jueves, 10 de abril de 2014

Los de la memoria intempestiva

Hace poco me percaté de que estoy rodeado de personas con una prodigiosa memoria. Seres capaces de recordar el más ínfimo detalle en cuanto a eventos de hace casi veinte años se refiere. Detalles que nadie más recuerda, situaciones que todos han olvidado. Es como si estuviera rodeado de Funes, todos son Funes, narrando una y otra vez la gran fiesta del fin de semana pasado o quejándose de aquella vez, hace siete meses, dos semanas, dos días, quince horas y veintitrés minutos (los segundos no los diremos para no parecer obsesivos) en que me metí a bañar justo después de cagar y alguien que quería entrar al baño tuvo que aguantar más de lo que tenía contemplado. Gente con un don.

Se está volviendo un problema vivir con personas súper dotadas. De pronto intento tomarme un café con ellos y comienza el recuento acerca del pasado. «Me encantó que en la fiesta del domingo X dijo tal cosa», es la primera frase. Después de cuarenta minutos recapitulando los eventos del domingo pasado, otro de los súper dotados comienza a relatar el martes pasado. Después vuelven al domingo. Al jueves. Al lunes. Al sábado de hace dos semanas. Al miércoles de 1998 en el que uno de ellos cayó ahogado en alcohol y otro manejó su coche (ninguno de ellos dos recuerda tales eventos, no son súper dotados como el narrador). Si me invitan a comer sucede lo mismo. Si bebo con ellos la noche es un eterno recuento de las mismas historias que he escuchado ya cincuenta  mil veces porque las han contado cincuenta veces durante la última hora y siete mil veces durante las últimas tres semanas y el resto a lo largo de un par de meses. Es imposible hablar de otra cosa, su brillante mecanismo de recuerdos activado por el alcohol los vuelve máquinas de repetición. 

El alcohol, ese delicioso elixir que en manos (o debería decir bocas) de algunos cuantos es capaz de liberar las más dulces o terribles distorsiones es también un arma de doble filo para aquellos que aprenden a disfrutarlo en demasía. Es una religión y, como todas las religiones, el fanatismo es una posibilidad peligrosa. Pero no me confundan, que no tengo afanes moralistas, pues si de fanatismos se trata confieso mi afición a la mariguana y al hashish, y como adicto he caído también en círculos. Aún así me cuidé de hacer otras cosas, aunque fuera ver Netflix de manera compulsiva y alimentarme a base de Cheetos y Coca-Cola. Es fuente de orgullo decir que, aunque pasé un año fumando todo el día, en cama, fumando y fumando, tengo más cosas de qué hablar sobre la vez que estaba fumando. Los alcohólicos que conozco no pueden decir tal cosa y es a ellos a quienes critico.

Llega un momento, parece, en la vida de un alcohólico en la que lo único que puede hacer es hablar de las pedas pasadas porque toda su vida gira en torno a las pedas. Dicen que el alcohol es mejor en compañía y quizá es cierto, porque así cuando se ve en la necesidad de criticar (necesidad humana que todos tenemos y debemos expresar de vez en cuando) puede hablarse mal de aquellos otros que frecuentan los círculos del alcohol pero no son precisamente alcohólicos. Una cuestión de sectas, digamos. Por ejemplo, yo ahora critico a mis congéneres, los de la excelsa memoria, porque ellos me critican a mí en dosis diaria. Dicen que no hago nada de mi vida, que me la paso fumando, que no tengo un trabajo, que no hago más que ver pornografía y vivir como un parásito del feudalismo mexicano. Dicen que no tengo los medios para llevar la vida que llevo (y que sin embargo mantengo) y que voy a terminar en un agujero inyectándome heroína o fumando crack hasta convertirme en un saco de huesos. Dicen que no hago nada de provecho. Dicen que soy un vago.

Pero cuando veo sus vidas, la repetición de historias nauseabunda y el uróboros de cruda, curarse la cruda, empedarse, amanecerse, dormir y de nuevo la cruda, me pregunto en qué momento ellos tienen la oportunidad de trabajar y hacer algo con sus vidas. Según sus estándares, cuando se trata de otros, deben ser productivos, pagar impuestos y seguir una serie de normas y expectativas socioculturales. Lo que es «vivir» según una educación occidental judeocristeana aplica para un mariguano, pero no a ellos mismos. Está bien gastarse treinta mil pesos al mes en alcohol y restaurantes y que no te quede un peso para otra cosa, pero no está bien tener dos mil y que lo inviertas en tu cocina y en nada más, que no tengas para las fiestas ni para pagar una hamburguesa de doscientos pesos. ¿Pero y si el otro no quiere ni tiene interés de comer en la calle? ¿Si al otro en realidad no le interesa comprar cinco botellas de vodka cada noche o pagar mil pesos por diez ginebras en un bar? 

El punto no es ese. El punto es que no soporto la monotonía. Me parece ridícula. Me aterra la idea de repetir lo mismo cada día, ya sea sentarme en una oficina a «revolucionar al mundo» escribiendo para una publicación elitista que lee un sector que cree manejar las cosas cuando apenas son sacos monetarios o pasándomela de fiesta todos los días con las mismas personas platicando de las mismas cosas. Me pegaría un tiro si un día siento que recorrer media Ciudad de México usando un traje para fundirme con una silla pedorreada a buscar datos en una computadora de 1998 para escribir un artículo sobre las marcas de relojes más chic es algo que me hace mejor ser humano. Es más, me pegaría un tiro si algún día uso la palabra «chic» en serio. Y me pegaría un tiro, también, si un día siento que no hay nada mejor en el mundo que embriagarme con mis amigos. Quizá estoy mal, quizá estoy enfermo y soy «un caso», porque preferiría comer arroz y lentejas un mes entero para poder irme cinco días a Michoacán a buscar el Oro con una persona que me hace sentir importante, sin tener que pedir vacaciones, sin preocuparme por mis deberes como superhéroe del universo Glam. Puede que sólo sea yo y que me esté perdiendo de algo hermoso en la vida cuando a las cinco de la mañana decido que es una buena hora para salir a dar una caminata con el amanecer y escuchar a los pájaros, respirar aire fresco (serenado) y mirar las calles sin tráfico, tranquilas, sólo para volver a dormir otro rato y seguir soñando. Tal vez necesito agarrar la onda de que la vida no se trata de caminar y conocer lugares y personas que te hagan sentir y sentir en realidad es algo que hay que evitar, que hay que patologizar: no enamorarse nunca, no caer del amor, no llorar, no reír, no disfrutar de los otros y con ellos ni de los pájaros y los edificios. No sé, igual y no se trata de sentirse bien y hacer lo que uno disfruta hacer, porque a fin de cuentas eso no es la vida, la vida es dolor y frustración y no tener tiempo para hacer lo que uno quisiera hacer porque primero hay que trabajar y ahorrar y envejecer para poder hacer lo que uno quiere hacer cuando ya se sea viejo y sea hora del retiro. Porque de otro modo uno va a envejecer y no va a tener con qué cuidarse y entonces uno va a sufrir y por eso es mejor sufrir cuando haya fuerzas para hacerlo que es casi seis séptimos del tiempo que solemos vivir los seres humanos. ¿Y si de pronto tengo un hijo? Nada, cabrón, la situación en la que estás te enseña a adaptarte y a fluir con ella para que puedas ser lo que te toca ser en el momento y poder serlo bien, con gusto, pero cómo voy a decirte eso si para todo tienes un método, una serie de pasos unívocos, si para todo hay una sola manera en este mundo hecho de tantas maneras. Me da miedo, en serio. 

Prefiero que me llamen vago a tratar de convencerlos de que si no compras una cobija de veinte mil pesos y te tapas con la de doscientos incluso vas a tener menos frío, pero sólo me dicen hippie, beatnik. Quizá lo soy. Quizá prefiero serlo. Quizá necesito esa libertad de poder decir «hoy no me voy a bañar porque no tengo ganas» aunque me bañe diario. Quizá me es necesaria la posibilidad y nada más eso. O puede que estoy loco, después de todo soy a quien nunca dejan de repetirle que está mal vivir así, que está mal pasarse horas en un café escribiendo historias, que está mal tener blocs de notas para entrevistar a personajes ficticios en diálogo como si se trataran de personas reales, que está mal cantar en la regadera porque desperté de buen humor sólo porque sí, que está mal quedarme mirando al río o a las estrellas o al fuego o a los ojos de una mujer, que está mal no hacer más que cocinar durante tres días y comerlo una semana después, que está mal no tener muebles propios ni mucha ropa ni plan de datos en mi smartphone regalado ni televisión ni me gusta salir a lugares ni estar con mucha gente ni ver futbol ni entiendo la cultura pop ni me gusta la ropa cara ni quiero coche en la Gran Ciudad ni me interesa ir a marchas ni renegar de las marchas ni vivir siempre en el mismo lugar. ¿Qué tiene de malo vivir en la periferia? Es la pregunta adecuada. La respuesta es que no existe la periferia, es la verdad, donde uno se ponga alguien le ve y no se le permite vivir más afuera porque los demás lo señalan para jalarlo adentro, a la mierda de la que todos se quejan y dicen que quieren salir pero cuando ven lo que se puede hacer para alejarse les da miedo. Les da miedo hacer lo que quisieran hacer de verdad y que es irse a vivir solos a una montaña, con una persona o dos. O nadie quiere eso, o nadie sabe que quiere eso, que la sociedad y la congregación causan discordia porque la envidia es algo que existe y causa frustración. Mi problema es que me gustan mucho las ciudades y los libros, la música, los edificios, pero no sé cuánto más podré vivir en una. 

También me gusta la gente, pese a todo. Me gusta verlos aunque me miren mal de regreso. Me gusta caminar entre los demás y tratar de meterme en sus cabezas aunque nunca pueda entender por qué se dejan llevar tanto por ideales prescriptivos. O por qué yo hago lo mismo a fin de cuentas porque, bueno, qué es todo sino un manual de supervivencia. No sé, igual si hablaran de otras cosas que no fuera la fiesta del sábado, si dejaran de hablar de la fiesta del sábado cada vez que intento hablar con ellos de cualquier otra cosa, si hablaran más de música o del lenguaje o de viajes o de hierbas aromáticas o de cajitas con huesos de pájaro adentro o de cualquier otra cosa que no fuera la maldita fiesta del sábado pasado de la que ya estoy hasta la pinche madre de escuchar. Estuve ahí, chingados, ya sé que ese wey se puso bien pedo y se puso a bailar como Muppet. Estuve ahí, yo fui el que se comió cinco kilos de ceviche y lo recuerdo bastante bien como para que me lo recuerden setenta veces en cinco días. Estuve ahí, yo vi cuando llegaron esos batitos y se pusieron a dar un chingo de carrilla y se portaron como se han portado en todas las fiestas en las que han estado desde hace seis años que llegaron a vivir aquí y se conocieron. Estuve ahí. Pero también estuve ayer cuando vi a un chico en bicicleta caerse en el carril del Metrobús y un camión doble articulado le pasara sobre la pierna y sólo le causara un esguince menor. También estuve ahí antier cuando se congregó la fauna entera del Bistro 61, incluyéndome. Y también estuve ahí la semana pasada, a esta hora, en el aeropuerto, sintiendo algo fuerte. ¿Qué me importa ya la fiesta del sábado pasado si mañana van a pasar muchas cosas y pasado mañana más? Igual estoy loco, no sé, la verdad no me importa, pero prefiero acostarme a leer un rato que seguir recordando estas cosas. 

Y esto haré ahora: dormiré, mientras la fiesta sigue abajo, en la cocina, una fiesta en la que la buena memoria se ejerce para recordar, como en tantas otras fiestas, las veces en las que no he querido bajar a la fiesta para quedarme encerrado en mi cuarto a escribir o a fumar mariguana o a masturbarme o a dormir temprano nada más porque sí. Estoy mejor así.

jueves, 20 de marzo de 2014

Nowruz, 1393

Alguna vez intenté no pensar. «Si detengo mi pensamiento», pensaba, «me reconciliaré con el Vacío y encontraré la paz». La idea del Nirvana estaba en mi mente. Quería no buscarlo, pero creía que la única manera de que la rueda dejara de girar era si el pensamiento no la movía más: el Vacío es la Inmovilidad. Quizá me acerqué en alguna ocasión más que en otras, pero el Silencio nunca llegó como yo asumía: mi pensamiento dejó de ser, en esos momentos, verbal. Conforme las palabras se resbalaban de mi mente y mi pensamiento ya no describía lo que sucedía fragmentos de instante previos en mis sentidos, sino que observaba sin emitir juicio alguno encontré destellos de algo nuevo: Visión. Sólo destellos, figuras repentinas que surgen en el espejo al desenfocar los ojos de los ojos del reflejo. Pero pronto lo que había sentido fuera de mi piel, visto con los ojos cerrados, escuchado desde el suelo, probado en la punta del cabello u olido a distancias remotas con el viento y no la nariz, tornó a palabras otra vez. 

El lenguaje, de nuevo, imperaba sobre mis facultades cognitivas y entendí que al menos yo percibía la mayor parte del tiempo a través del lenguaje. Que si miraba algo, o lo probaba, tocaba, escuchaba, olía, la imagen que surgía justo después, casi al tiempo, en mi cabeza, era una imagen compuesta de palabras. Entendí entonces que el mundo se conforma de palabras, que si cada cosa tiene un nombre es para poder verla más allá del instante en el que es enfocada. Ni siquiera las emociones escapan de estas cosas, ni la intuición: cuando algo se escucrre entre términos ambiguos surge una angustia por no saber nombrarla, por no poder describirla. 

«Sabes que una planta es de aquí cuando tiene muchos nombres. Porque el nombre de una planta te cuenta su uso y el conocimiento que hay de ella. Te dice qué tanto habita en la mente de los demás. Si la planta es necesaria o sagrada tendrá tantos nombres como tiempo haya de relación con ella. Por ejemplo, la ruda sólo se llama ruda porque no es de este lugar», me dijo, revolvía su arroz con yogurt con una cuchara y un tenedor. Sólo un utensilio se usa para llevar el alimento a la boca pero dos para prepararlo, tres considerando al plato y se multiplican contando el método de preparación: colador, cuchillo, fuego, olla, cucharón, agua.

Después saltamos el fuego, cantando: «tu rojo me lo quedo, mi amarillo te lo doy». Y en un abrazo alrededor de la llama pedí, cuando una lengüeta se dirigió a mí, la voluntad para protegerla. Ser como el fuego y limpiar, ser el fuego y curar. Sus rizos acaricibana mi cara y sus dedos mis costillas. Pasamos el sahumero, ella alrededor de mí y yo alrededor de ella. Esa noche soñé con dos leopardos que me guiaban por un sendero bajo los últimos rayos de luna llena a donde ella bailaba con un vestido hecho de fuego. El tambor me fue dado y a cada golpe las llamas se avivan y ella brillaba y danzaba, su cadera se tornó roja. Toda ella era roja y después brilló con el blanco de la luna. Desperté y se lo dije. «Es señal de buen augurio.»

Hoy es Nowruz. Nueva luz. Nuevo día. Abrí la puerta de su casa y crucé el umbral con el sonido de un cascabel que limpia. Crucé la sala y me arrodillé ante la mesa de Haft Seen, tomé la vela y orando en voz baja encendí el fuego. Así terminó el año 1392 y, con la primavera, llegó el 1393. 

*

Un mes después de que empezara el año 1392 llegué a esta ciudad. El desierto me acompañaba en mis costumbres pero la arena y el mar quedaban ya sepultados bajo el horizonte. Mi familia allá, acá la soledad y con ella la libertad de ser lo que quisiera. Era primavera y las jacarandas floreaban. Alguien me recibió con un plato de dátiles y agua fresca. Nada tenía, cargaba mis cosas en la espalda, mudándome semana tras semana. Después alquilé una habitación y pasó un año como se acaba una pipa de hash. «El tiempo vuela como si fuera una paloma a la que le descuidas la puerta de su jaula», escuché a alguien decir una vez.

El desierto está conmigo, pero yo no estoy más en el desierto. Aquí llueve mucho. En mi primer año llovió casi ocho meses. Nunca había visto tanta agua. Al despertar llovía y seguía lloviendo hasta que me quedaba dormido. Es lo que más recuerdo, el sonido de las gotas en el techo y sobre mi cabeza. Todos iban mojados en la calle, en los cafés, fumando para alimentar al fuego y no perderlo frenta a tan invasiva humedad. La ciudad era como una boca que se abre y el vapor de la saliva desintegra lo que puede. También la gente se desintegra, se rompe entre la lluvia y los rayos que caen en algún lugar a alguna pobre alma que ha de ser la más mojada de todas. Alguien muere cada vez. Yo los siento morir en toda mi piel y nadie más se da cuenta. También allá en el desierto mueren. En la playa mueren. La arena también desintegra todo y la sal es aún peor. Pero ya es primavera y no llueve más. El sol es claro y fuerte. El cielo azul. Sin nubes.

Es el año 1393 tras la llegada del Profeta a Medina.

*

He prendido el fuego del Día Nuevo y espero tu llegada. Te espero en la silla principal de la mesa que te cedo cuando estás. Es tu silla pero me gusta sentarme en ella para sentir que estoy más cerca de ti. Me siento en ella esperando limpiarla de quien se haya sentado en tu ausencia. Estoy sentado en tu silla, esperándote, en el primer día del Nowruz.

lunes, 17 de febrero de 2014

Vacaciones de mí mismo

1.

Durante las últimas semanas he vivido una fantasía. O varias superpuestas. Para ser más preciso: una vida que no es la mía. Desde el principio lo supe, pero no fue hasta ayer en la noche que dejé de fingir que no estaba enterado. Tuve que confesarle a Sebas para que él me dijera «hueón, yo también, cuando estaba viviendo en casa de Samy me despertaba a mediodía, comía las cosas de su refrigerador, todo era una vida de lujos que yo no tengo, nunca tuve, sólo por ese tiempo, como si me tomara unas vacaciones de mí mismo». Unas vacaciones.

Dos meses antes me iba a Sinaloa y dejaba mi habitación ordenada, con algunas cosas pegadas en la pared, cosa que había evitado hacer porque sólo arrendaba ahí en Álvaro Obregón provisionalmente. Pero había que dejar las cosas claras: ya no era provisional, acababa de pagar mi octavo mes de alquiler. En todo caso, me dije, así uno viva una sola semana en un lugar, la personalización de ese espacio es un reflejo de nuestra identidad. ¿Qué significa entonces vivir ocho meses en un espacio en blanco, sin mover un solo mueble, sin alterar la perpetuidad del blanco de las paredes? Una negación de pertenencia, un nomadismo espiritual recalcitrante. Y eso está bien, excepto que ocho meses después no tiene mucho caso seguir pensando que mañana o pasado podemos salir corriendo de ese lugar: lo más probable es que no sea hasta dentro de otros seis o siete meses.

Entonces volví de Sinaloa con la idea de enfrentar mi vida en la Ciudad de México desde otra perspectiva: hacer cosas. Ya no vagar por las calles y drogarme todo el tiempo. Ya no pasar días enteros sin salir de mi cuarto para leer cinco o seis novelas de Philip Roth de manera consecutiva o para ver Battlestar Galactica por vigésima vez. Había que hacer cosas. Terminar la novela con mis editores. Escribir otro borrador para una nueva novela. Escribir cuentos. Un cuento a la semana. Un ensayo a la semana. Convertir todos esos botes de agua que he ido acumulando en una mesa. Entrar a la universidad. Conseguir un trabajo. Mudarme de Álvaro Obregón. Hacer ese tipo de cosas. Ir a talleres. Ir a cursos. Ir a seminarios. Pero claro, no en cuanto llegue, se necesitan unas vacaciones para descansar de las vacaciones, aunque sea unos tres o cuatro días para relajarse y no intentar nada, curarse del mal de altura y readaptarse a la contaminación. Entonces volvería a mi vida, una vez que me dejara de doler la cabeza y ya no me cansara yendo al Oxxo. 

En el momento exacto en el que estaba listo para transformarme a un joven emprendedor y seguir el camino que nuestro sistema cultural indica como «correcto», me ofrecieron una oportunidad perfecta para no hacerlo: cuidarle las plantas a una amiga. Ella se iba de viaje por unas semanas y alguien debía ir a su casa dos o tres veces a la semana, dependiendo del calor, a echarle agua y quizá platicar con algunas de las plantas. Claro, le dije, yo me encargo, y voy diario si es necesario. Mi respuesta fue rápida, entre muchas razones, porque ella me gusta y me gusta pasar tiempo en su casa. ¿Pero estar ahí sin ella? Una oportunidad para ver más de cerca cómo es su vida. Al menos, para ver bien de qué está rodeada y conocer su medio ambiente, fundirme con él y quizá así saber algo sobre ella que no podría saber de ninguna otra manera.


2.

Hoy descubrí un pequeño ciempiés en una de las macetas que están adentro de la casa. ¿Habrá llegado del jardín? ¿Habrá llegado al jardín trepando la barda de quince metros de altura? También hay unos pequeños bichos voladores, blancos y apenas visibles, que se alteran cuando echo agua a las macetas. En el jardín hay orugas (o había) que se comen las plantas, excepto la cicuta. Ha hecho mucho calor, así que riego casi diario. 

A veces me siento en la sala turca a fumar. A escuchar música. Me preparo café. Desayuno huevos con tocino. Hago pasta para comer en la tarde. Voy a la tienda, compro un litro de leche y galletas para cenar viendo los Simpson. Me duermo en el otro cuarto, no en el de ella, para despertar temprano y sentarme a escribir. A veces uso el lavadero y luego tiendo la ropa sobre el único hilo que hay en la terraza. Conozco ya todos los condimentos y todas las soluciones medicinales que hay en el gabinete. Agarro una hoja blanca de la resma y anoto cualquier cosa. Saco la basura cuando escucho al camión que se acerca. Hay unos vecinos chilenos. No sé bien en qué edificio viven. Estoy seguro de que también hay un par de colombianos. Hace una semana pagué la luz. Barro los restos de madera que las termitas escupen del gabinete de medicinas naturales. Y nada de esto es mi vida. Es artificio. Es algo que he inventado en los últimos días. 

En una semana ella volverá y yo tendré que olvidarme de todo esto. De los libros de medicina natural y plantas alucinógenas, de cantarle al peyote cuando paso frente a él, de moler semillas de cilantro en el mortero, de despertar con la luz del sol en una habitación con ventana. Tendré que volver a Álvaro Obregón y volver a ser Rafa, no quien sea que estoy siendo ahora. Hacía muchos años que no sentía algo tan devastador como el fin inminente de estas vacaciones de mi propia vida. Y todo me recuerda esa vida ahora. La vida en Álvaro Obregón, que he aprendido a disfrutar, pero también ha odiar con el tiempo.

¿Por qué no puedo quedarme aquí otro mes? Mejor aún, ¿por qué no mudarme con ella cuando vuelva? «Pues, igual quédate aquí conmigo, me ayudas con la renta», me diría, antes de darme un beso. Pero eso nunca va a pasar. Lo más probable es que se moleste porque desordené todo o me acabé casi todo el orégano. O no, quizá no se moleste. «Sé que no tienes ventana, te puedes venir acá a escribir, puede ser como tu oficina lejos de casa», me dijo cuando me entregó las llaves. Supongo que no contempló que en muchas maneras su casa podía hacerse más mi casa que mi propia casa. ¿Qué haré en Álvaro Obregón sin sus dibujos pegados en el corcho a mi izquierda, sin su letra desperdigada en notas por toda la casa? ¿Podré emular, siquiera, el olor a hierbas que siempre cuidan la sala y la cocina? 

Supongo que no hay más alternativas y que debo volver a mi vida. El Rafa de Sinaloa y el Rafa que cuida plantas han terminado. No puedo estar durmiendo todo el tiempo en otras casas. A menos que ese fuera mi trabajo. Habitar otras casas durante un mes y hacerme una vida diferente en cada ocasión. Si ahora hago yoga al despertar y después cuido un jardín, ¿podría vivir entre veinte gatos el próximo mes? Pondré un anuncio: habito tu casa durante un mes, el costo son los viáticos. Quizá funcione y no tenga que volver a ser yo. Lo más probable es que no.