y renace para volverse a quemar, etcétera, y las saudades también y etcétera.

El ánimo y el carácter se determinan por el clima, y yo nací en Noviembre mientras llovía.

Mis tristezas de siempre son otras.

Lloro por las hojas que se caen en el otoño,
ni las miras al pisarlas, qué pena, qué abandono.

Cosas así, como que el atardecer pueda no ser visto por nadie más que yo (me refiero a que quiero que tú también lo veas) y entonces tengo que correr a buscar la cámara y tirar el cigarrillo a medias en el suelo hasta volver y tomar veinte fotos de las que apenas una sirve poco porque el momento justo era dos minutos antes de que corriera por la cámara. O estar de pie frente a un maniquí desnudo y no saber si sentir pudor porque mi hermana pensaba que eran personas muertas disecadas (yo todavía lo pienso) o si sentir pudor por haber sentido pudor por la desnudez natural del cuerpo o si sentir pudor porque te imaginé desnuda en ese aparador y yo solo en esa plaza viéndote y tú sabiendo que te veo desnuda y que soy el único expectador.

Cosas así, como no saber cómo decir esas cosas aunque sea bueno para decir lo que quiero decir como quiero decirlo, como paralizarme rojo en tu imagen posible porque sé que no va a pasar pronto que me dejes de romper la sintaxis ni acelerarme el pulso tanto como para quitarle toda la fineza de tacto a mis manos, como inventar olores para combinar con tu cabello y colores para reflejarle, como a veces aceptar Marlboros aunque no me gustan porque igual me recuerdan y entonces ahí, el mar de memorias, el mar de invenciones, el mar de recuerdos que vienen desde el futuro, el mar de todo lo que no ha pasado pero va a pasar.

Esas son mis saudades, que ya había y que vuelven, como el amanecer que siempre me toca el hombro para que despierte, y tú eres amanecer.

Y nací en Noviembre, nací bajo lluvia y nubes oscuras y frío, entre cobijas y brazos, abrazos, besos, y eso me gusta, así me gusta, ser triste sin estar triste, ser gris, ser felizmente gris, nostálgico, para disfrutar ese sol cálido de las mañanas con el primer cigarrillo y el primer café, contigo todavía en el calor de mis brazos que apenas te soltaron y apenas salieron de la cama, en el recuerdo de tus labios ya lejanos, y así todo, todo ser añoranza del día que sigue y seguir viviendo, que siga teniendo voluntad la vida para seguirme levantando diario.

Estos ciclos, los que, como el paso de las estaciones, no prohiben ni predestinan, acaso más que en las fechas festivas.
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viernes, 25 de diciembre de 2009

Voyeur mute

«Siento que no me conecto con mis personajes, como si algo entre ellos y yo no existiera, como si yo apenas los viera con binoculares desde un edificio cruzando la calle y escribiera lo que siento que dirían, pero la verdad es que no tengo idea de qué sienten o de qué dicen realmente. Y, no sé, algo falta, algo en la construcción se va de lado, se cae al suelo que me tapa la pared y no encuentro manera de hacer que sus diálogos tengan sentido o sus miradas entrecruzadas parezcan sinceras.

»Cuando escribo, escribo como si todo se me ocurriera en un golpe de suerte. Y no sé, no me gusta, quiero que sea profundo pero no puedo.»

Eso me dijo un amigo. ¿Yo qué le respondía? No le dije cómo acercárseles, no le dije que había una puerta en la habitación desde la que fungía voyeurista ni que después un pasillo y un ascensor o escaleras y otra puerta a la calle y que la puerta del otro edificio se abría tocando el timbre ni de las otras escaleras y el otro ascensor ni el pasillo que seguía y la puerta que terminaba. No le dije que en ese mundo ellos no podían verlo y que no necesitaba invitación para acercarse como quisiera y sentarse a escucharlo todo y analizar. Menos le iba a decir que hasta podía detener el avance del tiempo y mirarle bajo la falda a ella, besarla si quería, oler su cabello como un demente sin que uno de los demás presentes lo notara o le importara. No le dije. Me pareció que esas cosas se saben y ya, o no se saben y ni modo.

Su preocupación con respecto a la profundidad de todo, aparte, me pareció ridícula e innecesaria: era escritor, podía hacer lo que quisiera con la situación, ¿y por qué no explotar la del voyeur que inventa —escribe— todo lo que concierne a la coreografía muda? ¿Por qué no hablar de su imposibilidad para comprender lo que no escucha? Le comenté eso, abogando por la posibilidad de crear todo desde lo imaginario, desde ese punto de lo que ya estaba creando.

Creo que no le pareció la idea.

Nos despedimos y dejé de pensarlo. Me fui fumando porque no sé hacer otra cosa (ni quiero saber) y me subí a un camión. Saqué mi Rayuela, releyendo por vigésima vez, tirando por la ventana los fragmentos que me aburren o me molestan o me deprimen (sí, Julio, sí tiro por la ventana partes, a veces, y no siempre las mismas) hasta que, a medio camino, empezó una de esas conversaciones que suelen estresarme por la falta de audífonos para desaparecerlas.

Eran dos hombres y una mujer. Ella con la voz más grave que ellos. Y uno de ellos con la voz tan chillona y rasposa que me fue imposible seguir leyendo. Quería dejarlos mudos, ya no saber sin querer cuánto le había ardido a él la golpiza que les puso el mecánico con la cruceta y cómo le partió el brazo en tres al otro y ella nomás condescendiendo idioteces. Entonces me quedé sordo, o alguien me hizo el favor de silenciarlos a control remoto. No me espanté, sino que los vi ahí moviendo sus brazos y sus bocas y sonreí a medias. No los entendía, no tenía idea de qué sentían, no sabía si las miradas entre ellos significaban fuego o cementerios.

Guardé Rayuela. Decidí darles una historia.

No les importaba tanto, ni siquiera habían de enterarse: eran tantas las situaciones en las que yo me encontraba, con tanta gente, con tantas palabras entre todo hecho de palabras, que nunca sabrían que me basé en ellos. Podrían pensarlo, ver muchas coincidencias, y por un sentimiento de pertenencia a mi vida no encontrar a otro más que a ellos mismos. Y es que nunca les dije que eran desechables, nunca les dije, ¿para qué si era evidente? ¿Para qué si no intercambiamos más palabras que las que me inventé en el momento? ¿Para qué si apenas íbamos a compartir una hora de un día, nada especial, nada más que compañía pasajera en lo que llegaba a mi casa, compañía que prefería no fuera, que prefería intercambiar por lectura casi todo el tiempo? Concluí que uno de ellos la conocía a ella y el otro sólo era simpático porque el que la conocía se lo había pedido y ahora pensaba que se entendían. Y ella nomás condescendía a todo pero dentro otra cosa se libraba y era con el chofer, con el chofer y conmigo, aunque no nos volteara a ver. Y todavía más, porque ella se sentía irrompible: él era más frágil y se lo había confesado, y ella se agarraba de esa confesión y él se ocultaba detrás de ella. El brazo seguramente se lo partió ella misma aventándole por la escalera en una discusión después del sexo, por nada importante, como siempre. Le marqué a mi amigo en ese momento, le dije que le iba a escribir algo respecto a sus personajes mudos pero que tuviera cuidado de que no se terminara pareciendo demasiado a lo que realmente le había pasado porque suele hacer eso y lo malo está en no hacerlo a propósito y creer que uno no se desarma a sí mismo cuando escribe: todo es ficción, todo es biografía, y no es oxímoron.

Tú nomás acuérdate de esa vez que estábamos en mi terraza y vimos a una pareja cogiendo en la casa de calle abajo, y él se puso de pie cuando se dio cuenta y se fue a cerrar la persiana y su pene estaba flácido y temblaba como si se le quisiera arrancar. Eso le dije. Nomás acuérdate de eso y de cómo especulamos sobre lo que debieron haber sentido, él y su esposa gorda, porque dos adolescentes los espiaban en su intimidad. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas cómo concluimos en toda la situación que sucedía en su habitación cuando ya no los veíamos? Pues es lo mismo, es exactamente lo mismo: invéntate todo lo que no escuches, todo lo que no veas, y no te estés preocupando por profundizar. Total, a tus personajes no les va a importar mucho, mientras no se enteren no tiene por qué importarles.

¿Y cómo se van a enterar si viven en otro plano, no?
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jueves, 24 de diciembre de 2009

Pautas para el sueño

Hace poco consideré voltear el colchón en mi cama: siempre duermo hacia el mismo lado, en la misma posición, desde siempre, y es normal que se desgaste sólo de ese lado porque no hay contrapeso en la otra mitad y etcétera. Recordé el colchón viejo, que nunca voltee, que dejé desgastar hasta que dormir perdió toda su placenteridad posible. Ahí fue cuando mi horario se volvió inconstante, y de pasar de siempre dormirme a las tres de la mañana y levantarme a las once, a un nunca-sé-a-qué-hora-llega-Hypnos porque a veces se me sellaban los párpados a las cinco de la mañana y otras a las diez y de vez en cuando a medianoche. Porque ya no era placentero.

Para mí dormir tiene que ser como en la placenta.

No puede haber frío ni calor: el clima ideal es el que dan dos cobijas en invierno y todo el cuerpo tapado, una sensación de calidez acariciante, de madre perfecta, de incubadora.

Como es placenta, dormir viene sin ropa: no me gusta moverme y que la sudadera estire el brazo y se haga bola el pantalón y los calzones se giren colocados en las piernas de modo que ahorcan los muslos ni nada de esas cosas, que los dedos de los pies se estiren si quieren, que no haya nada entre mamá y mi piel, entre su sangre y la mía.

Las manos van cerca de mi cara, las rodillas cerca de mi cuerpo, y el amnios que abrazo son mis cobijas que pasan de células vegetales a animales al desfasarme de este reino de conciencia.

Dormir tiene que ser placenta, o no puedo descansar y no puedo soñar.

Mañana voltearé el colchón, porque amanecí con un brazo adolorido y ya me di cuenta que el agujero se empieza a hacer, y la cosa es que no tengo ganas de ser parido otra vez, ¿sabes cómo? Una vez es suficiente, yo digo. Y es que tengo ganas de seguir viviendo en ese vientre inflado cada noche y dejar de tener edad, seguir soñando como yo quiera y no como una cama que no sabe a cama quiere cuando se deja poseer por bichos rojos.

Si me refiriera a esto de otro modo, a los sueños y a la cama y a la placenta, si hablara desde dentro, desde lo que sueño en mi cama-placenta, yo diría, de ser argentino, "se está bien aquí".
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Miércoles noventero: Me acuerdo




Lo he puesto en Twitter varias veces. Lo puse en Tumblr. Pero no es suficiente. No basta eso para hacerle justicia a Vico C, al Filósofo. Un clásico, con el mejor solo de saxofón de cualquier rola de rap. Si ven a Eminem por ahí estos días, pregúntenle qué opina y seguro se emociona porque, si se dan cuenta, "Stan" es obviamente tributo a esta rolita.
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A mis doce sin las Américas

Volví a escribir en mi diario. Cambié el formato.

Me terminé el diario y ahora necesito cuadernos nuevos: uno que sea el nuevo diario, que se corresponda con el comienzo del dos mil diez y que se escriba bajo el nuevo formato, que consiste básicamente en no escribirme en primera persona sino en tercera (el viejo formato tenía un encabezado en el que apuntaba la frase del día, mi estado de ánimo y demás cosas que no me interesan tanto realmente, y que puedo escribir de otro modo dentro del diario); otro para escribir mis cuentos o ensayos o lo que sea (porque me gusta escribir a mano antes de hacerlo en la computadora y, salvo dos o tres excepciones, todo lo he escrito así); y otro más que pretende ser una especie de catálogo y mezcla de álbum de estampas o cosa parecida.

En los cajones de la cama tengo cuadernos viejos, comprados hace mucho, nunca usados. No me sirven para este tipo de cosas porque no me gustan tamaño carta ni de pasta blanda. De todos modos busco: tal vez ahora ya no me parezcan tamaños molestos de cuaderno (¿ya dije que odio los de espiral?); pero no: sigo siendo el mismo fetichista, al menos en estas cosas: no me gustan esos cuadernos.

¿Por qué los usaba antes? Todos grandes, aguados, con las hojas tan arrancables y doblados de las esquinas. Nada como el tamaño-libro de los que uso ahora, tan acomodables al bolsillo de alguna chamarra o mi saco, a cualquier compartimento pequeño de cualquier mochila. "No sé", me respondo a la pregunta anterior, pero en realidad me estaba preguntando otra cosa y para responder no había más que hojear.

Y sí, hojee, y supe: todo revoloteaba en torno a qué escribía antes y qué bosquejos había dejado plasmados ahí (cosas de las que ya he hablado varias veces en todos lados), y como siempre que hago precisamente esto mismo cuando se me acaba un cuaderno, la retrospectiva me llevó hasta el momento en el que no se podía volver más y ya todo era como estar trabado en el futuro y el pasado a la vez: una frase, escrita por mí a los doce años: "¿Y si no hubieran inventado América?"

Aludía a lo que realmente dice la oración, no a lo que se cree implica. Porque América es una invención, déjenme les digo, y yo lo sabía entonces. Nada más porque alguien tuvo que ponerla en un espacio vacío y ya, por eso existe, pero si no, entonces, ¿entonces?

Precisamente, me guiño desde el pasado, ¿y si no hubieran inventado América?

Suponiendo que eso no significara nuestra desaparición (americanos), ni siquiera como individuos pertenecientes a una cultura (un universo paralelo, punto), de entrada nos daría un mundo más chico, ¿no? Pues sí, un mundo cuarenta y dos millones quinientos cincuenta y nueve mil kilómetros cuadrados más chico, o veintiocho por ciento menos de la superficie sólida terrestre (más todo lo que se debería reducir el planeta por la desaparición de todo el terreno). Siguiendo con las suposiciones, lo que ahora es una distancia de cinco mil kilómetros, por ejemplo, entre dos ciudades de América, que en realidad es dos continentes enormes, se reduciría increíblemente porque, siendo occidentales, todo se seguiría distribuyendo en Europa y, bueno, allá todo está cerca en comparación de acá y, pues sí, un tren y te duermes y ya llegas y lo pagas con medio día de salario.

Pero ni para qué maldecir a los inventores de América si, después de todo, ellos no tienen la culpa de que en esta dimensión así sean las cosas de complicadas, con sus distancias y estas cosas. A los que hay que maldecir, en todo caso, es a los inventores de esta dimensión, por no hacerla con distancias más cortas o con teletransportadores o al menos con aviones tan baratos como el camión a Ensenada. Pero, bueno, cosa de probabilidades, cosa que significa que en tantas otras dimensiones paralelas las cosas están pasando de otro modo, porque en varias de ellas ni siquiera existe la distancia, el espacio, y todo es puro tiempo que no se desliza.

De otro modo, en esos otros lugares no se levantan pilares en un lado y en el otro ni se empieza a caminar a ciegas sobre el aire, jalando un bloque desde el suelo hacia el cielo y adelante, flotando, hasta tocar el centro y que el último de los bloques toque el último de su opuesto y por un momento se rocen las manos que construyen con las yemas de los dedos que son tan sensibles. El regreso no es a voluntad, sino que algo jala, una cuerda que se tensa, que se deja estirar justo hacia el centro. Y así se usan dos cuerdas para la siguiente vez, y se empieza desde el suelo hacia el cielo y hacia delante, con más rapidez, con menos temor, más salto de fe cada que se da un paso flotando que caída al abismo. Y ahora se tocan las palmas de la mano, completas: al siguiente ya se podrán tomar un momento, antes de ser absorbidos de vuelta a sus cinco mil kilómetros de espalda. De otro modo, en esos otros lugares la facilidad, no sé, ¿cómo da aliento, cómo da fuerza?

Eso lo dije a los doce años. Pero no quita el hecho de que a veces, por ratos, varias veces durante el día, quisiera que nunca hubieran inventado América y no existiera la distancia, qué importa que así la facilidad, que así lo cotidiano, que así hasta la rutina, que así, qué importa, qué importa si...

Tú sabes.
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martes, 15 de diciembre de 2009

Ratas en mi casa

Quiero ratas.
Ratas en mi casa.
Ratas en mi casa para comerme toda la caja de Pop Tarts y echarles la culpa.

Buscaría cacas de rata y las dejaría ahí.
Desharía la caja, la rompería, la roería con mis uñas de dientes roedores.

Soy el más sherlockiano en mi casa: nadie podría descubrirme.


"Cómetelos todos. Total, nada podrán hacer para remediarlo."

Lo sé...
Pero no quiero hacerlos sentir mal.
No quiero negarles esa deliciosidad así tan brutalmente.
Lo otro, al menos, me libraría de sus ojos acusantes.
Igual me torturaría la pena, el delirio, de tener que ver sus caras deprimidas y de emprender una cruzada contra animales que no tuvieron culpa...


Pero a la larga lo olvidaría. A la larga aprendería a vivir con eso a cuestas.

A la larga, sólo sería otra mentira, una más, ¿qué más da, no?
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Hijos del apagón

"Bienvenidos al Tercer Mundo, esperamos haya disfrutado de su estancia en nuestro característico apagón de seis horas durante la lluvia."

Y no, no pasan esas cosas que Yuri cantaba, nada de eso, nada de que nuestros propios padres nos violaran en una calleja oscura y nos gustara porque eso buscábamos, porque para eso salíamos de la casa. No para los padres sino lo otro pero, bueno, fue una coincidencia acaso grosera.

Cosas totalmente distintas como abrir todas las ventanas para no quedarnos a ciegas, para ir dilatando las pupilas naturalmente mientras el ocaso y seguido el crepúsculo y de inmediato ya la noche. Entonces platicar, sin vela y luego con ella, platicar y tomar wiskey, platicar y entonces el "Rafa, ve por un libro de poesía y lee algo. Tocamos de fondo, algo suave, con guitarra y percusiones." Pero no, no poesía, sino tangos, tangos porque tengo ganas de recitarlos, recitarlos porque también son poemas, poemas que me gusta no siempre cantar.

Alguien tráiganos un bandoneón.

Sale el violín, la flauta, la armónica, el bajo, el palo de agua, la pipa, el shlemovidnye gusli, la guitarra, el güiro, y alternamos entre tres. Hacer una base. Improvisar. Cambiar la base. Improvisar. Soltarlo. Dejarlo fluir. Como cantar, como recitar, y yo cómo quisiera un bandoneón ahí, el acordeón de mi abuelo, y hacerle arreglos a sus canciones, darle un ritmo para que me componga sin luz un par de melodías para siempre. ¿Tendré nietos algún día?

Habría que salir a comprar algo para cenar, algo de botana, tortillas, chiles, un poco de queso. Ahora que la lluvia se ha calmado y no hay luz y no me importa ir en pijama. Vamos, porque así se verá el mundo cuando se acabe y tendremos que caminarlo. Vamos: atravesar un fraccionamiento en penumbra, con la pura Luna y lámparas, y cómo es que media ciudad está apagada y nadie hace algo. Qué van a andar haciendo. Y no hace mal, de vez en cuando.

Volvemos. Sube una ambulancia. ¿Qué le vamos a contar a nuestros hijos si los tenemos algún día? "Nuestro apocalipsis eran apagones. El de sus abuelos fueron inundaciones. El de sus bisabuelos inundaciones y apagones. El de sus tatarabuelos la Revolución y la Guerra Cristera." Por eso no queremos hijos, no hasta que vengan los zombies, hasta que vengan los extraterrestres, hasta que tengamos algo mejor que lo que ellos van a tener que seguro van a ser teletransportadores para anular distancias y máquinas del tiempo para frenar el envejecimiento, para eternizar todos los momentos que valen, al menos que sí se acabe el mundo y entonces ya, entonces nada. Pero, claro, si acaso llegáramos a tener hijos habría que nombrarlos primero, antes de cantarles en la cuna, antes de cargarlos y que se nos caguen encima, antes de enseñarles a decir palabras de vital importancia como "arquitrabe" y "penumbra", "ofuscar" y "exhalar", antes de darles el gusto por nombrar a las mascotas según lo que uno siente que sería su palabra favorita si no la dijeran, que viene siendo exactamente que nos la están diciendo. Ganzúa y Corolario se llamaban mis tortugas, hijo. Transistor fue un conejo de tu tía Elizabeth que se murió de un paro cardíaco porque lo cargaban como si fuera mono de peluche, hijo. Wolfgang Amadeus fue un pez beta azul que nunca quiso a sus esposas, y ambas se suicidaron brincando fuera de la pecera, hijo; Salvia y Licorice se llamaban, hijo. Todo son palabras, hijo, todo son nombres, los nombres son importantes y nos llevan a cuestas por la vida porque nos definimos en ellos, hijo, y la cosa está en que uno a veces no sabe si su nombre lo lleva a lo que es como una especie de destino o al final lo que se termina siendo fue una predisposición por saber lo que quería decir el nombre, hijo, pero también está que uno siempre puede ver la forma de significar lo que se es o de nombrarse por lo que se siente que es y claro que puedes ligar algo como que yo me llamo Rafael y alguna vez iba a ser médico y hasta cierto punto siempre ha habido mucho de médico en mí, hijo, y la verdad es que escribir también sana, hijo, escribir también. Y entonces ya para cuando tuviéramos nietos, si es que los llegamos a tener, sacaría ese acordeón que era de mi abuelo y tocaría para ellos. Pero primero el nombre.

Y como buenos malos padres los llamaríamos E. Trabao y Cromañón LaChoza. Nombres tan ñoños que hasta los geeks serán sus bullies. Sí, la referencia tan directa a Star Wars y aún un tanto oscura, un tanto si no se la pasa haciendo uno juegos de traducción con nombres y canciones. Y otros más obvios, menos crípticos, como Mira Cielocaminante, automáticamente descartados. No, no, esos nombres no nos desvían de la imagen previa, la de las palabras, porque somos los padres y como tales es nuestra obligación ser la primera y más fuerte dosis de humillación para nuestros futuros improbables hijos. Es el ciclo de la vida, como lo fue para el niño llamado Sue y para el resto: sufres, de niño, a veces por tu nombre, por un rasgo físico, algo que sólo tus padres te dieron, que no escogiste, que no quisiste, y tal vez hasta repudiaste (yo siempre quise más de un nombre), y después, si todo sigue el curso que debe seguir, sin patologías, se convierte en ti, tu identidad, tu definición, y ahí tus padres ya son otra cosa porque te hicieron, te crearon, así con palabras, como uno a sus personajes en sus cuentos o en sus novelas. Queda puro amor incondicional, y aún así los padres que se la ingenian toda la vida para dejarlo en ridículo a uno, con esos álbumes de fotografías del típico bebé cagando o de la vez que te rasuraste la piel queriendo ser tu papá y para que cuando tuvieras barba te gustara cómo se te ve tanto como para nunca querer rasurarte. Eso, todo eso, si es que llegamos a tener hijos.

Todo porque se va la luz, y eso no quiere decir que no nos va a dar hambre y que no vamos a buscar una manera. Seis horas en penumbra, con nada más que una sola vela, y ya es hora de cocinar. Unos chilaquiles, aún sin ver, moliendo salsa en molcajete y friendo sin la certeza de cuánto aceite hay en el sartén. Todo por olfato y tacto: mientras no huela a quemado. Queda bien, sabe bien, y comer frente a esa llama amarilla da ganas de pensar en otros tiempos, de tomar vino, de hablar del Señor de los Anillos.

Debería irse la luz más seguido, debería haber velas más seguido, al menos una vez al año. O como allá, como contigo, en Bogotá, y encender toda la acera, llenar de luces el piso, reflejar las estrellas sin espejo, una rayuela de lucesitas en la banqueta. Que se consuma la cerca. Una vez al año debería irse la luz.

Una vez nomás, no cada lluvia, no cada viento fuerte. Una vez al año para seguir pensando que estamos en un Primer Mundo de segunda clase, pero aún con bebidas ilimitadas. Barra libre, es todo lo que pedimos, dejen la comida afuera, y que no se nos vaya la luz tan seguido aunque aprendamos a pasarla tan bien.
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martes, 1 de diciembre de 2009

Mercado de Refacciones

Suele valerme total madre lo que pasa entre la demás gente del camión, o calafia, o taxi. Si es de día voy leyendo: no suele tocarme ir de pie, casi siempre tengo asiento y como no volteo fuera de la hoja ni sé si debiera ser caballeroso en algún punto, cosa que de cualquier modo no me tiene por qué preocupar: me siento siempre hasta atrás y sé que ninguna mujer quiere irse hasta atrás, cosa que me parece exagerada, pero qué le va a hacer uno. Y es que me toca ver la mitad del camión vacío, la mitad de atrás, y seis señoras de pie y con bolsas de mandado amontonadas hasta el frente. Si le tienen miedo a los posibles machos ganones, ¿por qué no se sientan en parejas? Yo nomás digo, que los asientos de los camiones son para dos.

Pero a veces no me vale madre, a veces escucho con atención lo que dicen los demás, y veo sus caras. No lo hago porque me interese, es decir que en realidad no es que me valga madre, porque me vale tanta madre que me encabrona, sino porque (aquí la razón del encabrone) esa pinche gente tiene altavoces integrados y las voces más desconcentrantes que pueda haber. Es de esa estirpe de personas castrosas que cada que dicen algo son idioteces: todo, hasta su sintaxis es idiota, o al menos eso me parece. Y uno no puede dejar de escuchar, no por cautivador sino porque lastima, lastima todos los sentidos y la concentración entonces es imposible.

Cuando tenía audífonos esto no pasaba, pero resulta que tengo un año sin ellos, desde que le abrieron el carro a una amiga y se robaron mi mochila y mi Catcher in the Rye a media leída (hijos de puta).

Al menos fueran conversaciones interesantes, pienso. Al menos fueran anécdotas graciosas, digo. Al menos fuera algo que me hiciera pensar o me dieran ganas de escribir, algo que valiera la pena desarrollar como historia. Y ni me vengan que se puede escribir de cualquier cosa, porque de esto nomás no, nomás son pendejadas.

Son ese tipo de diálogos de relleno que dicen los extras en una escena en una película que presenta una gran ciudad como personaje, por ejemplo. Y esos diálogos no tuvieron guión, son improvisados en el momento. Le dice el director a los extras: platiquen, entre ustedes, lo que sea, al final sólo será barullo lo que se escuche entre todos, barullo ininteligible. Y los extras, muchos de ellos esas mismas personas de las conversaciones ininteligibles en los camiones, tienen ese mismo tipo de conversaciones y sí, no se entiende en la película, no se diferencian las doscientas voces. Pero en el camión no hay tantas voces, y sí se diferencian esas conversaciones estúpidas sin guión, sólo así nacidas del paladar, ni siquiera de la úvula. Son esos asentimientos estúpidos, esa búsqueda inexplicable por apaciguar el silencio, como si este tipo de silencio no pudiera ser sereno. ¿Qué hay con la gente que no sabe disfrutar de ese momento en el que se tranquiliza el ruido, en el que descansa la garganta y uno puede respirar? Esta gente tiene esa necesidad de romperlo, diciendo incoherencias.

Y estas son las conversaciones que me rompen la lectura y me desfasan y me hacen maldecir todo, odiar al mundo sólo un poco más durante ese momento. Al menos a lo que odio del mundo. Estas conversaciones que empiezan con un pasajero diciéndole al chofer que lo deje "ahí en el letrero ése, en ése, el de la eme y la erre grandes". Y el chofer le contesta, lo natural, que ahí no se puede detener y el pasajero le comenta que hay una callecita, que si no puede hacer un intento. Todo esto es normal, y uno lo escucha de fondo, como si nada, porque es el intercambio acorde a la situación, y entonces viene lo que me enchina la piel, cuando el pasajero le repite que si no lo puede dejar y uno piensa "pues sí, sí podría, yo también le volvería a preguntar" y entonces otro pasajero dice, como asintiendo, "sí, hay una callecita, ahí en la eme erre ésa, el Mercado de Refacciones, ¿no? ¿Mercado de Refacciones? ¿Así se llama?" y desde ahí ya valió madre, porque no le veo el caso a esa "interacción social" tan pendeja, a esa necesidad de asentir a algo tan inútil, de decirle al otro "sí, yo te comprendo, yo sé" cuando siempre fue tan evidente y no había más que saber ni entender que lo que se dijo desde el comienzo. Y luego sigue el primer pasajero y asiente y dice "sí, es el Mercado de Refacciones", cosa por demás idiota repetir porque desde antes cualquiera podía leer que debajo de la eme y la erre gigantes dice "Mercado de Refacciones". Con una chingada, uno intenta volver a leer y piensa que ya ahí queda, y entonces el chofer le sigue con un pendejísimo "ah, es el Mercado de Refacciones, con razón". ¿Con razón qué, chingada madre, con razón qué? Pasa por esa puta ruta todo el puto día todos los putos días, ¿y no sabía que era el Mercado de Refacciones? No pinches mames.

Y sí, tal vez creas que exagero, pero es que no me chingues, son pendejadas. Porque igual si la voz fuera melodiosa, agradable. Pero no. Y no es que quiera que todo mundo hable como agente de hotline, pero es que la gente que entra en ese tipo de conversaciones es la que tiene las voces más horrendas y penetrantes y sé que no es que la situación me haga sentir que son las voces más horrendas y penetrantes.

Pero qué le hace uno, nada, nomás rechinar los dientes y esperar a que se baje el pasajero y ojalá el otro no siga con su necesidad de prevalecer en el mundo diciendo sandeces, hablando todavía del Mercado de Refacciones cuando ya pasaron más de diez cuadras y el chofer asintiendo y luego pasando a la otra conversación genérica y estúpida de "es que no se puede parar uno ahí, luego lo multan y para qué quiere" y el otro que le contesta "pues sí, pero hágale entender eso a la gente" y entonces el chofer con su "pues yo le decía pero no me hacía caso, nomás dele y dele que ahí en el Mercado de Refacciones y pues cómo" y el otro que antes le asintió al pasajero ahora le asiente al chofer y ni siquiera por borrego sino nomás porque eso sabe hacer con su voz horrenda, y así entre los dos se la llevan media hora de camino y para qué llevo libros entonces.

Por eso sentarse hasta atrás, con el chofer lejos y donde si llegan a haber conversaciones son de albañiles. Y son de alcohol, drogas o mujeres, y de eso sí puede escribirse, no de idioteces como si se puede o no bajar uno en una callecita y el Mercado de Refacciones. Su puta madre.
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