Lo he puesto en Twitter varias veces. Lo puse en Tumblr. Pero no es suficiente. No basta eso para hacerle justicia a Vico C, al Filósofo. Un clásico, con el mejor solo de saxofón de cualquier rola de rap. Si ven a Eminem por ahí estos días, pregúntenle qué opina y seguro se emociona porque, si se dan cuenta, "Stan" es obviamente tributo a esta rolita.
miércoles 23 de diciembre de 2009
A mis doce sin las Américas
Volví a escribir en mi diario. Cambié el formato.
Me terminé el diario y ahora necesito cuadernos nuevos: uno que sea el nuevo diario, que se corresponda con el comienzo del dos mil diez y que se escriba bajo el nuevo formato, que consiste básicamente en no escribirme en primera persona sino en tercera (el viejo formato tenía un encabezado en el que apuntaba la frase del día, mi estado de ánimo y demás cosas que no me interesan tanto realmente, y que puedo escribir de otro modo dentro del diario); otro para escribir mis cuentos o ensayos o lo que sea (porque me gusta escribir a mano antes de hacerlo en la computadora y, salvo dos o tres excepciones, todo lo he escrito así); y otro más que pretende ser una especie de catálogo y mezcla de álbum de estampas o cosa parecida.
En los cajones de la cama tengo cuadernos viejos, comprados hace mucho, nunca usados. No me sirven para este tipo de cosas porque no me gustan tamaño carta ni de pasta blanda. De todos modos busco: tal vez ahora ya no me parezcan tamaños molestos de cuaderno (¿ya dije que odio los de espiral?); pero no: sigo siendo el mismo fetichista, al menos en estas cosas: no me gustan esos cuadernos.
¿Por qué los usaba antes? Todos grandes, aguados, con las hojas tan arrancables y doblados de las esquinas. Nada como el tamaño-libro de los que uso ahora, tan acomodables al bolsillo de alguna chamarra o mi saco, a cualquier compartimento pequeño de cualquier mochila. "No sé", me respondo a la pregunta anterior, pero en realidad me estaba preguntando otra cosa y para responder no había más que hojear.
Y sí, hojee, y supe: todo revoloteaba en torno a qué escribía antes y qué bosquejos había dejado plasmados ahí (cosas de las que ya he hablado varias veces en todos lados), y como siempre que hago precisamente esto mismo cuando se me acaba un cuaderno, la retrospectiva me llevó hasta el momento en el que no se podía volver más y ya todo era como estar trabado en el futuro y el pasado a la vez: una frase, escrita por mí a los doce años: "¿Y si no hubieran inventado América?"
Aludía a lo que realmente dice la oración, no a lo que se cree implica. Porque América es una invención, déjenme les digo, y yo lo sabía entonces. Nada más porque alguien tuvo que ponerla en un espacio vacío y ya, por eso existe, pero si no, entonces, ¿entonces?
Precisamente, me guiño desde el pasado, ¿y si no hubieran inventado América?
Suponiendo que eso no significara nuestra desaparición (americanos), ni siquiera como individuos pertenecientes a una cultura (un universo paralelo, punto), de entrada nos daría un mundo más chico, ¿no? Pues sí, un mundo cuarenta y dos millones quinientos cincuenta y nueve mil kilómetros cuadrados más chico, o veintiocho por ciento menos de la superficie sólida terrestre (más todo lo que se debería reducir el planeta por la desaparición de todo el terreno). Siguiendo con las suposiciones, lo que ahora es una distancia de cinco mil kilómetros, por ejemplo, entre dos ciudades de América, que en realidad es dos continentes enormes, se reduciría increíblemente porque, siendo occidentales, todo se seguiría distribuyendo en Europa y, bueno, allá todo está cerca en comparación de acá y, pues sí, un tren y te duermes y ya llegas y lo pagas con medio día de salario.
Pero ni para qué maldecir a los inventores de América si, después de todo, ellos no tienen la culpa de que en esta dimensión así sean las cosas de complicadas, con sus distancias y estas cosas. A los que hay que maldecir, en todo caso, es a los inventores de esta dimensión, por no hacerla con distancias más cortas o con teletransportadores o al menos con aviones tan baratos como el camión a Ensenada. Pero, bueno, cosa de probabilidades, cosa que significa que en tantas otras dimensiones paralelas las cosas están pasando de otro modo, porque en varias de ellas ni siquiera existe la distancia, el espacio, y todo es puro tiempo que no se desliza.
De otro modo, en esos otros lugares no se levantan pilares en un lado y en el otro ni se empieza a caminar a ciegas sobre el aire, jalando un bloque desde el suelo hacia el cielo y adelante, flotando, hasta tocar el centro y que el último de los bloques toque el último de su opuesto y por un momento se rocen las manos que construyen con las yemas de los dedos que son tan sensibles. El regreso no es a voluntad, sino que algo jala, una cuerda que se tensa, que se deja estirar justo hacia el centro. Y así se usan dos cuerdas para la siguiente vez, y se empieza desde el suelo hacia el cielo y hacia delante, con más rapidez, con menos temor, más salto de fe cada que se da un paso flotando que caída al abismo. Y ahora se tocan las palmas de la mano, completas: al siguiente ya se podrán tomar un momento, antes de ser absorbidos de vuelta a sus cinco mil kilómetros de espalda. De otro modo, en esos otros lugares la facilidad, no sé, ¿cómo da aliento, cómo da fuerza?
Eso lo dije a los doce años. Pero no quita el hecho de que a veces, por ratos, varias veces durante el día, quisiera que nunca hubieran inventado América y no existiera la distancia, qué importa que así la facilidad, que así lo cotidiano, que así hasta la rutina, que así, qué importa, qué importa si...
Tú sabes.
Me terminé el diario y ahora necesito cuadernos nuevos: uno que sea el nuevo diario, que se corresponda con el comienzo del dos mil diez y que se escriba bajo el nuevo formato, que consiste básicamente en no escribirme en primera persona sino en tercera (el viejo formato tenía un encabezado en el que apuntaba la frase del día, mi estado de ánimo y demás cosas que no me interesan tanto realmente, y que puedo escribir de otro modo dentro del diario); otro para escribir mis cuentos o ensayos o lo que sea (porque me gusta escribir a mano antes de hacerlo en la computadora y, salvo dos o tres excepciones, todo lo he escrito así); y otro más que pretende ser una especie de catálogo y mezcla de álbum de estampas o cosa parecida.
En los cajones de la cama tengo cuadernos viejos, comprados hace mucho, nunca usados. No me sirven para este tipo de cosas porque no me gustan tamaño carta ni de pasta blanda. De todos modos busco: tal vez ahora ya no me parezcan tamaños molestos de cuaderno (¿ya dije que odio los de espiral?); pero no: sigo siendo el mismo fetichista, al menos en estas cosas: no me gustan esos cuadernos.
¿Por qué los usaba antes? Todos grandes, aguados, con las hojas tan arrancables y doblados de las esquinas. Nada como el tamaño-libro de los que uso ahora, tan acomodables al bolsillo de alguna chamarra o mi saco, a cualquier compartimento pequeño de cualquier mochila. "No sé", me respondo a la pregunta anterior, pero en realidad me estaba preguntando otra cosa y para responder no había más que hojear.
Y sí, hojee, y supe: todo revoloteaba en torno a qué escribía antes y qué bosquejos había dejado plasmados ahí (cosas de las que ya he hablado varias veces en todos lados), y como siempre que hago precisamente esto mismo cuando se me acaba un cuaderno, la retrospectiva me llevó hasta el momento en el que no se podía volver más y ya todo era como estar trabado en el futuro y el pasado a la vez: una frase, escrita por mí a los doce años: "¿Y si no hubieran inventado América?"
Aludía a lo que realmente dice la oración, no a lo que se cree implica. Porque América es una invención, déjenme les digo, y yo lo sabía entonces. Nada más porque alguien tuvo que ponerla en un espacio vacío y ya, por eso existe, pero si no, entonces, ¿entonces?
Precisamente, me guiño desde el pasado, ¿y si no hubieran inventado América?
Suponiendo que eso no significara nuestra desaparición (americanos), ni siquiera como individuos pertenecientes a una cultura (un universo paralelo, punto), de entrada nos daría un mundo más chico, ¿no? Pues sí, un mundo cuarenta y dos millones quinientos cincuenta y nueve mil kilómetros cuadrados más chico, o veintiocho por ciento menos de la superficie sólida terrestre (más todo lo que se debería reducir el planeta por la desaparición de todo el terreno). Siguiendo con las suposiciones, lo que ahora es una distancia de cinco mil kilómetros, por ejemplo, entre dos ciudades de América, que en realidad es dos continentes enormes, se reduciría increíblemente porque, siendo occidentales, todo se seguiría distribuyendo en Europa y, bueno, allá todo está cerca en comparación de acá y, pues sí, un tren y te duermes y ya llegas y lo pagas con medio día de salario.
Pero ni para qué maldecir a los inventores de América si, después de todo, ellos no tienen la culpa de que en esta dimensión así sean las cosas de complicadas, con sus distancias y estas cosas. A los que hay que maldecir, en todo caso, es a los inventores de esta dimensión, por no hacerla con distancias más cortas o con teletransportadores o al menos con aviones tan baratos como el camión a Ensenada. Pero, bueno, cosa de probabilidades, cosa que significa que en tantas otras dimensiones paralelas las cosas están pasando de otro modo, porque en varias de ellas ni siquiera existe la distancia, el espacio, y todo es puro tiempo que no se desliza.
De otro modo, en esos otros lugares no se levantan pilares en un lado y en el otro ni se empieza a caminar a ciegas sobre el aire, jalando un bloque desde el suelo hacia el cielo y adelante, flotando, hasta tocar el centro y que el último de los bloques toque el último de su opuesto y por un momento se rocen las manos que construyen con las yemas de los dedos que son tan sensibles. El regreso no es a voluntad, sino que algo jala, una cuerda que se tensa, que se deja estirar justo hacia el centro. Y así se usan dos cuerdas para la siguiente vez, y se empieza desde el suelo hacia el cielo y hacia delante, con más rapidez, con menos temor, más salto de fe cada que se da un paso flotando que caída al abismo. Y ahora se tocan las palmas de la mano, completas: al siguiente ya se podrán tomar un momento, antes de ser absorbidos de vuelta a sus cinco mil kilómetros de espalda. De otro modo, en esos otros lugares la facilidad, no sé, ¿cómo da aliento, cómo da fuerza?
Eso lo dije a los doce años. Pero no quita el hecho de que a veces, por ratos, varias veces durante el día, quisiera que nunca hubieran inventado América y no existiera la distancia, qué importa que así la facilidad, que así lo cotidiano, que así hasta la rutina, que así, qué importa, qué importa si...
Tú sabes.
martes 15 de diciembre de 2009
Ratas en mi casa
Quiero ratas.
Ratas en mi casa.
Ratas en mi casa para comerme toda la caja de Pop Tarts y echarles la culpa.
Buscaría cacas de rata y las dejaría ahí.
Desharía la caja, la rompería, la roería con mis uñas de dientes roedores.
Soy el más sherlockiano en mi casa: nadie podría descubrirme.
Lo sé...
Pero no quiero hacerlos sentir mal.
No quiero negarles esa deliciosidad así tan brutalmente.
Lo otro, al menos, me libraría de sus ojos acusantes.
Igual me torturaría la pena, el delirio, de tener que ver sus caras deprimidas y de emprender una cruzada contra animales que no tuvieron culpa...
Pero a la larga lo olvidaría. A la larga aprendería a vivir con eso a cuestas.
A la larga, sólo sería otra mentira, una más, ¿qué más da, no?
Ratas en mi casa.
Ratas en mi casa para comerme toda la caja de Pop Tarts y echarles la culpa.
Buscaría cacas de rata y las dejaría ahí.
Desharía la caja, la rompería, la roería con mis uñas de dientes roedores.
Soy el más sherlockiano en mi casa: nadie podría descubrirme.
"Cómetelos todos. Total, nada podrán hacer para remediarlo."
Lo sé...
Pero no quiero hacerlos sentir mal.
No quiero negarles esa deliciosidad así tan brutalmente.
Lo otro, al menos, me libraría de sus ojos acusantes.
Igual me torturaría la pena, el delirio, de tener que ver sus caras deprimidas y de emprender una cruzada contra animales que no tuvieron culpa...
Pero a la larga lo olvidaría. A la larga aprendería a vivir con eso a cuestas.
A la larga, sólo sería otra mentira, una más, ¿qué más da, no?
miércoles 9 de diciembre de 2009
Hijos del apagón
"Bienvenidos al Tercer Mundo, esperamos haya disfrutado de su estancia en nuestro característico apagón de seis horas durante la lluvia."
Y no, no pasan esas cosas que Yuri cantaba, nada de eso, nada de que nuestros propios padres nos violaran en una calleja oscura y nos gustara porque eso buscábamos, porque para eso salíamos de la casa. No para los padres sino lo otro pero, bueno, fue una coincidencia acaso grosera.
Cosas totalmente distintas como abrir todas las ventanas para no quedarnos a ciegas, para ir dilatando las pupilas naturalmente mientras el ocaso y seguido el crepúsculo y de inmediato ya la noche. Entonces platicar, sin vela y luego con ella, platicar y tomar wiskey, platicar y entonces el "Rafa, ve por un libro de poesía y lee algo. Tocamos de fondo, algo suave, con guitarra y percusiones." Pero no, no poesía, sino tangos, tangos porque tengo ganas de recitarlos, recitarlos porque también son poemas, poemas que me gusta no siempre cantar.
Alguien tráiganos un bandoneón.
Sale el violín, la flauta, la armónica, el bajo, el palo de agua, la pipa, el shlemovidnye gusli, la guitarra, el güiro, y alternamos entre tres. Hacer una base. Improvisar. Cambiar la base. Improvisar. Soltarlo. Dejarlo fluir. Como cantar, como recitar, y yo cómo quisiera un bandoneón ahí, el acordeón de mi abuelo, y hacerle arreglos a sus canciones, darle un ritmo para que me componga sin luz un par de melodías para siempre. ¿Tendré nietos algún día?
Habría que salir a comprar algo para cenar, algo de botana, tortillas, chiles, un poco de queso. Ahora que la lluvia se ha calmado y no hay luz y no me importa ir en pijama. Vamos, porque así se verá el mundo cuando se acabe y tendremos que caminarlo. Vamos: atravesar un fraccionamiento en penumbra, con la pura Luna y lámparas, y cómo es que media ciudad está apagada y nadie hace algo. Qué van a andar haciendo. Y no hace mal, de vez en cuando.
Volvemos. Sube una ambulancia. ¿Qué le vamos a contar a nuestros hijos si los tenemos algún día? "Nuestro apocalipsis eran apagones. El de sus abuelos fueron inundaciones. El de sus bisabuelos inundaciones y apagones. El de sus tatarabuelos la Revolución y la Guerra Cristera." Por eso no queremos hijos, no hasta que vengan los zombies, hasta que vengan los extraterrestres, hasta que tengamos algo mejor que lo que ellos van a tener que seguro van a ser teletransportadores para anular distancias y máquinas del tiempo para frenar el envejecimiento, para eternizar todos los momentos que valen, al menos que sí se acabe el mundo y entonces ya, entonces nada. Pero, claro, si acaso llegáramos a tener hijos habría que nombrarlos primero, antes de cantarles en la cuna, antes de cargarlos y que se nos caguen encima, antes de enseñarles a decir palabras de vital importancia como "arquitrabe" y "penumbra", "ofuscar" y "exhalar", antes de darles el gusto por nombrar a las mascotas según lo que uno siente que sería su palabra favorita si no la dijeran, que viene siendo exactamente que nos la están diciendo. Ganzúa y Corolario se llamaban mis tortugas, hijo. Transistor fue un conejo de tu tía Elizabeth que se murió de un paro cardíaco porque lo cargaban como si fuera mono de peluche, hijo. Wolfgang Amadeus fue un pez beta azul que nunca quiso a sus esposas, y ambas se suicidaron brincando fuera de la pecera, hijo; Salvia y Licorice se llamaban, hijo. Todo son palabras, hijo, todo son nombres, los nombres son importantes y nos llevan a cuestas por la vida porque nos definimos en ellos, hijo, y la cosa está en que uno a veces no sabe si su nombre lo lleva a lo que es como una especie de destino o al final lo que se termina siendo fue una predisposición por saber lo que quería decir el nombre, hijo, pero también está que uno siempre puede ver la forma de significar lo que se es o de nombrarse por lo que se siente que es y claro que puedes ligar algo como que yo me llamo Rafael y alguna vez iba a ser médico y hasta cierto punto siempre ha habido mucho de médico en mí, hijo, y la verdad es que escribir también sana, hijo, escribir también. Y entonces ya para cuando tuviéramos nietos, si es que los llegamos a tener, sacaría ese acordeón que era de mi abuelo y tocaría para ellos. Pero primero el nombre.
Y como buenos malos padres los llamaríamos E. Trabao y Cromañón LaChoza. Nombres tan ñoños que hasta los geeks serán sus bullies. Sí, la referencia tan directa a Star Wars y aún un tanto oscura, un tanto si no se la pasa haciendo uno juegos de traducción con nombres y canciones. Y otros más obvios, menos crípticos, como Mira Cielocaminante, automáticamente descartados. No, no, esos nombres no nos desvían de la imagen previa, la de las palabras, porque somos los padres y como tales es nuestra obligación ser la primera y más fuerte dosis de humillación para nuestros futuros improbables hijos. Es el ciclo de la vida, como lo fue para el niño llamado Sue y para el resto: sufres, de niño, a veces por tu nombre, por un rasgo físico, algo que sólo tus padres te dieron, que no escogiste, que no quisiste, y tal vez hasta repudiaste (yo siempre quise más de un nombre), y después, si todo sigue el curso que debe seguir, sin patologías, se convierte en ti, tu identidad, tu definición, y ahí tus padres ya son otra cosa porque te hicieron, te crearon, así con palabras, como uno a sus personajes en sus cuentos o en sus novelas. Queda puro amor incondicional, y aún así los padres que se la ingenian toda la vida para dejarlo en ridículo a uno, con esos álbumes de fotografías del típico bebé cagando o de la vez que te rasuraste la piel queriendo ser tu papá y para que cuando tuvieras barba te gustara cómo se te ve tanto como para nunca querer rasurarte. Eso, todo eso, si es que llegamos a tener hijos.
Todo porque se va la luz, y eso no quiere decir que no nos va a dar hambre y que no vamos a buscar una manera. Seis horas en penumbra, con nada más que una sola vela, y ya es hora de cocinar. Unos chilaquiles, aún sin ver, moliendo salsa en molcajete y friendo sin la certeza de cuánto aceite hay en el sartén. Todo por olfato y tacto: mientras no huela a quemado. Queda bien, sabe bien, y comer frente a esa llama amarilla da ganas de pensar en otros tiempos, de tomar vino, de hablar del Señor de los Anillos.
Debería irse la luz más seguido, debería haber velas más seguido, al menos una vez al año. O como allá, como contigo, en Bogotá, y encender toda la acera, llenar de luces el piso, reflejar las estrellas sin espejo, una rayuela de lucesitas en la banqueta. Que se consuma la cerca. Una vez al año debería irse la luz.
Una vez nomás, no cada lluvia, no cada viento fuerte. Una vez al año para seguir pensando que estamos en un Primer Mundo de segunda clase, pero aún con bebidas ilimitadas. Barra libre, es todo lo que pedimos, dejen la comida afuera, y que no se nos vaya la luz tan seguido aunque aprendamos a pasarla tan bien.
Y no, no pasan esas cosas que Yuri cantaba, nada de eso, nada de que nuestros propios padres nos violaran en una calleja oscura y nos gustara porque eso buscábamos, porque para eso salíamos de la casa. No para los padres sino lo otro pero, bueno, fue una coincidencia acaso grosera.
Cosas totalmente distintas como abrir todas las ventanas para no quedarnos a ciegas, para ir dilatando las pupilas naturalmente mientras el ocaso y seguido el crepúsculo y de inmediato ya la noche. Entonces platicar, sin vela y luego con ella, platicar y tomar wiskey, platicar y entonces el "Rafa, ve por un libro de poesía y lee algo. Tocamos de fondo, algo suave, con guitarra y percusiones." Pero no, no poesía, sino tangos, tangos porque tengo ganas de recitarlos, recitarlos porque también son poemas, poemas que me gusta no siempre cantar.
Alguien tráiganos un bandoneón.
Sale el violín, la flauta, la armónica, el bajo, el palo de agua, la pipa, el shlemovidnye gusli, la guitarra, el güiro, y alternamos entre tres. Hacer una base. Improvisar. Cambiar la base. Improvisar. Soltarlo. Dejarlo fluir. Como cantar, como recitar, y yo cómo quisiera un bandoneón ahí, el acordeón de mi abuelo, y hacerle arreglos a sus canciones, darle un ritmo para que me componga sin luz un par de melodías para siempre. ¿Tendré nietos algún día?
Habría que salir a comprar algo para cenar, algo de botana, tortillas, chiles, un poco de queso. Ahora que la lluvia se ha calmado y no hay luz y no me importa ir en pijama. Vamos, porque así se verá el mundo cuando se acabe y tendremos que caminarlo. Vamos: atravesar un fraccionamiento en penumbra, con la pura Luna y lámparas, y cómo es que media ciudad está apagada y nadie hace algo. Qué van a andar haciendo. Y no hace mal, de vez en cuando.
Volvemos. Sube una ambulancia. ¿Qué le vamos a contar a nuestros hijos si los tenemos algún día? "Nuestro apocalipsis eran apagones. El de sus abuelos fueron inundaciones. El de sus bisabuelos inundaciones y apagones. El de sus tatarabuelos la Revolución y la Guerra Cristera." Por eso no queremos hijos, no hasta que vengan los zombies, hasta que vengan los extraterrestres, hasta que tengamos algo mejor que lo que ellos van a tener que seguro van a ser teletransportadores para anular distancias y máquinas del tiempo para frenar el envejecimiento, para eternizar todos los momentos que valen, al menos que sí se acabe el mundo y entonces ya, entonces nada. Pero, claro, si acaso llegáramos a tener hijos habría que nombrarlos primero, antes de cantarles en la cuna, antes de cargarlos y que se nos caguen encima, antes de enseñarles a decir palabras de vital importancia como "arquitrabe" y "penumbra", "ofuscar" y "exhalar", antes de darles el gusto por nombrar a las mascotas según lo que uno siente que sería su palabra favorita si no la dijeran, que viene siendo exactamente que nos la están diciendo. Ganzúa y Corolario se llamaban mis tortugas, hijo. Transistor fue un conejo de tu tía Elizabeth que se murió de un paro cardíaco porque lo cargaban como si fuera mono de peluche, hijo. Wolfgang Amadeus fue un pez beta azul que nunca quiso a sus esposas, y ambas se suicidaron brincando fuera de la pecera, hijo; Salvia y Licorice se llamaban, hijo. Todo son palabras, hijo, todo son nombres, los nombres son importantes y nos llevan a cuestas por la vida porque nos definimos en ellos, hijo, y la cosa está en que uno a veces no sabe si su nombre lo lleva a lo que es como una especie de destino o al final lo que se termina siendo fue una predisposición por saber lo que quería decir el nombre, hijo, pero también está que uno siempre puede ver la forma de significar lo que se es o de nombrarse por lo que se siente que es y claro que puedes ligar algo como que yo me llamo Rafael y alguna vez iba a ser médico y hasta cierto punto siempre ha habido mucho de médico en mí, hijo, y la verdad es que escribir también sana, hijo, escribir también. Y entonces ya para cuando tuviéramos nietos, si es que los llegamos a tener, sacaría ese acordeón que era de mi abuelo y tocaría para ellos. Pero primero el nombre.
Y como buenos malos padres los llamaríamos E. Trabao y Cromañón LaChoza. Nombres tan ñoños que hasta los geeks serán sus bullies. Sí, la referencia tan directa a Star Wars y aún un tanto oscura, un tanto si no se la pasa haciendo uno juegos de traducción con nombres y canciones. Y otros más obvios, menos crípticos, como Mira Cielocaminante, automáticamente descartados. No, no, esos nombres no nos desvían de la imagen previa, la de las palabras, porque somos los padres y como tales es nuestra obligación ser la primera y más fuerte dosis de humillación para nuestros futuros improbables hijos. Es el ciclo de la vida, como lo fue para el niño llamado Sue y para el resto: sufres, de niño, a veces por tu nombre, por un rasgo físico, algo que sólo tus padres te dieron, que no escogiste, que no quisiste, y tal vez hasta repudiaste (yo siempre quise más de un nombre), y después, si todo sigue el curso que debe seguir, sin patologías, se convierte en ti, tu identidad, tu definición, y ahí tus padres ya son otra cosa porque te hicieron, te crearon, así con palabras, como uno a sus personajes en sus cuentos o en sus novelas. Queda puro amor incondicional, y aún así los padres que se la ingenian toda la vida para dejarlo en ridículo a uno, con esos álbumes de fotografías del típico bebé cagando o de la vez que te rasuraste la piel queriendo ser tu papá y para que cuando tuvieras barba te gustara cómo se te ve tanto como para nunca querer rasurarte. Eso, todo eso, si es que llegamos a tener hijos.
Todo porque se va la luz, y eso no quiere decir que no nos va a dar hambre y que no vamos a buscar una manera. Seis horas en penumbra, con nada más que una sola vela, y ya es hora de cocinar. Unos chilaquiles, aún sin ver, moliendo salsa en molcajete y friendo sin la certeza de cuánto aceite hay en el sartén. Todo por olfato y tacto: mientras no huela a quemado. Queda bien, sabe bien, y comer frente a esa llama amarilla da ganas de pensar en otros tiempos, de tomar vino, de hablar del Señor de los Anillos.
Debería irse la luz más seguido, debería haber velas más seguido, al menos una vez al año. O como allá, como contigo, en Bogotá, y encender toda la acera, llenar de luces el piso, reflejar las estrellas sin espejo, una rayuela de lucesitas en la banqueta. Que se consuma la cerca. Una vez al año debería irse la luz.
Una vez nomás, no cada lluvia, no cada viento fuerte. Una vez al año para seguir pensando que estamos en un Primer Mundo de segunda clase, pero aún con bebidas ilimitadas. Barra libre, es todo lo que pedimos, dejen la comida afuera, y que no se nos vaya la luz tan seguido aunque aprendamos a pasarla tan bien.
martes 1 de diciembre de 2009
Mercado de Refacciones
Suele valerme total madre lo que pasa entre la demás gente del camión, o calafia, o taxi. Si es de día voy leyendo: no suele tocarme ir de pie, casi siempre tengo asiento y como no volteo fuera de la hoja ni sé si debiera ser caballeroso en algún punto, cosa que de cualquier modo no me tiene por qué preocupar: me siento siempre hasta atrás y sé que ninguna mujer quiere irse hasta atrás, cosa que me parece exagerada, pero qué le va a hacer uno. Y es que me toca ver la mitad del camión vacío, la mitad de atrás, y seis señoras de pie y con bolsas de mandado amontonadas hasta el frente. Si le tienen miedo a los posibles machos ganones, ¿por qué no se sientan en parejas? Yo nomás digo, que los asientos de los camiones son para dos.
Pero a veces no me vale madre, a veces escucho con atención lo que dicen los demás, y veo sus caras. No lo hago porque me interese, es decir que en realidad no es que me valga madre, porque me vale tanta madre que me encabrona, sino porque (aquí la razón del encabrone) esa pinche gente tiene altavoces integrados y las voces más desconcentrantes que pueda haber. Es de esa estirpe de personas castrosas que cada que dicen algo son idioteces: todo, hasta su sintaxis es idiota, o al menos eso me parece. Y uno no puede dejar de escuchar, no por cautivador sino porque lastima, lastima todos los sentidos y la concentración entonces es imposible.
Cuando tenía audífonos esto no pasaba, pero resulta que tengo un año sin ellos, desde que le abrieron el carro a una amiga y se robaron mi mochila y mi Catcher in the Rye a media leída (hijos de puta).
Al menos fueran conversaciones interesantes, pienso. Al menos fueran anécdotas graciosas, digo. Al menos fuera algo que me hiciera pensar o me dieran ganas de escribir, algo que valiera la pena desarrollar como historia. Y ni me vengan que se puede escribir de cualquier cosa, porque de esto nomás no, nomás son pendejadas.
Son ese tipo de diálogos de relleno que dicen los extras en una escena en una película que presenta una gran ciudad como personaje, por ejemplo. Y esos diálogos no tuvieron guión, son improvisados en el momento. Le dice el director a los extras: platiquen, entre ustedes, lo que sea, al final sólo será barullo lo que se escuche entre todos, barullo ininteligible. Y los extras, muchos de ellos esas mismas personas de las conversaciones ininteligibles en los camiones, tienen ese mismo tipo de conversaciones y sí, no se entiende en la película, no se diferencian las doscientas voces. Pero en el camión no hay tantas voces, y sí se diferencian esas conversaciones estúpidas sin guión, sólo así nacidas del paladar, ni siquiera de la úvula. Son esos asentimientos estúpidos, esa búsqueda inexplicable por apaciguar el silencio, como si este tipo de silencio no pudiera ser sereno. ¿Qué hay con la gente que no sabe disfrutar de ese momento en el que se tranquiliza el ruido, en el que descansa la garganta y uno puede respirar? Esta gente tiene esa necesidad de romperlo, diciendo incoherencias.
Y estas son las conversaciones que me rompen la lectura y me desfasan y me hacen maldecir todo, odiar al mundo sólo un poco más durante ese momento. Al menos a lo que odio del mundo. Estas conversaciones que empiezan con un pasajero diciéndole al chofer que lo deje "ahí en el letrero ése, en ése, el de la eme y la erre grandes". Y el chofer le contesta, lo natural, que ahí no se puede detener y el pasajero le comenta que hay una callecita, que si no puede hacer un intento. Todo esto es normal, y uno lo escucha de fondo, como si nada, porque es el intercambio acorde a la situación, y entonces viene lo que me enchina la piel, cuando el pasajero le repite que si no lo puede dejar y uno piensa "pues sí, sí podría, yo también le volvería a preguntar" y entonces otro pasajero dice, como asintiendo, "sí, hay una callecita, ahí en la eme erre ésa, el Mercado de Refacciones, ¿no? ¿Mercado de Refacciones? ¿Así se llama?" y desde ahí ya valió madre, porque no le veo el caso a esa "interacción social" tan pendeja, a esa necesidad de asentir a algo tan inútil, de decirle al otro "sí, yo te comprendo, yo sé" cuando siempre fue tan evidente y no había más que saber ni entender que lo que se dijo desde el comienzo. Y luego sigue el primer pasajero y asiente y dice "sí, es el Mercado de Refacciones", cosa por demás idiota repetir porque desde antes cualquiera podía leer que debajo de la eme y la erre gigantes dice "Mercado de Refacciones". Con una chingada, uno intenta volver a leer y piensa que ya ahí queda, y entonces el chofer le sigue con un pendejísimo "ah, es el Mercado de Refacciones, con razón". ¿Con razón qué, chingada madre, con razón qué? Pasa por esa puta ruta todo el puto día todos los putos días, ¿y no sabía que era el Mercado de Refacciones? No pinches mames.
Y sí, tal vez creas que exagero, pero es que no me chingues, son pendejadas. Porque igual si la voz fuera melodiosa, agradable. Pero no. Y no es que quiera que todo mundo hable como agente de hotline, pero es que la gente que entra en ese tipo de conversaciones es la que tiene las voces más horrendas y penetrantes y sé que no es que la situación me haga sentir que son las voces más horrendas y penetrantes.
Pero qué le hace uno, nada, nomás rechinar los dientes y esperar a que se baje el pasajero y ojalá el otro no siga con su necesidad de prevalecer en el mundo diciendo sandeces, hablando todavía del Mercado de Refacciones cuando ya pasaron más de diez cuadras y el chofer asintiendo y luego pasando a la otra conversación genérica y estúpida de "es que no se puede parar uno ahí, luego lo multan y para qué quiere" y el otro que le contesta "pues sí, pero hágale entender eso a la gente" y entonces el chofer con su "pues yo le decía pero no me hacía caso, nomás dele y dele que ahí en el Mercado de Refacciones y pues cómo" y el otro que antes le asintió al pasajero ahora le asiente al chofer y ni siquiera por borrego sino nomás porque eso sabe hacer con su voz horrenda, y así entre los dos se la llevan media hora de camino y para qué llevo libros entonces.
Por eso sentarse hasta atrás, con el chofer lejos y donde si llegan a haber conversaciones son de albañiles. Y son de alcohol, drogas o mujeres, y de eso sí puede escribirse, no de idioteces como si se puede o no bajar uno en una callecita y el Mercado de Refacciones. Su puta madre.
Pero a veces no me vale madre, a veces escucho con atención lo que dicen los demás, y veo sus caras. No lo hago porque me interese, es decir que en realidad no es que me valga madre, porque me vale tanta madre que me encabrona, sino porque (aquí la razón del encabrone) esa pinche gente tiene altavoces integrados y las voces más desconcentrantes que pueda haber. Es de esa estirpe de personas castrosas que cada que dicen algo son idioteces: todo, hasta su sintaxis es idiota, o al menos eso me parece. Y uno no puede dejar de escuchar, no por cautivador sino porque lastima, lastima todos los sentidos y la concentración entonces es imposible.
Cuando tenía audífonos esto no pasaba, pero resulta que tengo un año sin ellos, desde que le abrieron el carro a una amiga y se robaron mi mochila y mi Catcher in the Rye a media leída (hijos de puta).
Al menos fueran conversaciones interesantes, pienso. Al menos fueran anécdotas graciosas, digo. Al menos fuera algo que me hiciera pensar o me dieran ganas de escribir, algo que valiera la pena desarrollar como historia. Y ni me vengan que se puede escribir de cualquier cosa, porque de esto nomás no, nomás son pendejadas.
Son ese tipo de diálogos de relleno que dicen los extras en una escena en una película que presenta una gran ciudad como personaje, por ejemplo. Y esos diálogos no tuvieron guión, son improvisados en el momento. Le dice el director a los extras: platiquen, entre ustedes, lo que sea, al final sólo será barullo lo que se escuche entre todos, barullo ininteligible. Y los extras, muchos de ellos esas mismas personas de las conversaciones ininteligibles en los camiones, tienen ese mismo tipo de conversaciones y sí, no se entiende en la película, no se diferencian las doscientas voces. Pero en el camión no hay tantas voces, y sí se diferencian esas conversaciones estúpidas sin guión, sólo así nacidas del paladar, ni siquiera de la úvula. Son esos asentimientos estúpidos, esa búsqueda inexplicable por apaciguar el silencio, como si este tipo de silencio no pudiera ser sereno. ¿Qué hay con la gente que no sabe disfrutar de ese momento en el que se tranquiliza el ruido, en el que descansa la garganta y uno puede respirar? Esta gente tiene esa necesidad de romperlo, diciendo incoherencias.
Y estas son las conversaciones que me rompen la lectura y me desfasan y me hacen maldecir todo, odiar al mundo sólo un poco más durante ese momento. Al menos a lo que odio del mundo. Estas conversaciones que empiezan con un pasajero diciéndole al chofer que lo deje "ahí en el letrero ése, en ése, el de la eme y la erre grandes". Y el chofer le contesta, lo natural, que ahí no se puede detener y el pasajero le comenta que hay una callecita, que si no puede hacer un intento. Todo esto es normal, y uno lo escucha de fondo, como si nada, porque es el intercambio acorde a la situación, y entonces viene lo que me enchina la piel, cuando el pasajero le repite que si no lo puede dejar y uno piensa "pues sí, sí podría, yo también le volvería a preguntar" y entonces otro pasajero dice, como asintiendo, "sí, hay una callecita, ahí en la eme erre ésa, el Mercado de Refacciones, ¿no? ¿Mercado de Refacciones? ¿Así se llama?" y desde ahí ya valió madre, porque no le veo el caso a esa "interacción social" tan pendeja, a esa necesidad de asentir a algo tan inútil, de decirle al otro "sí, yo te comprendo, yo sé" cuando siempre fue tan evidente y no había más que saber ni entender que lo que se dijo desde el comienzo. Y luego sigue el primer pasajero y asiente y dice "sí, es el Mercado de Refacciones", cosa por demás idiota repetir porque desde antes cualquiera podía leer que debajo de la eme y la erre gigantes dice "Mercado de Refacciones". Con una chingada, uno intenta volver a leer y piensa que ya ahí queda, y entonces el chofer le sigue con un pendejísimo "ah, es el Mercado de Refacciones, con razón". ¿Con razón qué, chingada madre, con razón qué? Pasa por esa puta ruta todo el puto día todos los putos días, ¿y no sabía que era el Mercado de Refacciones? No pinches mames.
Y sí, tal vez creas que exagero, pero es que no me chingues, son pendejadas. Porque igual si la voz fuera melodiosa, agradable. Pero no. Y no es que quiera que todo mundo hable como agente de hotline, pero es que la gente que entra en ese tipo de conversaciones es la que tiene las voces más horrendas y penetrantes y sé que no es que la situación me haga sentir que son las voces más horrendas y penetrantes.
Pero qué le hace uno, nada, nomás rechinar los dientes y esperar a que se baje el pasajero y ojalá el otro no siga con su necesidad de prevalecer en el mundo diciendo sandeces, hablando todavía del Mercado de Refacciones cuando ya pasaron más de diez cuadras y el chofer asintiendo y luego pasando a la otra conversación genérica y estúpida de "es que no se puede parar uno ahí, luego lo multan y para qué quiere" y el otro que le contesta "pues sí, pero hágale entender eso a la gente" y entonces el chofer con su "pues yo le decía pero no me hacía caso, nomás dele y dele que ahí en el Mercado de Refacciones y pues cómo" y el otro que antes le asintió al pasajero ahora le asiente al chofer y ni siquiera por borrego sino nomás porque eso sabe hacer con su voz horrenda, y así entre los dos se la llevan media hora de camino y para qué llevo libros entonces.
Por eso sentarse hasta atrás, con el chofer lejos y donde si llegan a haber conversaciones son de albañiles. Y son de alcohol, drogas o mujeres, y de eso sí puede escribirse, no de idioteces como si se puede o no bajar uno en una callecita y el Mercado de Refacciones. Su puta madre.
jueves 12 de noviembre de 2009
Fin de la Saga de los Lentes con Teip (Tercerapuntocino Parte)
Update inmediato.
Humberto me dice que a él le pasa siempre lo mismo cuando compra lentes, y que Dios sabe que lo hace muy seguido. Y me describió exactamente lo que describí hace unos minutos, y creo que no ha leído ese post, creo.
Así que dejaré que los ojos se acostumbren, pero si en una semana sigo viendo romboides, entonces me preocupo.
Humberto me dice que a él le pasa siempre lo mismo cuando compra lentes, y que Dios sabe que lo hace muy seguido. Y me describió exactamente lo que describí hace unos minutos, y creo que no ha leído ese post, creo.Así que dejaré que los ojos se acostumbren, pero si en una semana sigo viendo romboides, entonces me preocupo.
Fin de la Saga de los Lentes con Teip (Tercera Parte)
«Fuimos a sacarnos lentes la Yaqui y yo, pero ella tenía miopía y yo hipermetropía. Ella recogió los suyos primero y yo fui después. Me los puse y me sentí un poco mareada pero pensé que era porque me había aumentado la graduación y no estaba acostumbrada todavía. Salí bien mona con mis lentes nuevos, toda volada, y veía las cosas muy lejos, pero no me importó tanto, aunque ahora que me acuerdo, era como estar viendo por el fondo de un vaso. No sé por qué no me importó en ese momento, hasta que estaba cruzando la calle y sentí el golpe de un camión que me aventó al suelo y que yo había visto que apenas venía lejos. Los pude haber demandado, pero en esos tiempos no se usaba y nomás me cambiaron los lentes.»
Conmigo la Ley de Murphy aplica cada tres minutos, y estoy pensando que, igual como le pasó a mi madre, hay algo mal con mis lentes nuevos. Me da pereza sólo pensarlo, porque me da pereza todo lo que esto involucra (ir a la óptica, decirles que creo que hay algo mal, pasar a que los revisen, que me digan, seguramente, que no hay lo mínimo mal, hacerme otro examen, que resulte que por alguna razón necesito otra cosa y esperar otra semana para tener ahora sí bien mis lentes).
La cosa es que hoy es el segundo día que los uso. Anoche los usé de la nueve de la noche a las seis de la mañana (o, en horario de Tokio, que al parecer es el que rige mi reloj interno, de dos de la tarde a once de la noche), y hoy llevo de dos de la tarde a hora actual: 4:39 PM (o siete de la mañana a nueve con cuarenta de la mañana [en Tokio me levanto temprano para ir a trabajar]) usándolos. No veo mal. No veo las cosas lejos. No veo fantasmitas. No veo doble ni triple. Veo más claro, de hecho, pero sí tengo unos ciertos problemitas que tal vez sea porque no me he acostumbrado a que ahora mis lentes sean para miopía y aparte tengo más graduación para el astigmatismo, pero no sé porque no recuerdo cuándo tardé en acostumbrarme a mis otros lentes porque los compré hace más de tres años.
El problema es que si muevo muy rápido la cabeza o los ojos, veo cómo se pandean las cosas. Pasa sobre todo con los objetos más cercanos (tal vez resulte que no tengo miopía sino hipermetropía, como mi madre, y algo estuvo mal en el examen, quién sabe), y más que nada con la computadora. Nomás se prende el monitor de la laptop y deja de ser rectangular para convertirse en un trapecio si lo mantengo derecho y en un romboide muy marcado si muevo el ángulo. Los objetos rectangulares o cuadrados dentro del monitor siguen esta misma regla. Sólo con la pantalla, nada más, ni siquiera la televisión. No tengo idea de qué sea esto, no sé si pasa siempre con lentes de miopía por la refracción de la luz o algo, o si me voy a acostumbrar y eventualmente volverán a ser ángulos rectángulos (cosa que a mi lógica nomás no tiene sentido), pero definitivamente algo se siente mal aquí.
Por otro lado, mi vista se siente mucho más descansada, excepto en el ojo izquierdo, que se siente más o menos igual que antes. Sólo que ahora no siento el cansancio en la frente sino directamente encima del ojo, en el arco de la ceja, y si me lo apachurro leve por abajo siento que descansa mágicamente.
Creo que tengo que volver a la óptica... chingada madre...
Tal vez hoy le diga a mi padre en la noche que venga que me acompañe mañana, y así platicamos otra vez de Ulysses y nos echamos una buena reída juntos. No sé.
Conmigo la Ley de Murphy aplica cada tres minutos, y estoy pensando que, igual como le pasó a mi madre, hay algo mal con mis lentes nuevos. Me da pereza sólo pensarlo, porque me da pereza todo lo que esto involucra (ir a la óptica, decirles que creo que hay algo mal, pasar a que los revisen, que me digan, seguramente, que no hay lo mínimo mal, hacerme otro examen, que resulte que por alguna razón necesito otra cosa y esperar otra semana para tener ahora sí bien mis lentes).
La cosa es que hoy es el segundo día que los uso. Anoche los usé de la nueve de la noche a las seis de la mañana (o, en horario de Tokio, que al parecer es el que rige mi reloj interno, de dos de la tarde a once de la noche), y hoy llevo de dos de la tarde a hora actual: 4:39 PM (o siete de la mañana a nueve con cuarenta de la mañana [en Tokio me levanto temprano para ir a trabajar]) usándolos. No veo mal. No veo las cosas lejos. No veo fantasmitas. No veo doble ni triple. Veo más claro, de hecho, pero sí tengo unos ciertos problemitas que tal vez sea porque no me he acostumbrado a que ahora mis lentes sean para miopía y aparte tengo más graduación para el astigmatismo, pero no sé porque no recuerdo cuándo tardé en acostumbrarme a mis otros lentes porque los compré hace más de tres años.
El problema es que si muevo muy rápido la cabeza o los ojos, veo cómo se pandean las cosas. Pasa sobre todo con los objetos más cercanos (tal vez resulte que no tengo miopía sino hipermetropía, como mi madre, y algo estuvo mal en el examen, quién sabe), y más que nada con la computadora. Nomás se prende el monitor de la laptop y deja de ser rectangular para convertirse en un trapecio si lo mantengo derecho y en un romboide muy marcado si muevo el ángulo. Los objetos rectangulares o cuadrados dentro del monitor siguen esta misma regla. Sólo con la pantalla, nada más, ni siquiera la televisión. No tengo idea de qué sea esto, no sé si pasa siempre con lentes de miopía por la refracción de la luz o algo, o si me voy a acostumbrar y eventualmente volverán a ser ángulos rectángulos (cosa que a mi lógica nomás no tiene sentido), pero definitivamente algo se siente mal aquí.
Por otro lado, mi vista se siente mucho más descansada, excepto en el ojo izquierdo, que se siente más o menos igual que antes. Sólo que ahora no siento el cansancio en la frente sino directamente encima del ojo, en el arco de la ceja, y si me lo apachurro leve por abajo siento que descansa mágicamente.
Creo que tengo que volver a la óptica... chingada madre...
Tal vez hoy le diga a mi padre en la noche que venga que me acompañe mañana, y así platicamos otra vez de Ulysses y nos echamos una buena reída juntos. No sé.
miércoles 11 de noviembre de 2009
Oficio de tinieblas: Abraxas
Voy a estar en Morelia. El domingo. Bueno, yo no, pero sí mis palabras.
En la Feria Estatal del Libro y la Lectura de Michoacán, en la Casa de la Cultura Luis Sahagún de Morelia. Me gustó ese edificio cuando fui.
Bueno, van a presentar el domingo 15 a las 11:00 AM un cuento que escribí y que pronto va a ser algo así como mi primer libro. Se llama "El inquilino de la niebla", fue ilustrado por Rodrigo Báez Martínez, y es parte del proyecto Oficio de tinieblas, de Ana Perusquía.
Quisiera estar ahí, pero, bueno, aparte del dinero que no hay para volar, también tengo que escribir demasiado estos días y seguramente un par de funerales, y es mejor salir lo menos posible de mi habitación. Hacerme un poco más pálido de lo que ya soy. Si alguien anda por ahí, dese una vuelta y me cuenta cómo estuvo.
En la Feria Estatal del Libro y la Lectura de Michoacán, en la Casa de la Cultura Luis Sahagún de Morelia. Me gustó ese edificio cuando fui.
Bueno, van a presentar el domingo 15 a las 11:00 AM un cuento que escribí y que pronto va a ser algo así como mi primer libro. Se llama "El inquilino de la niebla", fue ilustrado por Rodrigo Báez Martínez, y es parte del proyecto Oficio de tinieblas, de Ana Perusquía.
Quisiera estar ahí, pero, bueno, aparte del dinero que no hay para volar, también tengo que escribir demasiado estos días y seguramente un par de funerales, y es mejor salir lo menos posible de mi habitación. Hacerme un poco más pálido de lo que ya soy. Si alguien anda por ahí, dese una vuelta y me cuenta cómo estuvo.
Si escuchas de noche el canto del gallo,
tiembla: es Abraxas, el de la niebla.
Del monte bajará en su gris caballo,
rodeándolo todo con la tiniebla.
Carga en su saco todos los huesos
que le arranca a los niños con los dientes.
Se trepa a las camas con suaves pasos
cortando los dedos a los durmientes.
Complicaciones de viajar en el tiempo
Muchas veces he considerado que si me es posible viajar en el tiempo, no voy a ser el modesto turista que busca a Cristo para sentir en carne propia sus milagros, ni a combatir por el amor a la adrenalina en un barco vikingo. Siempre he dicho que me agendaré muchos de los más grandes logros de la humanidad, pero siempre he creído que por accidente, pues no me llama tanto la atención convertirme en súperestrella.
Por ejemplo, que viaje a la Grecia Antigua. Que, calculando erróneamente, me piense en un momento posterior a Aristóteles y entable algunas conversaciones con alguna gente. Que, eventualmente, me de cuenta de que no ha existido Aristóteles, de que ni siquiera existió Platón, menos Sócrates, y yo tengo que encargarme de que el futuro de la humanidad crea que existieron para no aniquilar toda mi línea cronológica. Entonces me doy cuenta: yo siempre fui Aristóteles.
A menudo lo pienso, cambiando el papel y el tiempo. A veces soy Da Vinci, otras soy hasta Hitler. Y sé que si algún día me encuentro en tal posición, asumiré mi responsabilidad como es debido.
Con eso en mente me he encontrado con algo peculiar, y es que alguien de esta época, aparentemente (podría ser la situación inversa: alguien de la otra época), viajó al pasado y se encontró en esa situación y no tuvo más remedio que asumir el papel, pues la misma inevitabilidad de la situación no le permitiría no asumirlo, aunque intentara.
Hoy lo he descubierto y es probable que se rían de mí, pero, recuerden estas palabras en unos años cuando desaparezca de la vista, de todos los medios, tal vez hasta de los registros, este hombre que uno que nos ha hecho reír y llorar, pero también pensar de otro modo.
Damas y caballeros: Robin Williams será Aristóteles.
Por ejemplo, que viaje a la Grecia Antigua. Que, calculando erróneamente, me piense en un momento posterior a Aristóteles y entable algunas conversaciones con alguna gente. Que, eventualmente, me de cuenta de que no ha existido Aristóteles, de que ni siquiera existió Platón, menos Sócrates, y yo tengo que encargarme de que el futuro de la humanidad crea que existieron para no aniquilar toda mi línea cronológica. Entonces me doy cuenta: yo siempre fui Aristóteles.
A menudo lo pienso, cambiando el papel y el tiempo. A veces soy Da Vinci, otras soy hasta Hitler. Y sé que si algún día me encuentro en tal posición, asumiré mi responsabilidad como es debido.
Con eso en mente me he encontrado con algo peculiar, y es que alguien de esta época, aparentemente (podría ser la situación inversa: alguien de la otra época), viajó al pasado y se encontró en esa situación y no tuvo más remedio que asumir el papel, pues la misma inevitabilidad de la situación no le permitiría no asumirlo, aunque intentara.
Hoy lo he descubierto y es probable que se rían de mí, pero, recuerden estas palabras en unos años cuando desaparezca de la vista, de todos los medios, tal vez hasta de los registros, este hombre que uno que nos ha hecho reír y llorar, pero también pensar de otro modo.
Damas y caballeros: Robin Williams será Aristóteles.
Goodbye Blue Sky, Talita
Despertar de noche con siete llamadas perdidas y el reloj que marca "5:05". No saber si ante o post meridiem: pueden haber sido cinco o diecisiete horas. No estar seguro ni de estar en la cama propia, sólo saber que la única imagen en la cabeza es su cabeza blanca con los ojos cerrados.
Hace tres años te abotonaste la camisa de pie frente a ella que dormía. Su cabeza blanca con los ojos cerrados. No le diste un beso en la frente. Te fuiste. Eran las cinco con cinco de la mañana.
Si no te equivocas, fueron amantes por unos buenos meses y amigos por un poco más. No hubo peleas, no hubo discusiones, ni siquiera hubo otras personas. Fue que sentías que ese espiral de navajas y anticoagulantes no desembocaba en otro punto del espacio-tiempo, que era infinito y cada vez más estrecho. No te llevaste cicatrices; te llevaste la imagen de esa última noche: los dos en la tina, en ese ritual del corte del antebrazo. Siempre fuiste bueno para cicatrizar.
Te abotonas la camisa frente al recuerdo de su cabeza blanca y el sueño abismal. "Te dije que esa espiral no llegaba a algún lado, iba a la nada.", piensas. Y su nombre te retumba en la cabeza, y su nombre sigue y sigue hasta que suena el teléfono y ella, la que habla, a la que siempre besarías en la frente, se llama igual. Te había marcado en el funeral, cuando estabas frente al ataúd, viendo su cabeza blanca y sus ojos en otro lado, con la misma expresión, justamente la misma expresión, que hace tres años. ¿Será que la muerte la regresó a entonces, la rejuveneció antes de que empiece la descomposición? Y hasta crees que tienen un parecido, sobre todo en los ojos cuando los cierran, y sabes que es por el nombre, porque esas coincidencias entre nombres y similitudes son más anímicas que el mismo zodiaco. Y también comparten el mismo signo. Los dos mismos signos. Y sientes que llevas tres años sin verla, aunque es apenas una semana. ¿No son demasiados recursos estilísticos?
Te marcó su mamá, que sabía que eras lo más cercano a un novio que llegó a tener, y hasta se puede decir que viceversa. Te dijo "Ahora sí se cortó bien la idiota...", sin insulto, sin coraje, con la pura melancolía y algo más que la dejaba sin voz. Estando con ella, frente a ella, me di cuenta que yo tenía el antebrazo derecho rasguñado. Su madre me miró, me siguió mirando, y no me dejó de mirar. No le expliqué que fue un perro: tal vez si mantenía la imagen... tal vez... tal vez su madre pensaría que lo hizo por mí y entonces tendría a quién culpar, tendría en quién desembocar una ira sinsentido y sinrazón, y eso era tal vez lo único que podía hacer para ayudarla. Para ella sería mejor que la certeza de que su hija detestaba la vida, pero la detestaba como desafío, con una sonrisa de cocodrilo y rigor metódico que no he vuelto a ver aplicado a ninguna otra obsesión. Me atrevo a decir que vivía para alimentar ese odio, para degradarse como respuesta, para demostrarle al instinto y a la fuerza genética que siempre se puede vivir luchando por no vivir. Algo tan heroico, y su madre, claro, incapaz de comprender.
La besé en la frente. Me fui.
Volví a casa a dormir y me sorprendió no haber soñado con ella, pero sí recordarla al despertar, mientras me abotonaba la camisa, mientras a oscuras veía el parpadeo rojo del reloj que decía "5:05". Ahí estaba y pensaba en esa muerte. Y esa muerte me llevó a pensar algo más.
Demasiados recursos estilísticos.
Tal vez no demasiados para una novela, pero sí para una vida: hay esas palabras que se repiten incansablemente como "muerte", y que se vuelven un leitmotiv, en un eje que define demasiado en la narrativa de mi vida; están las metáforas de la humanidad en un parpadeo; tengo la voz repleta de frases que no recuerdo haber escrito; todos mis amigos personajes, y muchos de ellos arquetipos duramente marcados; las coincidencias, las malditas coincidencias que hacen pensar en un destino y en una ruptura con una casualidad, como esas narraciones que acabo de conocer y así me llegan a la realidad, o esas situaciones propias de la ficción como el callejón en el que conocimos al hombre que hace robots (su robot era una cabeza humana, y media hora antes vimos otra cabeza humana colgada de un poste, y más tarde, una cabeza más, en el camino de vuelta); la realidad fractal, circular, espiral, de todos los eventos que se encadenan como ciclos que se encadenan como engranajes: bucles.
Toda mi vida son bucles (loop), toda.
Cada nuevo ciclo, cada nuevo espiral, cada orbital al que se traslada la narración, la misma serie de eventos encadenados se repite intensificando sus valores primordiales acorde a un sentimiento que rige a todo el ciclo. ¿No es demasiada estructura para una vida que debiera ser libre y sujeta solamente a la capacidad de elegir?
Ésto me trae tu muerte, Talita. Ésto, y la certeza de que no vuelvo a escuchar "Goodbye Blue Sky" sin pensar en esa última tarde, antes de que me fuera sin besarte la frente, que la cantaste en la playa justo antes de que cayera el telón.
Hace tres años te abotonaste la camisa de pie frente a ella que dormía. Su cabeza blanca con los ojos cerrados. No le diste un beso en la frente. Te fuiste. Eran las cinco con cinco de la mañana.
Si no te equivocas, fueron amantes por unos buenos meses y amigos por un poco más. No hubo peleas, no hubo discusiones, ni siquiera hubo otras personas. Fue que sentías que ese espiral de navajas y anticoagulantes no desembocaba en otro punto del espacio-tiempo, que era infinito y cada vez más estrecho. No te llevaste cicatrices; te llevaste la imagen de esa última noche: los dos en la tina, en ese ritual del corte del antebrazo. Siempre fuiste bueno para cicatrizar.
Te abotonas la camisa frente al recuerdo de su cabeza blanca y el sueño abismal. "Te dije que esa espiral no llegaba a algún lado, iba a la nada.", piensas. Y su nombre te retumba en la cabeza, y su nombre sigue y sigue hasta que suena el teléfono y ella, la que habla, a la que siempre besarías en la frente, se llama igual. Te había marcado en el funeral, cuando estabas frente al ataúd, viendo su cabeza blanca y sus ojos en otro lado, con la misma expresión, justamente la misma expresión, que hace tres años. ¿Será que la muerte la regresó a entonces, la rejuveneció antes de que empiece la descomposición? Y hasta crees que tienen un parecido, sobre todo en los ojos cuando los cierran, y sabes que es por el nombre, porque esas coincidencias entre nombres y similitudes son más anímicas que el mismo zodiaco. Y también comparten el mismo signo. Los dos mismos signos. Y sientes que llevas tres años sin verla, aunque es apenas una semana. ¿No son demasiados recursos estilísticos?
Te marcó su mamá, que sabía que eras lo más cercano a un novio que llegó a tener, y hasta se puede decir que viceversa. Te dijo "Ahora sí se cortó bien la idiota...", sin insulto, sin coraje, con la pura melancolía y algo más que la dejaba sin voz. Estando con ella, frente a ella, me di cuenta que yo tenía el antebrazo derecho rasguñado. Su madre me miró, me siguió mirando, y no me dejó de mirar. No le expliqué que fue un perro: tal vez si mantenía la imagen... tal vez... tal vez su madre pensaría que lo hizo por mí y entonces tendría a quién culpar, tendría en quién desembocar una ira sinsentido y sinrazón, y eso era tal vez lo único que podía hacer para ayudarla. Para ella sería mejor que la certeza de que su hija detestaba la vida, pero la detestaba como desafío, con una sonrisa de cocodrilo y rigor metódico que no he vuelto a ver aplicado a ninguna otra obsesión. Me atrevo a decir que vivía para alimentar ese odio, para degradarse como respuesta, para demostrarle al instinto y a la fuerza genética que siempre se puede vivir luchando por no vivir. Algo tan heroico, y su madre, claro, incapaz de comprender.
La besé en la frente. Me fui.
Volví a casa a dormir y me sorprendió no haber soñado con ella, pero sí recordarla al despertar, mientras me abotonaba la camisa, mientras a oscuras veía el parpadeo rojo del reloj que decía "5:05". Ahí estaba y pensaba en esa muerte. Y esa muerte me llevó a pensar algo más.
Demasiados recursos estilísticos.
Tal vez no demasiados para una novela, pero sí para una vida: hay esas palabras que se repiten incansablemente como "muerte", y que se vuelven un leitmotiv, en un eje que define demasiado en la narrativa de mi vida; están las metáforas de la humanidad en un parpadeo; tengo la voz repleta de frases que no recuerdo haber escrito; todos mis amigos personajes, y muchos de ellos arquetipos duramente marcados; las coincidencias, las malditas coincidencias que hacen pensar en un destino y en una ruptura con una casualidad, como esas narraciones que acabo de conocer y así me llegan a la realidad, o esas situaciones propias de la ficción como el callejón en el que conocimos al hombre que hace robots (su robot era una cabeza humana, y media hora antes vimos otra cabeza humana colgada de un poste, y más tarde, una cabeza más, en el camino de vuelta); la realidad fractal, circular, espiral, de todos los eventos que se encadenan como ciclos que se encadenan como engranajes: bucles.
Toda mi vida son bucles (loop), toda.
Cada nuevo ciclo, cada nuevo espiral, cada orbital al que se traslada la narración, la misma serie de eventos encadenados se repite intensificando sus valores primordiales acorde a un sentimiento que rige a todo el ciclo. ¿No es demasiada estructura para una vida que debiera ser libre y sujeta solamente a la capacidad de elegir?
Ésto me trae tu muerte, Talita. Ésto, y la certeza de que no vuelvo a escuchar "Goodbye Blue Sky" sin pensar en esa última tarde, antes de que me fuera sin besarte la frente, que la cantaste en la playa justo antes de que cayera el telón.
lunes 9 de noviembre de 2009
Es un buen día para pay
Para mí todos los días son buenos para comer pay, o pie, y eso puede significar que vivo en un mundo dibujado por Disney, o que tengo una afinidad por los dulces (pero también todos los días son buenos para comer pizza, osea que tengo una afinidad por lo salado o vivo en la dimensión de las Tortuga Ninja [pero también todos los días son buenos para tomar café, osea que tengo una afinidad por lo amargo... {etc.}]). Y la verdad es que canto todo el día, y hay canciones para cualquiera de mis humores, y muchas veces la gente en el camión canta conmigo, y a veces en la calle parece que fuimos a un ensayo todos los jueves del último mes y nos sabemos la misma coreografía para cuando cruzo debajo de esas escaleras en la Calle 3era que sé que algún día me van a matar cayéndome encima.
De cualquier modo: Family Guy Disney.
De cualquier modo: Family Guy Disney.
domingo 8 de noviembre de 2009
Fin de la Saga de los Lentes con Teip (Segunda Parte)
Cuando supe que iba a ir a solas con mi papá a lo de los lentes pensé que iba a ser otro de esos momentos extraños en los que nos limitamos a escuchar un disco en el estéreo del carro y hacer brevísimos comentarios sobre el parecido con equis o ye banda o sobre una película que vimos ambos recientemente o que no ha visto uno de los dos, a modo de recomendación. Al principio fue eso, porque mi papá y yo tenemos ese problema de comunicación tan normal en este año de 1956, limitándonos a que el disco de Morse Code era demasiado bueno y sorprendente (los dos lo escuchábamos por primera vez) y de que seguramente a mi mamá no le gustaría ver Inglourious Basterds porque no tolera ni siquiera que escupan en las películas y cierra los ojos siempre que aparece una gota de sangre y como que matar nazis a batazos, aunque sea Tarantino, no le va a causar tanta gracia como a mí o a él. Pero no tardó tanto, acaso unos diez minutos de camino, para que encontráramos un tema de conversación que ambos disfrutamos y, aparte, tenemos para compartir: Ulysses. Sí, mi mejor amigo.
Pues resulta que le podemos dar carrilla entre ambos, podemos especular sobre su futuro incierto, y tenemos las mismas preocupaciones con respecto a que se deje controlar por su novia (que es mi prima) y su suegra (que es mi tía). Ya de que mi prima tenga dieciséis y mi tía sea una energúmena menopáusica que se contradice cada dos minutos y no ve la diferencia entre su edad y su actitud, es otra cosa, y también algo de lo cuál podríamos hablar si quisiéramos, pero tema que no tocamos: había mejores cosas que hacer, como ver lentes.
Y no tardé mucho. Encontré unos, rápido, casi iguales a los que tengo, casi perfectos, casi hasta con el lugar marcado con líneas entrecortadas rojas y un letrero que dijera "teip aquí". Los encontré, me los probé, y sonreí con la mitad derecha de mi boca. Los comparé con mis lentes actuales, comprobando que el tamaño era, de hecho, el mismo, y los dejé de nuevo sobre el estante, mientras se me acercaba la asistente, tan guapa, a decirme que tenía más modelos y no sé qué tanto. No me interesaban más modelos.
Pero antes dije "casi perfectos", y por eso fue que mi intuición me hizo dejarlos aunque ya me había decidido por ellos. Mi intuición me hizo girar la cabeza a la derecha treinta grados y voltear al estante de al lado y ver, entonces, sin dudas, sin pre-sentimientos, los lentes que tenía que tener. Y los tomé. Y me los probé. Y entonces no sonreí a medias: reí con toda la cara. Y mi papá pensó que era broma que los hubiera agarrado, pero no entendía por qué si simplemente se me veían tan bien. Entonces le dije que esos querían. Y me dijo que le recordaban a cuando tenía mi edad. Y le dije que a mí también.
Entonces pasé, con el marco que había escogido, a hacerme el examen de la vista.
Y me aumentó un poco la graduación, del astigmatismo cambió de .25 y .5 a 1 y 1.5 o algo así, y ahora ya tengo .25 y .25 de miopía porque eso no tenía. No le entendí tanto a la hoja que me enseñó con los números comparativos entre mis lentes viejos y los nuevos, pero entendí que no me voy a quedar ciego como Borges si llego a viejo porque no se me jodió tanto la vista para haber pasado tres años y, aparte, casi ni tengo graduación en comparación de otra gente. Eso mismo dicen todos los que se ponen mis lentes. Lo curioso es que me cueste tanto trabajo para ver sin ellos. Es que nomás no puedo enfocar sin que me duela la cabeza.
Me emocioné cuando llevaba más de media hora batallando con una línea muy difícil de leer, buscando el lente adecuado, y yo simplemente no la podía ver perfectamente sin importar qué tanto moviera el optómetra los lentes del aparato para determinar mis dioptrías, y cuando le dije con cuál es veía mejor pero de todos modos no veía tan bien como esperaba ver, amplió el cuadro y me dijo, omitiendo esa línea: "Esto que ves, perfectamente, es visión 20-20; esta línea que puedes leer ahora con ligera dificultad, es más que la visión sana perfecta." No sé si haya sido cierto o nomás lo dijo para hacerme feliz, pero recuerdo muchas veces, antes de que tuviera mis lentes que ahora tienen teip, que le decía a Ulysses que me dijera que veía a distancias extremas y cuando me respondía que no podía yo le reprochaba que tenía lentes y entonces me decía: "Wey, son lentes, no telescopios, se supone que con ellos puedo ver en 20-20 pero no más, no más que la gente con visión sana." Sea o no verdad, tengo la palabra del optómetra como fuente para molestarlo. Y entonces me montó unos lentes de prueba para que caminara unos minutos con ellos y sintiera como iba a ser mi nueva visión más que perfecta.
Mi papá se emocionó cuando me vio con los lentes de prueba, los que parecen de científico steampunk, y por eso concluyó que el examen sí había sido serio. Así que hubo cotización, se encargó el antirreflejante en los lentes para que las luces nocturnas no me dejen ciego como a un topo alumbrado (yo que nomás ando de noche), se pagó el cuarenta porciento por adelantado y que el miércoles ya voy a ver en High Definition y con nuevo look.
De regreso no platicamos de música. Mi papá me contó una anécdota de cuando tenía mi edad y se robó un barril de cerveza de una fiesta. Dijo que él pasaba a recoger mis lentes nuevos saliendo de su trabajo el miércoles.
Compramos pan dulce antes de llegar a casa.
Pues resulta que le podemos dar carrilla entre ambos, podemos especular sobre su futuro incierto, y tenemos las mismas preocupaciones con respecto a que se deje controlar por su novia (que es mi prima) y su suegra (que es mi tía). Ya de que mi prima tenga dieciséis y mi tía sea una energúmena menopáusica que se contradice cada dos minutos y no ve la diferencia entre su edad y su actitud, es otra cosa, y también algo de lo cuál podríamos hablar si quisiéramos, pero tema que no tocamos: había mejores cosas que hacer, como ver lentes.
Y no tardé mucho. Encontré unos, rápido, casi iguales a los que tengo, casi perfectos, casi hasta con el lugar marcado con líneas entrecortadas rojas y un letrero que dijera "teip aquí". Los encontré, me los probé, y sonreí con la mitad derecha de mi boca. Los comparé con mis lentes actuales, comprobando que el tamaño era, de hecho, el mismo, y los dejé de nuevo sobre el estante, mientras se me acercaba la asistente, tan guapa, a decirme que tenía más modelos y no sé qué tanto. No me interesaban más modelos.
Pero antes dije "casi perfectos", y por eso fue que mi intuición me hizo dejarlos aunque ya me había decidido por ellos. Mi intuición me hizo girar la cabeza a la derecha treinta grados y voltear al estante de al lado y ver, entonces, sin dudas, sin pre-sentimientos, los lentes que tenía que tener. Y los tomé. Y me los probé. Y entonces no sonreí a medias: reí con toda la cara. Y mi papá pensó que era broma que los hubiera agarrado, pero no entendía por qué si simplemente se me veían tan bien. Entonces le dije que esos querían. Y me dijo que le recordaban a cuando tenía mi edad. Y le dije que a mí también.
Entonces pasé, con el marco que había escogido, a hacerme el examen de la vista.
Y me aumentó un poco la graduación, del astigmatismo cambió de .25 y .5 a 1 y 1.5 o algo así, y ahora ya tengo .25 y .25 de miopía porque eso no tenía. No le entendí tanto a la hoja que me enseñó con los números comparativos entre mis lentes viejos y los nuevos, pero entendí que no me voy a quedar ciego como Borges si llego a viejo porque no se me jodió tanto la vista para haber pasado tres años y, aparte, casi ni tengo graduación en comparación de otra gente. Eso mismo dicen todos los que se ponen mis lentes. Lo curioso es que me cueste tanto trabajo para ver sin ellos. Es que nomás no puedo enfocar sin que me duela la cabeza.
Me emocioné cuando llevaba más de media hora batallando con una línea muy difícil de leer, buscando el lente adecuado, y yo simplemente no la podía ver perfectamente sin importar qué tanto moviera el optómetra los lentes del aparato para determinar mis dioptrías, y cuando le dije con cuál es veía mejor pero de todos modos no veía tan bien como esperaba ver, amplió el cuadro y me dijo, omitiendo esa línea: "Esto que ves, perfectamente, es visión 20-20; esta línea que puedes leer ahora con ligera dificultad, es más que la visión sana perfecta." No sé si haya sido cierto o nomás lo dijo para hacerme feliz, pero recuerdo muchas veces, antes de que tuviera mis lentes que ahora tienen teip, que le decía a Ulysses que me dijera que veía a distancias extremas y cuando me respondía que no podía yo le reprochaba que tenía lentes y entonces me decía: "Wey, son lentes, no telescopios, se supone que con ellos puedo ver en 20-20 pero no más, no más que la gente con visión sana." Sea o no verdad, tengo la palabra del optómetra como fuente para molestarlo. Y entonces me montó unos lentes de prueba para que caminara unos minutos con ellos y sintiera como iba a ser mi nueva visión más que perfecta.
Mi papá se emocionó cuando me vio con los lentes de prueba, los que parecen de científico steampunk, y por eso concluyó que el examen sí había sido serio. Así que hubo cotización, se encargó el antirreflejante en los lentes para que las luces nocturnas no me dejen ciego como a un topo alumbrado (yo que nomás ando de noche), se pagó el cuarenta porciento por adelantado y que el miércoles ya voy a ver en High Definition y con nuevo look.
De regreso no platicamos de música. Mi papá me contó una anécdota de cuando tenía mi edad y se robó un barril de cerveza de una fiesta. Dijo que él pasaba a recoger mis lentes nuevos saliendo de su trabajo el miércoles.
Compramos pan dulce antes de llegar a casa.
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