Hoy no quiero hablar de ciclos. Ya lo he hecho demasiado. Hasta tengo un libro de cuentos por publicar al respecto. No, hoy no hablaré de ciclos, ni del año que se va, ni haré recuentos, ni promesas para el siguiente año, ni nada de esas cosas. Aunque, temo que al aclarar que no hablaré de ello, ya lo hice.
Hoy hablaré, en este último post del año de gracia dos mil ocho, de los nuevos billetes de doscientos pesos.
Y es que no tenemos que ser críticos en acuñación de moneda (o como sea que se llame esa gente, esa irredenta subraza de hombres dedicados al dinero) para ver, claramente, que esos billetes nuevos son una completa estupidez. En todos los sentidos. Por lo mismo, dado que basta cualquier ojo para notarlo, optaré por dejar el tema de lado y sólo hablar de su horripilantez (cosa para la que, por cierto, tampoco se debe tener un título en estética monetaria para discernir).
Admitámoslo: ese color verde es demasiado brasileño. Y, claro, en México estamos rodeados de verde, hasta en el desierto, pero, admitámoslo: no somos tan felices y buen pedo como para tener un color pastel (yo lo llamaría "baby green", por eso de que las pijamas verdes de bebé son del color del billete) en uno de nuestros billetes; por el contrario, en vez de hacerlo "cool", lo hacemos pendejo y "puto". Lo peor del caso es que el billete verde se corresponde con Sor Juana. ¿Barroco verde pastel? Total mentada de madre.
Y, sí, pinches billetes. Cómo me cagan. Odio que me los den. Prefiero cargar billetes de quinientos que tener que llevar de doscientos, aunque nadie tenga cambio. Por eso ayer que cobré mi cheque perteneciente a diciembre no le pedí a la cajera que me diera mil en billetes más chicos, como suelo hacer. De hecho, como ya nos conocemos, le sorprendió que le dijera que ahora no me diera billetes chicos. Siempre la he querido invitar a comer cuando salga de trabajar.
La primera vez que me atendió fue extremadamente amable, un poco fría. Pero, la calcomanía de anteojos en mi credencial de elector le dio algo de risa. Eso, curiosamente, ayudó a romper el hielo. La estuve viendo trabajar mientras hacía fila y noté que era muy seria, algo sangrona. Así que cuando sonrió y me dijo que no era yo el de la foto, supe que debía agradecerle a Sonrics. Tuvimos una de esas conversaciones típicas en las que el intercambio de información incidental se presentaba como cualquier cosa:
—¿Realmente eres tú el de la foto?
—Sí, bueno, fue hace varios años. Estaba delgado y lampiño y con cabello largo.
—No, no es eso. A ver, quítate los lentes, déjame ver tus ojos. —Y mientras me quitaba los lentes, veía que ella ya no observaba la credencial de elector, sino a mí, y que soportaba mi mirada. Nadie la soporta. —¿Ves? Eres el mismo. Igual de guapo.
—Gracias.
—¿Me regala su firma aquí, señor?
—Sí, cómo no.
—Oye, ¿y por qué tanto dinero?
Su pregunta me sorprendió. Por dos razones. Primero: fluctuaba del tú al usted según si me hacía preguntas directamente relacionadas con la transacción en cuestión o si preguntaba de mí. Segundo: si trabaja en un banco, ¿cuatro mil quinientos pesos no es una cantidad pequeña que seguramente está acostumbradísima a ver?
—Pues, por un proyectillo que estoy haciendo, nada muy interesante.
—Me encantaría saber de qué trata. A ver si luego me cuentas. ¿En qué denominación quiere su efectivo, señor?
Bueno, he intentado invitarla. Sé que sale a las cinco. Diario. La cosa es que por cuestiones ajenas a mí, siempre que voy a cobrar me es imposible invitarla. Creo que ya había hablado de esto alguna vez. Y, aparte, sólo la veo una vez al mes. Claro que podría ir cualquier otro día al banco, pero, no es mi estilo el de forzar este tipo de cosas cuando no existen más que corteses intercambios frasísticos en la ventanilla siete, nada más.
Y, bueno, otro año que se va. ¿Qué rápido pasa el tiempo, no? A veces, realmente, preferiría que dejara de pasar. En serio. No que yo dejara de envejecer, sólo que todos los días fueran el mismo, y ya. Nada que celebrar, nada que recordar, nada que esperar. Como debería ser. Eso, o mudarme a Júpiter, para no poder celebrar ni un maldito aniversario.
Hoy hablaré, en este último post del año de gracia dos mil ocho, de los nuevos billetes de doscientos pesos.
Y es que no tenemos que ser críticos en acuñación de moneda (o como sea que se llame esa gente, esa irredenta subraza de hombres dedicados al dinero) para ver, claramente, que esos billetes nuevos son una completa estupidez. En todos los sentidos. Por lo mismo, dado que basta cualquier ojo para notarlo, optaré por dejar el tema de lado y sólo hablar de su horripilantez (cosa para la que, por cierto, tampoco se debe tener un título en estética monetaria para discernir).
Admitámoslo: ese color verde es demasiado brasileño. Y, claro, en México estamos rodeados de verde, hasta en el desierto, pero, admitámoslo: no somos tan felices y buen pedo como para tener un color pastel (yo lo llamaría "baby green", por eso de que las pijamas verdes de bebé son del color del billete) en uno de nuestros billetes; por el contrario, en vez de hacerlo "cool", lo hacemos pendejo y "puto". Lo peor del caso es que el billete verde se corresponde con Sor Juana. ¿Barroco verde pastel? Total mentada de madre.
Y, sí, pinches billetes. Cómo me cagan. Odio que me los den. Prefiero cargar billetes de quinientos que tener que llevar de doscientos, aunque nadie tenga cambio. Por eso ayer que cobré mi cheque perteneciente a diciembre no le pedí a la cajera que me diera mil en billetes más chicos, como suelo hacer. De hecho, como ya nos conocemos, le sorprendió que le dijera que ahora no me diera billetes chicos. Siempre la he querido invitar a comer cuando salga de trabajar.
La primera vez que me atendió fue extremadamente amable, un poco fría. Pero, la calcomanía de anteojos en mi credencial de elector le dio algo de risa. Eso, curiosamente, ayudó a romper el hielo. La estuve viendo trabajar mientras hacía fila y noté que era muy seria, algo sangrona. Así que cuando sonrió y me dijo que no era yo el de la foto, supe que debía agradecerle a Sonrics. Tuvimos una de esas conversaciones típicas en las que el intercambio de información incidental se presentaba como cualquier cosa:
—¿Realmente eres tú el de la foto?
—Sí, bueno, fue hace varios años. Estaba delgado y lampiño y con cabello largo.
—No, no es eso. A ver, quítate los lentes, déjame ver tus ojos. —Y mientras me quitaba los lentes, veía que ella ya no observaba la credencial de elector, sino a mí, y que soportaba mi mirada. Nadie la soporta. —¿Ves? Eres el mismo. Igual de guapo.
—Gracias.
—¿Me regala su firma aquí, señor?
—Sí, cómo no.
—Oye, ¿y por qué tanto dinero?
Su pregunta me sorprendió. Por dos razones. Primero: fluctuaba del tú al usted según si me hacía preguntas directamente relacionadas con la transacción en cuestión o si preguntaba de mí. Segundo: si trabaja en un banco, ¿cuatro mil quinientos pesos no es una cantidad pequeña que seguramente está acostumbradísima a ver?
—Pues, por un proyectillo que estoy haciendo, nada muy interesante.
—Me encantaría saber de qué trata. A ver si luego me cuentas. ¿En qué denominación quiere su efectivo, señor?
Bueno, he intentado invitarla. Sé que sale a las cinco. Diario. La cosa es que por cuestiones ajenas a mí, siempre que voy a cobrar me es imposible invitarla. Creo que ya había hablado de esto alguna vez. Y, aparte, sólo la veo una vez al mes. Claro que podría ir cualquier otro día al banco, pero, no es mi estilo el de forzar este tipo de cosas cuando no existen más que corteses intercambios frasísticos en la ventanilla siete, nada más.
Y, bueno, otro año que se va. ¿Qué rápido pasa el tiempo, no? A veces, realmente, preferiría que dejara de pasar. En serio. No que yo dejara de envejecer, sólo que todos los días fueran el mismo, y ya. Nada que celebrar, nada que recordar, nada que esperar. Como debería ser. Eso, o mudarme a Júpiter, para no poder celebrar ni un maldito aniversario.