sábado 4 de julio de 2009

Vota por el Dr. Mono



No estoy promoviendo el voto blanco, sino el voto por el Dr. Mono

miércoles 1 de julio de 2009

Miércoles Noventero: El apagón




Yo pensaba en el castigo
que a aquel fresco
enseguida le iba a dar,
cuando encendieron las luces,
¡ay!... ¡era mi papá!

Michael Jackson is dead

No pienso hablar mucho sobre la muerte de Michael Jackson. Ya lo hice una vez. Tal vez lo haga una más después de ésta, para que sean tres, porque me gusta el número que es tan significativo para la humanidad.

La cosa es que lo he escuchado toda la vida, pero no soy realmente su fan. Me gusta demasiado cómo bailaba, me gustan demasiado algunas canciones, me gustan demasiado algunos videos. Más que nada me gusta la chamarra roja y la forma de ponérsela. De niño me gustaba mucho entrar a ver Captain Eo en Disneyland[ia].

Lo empecé a escuchar regularmente hace unos siete u ocho años, tal vez casi nueve, en la prepa, después de descubrir Rush Hour. Luego el Eddie lo ponía en el carro cuando íbamos a la prepa. Luego se hizo mi tradición personal ponerlo todos los domingos en todas las reuniones familiares en mi casa. Luego empecé a ponerlo en las casas de mis amigos cuando empezábamos esa fase de las fiestas en las que pones videos de YouTube. Y así. Lo he escuchado mínimo una vez a la semana por los últimos ocho años.

Lo que me caga es que de repente se muere el bato y coincide con el día que lo quería escuchar y todos me preguntan si le estoy haciendo un homenaje personal. Chingada madre: no. Para empezar el bato ya estaba muerto para mí desde que dejó de ser negro y ni siquiera fue por eso. Me vale madre si tenía vitíligo o no o si violaba morritos o lo que fuera: ya no me gustó su música después de Dangerous. Coincidencia cómoda.

Pero el punto no es ese. El punto es que Michael se había convertido en un chiste mediático desde hacía muchos años. Ya no era el Rey del Pop: era el Bufón del Pop. Y lo que me caga es que TODOS nos burlábamos, TODOS hacíamos chistes y alusiones mamonas (menos esos batos a los que les cagó el palo cabronamente Triumph, el perro que fuma habanos), y ahora que se murió resulta que a TODOS les duele y lo adoran y lo extrañan y era un mártir y está en el cielo. La neta yo me awité leve. ¿Por qué? Porque me trae buenos recuerdos. Pero, sea lo que sea, tal vez era lo mejor para todos.

El verdadero punto es que ya me harté de prender la tele y ver documentales, entrevistas, videos musicales, cápsulas, comerciales, crestomatías, etcétera, sobre el bato que era negro y luego blanco que dijo que la gente de color era llamada así porque venía en todos los colores. Ya, mundo, se murió el Rey del Pop y habrá elecciones democráticas para el ascenso al trono, fin. Déjenle espacio a los otros muertos del momento que se merecen su buen cacho de tiempo aire y no voy a mencionar porque son bastantes y me da flojera.

Pero como esto no se acaba, pues le entro a la sobresaturación con mi rant y, de paso, dejo la última rola de mi ídolo Jon Lajoie que, precisamente, habla de este pedo.





There was a punchline everyday
about his Skeletorlike face

Acuario Strip

Dejó de gustarme caminar la subida en alguna mañana de otoño. Porque perdió su sentido regresar a las siete a mi casa, dejar la cualquier cama o sofá o futón en la que hubiera pasado las pocas horas de la noche que hubiera dormido (a veces menos de una, a veces ninguna) a esa hora, agarrar un camión que casi siempre me llevaba una hora entre recorrido y espera y paseo y ascenso, a las ocho abrir la reja y cerrarla y abrir la puerta de fierro y enseguida la de madera y cerrarlas y casi siempre saludar a mi madre y dejar mi Coca-Cola en el refrigerador y subir de inmediato a bañarme.

Se volvió detestable la caminata, nada más.

Doce cuadras empinadas con la niebla matutina de mi cerro yéndose y dejando ese cielo tan azul y con sus nubes tan blancas. El sol saliendo. El calor que me da en cuanto el sol me toca la piel y el ardor que empieza a secarme. Mi frente sudando. Mis piernas adoloridas doliendo más. El jadeo prolongado de cualquier actividad nocturna.

Dejó de gustarme cuando dejé de tener memorias agradables para repasar en el ascenso. Entonces empecé a llegar después de mediodía. Ya no importaba qué hiciera la noche anterior.

Luego subir a mediodía se volvió igual de detestable.

Lo que ya no me gustaba ya no era la subida, sino la trasnochada.

De repente ya no disfrutaba quedarme a dormir en otro lado. Ni amanecer en otro lado. Ni despertar ni no despertar, quien fuera mi compañía si es que la había.

Entonces hice una llamada inesperada, por el gusto de hacerla, por el gusto de una botella de vino, por el gusto de volverme a quedar en un futón que siempre me gustó y dio buenas noches y buenas memorias para repasar en la subida a mi casa. En una hora ya estaba ahí, reponiéndome de una caminata, jadeando y secándome el sudor porque el estúpido chofer de la calafia me mintió y me dijo que me iba a dejar donde no me dejó. No sé por qué le creí: ya me la habían hecho antes.

En otra hora ya estaba él también ahí y la primera botella ya iba a la mitad, o más, y yo ya estaba agarrando viada. Ya tenía mucho que no estábamos los tres juntos. Pocas veces habíamos estado los tres juntos. También tenía mucho que no estaba ahí sentado en ese futón como siempre me siento y sintiéndome tan en mi casa porque sí es mi casa, con todas las cosas en el lugar que ya sé que van a estar (aunque algunas se me olvidan, como todo lo que se me olvida), con todos los olores en orden, y hasta con algunos extras que para hoy ya no son, de nuevo.

"Sería tan divertido tener un pez sobre la televisión. Es muy divertido. De verdad." Yo sé que así no fue dicho cuando me lo dijo, porque ella no habla así, pero, qué chingados, así me gusta pensar que ella habla a veces. Y sí: qué divertido y distinto es sentarse frente a esa televisión que casi nunca se prende con esas mascotas sobre ella. ¿Quién dice que los peces y las tortugas son malas mascotas? A veces me paso horas viendo a mis tortugas en su acuario tan pequeño. Viéndolas hacer nada, sólo pegadas al vidrio, una sobre la otra, relevándose por el calor de la lámpara. Ver tortugas, o ver peces, haciendo nada, en su vida de acuario. Soy un voyeur. Siempre lo he sido. Me gusta tanto ver a la gente desnudarse. Me gusta tanto ver a una mujer quitarse la ropa mientras baila. En un acuario. Haciendo nada más que quitarse la ropa. Jugando con su ropa. Jugando con su cuerpo. Sobre un acuario. En una mesa de centro. En un pequeño espacio confinada.

Desde que lo mencionó como en broma sabía que lo quería: ella lo quería hacer, o no lo habría dicho; yo lo quería ver, o no lo habría pensado para que lo dijera frente a mí. Una mención bastaba para ir haciendo del ambiente el propicio, poco a poco. Y antes del amanecer ya estaba la condición: libros a cambio: un pago justo.

Siempre dije que "Entre caníbales" era un tema propicio para un strip-tease. Por alguna razón pensé que era suficiente tema y no quise pensar en más para continuarlo. Ya lo había pensado tanto durante toda la noche y ya se había creado tanta expectativa que ya no podía demorar más la situación pensando en más canciones. Qué me importaba: le pondría repeat y ya, que fuera infinita la canción, que se desnudara y bailara sobre la mesa de centro infinitamente. Le puse play. Él ya estaba sentado en el futón. Yo ya me acomodaba. Me prendía el cigarro. Entraba la música. La iluminación adecuada. Ella aparecía bajando la escalera y, aunque me gustaba demasiado la idea, me esforcé por no verle los calzones hasta que se trepó a la mesa, por no verla en lo mínimo hasta que se puso frente a mí, frente a nosotros, y empezó a bailar. Así llegó, y yo no había pensado que iba a volver a ver esa falda escolar, que cumpliría una de las tantas fantasías que tuve con ella con esa falda.

Pensé que iba a poder pensar. Pensé que iba a mantener la cordura mental, que no me iba a dominar el vértigo de la altura en mi pantalón. Pensé mal: dos movimientos y ya agarraba un cojín para cubrirme. Si yo estaba así, ¿cómo estaba ella que sonreía tan dúlcemente mientras cerraba los ojos y se mordía el labio mientras tocaba el techo con sus manos? No había exagerado horas antes cuando le dije que en esos días estaba en su "punto de buenez". No había exagerado en lo mínimo. Y se desabotonó la blusa. Lentamente. Y quería que se levantara la falda. Y se levantó la falda. De espaldas. Y quería que se quitara la blusa. Y se quitó la blusa. Y quería que volviera a patear, de espaldas, hacia atrás, con sus piernas alargadas por las medias arriba de las rodillas y los calzones pegados y la falda brincando y la espalda sudando. Y volvió a patear. Y la canción no fue infinita. Y entró la consciencia otra vez al mundo.

La pausa no fue tan larga para comprometer. La pausa fue perfecta para reacomodarme. Fue perfecta para que él se reacomodara. Fue perfecta para que ella se reacomodara. Me gustaba verla bajar y subir a la mesa con ese brinquito, ver sus piernas gruesas marcarse en los muslos y las pantorrillas, ver su cabello brincando. Volvió a bailar cuando más quería que volviera a hacerlo, hasta que cayó la falda, finalmente, tras buenos juegos con ella, y la vi así como me gusta tanto ver a quienes bailan en el acuario. Ya no me acordaba que lo que me había enamorado de su cuerpo no eran sus piernas ni su trasero, sino su cintura y esa parte justa entre la cadera y la cintura y su ombligo. Y en verdad que no había exagerado cuando le dije que estaba en su punto de buenez. Y ya quería que se quitara el brasier, me estaba matando, ya iba por la quinta erección y todavía era como si estuviéramos en la alberca, pero sin estar en la alberca, porque era un acuario. Pero otra vez la canción no fue infinita. Y hubo otra pausa. Y esta sí tuvo un breve titubeo.

Pero no fue suficiente la pausa para comprometer. Todos queríamos. Ella tanto como nosotros. Se notaba en sus sonrisas, en sus mordidas de labio, en sus ojos que se cerraban hacia el techo y se reabrían a medias, en las pocas miradas que cruzó con nosotros sentados en el futón mientras encendíamos más cigarrillos y chocábamos nuestros vasos. Tardó más porque iba a cambiar de escenario. Ya no iba a ser un acuario. Ya no iba a ser como los peces que hacen nada aparte de nadar. Después del siguiente paso ya era su dominio y cruzaba al oceano. Me mató. Ya lo dije. Ya iban ocho muertes. Ocho y ya no podía esperar. Necesitaba que por un segundo me diera la espalda con el sudor bajándole de la columna y se bajara los tirantes. Necesitaba que, por un segundo, no bailara tan bien y se desnudara toda la espalda, todos los costados, todo el pecho. Necesitaba que ya no viera al techo, que ya no pateara hacia atrás, que ya no empujara su trasero hacia mí ni se pasara las manos por el vientre ni serpenteara. Necesitaba que deviniera topless. Necesitaba que rompiera el cristal. Y lo hizo. Y yo hubiera querido terminar ahí, sentado, sin tocarme, en mi ropa. Y lo hice cuando se desabrochaba, después de quitarse los tirantes, dándome su espalda, completa, completamente desnuda. Y otra vez la canción no fue eterna. Y otra vez un poco de titubeo, ahora más que antes.

Y de nuevo no fue suficiente pausa para comprometerlo. Porque ella quería terminar, y yo quería que terminara, y él quería que terminara. Iba a hacerlo. Iba a completar el círculo, profesionalmente. Volvió a subirse. Prendí el que quería que fuera el último cigarrillo. Se quedó de espaldas. Se quitó las manos del pecho. Se quedó bailando de espalda, dando fragmentos de su desnudez, como rompecabezas. La fui armando en mi cabeza, y recordé que su cuerpo también me había enamorado por el tamaño pequeño de sus senos. La terminé de armar. Necesitaba verla girar hacia mí, hacia nosotros, verla así tan desnuda de arriba para que ya nada me volviera a importar. Necesitaba que antes de que pasara el primer minuto de la última canción me enfrentara en su desnudez y volara del acuario, que me diera ese último placer de esa fantasía que había empezado desde su falda escolar. Y lo hizo. Lo hizo y sonreí. Todos sonreímos. Y me miró y se dio cuenta. Y él me miró y se dio cuenta. Y yo lo miré y me di cuenta. Estábamos compartiendo un strip-tease y era íntimo. Era nuestro. De nosotros tres. De nosotros que casi nunca estamos juntos, menos tan juntos aunque más en realidad. Lo compartíamos. Él y yo la compartíamos con la mirada. Ella nos compartía en nuestras miradas. Y su baile era nomás el pretexto. Y su cuerpo desnudo era más que el puro pretexto. A los tres nos gustaba así. Y la última canción fue infinita, y el baile fue infinito.

Y tras mi décima muerte, cuando terminó la canción, cuando se bajó de la mesa y se cubrió el pecho, cuando fue a su habitación a ponerse su ropa para dormir, cuando regresó, cuando abrimos el futón, cuando nos acostamos y ella se durmió y después nos dormimos los tres juntos, el tiempo dejó de ser infinito y, todos otra vez en el acuario, redefinimos nuestra amistad.

Esa tarde me gustó volver a subir a mi casa desde el bulevar.

martes 30 de junio de 2009

He tenido tantas ganas...

He tenido tantas ganas de volver a verte. De llegar después de esa larga vuelta en el camión que sale cada veinte minutos y tarda hora y media, caminar con el cigarro sin quitármelo de la boca y tirarlo una cuadra antes, no tocar el timbre y quedarme unos minutos sentado en el portal hasta que me huelas y me abras la puerta. Sentado de espaldas en el tapete y voltees al suelo y me veas la cabeza y los brazos alrededor de las rodillas dobladas cerca de mis hombros. Sentado, sin voltear a verte, con el "hola" atorado entre los incisivos. Y tu hola atorado entre tus incisivos. Y todos los holas atorados, hasta que él te pregunte por qué abriste la puerta y no le contestes. Y los holas atorados y la puerta que empiezas a cerrar. Y él preguntándote que por qué no le contestas. Y los holas atorados, todos, entre los incisivos de los tres y la puerta, la puerta atorada con mi hombro. Después ese minuto asfixiado y la impaciencia de él y tu impaciencia y mi impaciencia con los holas atorados, cortándose, entre los incisivos. No le contestas. No te contesto. No me contestas. Hasta que pasa el vecino y nos da el buenos días y los holas se desvían de los dientes a los ojos y caen pero no suenan. Tantos holas que nos decimos así desde los ojos que no se tocan, tantos que nos habíamos dicho, tantos que hasta parecían adioses.

He tenido tantas ganas de quedarme ahí sentado llorando hasta que te hinques llorando y me abraces por el cuello y me beses cerca de la oreja y sigamos llorando hasta que mis manos suelten mis rodillas y agarren tus manos que se sostienen alrededor de mi cuello.

He tenido tantas ganas de quedarnos tan fuerte que me asfixies y tus manos pierdan su color y empieces el balbuceo. Que me digas que me odias. Que me digas que no querías volver a verme. Que me digas que soy un idiota. Que me digas que estabas bien pensando que estaba muerto. Y que yo te responda que no estabas bien porque sabías que estaba vivo y que pensaba en ti todo el tiempo porque tú pensabas en mí todo el tiempo. Que te responda que sí querías volver a verme y por eso llorabas. Que te responda que soy un idiota y por eso he ido a verte otra vez. Que te responda que me amas porque de lo contrario me habrías azotado la puerta o ni siquiera hubieras ido a abrirme o ni siquiera hubieras reconocido mi aroma a cigarro y narcisos después de tanto tiempo.

He tenido tantas ganas. Porque luego me vas a soltar y me voy a poner de pie y nos vamos a quedar mirando por diez minutos. Y él ya ni siquiera se va a acordar, ya ni va a prestar atención a la puerta abierta porque no le importa. En el minuto diez con un segundo nos vamos a besar. En el minuto diez con diez segundos me vas a empujar y nos vamos a quedar mirando por otros cinco segundos. En el minuto diez con dieciséis segundos me vas a besar otra vez. En el minuto once vas a quedarte mirando al suelo. En el minuto doce ya va a estar otra vez la puerta cerrada y yo encendiendo un cigarrillo más después de las últimas palabras que nunca me dijiste.

Dos horas después volveré a mi departamento a escribirte una última carta que recibirás una semana después.

Una semana y un día después voy a tener un pretexto válido para suicidarme.

He tenido tantas ganas...

miércoles 17 de junio de 2009

Miércoles Noventero: Que vengan los bomberos




Que vengan los bomberos
que me está quemando.
Que vengan los bomberos
que me estoy muriendo.


(Ahuevo con Pedro Infante)

Mapa del Bloomsday

De El lamento de Portnoy vino la iniciativa (y convocatoria) de relatar nuestro Bloomsday, cosa de la que me enteré apenas ayer, durante el mismo Bloomsday, por un link del Elefante Azul a su Bloomsday vía Twitter.

Mandé el correo sin estar seguro de si había entrado bien al evento bloguero y, pues sí, sí le entré bien. Por el momento, según el mismo Portnoy, son más de cincuenta los que le entramos a la cura y pronto estarán todos los links funcionando. Aquí el mapa global:


Ver Bloomsday 2009 en un mapa más grande

La mayoría de la gente en todo América y Europa, y uno en Japón. Por ahora no he empezado a leer, pero admito que el hecho de que haya uno solo en Japón me mata de curiosidad. Ahí está mi primer link a revisar... nomás termine mi análisis arbóreo y el análisis de alguna novela que aún no determino enfocándome en sus influencias.

martes 16 de junio de 2009

Vidas de un instante

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos, Es porque nuestra
alma, ¡ah! no es bastante osada.
—Baudelaire

I

Veo a la muerte tanto y tan seguido que ya pienso que es mi ángel de la guarda. Pero debiera, entonces, tratarse de una muerte falsa, de un Azrael a medias, porque al hombre que él cuida se le otorgan todas las dichas que la humanidad ha acumulado por diez mil años, pues ése es el plazo que guarda para guardar otra alma, y hasta ahora no me siento con todas las dichas de la humanidad sobre mi espalda. La verdad es que me siento semidesdichado, semitaciturno, semimelancólico, porque todo lo que me llega sólo es parcial, mitad, o tres cuartos cuando mucho. Desde las enfermedades que nunca me pegan con la suficiente ira para dejarme en ese patético estado en el que es derecho pedirle besos como última voluntad a aquellas que se niegan a volver a besar o hacerlo por primera vez; pasando por las mediocridades de una clase media reacia a no aceptar su situación; hasta llegar al amor que nunca perfora más que la piel y sabe erizarla y sabe hacer temblar, más no sabe cómo grabarse en el corazón de la amada. Y, claro, no hay cómo hacerla menos: esta semimuerte que camina a mi lado desde siempre.

¿Será que mi alma no es bastante osada?

Es cierto que antes de morir siempre he visto mi vida, pero no es toda sino la que en ese momento importa. Es la vida que en ese instante de fin tiene más relevancia en el corazón. Admito que muchas de las veces que he muerto no he visto en mis ojos más que pesares, y la mayoría ni siquiera lo suficientemente dignos como para mencionarse. Una vez vi el rostro de mi bisabuelo, otra el de mi madre, alguna vez vi mis juegos con mi hermano en el cerro; la mayoría de las veces he visto a una mujer que siempre he esperado que llegue y nunca ha terminado de llegar. Ha venido a meterse en todas las mujeres, hasta en algunos hombres, pero siempre se va antes de que pueda tocarla. La he visto a ella casi siempre, brotando del suelo como piedra hacia las uñas de los pies de aquella en turno a quien le toca ser ella. Y esta vez que morí de nuevo la vi una vez más, cuando pensé que ya se había ido, que ya se había muerto también en el cascarón pasado que le sirvió de morada demasiado tiempo.


II

Caía de más de cincuenta metros de altura. Moría. Y mientras lo hacía pensaba que esta vez no tenía miedo, pero sí un ligero arrepentimiento. Aunque, la palabra no es precisa para describirlo; más directo sería el término inglés regret, que posee una carga de sinceridad y pasión distinta, pues más que buscar una reivindicación (como lo hace arrepentirse), busca llegar a la causa del sentimiento: una carga directa de melancolía suave. Mi único regret no era nunca haber publicado una obra completa más allá de los cuentos y poemas y ensayos dispersos en revistas, ni nunca haber conocido el mundo, ni nunca haber cumplido mis sueños de mochilero o no haber sido testigo de una gran catástrofe o del ocaso de la humanidad como la conocemos; no. Mi único regret fue no haber estado más tiempo, mucho más tiempo. Fue no haber estado, y por estar me refiero a lo único que vale la pena, lo único que valió la pena recordar como toda mi vida mientras moría: contigo. No haber estado contigo, y nunca haberte besado siquiera, una vez siquiera.


III

Veinticuatro horas antes de mi muerte entonaba el final, The End, mi canción favorita: Jim Morrison jamás fue tan acertado. El Brujo vigilaba que el instante no saliera de control, y en su cabello gris las cenizas que se levantaban de la fogata palidecían. Tal vez fue sólo medio instante, o tres cuartos de él, pero definitivamente yo viví dos vidas enteras. Desde el primer jalón a mis pulmones, cuando penetré el fuego espiraleando, hasta que me convertí en gelatina ondulante y después. Entre tres o cinco minutos y yo fui hasta el día de mi muerte y de regreso. Vi mi envejecimiento y vi mi soledad. Vi mis manos arrugarse y mi piel hacerse más gruesa y áspera. Mi barba encanecer. Pecas en los brazos. Berrugas. Pelos en las orejas y la nariz. Sordera. Lentes de aumento progresivo. La rodilla y su bastón. La joroba. Me vi en un espejo sesenta años más viejo. Me vi en un espejo sesenta años más solitario.

Justo en mi lecho de muerte, con hijos a los pies y alrededor, dije como últimas palabras: “tenía razón: ella murió primero.”

Luego regresé.

Luego estaba de vuelta.

Ya habían pasado sesenta años y tenía nietos y estaba próxima la llegada de posibles bisnietos. Pero ya moría y ya no me tocarían. A ti sólo te había tocado el primer nieto.

Antes de que cerraras los ojos yo te recitaba ese de Efraín Huerta (porque todo es Efraín Huerta) que dice en una parte:

Verdaderamente soy todo oídos para ti
cuando tu pecho en blanco torna lluvia mis manos,
te duelen los hombros hasta el grito
y te corren gladiolas enfermizas por las piernas.
Verdaderamente.
Con la certeza de lo que sentirían en el invierno
una nube con festones de azúcar,
en el otoño dos mujeres sin párpados
o en el alba las rodillas desesperadas de una virgen.

Ennoblecida verdad la del olvido,
purísima verdad aquella de la ternura muerta.
Verdaderamente muertos, encerrados en mármol,
cristalizados en miserables corolas sin angustia
y con asomos de fastidio,
crucificados míos,
petrificados en el filo de las espadas,
en esa hora agradable de los barqueros blasfemando en los ríos
y el duelo espejeante de los remos.
En esta hora y en otras,
tan bien soy todo oídos para ti,
que tu sombra amanece en pleno día del mundo
y mi amor impaciente se atreve sin error por tu vida.


Y cuando los habías cerrado yo te cerraba los labios con los dedos, y los volvía a dejar tan vivos como hace unos meses después de lavarlos con mis lágrimas.

Pero no existió tristeza, porque había compartido el resto de tu vida contigo y la mía ya podía darla por terminada. Podía decir que el resto de lo que viviera sería sólo un aliento, pues en verdad morí contigo ese otoño, en cama, recitándote “Verdaderamente” mientras nuestro pulso se desvanecía en un apretón de manos. Porque, ¿qué es de alguien cuando la mitad de su vida desaparece? Siendo la mitad es ser peor que nada, y es prefirible seguir sabiendo que se es una sombra y que ningún abrazo puede calentar ya pues la sombra no conoce temperatura.


IV

Recordé la vez que hablamos sobre cómo la muerte nos seguía, y esa tarde supe que a mí me cuidaba Azrael, o medio Azrael, porque después de llevarte ya sólo podía sentirme semidesdichado, semitaciturno, semimelancólico. Sin ti, a medias, ¿cómo podría seguir sintiendo de lleno?

Bloomsday

[Tiempo muerto]


Despertar es un problema y abrir los ojos sólo después de notar una erección entre las sábanas. El colchón ya empieza a tener un agujero hacia el lado derecho en el que siempre duermo siempre sobre mi costado derecho. No uso la posición fetal porque extrañe al útero sino porque después de todo un día con las piernas y los brazos y la espalda rígidos y extendidos los músculos extensores deciden descansar. Flexión.

Abro los ojos. Bola de estambre.

Cuelga una bola de estambre de mi techo. Es Michelle. Me regaló ella la bola de estambre. Michelle. Me la hizo porque soy como un gato con las cosas esponjosas, las cosas peludas, las cosas suaves. Me gusta pensar en ella siempre que despierto y por eso ahí está colgando.

Y la erección me empuja a levantarme, empieza a punzar: hay que orinar. De pronto ya estoy orinando y el camino de mi habitación al baño siempre se borra: desde abrir la puerta a atravezar el pasillo y abrir la otra puerta y cerrarla y levantar la tapa del retrete y semibajarme el bóxer y recargar la mano derecha en la pared y con la izquierda sostener los genitales y apuntar y descargar. Ahí ya estoy despierto. Orinar es el primer orgasmo del día.


[Tiempo muerto]


Entiendo lo útil de un análisis arbóreo, a veces, pero, ¿a mí de qué me sirve? Temo haberme convertido en lo que más odiaba al detestar ahora las actividades escolares que no tienen relación directa con mis intereses. Antes me habría contestado: "Rafa, es parte de un cuadro de aprendizaje. Son habilidades que te ayudarán a resolver otro tipo de problemas. Tal vez parezcan innecesarios, pero, nunca sabes cuándo trabajarás como lingüista." Pero ya no soy ese Rafa. Ahora no creo que me sea útil aunque trabajara como lingüista. No creo que enfocar toda la materia a análisis arbóreo sea el acercamiento adecuado. En verdad. Al menos yo, después de siete arbolitos, ya había entendido y bien sabía encontrar una oración subordinada adverbial locativa sin necesidad de desglosar sintagmas ni especificar por medio de un cuadrito qué elemento de la oración funge como sustantivo. Tampoco soy ese otro Rafa que tal vez trabaje como lingüista. Hoy ya sé que sin importar cuántos campos de trabajo posibles se me abran enfrente, sin importar cuántas oportunidades distintas aparezcan, yo voy a ser una cosa y sólo esa y no voy a buscar más porque ni quiero ni necesito ni voy a necesitar: vagabundo.

vagabundo, da.

(Del lat. vagabundus).


1. adj. Que anda errante de una parte a otra.

2. adj. Holgazán u ocioso que anda de un lugar a otro, sin tener oficio ni domicilio determinado. U. t. c. s.


No lo digo ni con el misticismo juvenil de los veinte años ni el arranque eufórico de los veintiuno ni con el suicida melancólico de los veintidós ni con el completo taciturno de los veintitrés. Lo digo con la determinación de quien siempre deja las cosas a medias, sobre todo las relaciones. ¿Qué mejor candidato para vagar que quien siempre ha vagado entre corazones?

Que me diga Faulkner, ya ha de saber: "¿Qué estrella cae sin que nadie la vea?"


[Tiempo muerto]


Suelo escribir todos mis correos en domingo, excepto los de amor. Esos los escribo cualquier día de la semana. A veces en Lunes que arde como petróleo, pero casi siempre en Martes. Porque es mejor no casarse ni embarcarse, pero escribir cartas de amor no es ni uno ni lo otro. Es postergar.

Martes de me pongo a jugar Playstation 2 mientras debiera seguir con el análisis arbóreo. Martes de ponerme a tuitear compulsivamente sobre mi esquizofrenia pero nadie se da cuenta. Martes de invítame un café mientras debiera hacer mi ensayo sobre influencias literarias que no tengo idea de qué novela lo voy a hacer todavía y es para el Jueves. Martes de hagamos el amor en mi cama que ya casi tiene un agujero en el lado derecho del colchón antes de que regrese el resto de la familia de San Francisco. Martes de pongámonos bien grifos juntos en el cerro como cuando éramos adolescentes. ¿Te acuerdas? Toda nuestra adolescencia la pasamos en Martes, fumando y cogiendo y jugando y tomado y postergando la vida. La verdad no quiero que sea Miércoles todavía. Quiero que llegue nunca, siempre estar postergando, siempre aletargar otro día más el abrir de los ojos. Que no me den esas ganas de orinar, que no me llegue la erección que me despierta en su frotar contra las sábanas. Si te veo al despertar que seas tú y no la bola de estambre llamada Michelle.

Martes.

Escribir un correo que hable de la tortura de no ser correspondido pero cómo esa tortura es dulce, es hermosa, porque el recuerdo de la vida juntos se mantiene aletargado en el fondo de mis ojos. Que hable de cómo no importa que nada pase, que nada avance, mientras sigan existiendo esas imágenes recurrentes de sonrisas y cuasibesos. Que hable de cómo mi alma anhela su calor y su cercanía. Que hable con el esquema clásico de todas las cartas de amor de todos los temas que siempre se tocan en toda carta de amor de la forma que siempre se ha tratado en una carta de amor. Nada nuevo, pero siempre efectivo, siempre funcional en su finalidad de cristalizar el momento en palabras muertas. Una carta de amor que siempre mantenga las cosas como son, sin más, sin menos, pero dejando claro que algún día ojalá cambie algo mínimamente al menos lo suficiente sin importar que sea casi nada como para tocar los labios una vez aunque sea.

Escribir cartas de amor es postergar.


[Tiempo muerto]


Detendría el tiempo para que fuera tan lento como cuando veo a mis tortugas. "No son buenas mascotas, ni las tortugas ni los peces.", pero esas personas no conocen las delicias de alentar el avance, de suavizar el envejecimiento. "No hacen nada, nomás se quedan ahí todo el tiempo. Casi ni se mueven.", y esa es la delicia, la principal: hacer nada, nomás quedarse ahí todo el tiempo.

En estas tardes de verano me gustaría nomás quedarme ahí todo el tiempo, hacer nada. Pensar en la misma posición y que los días pasen tan lentos como el caminar de mis tortugas, como la terquedad de los peces a quedarse flotando en el mismo lugar de la pecera. Tal vez leer, ver películas, o no, nada, completamente inmóvil, sólo pensando. Una semana, al menos, como tortuga, como contemplador de tortugas.

Hago café para acrecentar la lentitud. La espera vuelve más inmóvil el tiempo. Un minuto es una eternidad, es una grandísima unidad, es demasiado. Lo había dicho Michelle y contamos las frases que podíamos decirnos en un minuto, contamos los pasos que podíamos dar y todo el espacio que había entre el segundo inicial y el final para divagar lo suficiente como para perder la noción de lo pensado. Un minuto en silencio, así, esperando el café. Silencio que con demasiados otros no se podría compartir. Lo más difícil de compartir. Detesto la desesperación por decir cualquier cosa durante el silencio, la desesperación por no saber disfrutar la nada: "silencio incómodo", tienden a decirlo, y sabes que esa persona no vale la pena. Compartir silencio. Compartir el pensamiento. Compartir el avistamiento de tortugas. Ardillas. Bufadora. Gaviotas. Playa. Puedo contar los silencios cómodos y casi siempre son con mujeres. Tengo más amigas que amigos.

El café está listo un minuto y medio después, y lo sirvo. Pero añadir una actividad ya no es verdadero silencio: está el sorbo y la deglución y el clack de la taza en la mesilla de centro. El café no es silencio: es introspección violenta. Por eso lo acompaño con cigarrillos, siempre. Aunque mi madre ya haya llegado a casa y me moleste fumar con ella presente. No es porque no sepa ("Ah, ¿fumas Faros? Mi nana Rita me encargaba que fuera por sus Faros a la tienda cuando estaba chiquita.", pero fumo Camel), sino porque lo considero una falta de respeto. Pero si voy a tomar café... no tengo de otra. Es mi sexto orgasmo del día. Y el séptimo casi en cadena, casi como una de esas mujeres.


[Tiempo muerto]


Antes los Sábados eran los días que tenía visitas. Antes los Sábados eran mi día seguro de la semana. Pasara lo que pasara el Viernes en el centro, o el Jueves en el Chez, o entre semana entre clases, despertara en moteles o departamentuchos o casas el Sábado en la mañana, era seguro que para mediodía alguien venía a verme. Y ese alguien traía siempre todo lo necesario, y a mí me bastaba estar bañado para entonces. La cogedera empezaba antes de la una, terminaba después de las cinco. A veces veíamos una película. A veces cocinábamos juntos. Eran buenos Sábados, mi día favorito de la semana, sobre todo cuando se empalmaron por una temporada con los Sábados en la noche que eran de besos, y admito que de esos besos todo sigue en la memoria de mis labios.

Eran los Sábados hasta que las cosas pasaron de golpe y dejaron de haber besos a la par que empezó a haber gente en la casa siempre. Entonces ya no tuve día seguro y empezó a bajar el ritmo.

Ya nunca fue que lo más de diferencia había sido una semana, sino dos o tres semanas, y de repente hasta un mes. Luego tuve temporadas de hasta cinco meses de abstinencia, aunque no por falta de compañía sino por amor. Y tal vez sea una tontería no hacerlo por amor. Tal vez. Por eso ahora tengo los Martes.

Pero ahora es desde la mañana. A las siete que la casa está vacía. A las siete llega la persona en turno, la persona que tiene el antojo (no soy yo el que elige la compañía, pero siempre hay quien, siempre hay con quien), y a las siete ya me levanté y ya oriné y ya me bañé. A las siete ya me aventé el mañanero, que siempre me aviento y siempre lo hago pensando en la misma persona. Tengo la sensación de que pensar en alguien mientras me masturbo la hace pensar en mí del mismo modo. Al menos últimamente me ha estado diciendo que me extraña de tal modo. No quiero salirme de su cabeza, todavía le traigo ganas, por eso me masturbo pensando en ella en la mañana, siempre. A las siete que llega la persona en turno ya no la traigo a ella en mi cabeza y puedo enfocarme. Y la cogedera termina después de mediodía.

Las del Martes no son como eran las del Sábado. Éstas son más cercanas a lo que sería una comunión vivencial. Entre semana no hay tantos ánimos ni de ver películas ni de acurrucarse. Es hacerlo y entre los descansos cada quien seguir con su rutina. Yo con mis análisis arbóreos, con mi contemplación de las tortugas, con mi fumar mota en el cerro, con mi jugar PS2, con mi tuitear compulsivamente, con mi escribir cartas de amor. Ella con sus ensayos sobre docencia, con su pintada de uñas de los pies, con su maratón de Flight of the Concords, con su fumar mota en el cerro, con su lectura de Nietzche que me caga, con su exploración de mi biblioteca para quedarse un rato perdida en el mismo poema de Salvador Novo que siempre me mata a mí en el tiempo:

No podemos abandonarnos
nos aburrimos mucho juntos
tenemos la misma edad
gustos semejantes
opiniones diversas por sistema.

Muchas horas, juntos,
apenas nos oíamos respirar
rumiando la misma paradoja
o a veces nos arrebatábamos
la propia nota inexpresada de la misma canción.

Ninguno de los dos, empero,
aceptaría los dudosos honores del proselitismo.


Por alguna razón este Martes que nos tocó compartir juntos todo es tan como para dedicarnos ese poema y cada quien sea Novo y cada quien sea Villaurrutia en los otros ojos.


[Tiempo muerto]


La sesión extendida hasta la caída de la tarde, porque hoy no habrá familia y hoy no habrá quién interrumpa. La modalidad continúa, y ya para cuando el clima refresca se antoja acurrucarse y platicar. Esas conversaciones que nacen cuando el amor ya se hizo y se asienta en el fondo del estómago. Ahora que nos amamos podemos entrar en esos temas que normalmente no nos encajamos, aunque tengamos tanto de conocernos y tanto de ser este tipo de amantes disimulados y simulados.

Hablamos de matar el tiempo.

Tiempo muerto es equivalente al momento en el que el pensamiento no existe o sólo hace primordialmente. No muere el tiempo ni en los sueños ni en el trabajo intensivo ni en el cague ni en la comida. Sólo muere cuando la actividad hecha no implica más que instinto y la intromisión total de la conciencia en el instinto. El tiempo muere y no lo hace durante una lectura, ni escritura, ni composición musical o cualquier otra actividad tal. No lo hace más que cuando el cuerpo sigue movimientos afines a todos, comunes a todos, presentes en todos sobre todo en la cadera y la cintura y las piernas. El tiempo muere durante el sexo. O, más precisamente, agoniza durante el sexo y muere en el orgasmo.

El tiempo es fénix.

Y concluímos, antes de la partida y la separación, antes de una última ocasión vuelta en la reagrupación de nuestra dualidad en individualidad que me llevará al sueño por el resto del día: postergar, hacer todo tan lento como para casi detener el tiempo, es, también, un orgasmo.


[Tiempo muerto]

jueves 11 de junio de 2009

Porque la infinidad es infinita



Hasta hoy, realmente, no había pensado en qué tan infinito es el infinito.

Hoy es la graduación de mi generación de medicina y me doy cuenta que en una dimensión alterna hoy soy un médico, en carácter y forma. Aquí se abre una probabilidad que en esta dimensión trunqué hace tres años cuando me cambié de carrera.

El cambio fue producto de una inconformidad que venía desde antes, pues yo siempre quise esta carrera que estudio ahora y, hace cinco años, entré a medicina por no tener todavía la masa testicular requerida para hacer lo que hice dos años después, por lo que trunqué otra posibilidad. Así, en otra dimensión paralela, hace un año ya soy Licenciado en Lengua y Literatura de Hispanoamérica.

Como todos conocemos mi volubilidad y carácter ambiguo, es probable que cuando saqué la ficha de admisión a la universidad hubiera hecho eso que en aquella ocasión consideré una broma a todos mis conocidos: apuntarme a una carrera que ni me importaba pero sabía se me facilitaba mucho y nadie esperaba hiciera. De tal modo, en una dimensión paralela más, estaría muy delgado y traería un jetta negro y escucharía "Rica y apretadita" a todo volumen y sería abogado.

Yéndonos más al pasado, abriendo más posibilidades, encontramos que se ensancha toda la gama de dimensiones alternas, que cada decisión lleva a un lugar y es posible encontrar tantos yoes tan diferentes al actual como similares. Por el simple resultado en un volado, por el hecho de cruzar una calle cinco segundos antes o después, por decir una palabra distinta en una calafia, ya hay un cambio en mi línea de tiempo. Puedo especular otros presentes de otras dimensiones paralelas y tener la certeza, por probabilidad, que existen: en alguna dimensión vivo en el callejón del Travieso, pidiendo monedas para financiar mi adicción al crack; en otra ya fui un boom literario; en otra morí aquella lenta tarde de tu nombre mordido, carbonizado y [no] vivo; hay una dimensión en la que soy el hombre más joven que jamás haya pisado la Luna; en una dimensión distinta, en la que el mundo regresó a la Edad Media después de que un grupo de geeks fanáticos de Lord of the Rings lanzaran un holocausto nuclear gracias a un tanque bípedo capaz de lanzar bombas indetectables a cualquier parte del mundo desde cualquier tipo de terreno [© Hideo Kojima], soy un simple agricultor que siembra maíz; y en una dimensión enteramente similar soy el Señor del Cerro Colorado; hay otra dimensión en la que tengo un criadero de brontosaurios; una en la que viajo constantemente en el tiempo para evitar asesinatos a gente demasiado importante para el desarrollo del mundo; otra en la que bailo mejor que Travolta. Así indefinidamente, hasta llegar a la dimensión en la que todo es igual, excepto que mi celular está un centímetro más a la izquierda que su posición actual sobre mi escritorio.

Hasta ahí iba bien: posibilidades que ya había pensado, entendibles. Luego entendí lo infinito del infinito cuando pensé en una dimensión en la que la única diferencia fuera que tú fueras una monja. Por infinididad de posibilidades, en otra yo soy un sacerdote. Y en otra un sacerdote no célibe. Y en otra un sacerdote no célibe y lujurioso. Y en otra un sacerdote no célibe y lujurioso viviendo en tu misma diócesis. Y en otra, en esa misma diócesis, un sacerdote célibe, un sacerdote no célibe, un sacerdote muy delgado, un sacerdote con larga cabellera...
Hasta llegar a alguna en la que coincidimos en una canonización de un nuevo santo local. Y luego de infinitas coincidencias más, hasta llegar a una dimensión en la que hemos roto todas las leyes eclesiásticas y esperas el nacimiento de mi hijo de tu vientre. En dimensiones abortas y mueres o no mueres y me dejas o no me dejas. Me gustó pensar en la dimensión en la que no abortas, no me dejas, no te dejo, y dejamos la Iglesia, dejamos nuestra vida, y nos vamos a Croatán. Siempre he querido ir a Croatán. En varias dimensiones ya estoy ahí.

Luego vienen otras infinididades. Por ejemplo:

En una dimensión alterna no he envejecido tanto mentalmente como para que me den flojera las fiestas que no son en viernes.

En una dimensión alterna no tengo tantas ganas de quedarme a leer todo el día y evitar las caminatas pesadas a mi rodilla y el aire fresco.

En una dimensión alterna no escucho tantos tangos con café muy negro y cigarrillos sin filtro a las tres de la mañana sino que me duermo a las diez para levantarme a las seis para salir a correr.

En una dimensión alterna no despierto muchos sábados en moteles de mala muerte sino en casa de mi novia.

En una dimensión alterna no uso sombrero y saco ni pienso en comprarme un bastón.

En una dimensión alterna no me preocupo por las realidades inexistentes de la ficción.

En una dimensión alterna me importa cuál va a ser el resultado del partido de México.

En una dimensión alterna no saboteo la mayoría de mis relaciones porque ya tengo una establecida en mi cabeza y no me interesa nada más que pasar el rato mientras llega.

En una dimensión alterna no escribo tantas cartas de amor a recipientes vacíos.

En una dimensión alterna no tengo la fuerza para iniciar tantas cruzadas que jamás habré de terminar (así debe ser toda cruzada).

Regreso a mi dimensión en la que hoy es la fiesta de graduación de mi generación de medicina.

Hoy seré el yo de la dimensión alterna que no pregunta por qué cuando pasen por él a las siete y media cuando la fiesta es a las diez y media.
Hoy seré el yo de la dimensión alterna que sólo toma cocteles y hace alusiones graciosas al arte kitsch. Hoy seré el yo de la dimensión alterna que disfrute una fiesta en jueves. Hoy seré el yo de la dimensión alterna que no se desafane mentalmente usando zapatos.

Y porque la infinidad es infinita, hoy seré el yo de todas las dimensiones que baila, y bailaré con Francis y Alanna. Porque sé que en todas las dimensiones, incluso en las que ellas no existen y en las que yo no bailo, siempre bailaré con Francis y Alanna.

No me trates de engañar.

Antes de morir tengo que ir a un concierto del General y bailar como bestia salvaje. He dicho.





No me trates no
no me trates de engañar
,
sé que tú tienes a otra
y a mí me quieres para mmmm

(
Dedicada al Hugo)

martes 9 de junio de 2009

Euler y una nota del traductor

Que X sea equivalente a la cantidad de todas las cantidades. Que X sea equivalente al frío. Hace frío en Diciembre. Los meses de frío son equivalentes a Noviembre-Febrero. Son cuatro meses de frío, y cuatro de calor, y cuatro de temperatura indeterminada. En Febrero nieva. En Marzo el lago es un lago de hielo. En Septiembre los estudiantes regresan y las librerías están llenas. Que X sea equivalente al mes de librerías llenas. El número de libros se aproxima al infinito conforme el número de meses de frío se aproxima a cuatro. Nunca estaré tan frío ahora como estaré en el futuro. El futuro de frío es infinito. El futuro de calor es el futuro de frío. Las librerías son infinitas y por lo tanto nunca llenas excepto en Septiembre.

—Proof

eix = cosx + isinx

***

Discurso final de Don Evalio de Moncada y Vizacruz durante el juicio por brujería y ateísmo[1]

«Si la Biblia es dada por inspiración divina al hombre, por Dios, es porque se trata de un libro previo al lenguaje oral, previo al símbolo, al orden semiótico. No se trataría ya de una escritura basada en fonemas, sino una lectura basada en números: la escritura es previa a su lectura.

»Tenemos, pues, gentilhombres de la corte, su majestad, que el señor Euler no perdió la cabeza frente a Diderot con el ya famoso "Señor, \frac{a+b^n}{z}=x, ende Dios existe—replique!*", sino que realmente hablaba de la misma forma que había escrito tal ecuación: inspirado. Es decir, el buen cíclope, posterior áclope**, fungía como vasija de transporte, medium, de la palabra divina.

»No sabría cómo explicar este proceso de inspiración, pero sabría explicar, por medio de las palabras de otro, las que he adquirido en uno de mis recientes viajes en el tiempo, Jorge Luis Borges, la definición de un libro sagrado, la definición que necesitamos para comprender cómo es posible la iluminación divina.

»Dice Borges:

El Pentateuco, la Torá, es un libro sagrado. Una inteligencia infinita ha condescendido a la tarea humana de redactar un libro. El Espíritu Santo ha condescendido a la literatura, lo cual es tan increíble como suponer que Dios condescendió a ser hombre. Pero aquí condescendió de modo más íntimo: el Espíritu Santo condesdenció a la literatura y escribió un libro. En ese libro, nada puede ser casual. En toda escritura humana hay algo casual. (...)

Dios, cuyas palabras fueron el instrumento de su obra (...) crea el mundo mediante palabras; Dios dice que la luz sea y la luz fue. De ahí se llegó a la conclusión de que el mundo fue creado por la palabra luz. Si hubiera dicho otra palabra y con otra entonación, el resultado no había sido la luz, habría sido otro.

(...) Cuando pensamos en las palabras, pensamos históricamente que las palabras fueron en un principio sonido y que luego llegaron a ser letras. En cambio, en la cábala (que quiere decir recepción, tradición) se supone que las letras son anteriores; que las letras fueron los instrumentos de Dios, no las palabras significadas por las letras. Es como si se pensara que la escritura, contra toda experiencia, fue anterior a la dicción de las palabras. En tal caso, nada es casual en la Escritura: todo tiene que ser determinado. Por ejemplo, el número de letras de cada versículo.

»La palabra, la lengua oral, no es sino un derivado de la escrita. ¡Primero el símbolo! ¿Cómo explicarlo en el desarrollo humano? En mis viajes a través del tiempo he descubierto que esto no será descifrado hasta mucho tiempo después, y que incluso será visto de forma errónea. Dentro de la misma premisa de que el símbolo se forma antes que el lenguaje y es independiente, que el símbolo es el que estructura al lenguaje, es el que lo deriva, este orden semiótico no es visto sino como formador de la conciencia. ¿Y no es la conciencia lenguaje?

»Siglo XX, damas y caballeros de la corte, su majestad, y aún nada. Ningún avance. ¿Qué habremos descifrado con respecto a la divinidad para entonces?

»Señores, escuchad mi plegaria, aunque sea sólo guardado como el testimonio de un demente. Esta fue mi última voluntad, su majestad, este breve discurso. Si me permite una más, le pido que la ejecución sea rápida, lo más indolora posible, sólo por piedad.»

Pergamino transcrito y firmado por el escribano Jorge Petros de Alcalá en el año de gracia de mil setescientos ochenta y cuatro.



*Hemos dejado sólo el signo de exclamación final en la oración debido a que en esa época, el uso del signo exclamativo de apertura no era común, aunque ya estaba marcado en la segunda edición de la Ortografía de la Real Academia (1754). (Nota del editor.)

**La etimología es, simplemente, incorrecta. Se trata de un error común del siglo XVIII: en lugar de derivar un neologismo en base a raíces griegas o latinas reales, se derivaba de lo que se volvía un supuesto; en este caso, el autor tomó "clope" como raíz de ojo, y "ci" como raíz de uno. El error es notable, pues la raíz griega de ojo es "ops" (ὤψ), mientras que "kyklos", ciclos, (κύκλος) es rueda, círculo. Cíclope no significa "un ojo", sino "ojo circular" u "ojo cíclico". (Nota del editor.)

[1]: El texto, encontrado empedrado en la pared occidental del Aula Unamuno de la Universidad de Salamanca, fechado en 1783, corresponde al discurso final de Don Evalio de Moncada y Vizacruz, sentenciado a muerte por brujería. La cita borgeana se ha cotejado como verdadera, correspondiente al libro de conferencias "Siete Noches" (Colección Tierra Firme, FCE, 1980) y verdaderamente escrita en la fecha marcada en el pliego encontrado. La sentencia fue, pese a la petición del señor de Moncada, muerte por garrote vil***. (Nota del editor.)

***Una disgresión final con respecto al texto, que por más incoherente y anacrónico en todo su sentido y orientación resulta divertido. Aparentemente el editor no es más que un bromista, o cualquier recopilador de textos no lo suficientemente culto, pues la sentencia por garrote vil no se implementó en España sino hasta 1820. Al aceptar en un texto supuestamente de 1783 tal incongruencia temporal, acepta que el supuesto viaje en el tiempo, tanto para leer (o conocer o escuchar en una conferencia) a Borges, Lacan, y Kristeva (las influencias detectables tras una lectura ligera, sobre todo a Borges, incluso en estilo), es una farsa y lo es también la defensa inicial de Leonhard Euler. Primeramente, pues el mismo Euler jamás fue tratado de loco al explicar su ecuación para demostrar la existencia de Dios, sino que siempre fue más que aceptado por las autoridades dieciochescas, tanto científicas como eclesiásticas y nobiliarias (ojalá también mobiliarias). Segundamente, pues no hay defensa tal en el texto, sino que se trata de un fragmento distractor que aparenta no tener hilación, hasta tal vez cotejarse con el preencabezado que he dispuesto yo mismo y no el editor del texto ni tampoco el supuesto escribano Jorge Petros de Alcalá que firma el supuesto texto original de 1783. En otras palabras, el texto, seguramente, fue compuesto ficticiamente por el editor, y el editor, a su vez, fue compuesto ficticiamente por mí. Ahí las razones por las cuales el sentido lógico no está presente, pues, como todos sabemos, yo no estoy de lo más cuerdo, ni tampoco a favor de la escritura cordial. (Nota del traductor.)

viernes 29 de mayo de 2009

Death Star destroys Enterprise



Obviamente.

(Vía Hamletmaschine)