miércoles, 31 de diciembre de 2008

Adios para siempre, 2008.

Hoy no quiero hablar de ciclos. Ya lo he hecho demasiado. Hasta tengo un libro de cuentos por publicar al respecto. No, hoy no hablaré de ciclos, ni del año que se va, ni haré recuentos, ni promesas para el siguiente año, ni nada de esas cosas. Aunque, temo que al aclarar que no hablaré de ello, ya lo hice.

Hoy hablaré, en este último post del año de gracia dos mil ocho, de los nuevos billetes de doscientos pesos.

Y es que no tenemos que ser críticos en acuñación de moneda (o como sea que se llame esa gente, esa irredenta subraza de hombres dedicados al dinero) para ver, claramente, que esos billetes nuevos son una completa estupidez. En todos los sentidos. Por lo mismo, dado que basta cualquier ojo para notarlo, optaré por dejar el tema de lado y sólo hablar de su horripilantez (cosa para la que, por cierto, tampoco se debe tener un título en estética monetaria para discernir).

Admitámoslo: ese color verde es demasiado brasileño. Y, claro, en México estamos rodeados de verde, hasta en el desierto, pero, admitámoslo: no somos tan felices y buen pedo como para tener un color pastel (yo lo llamaría "baby green", por eso de que las pijamas verdes de bebé son del color del billete) en uno de nuestros billetes; por el contrario, en vez de hacerlo "cool", lo hacemos pendejo y "puto". Lo peor del caso es que el billete verde se corresponde con Sor Juana. ¿Barroco verde pastel? Total mentada de madre.

Y, sí, pinches billetes. Cómo me cagan. Odio que me los den. Prefiero cargar billetes de quinientos que tener que llevar de doscientos, aunque nadie tenga cambio. Por eso ayer que cobré mi cheque perteneciente a diciembre no le pedí a la cajera que me diera mil en billetes más chicos, como suelo hacer. De hecho, como ya nos conocemos, le sorprendió que le dijera que ahora no me diera billetes chicos. Siempre la he querido invitar a comer cuando salga de trabajar.

La primera vez que me atendió fue extremadamente amable, un poco fría. Pero, la calcomanía de anteojos en mi credencial de elector le dio algo de risa. Eso, curiosamente, ayudó a romper el hielo. La estuve viendo trabajar mientras hacía fila y noté que era muy seria, algo sangrona. Así que cuando sonrió y me dijo que no era yo el de la foto, supe que debía agradecerle a Sonrics. Tuvimos una de esas conversaciones típicas en las que el intercambio de información incidental se presentaba como cualquier cosa:

—¿Realmente eres tú el de la foto?
—Sí, bueno, fue hace varios años. Estaba delgado y lampiño y con cabello largo.
—No, no es eso. A ver, quítate los lentes, déjame ver tus ojos. —Y mientras me quitaba los lentes, veía que ella ya no observaba la credencial de elector, sino a mí, y que soportaba mi mirada. Nadie la soporta. —¿Ves? Eres el mismo. Igual de guapo.
—Gracias.
—¿Me regala su firma aquí, señor?
—Sí, cómo no.
—Oye, ¿y por qué tanto dinero?
Su pregunta me sorprendió. Por dos razones. Primero: fluctuaba del tú al usted según si me hacía preguntas directamente relacionadas con la transacción en cuestión o si preguntaba de mí. Segundo: si trabaja en un banco, ¿cuatro mil quinientos pesos no es una cantidad pequeña que seguramente está acostumbradísima a ver?
—Pues, por un proyectillo que estoy haciendo, nada muy interesante.
—Me encantaría saber de qué trata. A ver si luego me cuentas. ¿En qué denominación quiere su efectivo, señor?

Bueno, he intentado invitarla. Sé que sale a las cinco. Diario. La cosa es que por cuestiones ajenas a mí, siempre que voy a cobrar me es imposible invitarla. Creo que ya había hablado de esto alguna vez. Y, aparte, sólo la veo una vez al mes. Claro que podría ir cualquier otro día al banco, pero, no es mi estilo el de forzar este tipo de cosas cuando no existen más que corteses intercambios frasísticos en la ventanilla siete, nada más.

Y, bueno, otro año que se va. ¿Qué rápido pasa el tiempo, no? A veces, realmente, preferiría que dejara de pasar. En serio. No que yo dejara de envejecer, sólo que todos los días fueran el mismo, y ya. Nada que celebrar, nada que recordar, nada que esperar. Como debería ser. Eso, o mudarme a Júpiter, para no poder celebrar ni un maldito aniversario.

martes, 30 de diciembre de 2008

Adios para siempre, lombardos

Han tomado Lombardía y mi saldo se ha agotado. Mi saldo se ha agotado. El saldo de su amigo se ha agotado. No es que me urja llamar: no conozco a alguien en Lombardía, ni en cualquier otro lugar de Italia. Aún así, la han tomado y yo no tengo saldo. Bueno, mi "amigo" no tiene saldo. Un dato que me hubiera gustado compartir con alguien de inmediato: han tomado Lombardía: Italia no soportará más. Mañana, cuando pueda comunicarme con cualquiera, ya no tendrá caso comentarlo: todos sabrán que Lombardía ha sido tomada, y esa sensación de que se me ha vetado la capacidad de sorprender me disgusta, me hace sentir niño, mas no en un estupor infantil delicioso de caprichosas euforias, sino empotrado en toda la incapacidad de actuar libremente por la opresión imperiosa paterna. No tengo saldo, y no tenerlo es como no tener firmado el permiso para ir al paseo al zoológico y tener que quedarme en un salón con otros siete niños sin permiso firmado como yo y con la prefecta gorda que no se cepilla el cabello y tiene bigote blanco y le cuelga la guajolotera y se le ven los pelos mal rasurados de la axila verde cuando escribe en el pizarrón sumas y restas de dos cifras cuando ya sabemos sacar raíz cuadrada. Han tomado Lombardía, y así me siento por no tener saldo y ser incapaz de entregarle la noticia a alguien en su segundo o quinto sueño de su tercer fase R.E.M. de la noche, antes de que la lea en Twitter en la mañana o en el periódico mientras desayuna o su roommate le comente con toalla al hombro cuando se cruzan en la puerta del baño. Me siento, pues, de otra forma, en otro contexto, privado del sueño.





Deprived from sleep

No rara vez me pasa que una palabra en español no me gusta tanto y la prefiero en inglés, generalmente. La razón no es otra más que soy muy bilingüe y tengo, vaya obviedad, sólo dos lenguas entre las cuales comparar. Con algunas palabras tengo mayor gama de posibilidades, y si un inspector se basara en una de esas circunstancias, podría catalogarme hasta de hiperpolíglota. Afortunadamente, ni existen esos inspectores ni son tantas palabras, porque seguramente entonces me vería enfrascado en conversaciones imaginarias con guapísimas prostitutas internacionales (de lo contrario tendría que hablar en un tiempo que no fuera pretérito: todos sabemos que las cortesanas no recuerdan el pasado y no confían en el futuro: ad momentum).

Guapísimas prostitutas internacionales.

Ulysses siempre dice que la única manera en la que se metería con una puta es estando en Amsterdam. Yo le digo que es demasiado pretencioso, que disfrute la vida. Quise presentarle a Jennie, una noche, pero al final se la quitó de encima y le terminó haciendo una mamada a su hermano. Otra noche le quise presentar a Jannette, pero en cuanto vio que se le acercaba se fue al baño y no salió hasta que terminó de hacerle una mamada a su hermano. Le digo que a este paso nunca va a perder su virginidad, pero no me hace caso. Le digo, pero no me hace caso. Y no es que esté feo, exactamente. Tampoco que no tenga carisma, exactamente. Pero, ¿cómo le explico? Soy su amigo, no juez de American Idol; esas cosas no me corresponden.

Esas cosas no me corresponden.

Mi mamá siempre me deja pares de calcetines equivocados entre mi ropa limpia. Mete suyos a veces, de mi hermano, de mi papá, de mi hermana. Normalmente le pasa con los calcetines, pero a veces me pone uno de los calzones de mi hermano. Es cosa de aventarlos al cuarto de su dueño, y ya. Sin embargo, cabe esperar, claro, que se confunda con otras prendas y, cabe esperar claramente igual, que eche mis prendas entre la ropa limpia de otro en la casa. No habría problemas si los demás en casa se fijaran: "Ah, este pantalón es de Rafa". Si lo hicieran, lo dejarían aventado en mi cuarto, como yo hago con sus cosas cuando me las dan. Como no lo hacen, mi ropa se va perdiendo. Como mi ropa le queda a nadie, no se la ponen, y como no se la ponen no la echan al cesto de ropa sucia, ende no se lava y nunca sale de los cajones. ¿Cómo es que, al ver que no es ropa suya, no me la regresan? Hace dos semanas me encontré en el cajón de camisetas de mi hermano una que compré de Mr. Sparkle hace dos años. No recordaba que la tenía: me la puse una sola vez, hace dos años.

Hace dos años.

Muchas veces, justo antes de dormirme, en esa etapa en la que todavía existe plena consciencia del mundo pero el cuerpo ya no es móvil, ya no pertenece, te recuerdo leyendo Los Versos satánicos. La pared de tu cuarto, la que tiene la ventana y da hacia el cerro que te daba miedo de noche, se descarapelaba. Más bien la pintura de la pared se descarapelaba. No tenías cama, y el colchón descansaba directo en el suelo. Tu leías, recargada en la pared, sentada en el colchón. Yo estaba recostado, pegado a la pared. Era finales de invierno, y el sol débil que entraba por la ventana me calentaba suavemente el costado izquierdo, mientras que el derecho se apoyaba en parte en el colchón y en parte en ti. Desde más de diez minutos antes Emma dormía en un hueco hecho entre mis rodillas. Tú leías Los versos satánicos, y la sensación de calidez me fue sumiendo en sueño. Calidez y tu lectura tranquila. Llegué a la etapa en la que el movimiento es imposible y quise decirte, muchas veces, durante ese rato, que me gustaba verte leer de esa manera, y que me sentía a gusto con nuestro silencio. Que siempre me siento a gusto con nuestros silencios. Ya no te veía, pero sabía que leías Los versos satánicos. Por los ojos entrecerrados que nunca se movieron recuerdo, clarísimamente, detalladísidamente, un fragmento de tu abdomen, desde tu cintura hasta el hipogastrio, y conté ahí, en tu lado izquierdo, unos cinco lunares. Antes de dormir, muchas veces, cuando hace frío y estoy cálido entre cobijas, recuerdo al sol, a Emma, a ti, y a Salman Rushdie, y duermo tranquilo.






El insomnio no me da al menos que intente dormir temprano. No me da al menos que intente dormir temprano para levantarme temprano. Sé que es insomnio y no mi cuerpo que no necesita descansar hasta más tarde, porque me da, por lo general, en días que he dormido menos. Suelo tener días consecutivos de insomnio. Así, ayer me acosté a las nueve y media por estar jugando Half-Life 2 y me levanté a las doce (tenía que levantarme a las once). Antier me acosté a las ocho y me levanté a la una. Hoy, no me he acostado, me tengo que levantar a las diez, y dudo dormirme antes de las siete de la mañana. Suelo pasar semanas de insomnio, en los que no soy sino un molusco durante el día: blando, viscoso, amorfo. Inservible, regreso a mi cama temprano de la calle para encontrarme que en cuanto toco mi habitación no puedo conciliar el sueño. Sin embargo, me acuesto temprano. Suele tomarme siempre unas cuatro horas dando vueltas en la cama, con el ojo pelón, para agarrar la onda de que tengo insomnio.

Si se tratara de cualquier desvelada normal, gustosa, ¿qué problema habría? Pero, encontrarse con el sueño deprivado cuando más se necesita, es una sensación tan molesta como leer que una región italiana ha sido tomada y a uno se le ha agotado el saldo; ende, uno es incapaz de cobrar la relevancia acorde a ser el primero en entregar una noticia de tal magnitud a sus amigos. Y es que, con una chingada, estamos en guerra, no es cualquier cosa, y mi saldo se ha agotado. Y si la arrasan antes de que pueda yo comunicarlo vía SMS, no habrá loas virtuales que sirvan de registro histórico para los futuros estudiosos de las humanidades. No habrá un solo vestigio, quedará nada. Adios para siempre, lombardos.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Domingo de terminología.

  • Abducens: Que separa.
  • Abrasión: Fricción o raspado por una acción inusual o anormal.
  • Barotaxis: Estimulación de la materia viva por cambios en la presión atmosférica.
  • Basípeto: Que desciende hacia la base; que se desarrolla en dirección a la base; p. ej., una espora.
  • Batipnea: Respiración profunda.
  • Colporrexis: Desgarro vaginal.
  • Compactación: Complicación del parto en el embarazo gemelar, en el cual hay encajamiento completo simultáneo de las partes que se presentan de los dos gemelos, de modo que la cavidad pélvica verdadera se llena, lo cual impide el descenso ulterior.
  • Cuclillas: Posición de flexión de las rodillas y las caderas, en la que las nalgas descansan sobre los talones. La adoptan en ocasiones las parturientas durante el parto o los niños con ciertos tipos de defectos cardíacos cianóticos.
  • Dilatar: Ampliar una abertura o estructura hueca más allá de sus dimensiones normales.
  • Placentofagia: Acto, frecuente entre los mamíferos, de comer la placenta después del parto.


Una práctica común en el norte de California y en el Reino Unido es dar una fiesta después del parto, llamada Placenta Party. En esta celebración, la madre o alguien que ella designe prepara una comida usando la placenta. Se cree que esta carne tiene poder o energía para compartir con los amigos y seres queridos.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Tus fotografías (Dos)

Anoche soñé con el desierto de nuevo. ¿Te acuerdas? La vez que estuvimos en él la luna estaba justo a la mitad y nos detuvimos, nos detuvimos y no quisiste besarme. Por un momento lo pensaste, vi tu cara, vi tu expresión, y sé que querías hacerlo. Te dije que llovería tempestuosamente en cualquier instante, y que si no nos besábamos ahí, en ese momento, lo estaríamos haciendo indefinidamente en nuestros sueños hasta volver a vernos. Ambos sabíamos que no nos veríamos hasta después de año nuevo, lo sabíamos perféctamente. No quisiste besarme, y entonces cayó la lluvia.

Sé que has soñado tempestuosamente conmigo, ahí en medio del concreto, en el espacio vacío entre el estacionamiento y el edificio diecinueve de la Escuela de Humanidades. Lo sé, y me basta ver fotografías que te he tomado para saberlo. Veo en tus ojos de brillo detenidos cómo se hinchan tus labios, y de pronto, donde te he mordido, la marca púrpura de los vasos rotos. Ahí sé que me has estado besando, yo sé cómo suelo morderte. Yo también lo he estado haciendo. Anoche soñé con el desierto de nuevo, por ejemplo, y ahí nos besamos.

Cuando he despertado, anhelo esa sesión erótica. Anhela mi cámara verte de esa manera. Anhelan mis dedos capturarte. Siempre te gustó que yo te fotografiara, ¿no tengo buen ojo? Los dos lo sabemos. Bien, espero sea pronto, porque eso significa tu soltería, y eso yo lo he anhelado tanto como mi cámara tomarte desnuda.

Iré a verte... pronto.

Dormir juntos

Admitiré que nunca he dormido tan a gusto al lado de alguien. Nunca. Y ni me di cuenta que roncabas, mas que cuando me despertaba para cambiar de posición. Creeme: no eres una persona con la que sea difícil dormir, al contrario. Lo que pasa es que yo siempre tengo problemas para dormir con alguien a un lado. Siempre. Me da no sé qué moverme demasiado o respirar demasiado fuerte o robar cobija o encimarme, porque me muevo mucho y respiro fuerte y ronco y me enrollo en las cobijas. Por eso siempre me costará trabajo agarrar el sueño pesado por primera vez con alguien con quien nunca he dormido. Aparte mi problema de encontrar mi posición perfecta. En ninguna cama, futón, sillón o suelo puedo dormir igual. A veces tengo que acostarme para un lado, abrazando la cobija; a veces para el mismo lado, con el brazo bajo la almohada; a veces boca arriba; otras boca abajo; y a veces, muchas veces, en posición fetal. Depende de la estructura del terreno en el que duerma. Creeme: nunca dormí tan a gusto al lado de alguien.

La primera parte de nuestro sueño, admito, no me fue cómoda por esos factores, míos, propios. Cuando regresé del baño no me acosté otra vez en la cama simplemente porque te vi en una posición tan cómoda que no quise quitártela. Estabas tan a gusto, con tanta serenidad en tu rostro, notándose que descansabas sobremanera, ¿cómo iba a empujarte a un lado de la cama para meterme yo y perturbar tu momento de comodidad? Como siempre que me quedo contigo yo me llevo toda la comodidad de la cama, decidí no moverte y acostarme en el sillón que, admito, no es incómodo, pero no se compara. Sobre todo porque soy algo alto y de medio muslo para abajo mis piernas ya no estaban sino en el aire. Ya cuando me invitaste de nuevo a la cama, encontré de inmediato mi posición y dormí, lo admito, como nunca he dormido con alguien. Será todo psicológico, será que ver que no era la comodidad de abarcar toda la cama sino la comodidad de dormir los dos bien lo que te preocupaba que mató a mis preocupaciones y entonces sí, lo sé, ambos dormimos como bebés, o como leones, que ellos siempre duermen como bebés de cualquier forma. Debió ser eso. Quien sabe.

El punto es que contigo dormí más cómodo que con cualquier otra persona. Y ya no me gusta tanto dormir solo en mi cama.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Domingo entresemana: Navidad

I

Despierto de mañana sin ánimos de que sigan corriendo los días decembrinos. ¿Qué hay en el aire de este diciembre que lo hace tan detestablemente húmedo? Mi habitación huele a moho y siento que de pronto al despertar tendré una fina capa de pelo verde en mi frente. Por eso siempre me reviso para saber si aún la niebla que se filtra por mi pared de yeso poroso no ha dado frutos. Antes de este invierno siempre me gustó la humedad, siempre me gustaron las nieblas nocturnas, siempre me gustaron las brisas matutinas. Pero ahora se filtran, y encuentran su hogar en donde siempre es su hogar: el agua no sabe que los libros ya no son árboles, que las hojas ya no quieren beber. Pobres de mis libros, echándose a perder lentamente, mientras sea invierno.

Y este frío, así, se ha convertido en agridulce. No es que me desagrade la acidez, pero, digamos, nunca he sido un fanático: no soy de echarle limón ni al pescado, por ejemplo. Y, por más que me guste, por más que me saque sonrisas, por más que me encanta olerlo, el hecho de que se jode mis libros me desgasta, me deprime. Este invierno ha sido una promesa que, como las nubes, se desvanece tras la precipitación y deja que salga el sol a quemarme. ¿Por qué no se nubla diario si es invierno? Nublarse en la mañana y despejarse a mediodía, cuando estoy en plena calle con termal y sudadera y chamarra, es más que molesto. Viene, así, el viento helado y me hace escupir una baba de sonrisas solemnes, a la vez que sus nubes en el horizonte que prometen llover algún día pero no pronto y no ahora y tal vez ya nunca mientras la temperatura sube de repente, me entristece. Y, tras despertar, vi que este día era más caliente que los demás, que hoy (cuando se había pronosticado terrible tormenta) ni siquiera puedo aguantar una manga larga.

II

Nada mejor que pasarse la mañana encamado, leyendo. Nada mejor.

En "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo" mi perspectiva oxidental de la vida me lleva a especular sobre las siguientes páginas situaciones que allá segúramente jamás se interpretarían de tal forma. Mi visión oxidental es como una oración larguísima sin seccionar que más que resultar confusa deviene malinterpretada. Mi visión oxidental es como ver desde una perspectiva genérica a un género distinto, no necesariamente opuesto (¿qué es eso de opuesto?), ni tampoco complementario, simplemente distinto.

Por más que haya convivido con Naoki y haya aprendido sobre las costumbres japonesas, por más manga que haya leído de más chico, por más películas japonesas que haya visto, por más que haya leído sobre Japón, nunca he estado inmerso en sus sistemas y mi modo oxidental piensa que si en la vida de una pareja uno de ellos empieza a llegar cada vez más tarde es porque, no hay de otra, hay un amante involucrado; mi modo oxidental piensa que en esta conversación:
—¿Por qué lo has tirado? —preguntó ella.
—Porque a ti no te gusta.
—Podrías habértelo comido tú.
—No quiero comérmelo —repliqué—. Ya no tengo ganas de comer ternera frita con pimientos.
Mi mujer se encogio de hombros.
—Como te plazca —dijo.

se está discutiendo; mi modo oxidental piensa cosas que no son en Japón, y me divierte encontrarme en el lado completamente opuesto.

Nunca he sido japonés, ¿cómo podría no pasarme?

III

Hacer la comida navideña es otro ritual que no me interesa per se. Me pregunto a veces la ausencia de frijoles puercos. Michelle me entiende. Frijoles puercos. Puré de papa y frijoles puercos: éso puede ser mi cena navideña. Sí, me gusta el pavo. Sí, me gusta el relleno. Sí, me gusta la ensalada de coditos. Sí, me gusta el volteado de piña. Pero, ¿por qué en mi casa la cena navideña se ubica al norte de mi país?

Mi abuela siempre ha sido racista, siempre ha sido malinchista. Sin embargo, en este tipo de cosas es cuando más sobresale. ¿Por qué no hay frijoles puercos? Porque eso cenan los indios. ¿Por qué no hay romeritos? Porque eso cenan los chilangos (que son feos). ¿Por qué no hay champurrado? Porque eso toman en los pueblos polvorientos. ¿Por qué no hay tamales? Porque eso se come en las fiestas de los niños de las criadas. ¿Por qué no hay pan de mujer? Porque eso se come en Sinaloa. Etcétera.

Ende, nuestra cena es en San Diego, sin salir de Tijuana.

IV

Cortar a mi novia en Nochebuena. ¿Eso me hace horrible? ¿No es una fecha tan buena como cualquiera?

Será que me importa nada la fecha. ¿Será? Igual la cortaría en San Valentín (ya lo hice una vez) o en su cumpleaños o en el mío. ¿Qué importancia tiene? Lo que importa es que fui lo suficientemente sincero como para admitirle que ya no funcionamos, que ya no debemos estar así de juntos cuando ni nos vemos.

Teníamos más de dos meses sin vernos. ¿Andábamos?

Para empezar, yo no debí haber andado con ella, lo admito.

V

En un domingo voy con mis abuelos y comemos. Nos reunimos toda la familia: mis abuelos: Rafael e Irma Angélica; sus hijos, mis tíos, y sus esposas y sus hijos: mi padre, Rafael y mi madre Adelina conmigo (Rafael), mi hermano Daniel, mi hermana Elizabeth; mi tío (el segundo), Jorge y su esposa Olivia con sus hijas Alejandra y Olivia; mi tío (el tercero), Marco Antonio y su esposa Lorena con sus hijas Mariana y Melissa; mi tío (el cuarto) Alejandro (soltero). Lo interesante de los cuatro hermanos es que entre más chicos fueron, menos calvos salieron y más altos. Mi padre es el más chaparro y completamente calvo, por ejemplo. Y no es porque la diferencia de edad les esté dando tiempo de cabello a los más jóvenes, pues ya deberían haberlo perdido todo en tal caso: mi padre, a mi edad, hace veintiséis años, ya estaba casi completamente calvo.

Después de comer yo me siento en el sillón de mi abuela a leer.

Mis tíos y mi abuela, y las esposas de mis tíos, y mi madre, comparten la sala y el televisor. Suelen ver Reality Shows, sobre todo ese tipo de cosas como La Academia y cada uno tiene su favorito, rara vez coinciden. De niño recuerdo que siempre veían Siempre en domingo, todos los domingos. Luego hubo una temporada de películas. Entonces llegaron los realitys y se jodieron todo.

Mi abuelo se concentra en su Mac o en su iPhone, en su cuarto, y suele hablarme constantemente para que le ayude a resolver problemas o enseñarme aplicaciones.

Mi hermano suele ver televisión o escuchar música en otro cuarto.

Mi hermana y mis primas juegan.

Después mi prima Alejandra y mi hermano y yo salimos a caminar. Luego volvemos. Nada ha cambiado. Todos siguen con La Academia.

A lo largo del día se producen series de discusiones de tono paulatinamente más elevado, fluctuando los temas desde negros que asustan a mi abuela porque seguramente la van a matar porque son violentos, a gente corriente que dice "cinto" en vez de "cinturón" y usa calcetines de algodón y dice "caca" en vez de "popó". También suelen discutir de la grandeza de los gringos, la violencia y cómo no se puede salir ni a la banqueta, que no deben dejarme ir a Europa porque entonces qué van a hacer si no vuelvo, que nadie se case con chinos porque su "raza" es más "dominante" y mata la nuestra que es blanca como las servilletas, que los indígenas sonsalvajes que si pudieran nos comerían a todos, que la juventud es completamente amoral porque es común que los jóvenes tengan perforaciones, que las mujeres finas tienen los chamorros gorditos y sino son criadas, que el cabello lacio es de criadas, que los rubios son hermosos, que etcétera ya se pueden imaginar lo que gusten.

Luego tomamos café todos, y mi abuela me pregunta si sigo siendo su corazón. Con toda sinceridad, y sin titubear, siempre le digo que sí: yo amo a mi abuela.

VI

En navidad hay varias cosas distintas a los domingos:
  • Vamos en la noche.
  • No comemos, sino que cenamos.
  • No vemos reality shows, sino Blanca Navidad (que mi abuela tiene grabada en siete VHS distintos, en cinco Betas, y ha comprado en DVD en región uno y región cuatro dos veces cada una).
  • No salimos a caminar.
  • Mi tío Alex, mi hermano, mi prima Alejandra, y yo, vemos un Kissology, luego escuchamos música (sobre todo lounge y spi-fi funk alemán).
El resto, es exactamente igual.

(No, no hay regalos. Es caro regalar.)

VIII

No es mera coincidencia que la hora de publicación sea la misma que la entrada sobre navidad del año pasado. No es coincidencia. Y diciéndolo me evito la tarea molesta de volver a explicar porqué, realmente, no me gusta la navidad.

Lo mejor de todo es que, al final de la noche, esta vez no recibí regalos y con todo derecho puedo decir que los vecinos por su alboroto merecen la lluvia de huevos, merecen limpiarlos mañana cuando estén podridos y malolientes en sus ventanas y paredes con estuco.

Todo trata de conseguir el pretexto adecuado para mentar madres metafóricamente, eso dice la humedad, eso dice esta niebla decembrina. Habla de mis molestias, de mis decepciones, de mis pesares, de mis tristezas, mientras se queda en los vidrios, como finas gotas de rocío esperando el whiper del coche antes de partir.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Tus fotografías (Uno)

Aquí también hay niebla, ya ha bajado desde hace casi un mes. Aquí también hay frío, ya ha bajado desde hace casi un mes. Lo cierto es que he estado en tu pueblito de niebla numerosas veces, recientemente, he estado, y he estado donde siempre estoy cuando voy, aunque no todas las veces.

Antes siempre que pasaba te marcaba. Casi nunca estabas en casa, o cuando estabas ya ibas de salida, o simplemente estabas en pijama. Cuando estabas en pijama siempre te veía. Cuando ibas de salida siempre te veía, y te acompañaba a donde fuera que fueras, casi siempre. Pero cuando iba a donde siempre estoy cuando voy, pero ya no todas las veces, siempre te veía pasar y siempre me saludabas rápido porque ibas siempre con tu papá. Por eso me acuerdo mucho de ti en pants. Una vez yo te acompañé a correr. Tengo fotografías. Siempre me gustó tomártelas. Siempre me ha gustado tomar fotografías, a ti más que casi a nadie.

Te tomé una en la que llorabas por dentro. A casi nadie le gusta ser retratado cuando llora, sea por fuera o no. A ti no fue que no te gustara, sino que me entendiste. Siempre te he visto sonriendo, siempre. Aún cuando lloras sonríes. Y no, tú sabes que no me gusta saberte triste, no me gusta saberte llorando, sin embargo, esa fotografía, ésa en la que te desgarras, la quise para no perder mi vida. ¿Tienes idea de cuántas veces me has salvado del suicidio?

Cuando estuviste fuera yo te escribía casi diario. Cuando regresaste yo te vi casi diario. Cuando estuviste ya todo el tiempo aquí casi no te escribo y casi no te veo, así con problemas con el tiempo. Por un lado, saberte aquí y cerca me acongoja menos aunque te vea cada siete meses que saberte en otro continente. Saberte en España era una posibilidad de nunca volver a acercárteme, aunque sabía que sólo era una condición temporal. Saberte en Portugal era saber que no podía llegar de sorpresa a tu cuarto si lo antojaba. Saberte en Marruecos era saber que no podía besarte un hombro cuando se me apeteciera. Yo te escribía tanto, tú siempre me contestabas.

Y hoy que me diste esa fotografía tuya, y me diste esa canción tuya, y me abrazaste desde lejos, casi no me aguantaba a decirte que siempre he estado enamorado de ti. Ya lo sabes, de cualquier forma, te lo digo con frecuencia, pero creo que crees que siempre ha sido una broma. Nunca bromeo. En esas cosas tengo el peor sentido del humor posible, lo cual creo más que apropiado. Y es que yo, al menos, si tengo una especie de virtud, una sola, es que no me desenamoro después de diez minutos, ni después de la embriaguez, ni después de la cama, ni después del desayuno.

Te visitaré... pronto.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Postergándome

Me cagó que anoche me cambiaste los planes. Siempre me los cambias. Me caga que casi nunca quedamos, pero que cuando lo hacemos te emocionas y siempre a la hora de la hora me terminas postergando o cancelando. Me da la impresión de que prefieres cualquier cosa a mí y que pretextas con razón de estar el menor tiempo posible conmigo. Luego me reprochas que siempre estoy ocupado y no sabes de mí y que nunca tengo tiempo para escuchar tus cosas y nomás quiero hablar de las mías, como si fuera yo el que te dice que mejor más tarde o mejor otro día y, aparte, cuando me estás esperando, llego tarde. Tú siempre llegas tarde.

Quisiera que no me importara tanto, pero por más que busco pretextos para darte no encuentro uno solo que me haga no molestarme. Quisiera, al menos, estar plenamente resignado a que siempre me alternas por otras actividades, pero, la verdad, no es mi estilo. Yo, simplemente, detesto no llegar o llegar tarde o hacer otra cosa. Y es que cuando hago un plan el plan está hecho y si alguien más me invita a otro lado, sea quien sea, le digo que tengo un plan y que es contigo o con quien sea que haya hecho el plan dichoso. Tú me subestimas, siempre.

Anoche me quedé esperando, con un saco prestado (y yo nunca uso saco más que nada porque no tengo), con zapatos (y yo nunca uso zapatos porque me sacan cayos), con corbata (y yo nunca uso corbata porque me ahorcan), con cinturón y fajado (y yo nunca me pongo cinturón ni me fajo porque me siento todavía más viejo). Así me quedé esperando una hora, dos horas, fingiendo que casualmente leía y escribía en el café donde quedamos, tratando de no voltear demasiado a ver si te veía venir. Y es que siempre que llegas llegas tardísimo, y para entonces ya estoy, sinceramente, harto de estarte esperando. No me gusta esperar, pero igual siempre te espero. Tres horas y ni siquiera un mensaje con el pinche celular y sé que siempre tienes crédito porque una vez me dijiste que siempre tienes crédito por si acaso una emergencia. A la cuarta hora me llegó, finalmente, el mensaje tuyo que decía: "Sorry, no voy a poder ir. Esque ayer me encontré a una amiga que tenia mucho sin ver en msn y la invite a mi casa. Mejor para el fin de semana." [sic] Si mal no recuerdo, tenemos mucho sin vernos también.

¿Y para qué esperar al fin de semana? Muchas veces no salgo por esperar a que me digas: "Ya, vente, aquí te espero." o "Ya, vamos al centro a tomarnos una chela." o lo que sea, y ya cuando es demasiado tarde que no salen taxis me dices: "No sé si pueda, mis papás no están en la casa y no les avisé." y yo me quedo con las ganas de salir aunque sea a tomarme un vaso de cerveza yo solo en una barra de un bar de mala muerte. Lo que más me caga es que habíamos quedado una semana antes.

Lo peor del caso es que te conozco demasiado bien y sé que siempre que no quieres salir pones pretextos a la mera hora, cuando ya habías quedado. Lo todavía más peor del caso es que una vez me lo dijiste, así, y te pedí que simplemente, si pasaba, me dijeras que no tenías ganas y no me dejaras esperándote. No sé si lo olvidaste con tu pésima memoria, o si se te olvidó que yo tengo buenísima memoria, o si lo haces a propósito. Prefiero pensar que es la tercera, porque conociéndote, con tu egoísmo que dices creer no tener, te importas tú y nada más y que los demás se jodan. Luego lloriqueas cuando te das cuenta que nadie te soporta profundamente y que a todos los que lastimas sí te terminan degradando en su escala de querencia. Yo, tal vez el único imbécil que no deja de quererte y no deja de tenerte en tal alta estima pese a todo, sigo siendo el único que te soporta tanto, cosa que no quita el hecho de que en infinitas formas me molestas y me cagas y a veces te detesto y me haces pasar malísimos ratos. Es tolerancia, supongo. Es que te acepto como eres, pese a todo. Es que sinceramente te quiero.

No sé, pero creo que lo realmente peor del caso es que siempre que no llegas y me cambias los planes y me quedo esperándote termino extrañándote más de lo que ya te extrañaba y no puedo esperar a la siguiente ves que te vea, aunque sea cinco minutos que coincidamos en una calafia. Mataría por cinco minutos más, lo admito.







Ojo de huracán

Tan claro el cielo que desde las escaleras ya entraba la luz lunar, y desde ellas se notaba la noche casi como si fuera el amanecer. Al abrir la puerta tuve la sensación de que había algo esperándome afuera, algo que me observaba. Lo que no me gusta del silencio que viene tras el viento es que los pasos rebotan en paredes de nada y resuenan demasiado. Las hojas secas al raspar el concreto gritan como crujir de huesos y todo tintinea, como si todo fuera de cristal. Se siente como estar en el ojo de un huracán, a sapiensas de que en cualquier momento volverán las navajas aéreas a despedazar toda flaqueza.

No era una presencia acechante, simplemente observante. Como yo, que siempre desde el balcón o la terraza observo todo, a la ciudad entera, algo me seguía y desde todos los ángulos me revisaba con escrutinio, con cinismo salvaje.

Para el momento en que encendí mi cigarrillo, todos los perros, todos, empezaron a ladrar. Y no lo hicieron con esos ladridos que usan para comunicarse, sino con esos que guardan para ahuyentar todo lo que nosotros nunca sabemos alejar, lo que no sabemos ver. En el silencio nocturno, sin orquesta: sin los zumbidos de las lámparas de halógeno y sin grillos y sin motores lejanos y sin maullidos, en el verdadero silencio nocturno, el llanto de los perros y el eco de mis pasos y de mi respiración fue insoportable.

Las luces citadinas parpadeaban. Y no sé si siempre parpadeen, o si sólo por ser esta noche yo vi cómo lo hacían. Las estrellas, en cambio, no lo hacían. Era como si las luces de abajo y arriba cambiaran posición, y en lugar de estrellas esta noche tuviera faros incandescentes. Tal vez las distancias entre las luces lejanas se volvieron inmensas, y los cerros al otro lado del río ya no están a treinta kilómetros sino a treinta años luz.

Antes de que volviera el viento ya los ojos en mi espalda eran demasiado pesados. Me sentí como se debe sentir Tijuana siempre que la observo inmutable desde el balcón. Sabía que era nada, aún así, tiré el cigarrillo a la mitad y corrí hacia el interior, cerrando la puerta con llave.