jueves, 24 de julio de 2014

Quinta mudanza

En total habremos recorrido unos dos mil kilómetros, la mayoría en la suma de los trayectos de ida y regreso de Monterrey a la Ciudad de México y viceversa. El resto de la distancia surgió de los recorridos de siempre estando allá, entre el ir y venir cargando cosas de lo que era mi habitación (pero dejó de serlo) a la cocina, después al pasillo de entrada al edificio y al final al coche, y un par de retornos en la carretera porque no sabíamos cuánto faltaba antes de la próxima gasolinera (que resultó, siempre, estar mucho más cerca de lo que anticipábamos). Después de eso, una semana aturdido por los compromisos hechos a los amigos que ya no vería «en el día a día», crucé de nuevo la puerta de la casa en la María Luisa y dije, creo que en voz baja, «ahora sí es mi casa». No es que no lo fuera antes, desde que decidimos vivir juntos, pero sólo entonces, con la mudanza concretada, podía terminar el ritual de la mudanza. 

Eso ocurrió hace poco más de un mes. Esta es mi casa, en todo su derecho. Vivo en esta ciudad que todavía no conozco pero a la que empiezo a reconocer, entre sus esquinas y sus puestos, a todas las ciudades en las que he vivido. Es inevitable comparar en los pasos los lugares donde se ha vivido, aunque en algún momento la comparación deja de ser una tarea de «mejor o peor». Uno ya no compara qué le gusta más o qué le gusta menos de una ciudad con relación a otra, sino que compara para entender las peculiaridades del alguien en sí mismo. La comparación sucede entonces como un proceso de discriminación y valoración de todo lo que contiene algo. Es inevitable, pero tampoco significa que uno esté todo el tiempo contrastando. A veces, más bien, uno matiza, uno busco generalidades para entender mejor a lo que se contiene: la vida misma. En ese sentido, vivir en una ciudad distinta es como comprometerse a una relación nueva: habrá cosas, en algún momento, que no nos van a gustar, cosas que nos van a molestar, cosas que no sabremos enfrentar, cosas que habrá que evitar, cosas que habrá que resolver, tanto como lo opuesto, lo fácil, lo llevadero, lo agradable y lo placentero de lo cual muchas veces olvidamos enumerar porque es «lo obvio». Las dos cosas son necesarias. Pero al principio, si las cosas van bien, lo más seguro es que haya más de lo placentero, pues de lo contrario uno se va y se acabó el asunto. No sé, como nunca se sabe al principio (a veces nunca), qué vaya a suceder entre Monterrey y yo, pero intuyo, y esto se debe en gran parte a por qué estoy en Monterrey (por qué estoy con ella), que serán buenos tiempos, así el clima sea hostil a veces. Aunque el clima qué importa, si nací en una tierra desértica y también extremosa, y viví tanto tiempo en una montaña árida y caliente como un horno en verano y fría como congelador en invierno, bajo una constante resequedad y entre el perpetuo olor a drenaje y carne podrida de Tijuana. El clima no me preocupa. 

Todavía no termino de acomodar mis cosas. No es que «puede que tenga que partir en cualquier momento», como se suele decir en las novelas, sino que toda mi vida he tenido un problema para desempacar después de un viaje. También para acomodar mis cosas, así tenga mucho tiempo sin viajar y sólo se trate de una caja que encontré en el sótano y quise reorganizar en mi cuarto o de los libros de un librero que desalojé para reorganizar mis estantes. Así sea un paquete de plumas que compré ayer o una bolsa de pasta seca que compré hace una semana, las cosas se terminan acomodando conforme las voy usando, lo que quiere decir que siempre tengo cosas en una bolsa que traje hace diez años pero que nunca he usado. En esta ocasión son como cuatro mochilas los restos de la mudanza que no he desempacado. En total, lo que tengo sin desempacar, entre lo que no hay ropa pues toda se encuentra ya organizada en nuestro clóset compartido y una cajonera que es toda mía, es dos veces más pesado que con lo que llegué a la Ciudad de México en mi última mudanza.

Llegué con sólo tres pantalones, seis camisas, siete juegos de ropa interior, un libro, un par de cuadernos, mi computadora, mi Kindle, mi iPad, mi iPod, mis audífonos y mi cámara, todo acomodado en una pequeña maleta de rueditas y la bolsa de la computadora: quince kilos de equipaje. Por varios meses esas fueron todas mis pertenencias en la capital, hasta que mi madre me mandó una caja con algunas cosas (sobre todo discos duros, mi teclado para trabajar, mi mouse, algunos libros, algo de ropa), mi hermana me llevó más ropa, después mi hermano me llevó más libros, después Aureliano me regaló mucha ropa y lo que me regalaron mis amigos mientras viví en el pequeño cuarto sin ventana de Álvaro Obregón 159. Al final, con mis pertenencias del último año, llenamos el maletero del Focus 2011 blanco, los asientos traseros y una caja para equipaje que amarramos al techo («La Hamburguesa»). No tengo idea de cuánto pesaba todo, pero sé que al menos tengo treinta kilos de pantalones de mezclilla. Los 909 kilómetros entre la Ciudad de México y Monterrey los hicimos de un jalón, haciendo sólo una parada larga en un comedor en la carretera antes de Querétaro por culpa de una tormenta que imposibilitaba ver cualquier cosa más allá del vidrio de la ventana. Llegamos a la casa casi a las dos de la mañana, bajamos casi todo, excepto lo que estaba en la caja, y pronuncié la frase que concluía el ritual con una gran sensación de satisfacción y placer que me nació del plexo solar. «Esta es mi casa», pensé, y así ha sido desde entonces.

Como en toda mudanza dejé cosas atrás. Durante la limpieza de lo que fue mi cuarto por un año tiramos dos bolsas grandes de basura y cosas que ya no me interesaba conservar. Parecía que me deshacía de mucho, ¿pero cómo comparar con la vez que dejé todo atrás, todo excepto quince kilos de equipaje? Entonces la sensación fue muy poderosa. No sólo dejaba toda mi vida atrás, sino que me adentraba a la soledad verdadera, a estar en un cuarto de tres por tres por tres metros con nada ni nadie. Vivir en un cuarto por el que ni siquiera podía ver el mundo exterior me llevó a ver el mundo de otro modo. Hay algo en la cueva que es placentero. Algo que es natural en el encerrarse fuera del mundo y sólo salir a cazar, a buscar agua y a pareja para aparearse. Esa cueva me remontaba a ese pasado primigenio de todo mamífero en el que logramos sobrevivir a la extinción masiva gracias a vivir bajo tierra, en el que sobrevivimos la glaciación ocupando cuevas. Ahí también había un oso, benévolo, a quien llamé Casero. A diferencia de mis ancestros, viví con él en vez de matarlo, pero al igual que ellos viví «de él», muchas veces, alimentado por su buena voluntad y su preocupación por mí. A veces me trataba como a un hermano menor, otras sé que trataba de ayudar a su padre, porque creía que yo era como él, o que me podía convertir en él. Quizá. Todos al final podemos ser el mismo, todos somos el mismo de cierto modo y lo demás son máscaras. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ahora escribo esto en un cuarto con dos grandes ventanas, una de las cuales es una puerta que da a la terraza que tiene una escalera hacia la azotea. Esta puerta da hacia el Cerro de la Silla. La otra ventana, a mi espalda, da hacia la Sierra Madre Oriental. Esta habitación, que es nuestro estudio, se ha convertido en un lugar en el que me gusta mucho estar. Aquí puedo leer, escribir, jugar Sims, ver películas, dibujar. Hay un librero que ella quiere limpiar para que pueda poner mis libros. Mis libros, por cierto, son una de las cosas que siguen sin desempacar, en una bolsa aquí en el estudio, sobre todo porque no me han dado ganas especiales de leer ninguno de esos libros, considerando que ella tiene muchos otros que nunca he leído y que me apetecen más, por un lado, y que ahora tengo un trabajo, después de un año de vivir sin trabajar más que muy de vez en cuando para sacar para la despensa y la renta: escribir reseñas.

Hace muchos años, cuando la idea de estudiar Literatura se me empezaba a formar en la mente, pensé que mi trabajo ideal sería leer y escribir. Leer libros. Escribir cualquier cosa, mientras fuera literatura. Ahora que mi trabajo es precisamente ese, leer libros y escribir sobre ellos, me acabo de dar cuenta de algo: cumplí mi sueño de adolescencia. Me hace reír pensarlo de ese modo. Río, porque después de tantos años ya no tengo nada de qué quejarme. Ya no tengo hambre. Ya no estoy solo. Ya no sufro las decisiones de otros. Ya no tengo la necesidad de satisfacer a un padre ausente. Pero no estaba hablando de eso. Hablaba de la mudanza. De los libros que me traje y de las ventanas en esta casa. En total son quince ventanas. Grandes. La mayoría ocupan una pared entera. Por algunas se ven los patios (con sus plantas, árboles y perrita), por otras segmentos de la ciudad, por otras los entramados de los complejos de casas y apartamentos de la calle. Por todas entra aire que, la mayor parte del tiempo, es fresco y alivia el olor a mis cigarrillos. Quince ventanas. Quizá sean más, pues hice el conteo en mi mente. Pero quince ventanas. Después de un año viviendo sin ventana alguna, sin fuente de ventilación, sin paisajes. Muchas veces me pregunté cómo me afectaba vivir sin una apertura al mundo exterior. Tal vez eso influía en que prefiriera o estar encerrado y dormido o en la calle, sin muchos puntos intermedios. Tal vez por eso no me gustaba tanto que me fueran a visitar sino que prefería salir a ver a mis amigos. Ahora no puedo decir que me guste más salir que estar en casa. Me gusta más estar en casa, en mi casa, entre mis ventanas, escuchando a la ciudad como un ente en el que floto desde el segundo piso en el que está el estudio y en el que la luz del sol entra y sale libre durante más de doce horas cada día. 

Pero por más placentera que haya sido esta mudanza sé que no será la última. Y eso me reconforta y me causa aún más placer. Saber que no me quedaré en Monterrey para siempre. Que un día empacaremos nuestras cosas y nos iremos a otro lugar, no a «seguir buscando», porque no hay nada que buscar, sino a estar en otro lugar. A seguir mudándonos. Quizá antes la mudanza sea de casa, aquí mismo. Pero a la larga, un día, tal vez en un año o dos, dejaremos atrás Monterrey como dejé la Ciudad de México. Espero entonces no despedirme, como tampoco me despedí de Tijuana, ni de Bogotá, ni de San Francisco ni de las personas que ahí siguen o de las que ya se fueron. Porque algún día quizá vuelva, aunque sea por una semana, a recorrer las calles en las que viví y de las que ya nunca podré pensar como al principio, cuando acababa de llegar y estaban cubiertas de una luz diferente, siempre mucho más clara y blanca que cuando ya estaba aclimatado a ella. Algún día volveré. Supongo. 

jueves, 5 de junio de 2014

Carta a un año de vivir en la Gran Ciudad

Cada que alguien de Tijuana me preguntaba si no extrañaba Tijuana me temblaba el ojo izquierdo. ¿Extrañar Tijuana? Me fui a la Gran Capital por una razón y esa era que Tijuana me parecía un ranchito fastidioso polvoriento y demasiado caliente tres cuartas partes del año. Ellos me decían que no hace calor en Tijuana, porque vivían cerca de la playa y lejos de los inhóspitos cerros áridos del Este. También me decían que la gente de allá era más cálida y sabe qué tantas mamadas. Claro, tus amigos de veinte años siempre serán más cálidos que los treinta millones de completos desconocidos con los que te codeas en el metro y todos esos clichés de la Gran Ciudad, pero eso no significa nada. Entonces contestaba que no extrañaba nada de Tijuana porque era una ciudad terrible, demasiado chica, con nada qué hacer más que ir a pistear al Centro y comer tacos de carne asada y comida china. «Que los de Vice extrañen Tijuana», pensaba, «a mí me da hueva». 

Después de seis meses en los que la conversación se repitió a razón de unas cincuenta veces por día, tanto con norteños autoexiliados como con chilangos y demás foráneos que habitan la Ciudad Capital, la gente dejó de preguntarme. Para entonces el hambre me había minado todo uso de razón y sólo me dedicaba a rondar las calles de alrededor de mi casa en busca de sándwiches a medias en los botes de basura y colillas afuera de los cajeros. Lo más provechoso de vivir en un barrio frezoide es precisamente cuántos sándwiches tira la gente a medias, tortas, cuántas tortillas hay en el piso, cuántas colillas y botellas de Coca-Cola hay con más de dos tragos en los basureros afuera del Metro. Para entonces mis necesidades eran simples y básicas, un retorno a la naturaleza, a la vida antes de la civilización pero adentro de la civilización: comer, cagar, dormir, coger. Hubo quién creyó que necesitaba otras cosas, lujos, quien creyó que era infeliz porque la mayor parte de mi tiempo la ocupaba en carroñear, como hizo la humanidad por las primeras diecinueve mil fracciones de su estancia en el planeta. 

Pero yo no era infeliz. Tenía todo lo que necesitaba y algunas cosas más. Tenía libros. Tinta. Tiempo para escribir y amigos con los cuales probar las delicias de la civilización enrolladas en tortillas. La Gran Ciudad me proveía de todo lo que necesitaba y no tenía que esforzarme demasiado para conseguirlo. Bastaba salir y ahí estaba: amigos, cigarrillos, boletos de metro, proyecciones de viejas películas alemanas, conciertos en la calle, alcohol, mariguana, tortas de cochinita pibil, literatura. Pese a que hubo gente que trataba de convencerme de que la única manera de vivir era rodeado de «cosas bonitas» y con un excedente del siete mil por ciento a cambio de una pérdida absoluta de la capacidad de elegir qué hacer cada día (incluyendo dormir todo el día), nada logró cambiar mi perspectiva de las cosas y la libertad de no tener trabajo fijo ni de trabajar más de lo necesario al mes para pagar la renta (muy baja, gracias a mi casero que ha sido un amor la mayor parte del tiempo) y sobrevivir con lo justo. Al final mis ideas sólo se reforzaron y crecieron: es posible vivir sin esclavizarse, incluso tener una familia, si se aprende a desprenderse y a apreciar la vida en sí misma más que a objetos. Con el tiempo la idea creció aún más: es posible, incluso, adquirir lujos y objetos sin cambiar el tiempo invertido en la producción personal si se busca en los lugares adecuados y se evita la noción del «lujo» como «artículos de alto costo». Una buena chamarra para el invierno en una tienda de segunda, por ejemplo, o una buena cobija recogida de la calle que sólo necesita una buena lavada para funcionar como si fuera propia y nueva. 

Mi perspectiva sobre Tijuana tampoco cambió. Sigo pensando que es un ranchito polvoriento con un chingo de gente demasiado orgullosa de una ciudad aburrida y que se recicla a sí misma. Eso no quiere decir que odie al norte. De hecho jamás odié al norte. De hecho me encanta el norte. Y en lo que sí coincido con mis amigos norteños autoexiliados es que no soporto mucho estar rodeado de chilangos. Ojalá no me malinterpreten mis amigos capitalinos, pero la cultura de la Gran Capital me parece la más provinciana de todas. Me expandiré sólo un poco, pues aunque he conocido a personas valiosas para mí, la mayoría de esos treinta millones pueden marchar hacia los Cañones del Cobre y lanzarse hacia su muerte lo mismo que la mayoría de la gente del país. Sólo creo que en la Gran Ciudad se concentra lo más ruin y vil de la cultura mexicana y que, incluso, como centro focal de la nación (concepto que debería desintegrarse) son más provincianos que en la misma Provincia, cosa que repito porque se me da la gana. Son más provincianos que un sinaloense de rancho, pues al menos ellos entienden que existen cosas más allá del estero y de la cacería del venado en el monte, mientras que el capitalino promedio cree que no existe mejor lugar que la capital y que no es posible vivir lejos del metro y de los vapores nocivos del Popocatéptl. Ni siquiera tienen buenos quesos. Sus carnes son horrendas. Sus tacos son diminutos y sus tortillas quebradizas y sus salsas aguadas. Pero en realidad así es en cualquier lugar.

Lo que aprendí de la Ciudad Capital en un año de vivir en ella es que el caos y la convivencia en masa te vuelven más delicado, te debilitan. No es culpa de los chilangos ni de los millones de foráneos que llegan a trabajar a la Gran Ciudad. No es culpa tampoco del gobierno mexicano, aunque todos creen que lo es. No es culpa de nadie. Es culpa de la ciudad misma. La Gran Ciudad, como concepto, es una enfermedad. Pero la verdad es que es la naturaleza humana asentarse en ciudades y concentrarse como hormigas en una base de operación expansiva con fines de consumir los recursos circundantes. A muchos les gusta decir que es «antinatural» el concreto, «antinatural» el edificio alto y «antinatural» tomar leche de otros animales, pero eso sólo es la naturaleza humana. Lo antinatural es formar pequeñas comunidades externas a la Gran Ciudad porque uno se ha cansado de seguir a la Gran Masa y no piensa como ellos: lo antinatural es la «anormalidad», el no hacer lo que la mayoría quiere hacer, según diría la mayoría y sus mecanismos de control. Y para evitar esto, para evitar la disgregación y la ruptura de sí misma, la Gran Ciudad se expande hacia adentro y vuelve niños eternos a sus habitantes. Pequeños ciudadanos inútiles, necesitados de un gobierno rector y leyes que les indiquen qué está bien y qué está mal porque no son capaces por sí solos de tomar decisiones relevantes a sí mismos y a los otros. No somos diferentes a los insectos. Los mamíferos de manada emulamos a nuestros ancestros invertebrados para organizarnos de la misma manera en la que las células del cuerpo se organizan para llevar a cabo funciones específicas.

Pero hablaba de la debilidad, de la prolongación de la infancia psíquica como mecanismo de cohesión de la Gran Ciudad. La cultura mexicana lo hace más evidente que en muchas otras culturas. El mexicano es quejumbroso por naturaleza. El mexicano busca en todo momento de qué quejarse y cómo expresar su necesidad de resolución de sus conflictos internos por fuerzas externas. «No nos censuren internet», dicen, en vez de aprender a utilizar al internet como una zona de expansión de la autonomía mental. ¿Qué les van a censurar, por qué los van a vigilar, si lo único que hacen todo el día es quejarse de la muerte de alguien a quien nunca conocieron y exigir «justicia» por alguien a quien no conocen a través de redes sociales? Es cierto que una revisión de los medios expone un aire de inconformidad, pero en todo caso sería más efectivo que todos los mexicanos saltaran al mismo tiempo para sacar al planeta de órbita y eso ni siquiera Mao lo logró en su momento. Ah, pero esto no es una crítica a la mexicanidad, sino sólo una ejemplificación para llegar al punto central: los chilangos se quejan más porque viven en la Gran Ciudad y la Gran Ciudad los vuelve débiles porque esa es la naturaleza de la Gran Ciudad. Rodeados de expectativas en pancartas enormes, de comerciales audiovisuales, en el radio, en los medios, en sus abuelas y sus padres y sus parejas, los citadinos se concentran en el nunca estar conformes con lo que tienen para alimentar a la Gran Ciudad con sus esfuerzos y su sufrimiento metafísico. Esto no es nada nuevo. Existen trabajos densos al respecto, cosas de miles de páginas. Pero para mí nunca fue tan evidente.

Sucedió hace un par de semanas, lejos de la Gran Ciudad, en esta otra Gran Ciudad que es un poco menos grande. La diferencia quizá radicaba en que acá no estoy en contacto directo con la citadinés porque la casa funciona como un búnker en el que nos aislamos del mundo y las excursiones al exterior involucran ir por cigarrillos, llevar al niño a la escuela o ir por él o salir a dibujar al parque. En realidad empezó mucho antes, después de aquella toma de yagé y mi regreso al DF cuando sentí que era demasiado agobiante estar rodeado de seres que trabajan todo el día para poder comerse un platillo caro el fin de semana en un restaurante rodeados de otros seres mamoneando sus sueldos y flasheando sus dispositivos electrónicos. Entonces pensé en que lo que más quería era recluirme en un cerro a escribir y dibujar mientras todos se pudrían afuera. Cazar ardillas y sembrar tomates. «Pero necesitas un sofá cubierto de cuero negro para poder escribir una novela», me dice la memoria de una persona atada a los lujos materiales. «Pero mi lujo es no tener que escuchar tus problemas en la oficina ni tus luchas ridículas porque el resto del planeta te acepte como eres», pienso, «mi lujo es que no me importe qué piensan los demás sobre mi vida porque mi vida es plena desde mi perspectiva». Lo natural es considerar la publicación como una extensión de eso mismo: una necesidad de ser escuchado, una necesidad del ego de ser «aceptado» por los demás; es decir: niñerías. Mientras consideraba irme a la montaña y no volver a saber de la civilización y no publicar ni una entrada más de blog, también recordé que la realidad es una construcción absurda de nuestra percepción y que no necesariamente hay que publicar para que otros nos escuchen o entiendan ni para «cambiar al mundo». Es mejor no cambiar nada. Que el mundo siga su curso y todos terminen matándose entre sí por cualquier problema ideológico. Que la gente se levante en armas contra sus gobiernos opresores para implantar otro gobierno porque jamás lograrán gobernarse a sí mismos y entenderán toda ley como un pisoteo a su libertad, cuando la libertad sólo puede existir en el pensamiento mismo y en las acciones, no en si son legales o no. Mientras sufren por leyes otros viviremos en paz en nuestras mentes y disfrutaremos de una buena taza de té y de quince horas dibujando en casa. Así que publicar o no es lo de menos. Se puede hacer y no importa. Se puede hacer y tampoco importa. 

Pero hablaba de eso otro. De la enfermedad de la Gran Ciudad. Y de cómo pude verlo cuando me alejé de ella mentalmente. Entonces pensaba en que el hambre era la única necesidad real. Comer es físico. El cuerpo lo pide o muere. Lo demás es enfermedad. El ocio no existió hasta que la Ciudad fue fundada y nuestros ancestros no tuvieron que huir más de tigres ni luchar todo el día por un pedazo de mamut y unas frutas medio podridas por el hielo. Pensé en los maestros Zen a los que les valen verga todas esas necesidades irrelevantes, pero que también se vuelven adictos a barrer el monasterio y a estar relajados. Pensé que no quiero ser ni un Capitalino ni un maestro Zen. Que quiero ser un montañés que hace lo que quiere cuando quiere y eso puede ser construir un sofá con troncos o dormir todo el día o enseñarle a un niño a dibujar cerdos voladores. Pensé que eso se puede hacer en familia. Pensé que «lo que uno quiere hacer» se adecua a la situación y al contexto en el que uno vive, en con quién vive. Pensé que las «responsabilidades» existen como «obligación» sólo para quien no es libre en sus adentros y no comprende que lo que «se debe hacer» no es una línea unívoca de acciones predeterminadas sino un conjunto de conjunciones con relación a las personas con las que decidimos estar. Pensé que no tengo muchas ganas de volver al DF ni de quedarme a vivir ahí. Pensé que quiero hacer otra cosa, no vivir solo, ni en un cuartito en la Colonia Roma, ni en preparar mucho un montón de cosas para hacer lo que quiero hacer sino sólo hacerlas sin pensar demasiado en consecuencias y en mi fondo de retiro. 

Después dejé de pensar en lo que podía significar llevar un año viviendo en la Gran Ciudad. Ahora escribo esto desde esta otra Gran Ciudad que no es la Gran Ciudad. Una ciudad en la que hasta las empanadas de piloncillo tienen carne. Y pienso ahora que no es tanto si estoy rodeado de chilangos, norteños o gringos, sino más bien con quién estoy o no estoy la mayor parte del día. Pienso ahora que me gusta estar contigo. Que esto es lo que quiero vivir ahora. 

jueves, 10 de abril de 2014

Los de la memoria intempestiva

Hace poco me percaté de que estoy rodeado de personas con una prodigiosa memoria. Seres capaces de recordar el más ínfimo detalle en cuanto a eventos de hace casi veinte años se refiere. Detalles que nadie más recuerda, situaciones que todos han olvidado. Es como si estuviera rodeado de Funes, todos son Funes, narrando una y otra vez la gran fiesta del fin de semana pasado o quejándose de aquella vez, hace siete meses, dos semanas, dos días, quince horas y veintitrés minutos (los segundos no los diremos para no parecer obsesivos) en que me metí a bañar justo después de cagar y alguien que quería entrar al baño tuvo que aguantar más de lo que tenía contemplado. Gente con un don.

Se está volviendo un problema vivir con personas súper dotadas. De pronto intento tomarme un café con ellos y comienza el recuento acerca del pasado. «Me encantó que en la fiesta del domingo X dijo tal cosa», es la primera frase. Después de cuarenta minutos recapitulando los eventos del domingo pasado, otro de los súper dotados comienza a relatar el martes pasado. Después vuelven al domingo. Al jueves. Al lunes. Al sábado de hace dos semanas. Al miércoles de 1998 en el que uno de ellos cayó ahogado en alcohol y otro manejó su coche (ninguno de ellos dos recuerda tales eventos, no son súper dotados como el narrador). Si me invitan a comer sucede lo mismo. Si bebo con ellos la noche es un eterno recuento de las mismas historias que he escuchado ya cincuenta  mil veces porque las han contado cincuenta veces durante la última hora y siete mil veces durante las últimas tres semanas y el resto a lo largo de un par de meses. Es imposible hablar de otra cosa, su brillante mecanismo de recuerdos activado por el alcohol los vuelve máquinas de repetición. 

El alcohol, ese delicioso elixir que en manos (o debería decir bocas) de algunos cuantos es capaz de liberar las más dulces o terribles distorsiones es también un arma de doble filo para aquellos que aprenden a disfrutarlo en demasía. Es una religión y, como todas las religiones, el fanatismo es una posibilidad peligrosa. Pero no me confundan, que no tengo afanes moralistas, pues si de fanatismos se trata confieso mi afición a la mariguana y al hashish, y como adicto he caído también en círculos. Aún así me cuidé de hacer otras cosas, aunque fuera ver Netflix de manera compulsiva y alimentarme a base de Cheetos y Coca-Cola. Es fuente de orgullo decir que, aunque pasé un año fumando todo el día, en cama, fumando y fumando, tengo más cosas de qué hablar sobre la vez que estaba fumando. Los alcohólicos que conozco no pueden decir tal cosa y es a ellos a quienes critico.

Llega un momento, parece, en la vida de un alcohólico en la que lo único que puede hacer es hablar de las pedas pasadas porque toda su vida gira en torno a las pedas. Dicen que el alcohol es mejor en compañía y quizá es cierto, porque así cuando se ve en la necesidad de criticar (necesidad humana que todos tenemos y debemos expresar de vez en cuando) puede hablarse mal de aquellos otros que frecuentan los círculos del alcohol pero no son precisamente alcohólicos. Una cuestión de sectas, digamos. Por ejemplo, yo ahora critico a mis congéneres, los de la excelsa memoria, porque ellos me critican a mí en dosis diaria. Dicen que no hago nada de mi vida, que me la paso fumando, que no tengo un trabajo, que no hago más que ver pornografía y vivir como un parásito del feudalismo mexicano. Dicen que no tengo los medios para llevar la vida que llevo (y que sin embargo mantengo) y que voy a terminar en un agujero inyectándome heroína o fumando crack hasta convertirme en un saco de huesos. Dicen que no hago nada de provecho. Dicen que soy un vago.

Pero cuando veo sus vidas, la repetición de historias nauseabunda y el uróboros de cruda, curarse la cruda, empedarse, amanecerse, dormir y de nuevo la cruda, me pregunto en qué momento ellos tienen la oportunidad de trabajar y hacer algo con sus vidas. Según sus estándares, cuando se trata de otros, deben ser productivos, pagar impuestos y seguir una serie de normas y expectativas socioculturales. Lo que es «vivir» según una educación occidental judeocristeana aplica para un mariguano, pero no a ellos mismos. Está bien gastarse treinta mil pesos al mes en alcohol y restaurantes y que no te quede un peso para otra cosa, pero no está bien tener dos mil y que lo inviertas en tu cocina y en nada más, que no tengas para las fiestas ni para pagar una hamburguesa de doscientos pesos. ¿Pero y si el otro no quiere ni tiene interés de comer en la calle? ¿Si al otro en realidad no le interesa comprar cinco botellas de vodka cada noche o pagar mil pesos por diez ginebras en un bar? 

El punto no es ese. El punto es que no soporto la monotonía. Me parece ridícula. Me aterra la idea de repetir lo mismo cada día, ya sea sentarme en una oficina a «revolucionar al mundo» escribiendo para una publicación elitista que lee un sector que cree manejar las cosas cuando apenas son sacos monetarios o pasándomela de fiesta todos los días con las mismas personas platicando de las mismas cosas. Me pegaría un tiro si un día siento que recorrer media Ciudad de México usando un traje para fundirme con una silla pedorreada a buscar datos en una computadora de 1998 para escribir un artículo sobre las marcas de relojes más chic es algo que me hace mejor ser humano. Es más, me pegaría un tiro si algún día uso la palabra «chic» en serio. Y me pegaría un tiro, también, si un día siento que no hay nada mejor en el mundo que embriagarme con mis amigos. Quizá estoy mal, quizá estoy enfermo y soy «un caso», porque preferiría comer arroz y lentejas un mes entero para poder irme cinco días a Michoacán a buscar el Oro con una persona que me hace sentir importante, sin tener que pedir vacaciones, sin preocuparme por mis deberes como superhéroe del universo Glam. Puede que sólo sea yo y que me esté perdiendo de algo hermoso en la vida cuando a las cinco de la mañana decido que es una buena hora para salir a dar una caminata con el amanecer y escuchar a los pájaros, respirar aire fresco (serenado) y mirar las calles sin tráfico, tranquilas, sólo para volver a dormir otro rato y seguir soñando. Tal vez necesito agarrar la onda de que la vida no se trata de caminar y conocer lugares y personas que te hagan sentir y sentir en realidad es algo que hay que evitar, que hay que patologizar: no enamorarse nunca, no caer del amor, no llorar, no reír, no disfrutar de los otros y con ellos ni de los pájaros y los edificios. No sé, igual y no se trata de sentirse bien y hacer lo que uno disfruta hacer, porque a fin de cuentas eso no es la vida, la vida es dolor y frustración y no tener tiempo para hacer lo que uno quisiera hacer porque primero hay que trabajar y ahorrar y envejecer para poder hacer lo que uno quiere hacer cuando ya se sea viejo y sea hora del retiro. Porque de otro modo uno va a envejecer y no va a tener con qué cuidarse y entonces uno va a sufrir y por eso es mejor sufrir cuando haya fuerzas para hacerlo que es casi seis séptimos del tiempo que solemos vivir los seres humanos. ¿Y si de pronto tengo un hijo? Nada, cabrón, la situación en la que estás te enseña a adaptarte y a fluir con ella para que puedas ser lo que te toca ser en el momento y poder serlo bien, con gusto, pero cómo voy a decirte eso si para todo tienes un método, una serie de pasos unívocos, si para todo hay una sola manera en este mundo hecho de tantas maneras. Me da miedo, en serio. 

Prefiero que me llamen vago a tratar de convencerlos de que si no compras una cobija de veinte mil pesos y te tapas con la de doscientos incluso vas a tener menos frío, pero sólo me dicen hippie, beatnik. Quizá lo soy. Quizá prefiero serlo. Quizá necesito esa libertad de poder decir «hoy no me voy a bañar porque no tengo ganas» aunque me bañe diario. Quizá me es necesaria la posibilidad y nada más eso. O puede que estoy loco, después de todo soy a quien nunca dejan de repetirle que está mal vivir así, que está mal pasarse horas en un café escribiendo historias, que está mal tener blocs de notas para entrevistar a personajes ficticios en diálogo como si se trataran de personas reales, que está mal cantar en la regadera porque desperté de buen humor sólo porque sí, que está mal quedarme mirando al río o a las estrellas o al fuego o a los ojos de una mujer, que está mal no hacer más que cocinar durante tres días y comerlo una semana después, que está mal no tener muebles propios ni mucha ropa ni plan de datos en mi smartphone regalado ni televisión ni me gusta salir a lugares ni estar con mucha gente ni ver futbol ni entiendo la cultura pop ni me gusta la ropa cara ni quiero coche en la Gran Ciudad ni me interesa ir a marchas ni renegar de las marchas ni vivir siempre en el mismo lugar. ¿Qué tiene de malo vivir en la periferia? Es la pregunta adecuada. La respuesta es que no existe la periferia, es la verdad, donde uno se ponga alguien le ve y no se le permite vivir más afuera porque los demás lo señalan para jalarlo adentro, a la mierda de la que todos se quejan y dicen que quieren salir pero cuando ven lo que se puede hacer para alejarse les da miedo. Les da miedo hacer lo que quisieran hacer de verdad y que es irse a vivir solos a una montaña, con una persona o dos. O nadie quiere eso, o nadie sabe que quiere eso, que la sociedad y la congregación causan discordia porque la envidia es algo que existe y causa frustración. Mi problema es que me gustan mucho las ciudades y los libros, la música, los edificios, pero no sé cuánto más podré vivir en una. 

También me gusta la gente, pese a todo. Me gusta verlos aunque me miren mal de regreso. Me gusta caminar entre los demás y tratar de meterme en sus cabezas aunque nunca pueda entender por qué se dejan llevar tanto por ideales prescriptivos. O por qué yo hago lo mismo a fin de cuentas porque, bueno, qué es todo sino un manual de supervivencia. No sé, igual si hablaran de otras cosas que no fuera la fiesta del sábado, si dejaran de hablar de la fiesta del sábado cada vez que intento hablar con ellos de cualquier otra cosa, si hablaran más de música o del lenguaje o de viajes o de hierbas aromáticas o de cajitas con huesos de pájaro adentro o de cualquier otra cosa que no fuera la maldita fiesta del sábado pasado de la que ya estoy hasta la pinche madre de escuchar. Estuve ahí, chingados, ya sé que ese wey se puso bien pedo y se puso a bailar como Muppet. Estuve ahí, yo fui el que se comió cinco kilos de ceviche y lo recuerdo bastante bien como para que me lo recuerden setenta veces en cinco días. Estuve ahí, yo vi cuando llegaron esos batitos y se pusieron a dar un chingo de carrilla y se portaron como se han portado en todas las fiestas en las que han estado desde hace seis años que llegaron a vivir aquí y se conocieron. Estuve ahí. Pero también estuve ayer cuando vi a un chico en bicicleta caerse en el carril del Metrobús y un camión doble articulado le pasara sobre la pierna y sólo le causara un esguince menor. También estuve ahí antier cuando se congregó la fauna entera del Bistro 61, incluyéndome. Y también estuve ahí la semana pasada, a esta hora, en el aeropuerto, sintiendo algo fuerte. ¿Qué me importa ya la fiesta del sábado pasado si mañana van a pasar muchas cosas y pasado mañana más? Igual estoy loco, no sé, la verdad no me importa, pero prefiero acostarme a leer un rato que seguir recordando estas cosas. 

Y esto haré ahora: dormiré, mientras la fiesta sigue abajo, en la cocina, una fiesta en la que la buena memoria se ejerce para recordar, como en tantas otras fiestas, las veces en las que no he querido bajar a la fiesta para quedarme encerrado en mi cuarto a escribir o a fumar mariguana o a masturbarme o a dormir temprano nada más porque sí. Estoy mejor así.