miércoles, 10 de diciembre de 2014

El cambio está en mí

La primera vez que alguien me dijo que el cambio estaba en mí fue un sacerdote. Tenía yo diez años y me disponía a hacer mi Primera Comunión, cosa que en ese tiempo me parecía una buena idea. Ya había cursado el Catequismo, conocía los Diez Mandamientos, le temía a la Ira de Dios, respetaba a mis padres y sacaba puros dieces en la escuela. Un mes antes de la ceremonia de mi Primera Comunión me tocó ir a confesarme. La primera confesión de mi vida. Pasé dos semanas preparándome, buscando en mi interior toda la maldad inherente, todos los pecados que pude haber cometido en ocho años de vida. Pasé esas dos semanas sintiendo culpa y vergüenza por no encontrar en mí algo de verdad malévolo, algo que me conectara al demonio y que me alejara de la Gracia Divina. Para cuando fue mi turno de confesarme había concluido que, siendo niño, mi capacidad para pecar era muy limitada y se encontraba restringida por instintos incontrolables que aún así trataba de aplacar después de las breves recomendaciones de mi madre. En realidad era un niño travieso, pero no encontraba en mis travesuras oscuridad alguna, sólo curiosidad. Y creía entonces que, al ser eso un regalo de Dios, el libre albedrío, la sed de conocimiento, de entender el mundo, no podía haber pecado en explorar mis posibilidades. Y eso le dije al padre cuando me incitó a decirle mis pecados. «Todos tienen pecados, hijo mío, y el tuyo es de los peores: eres soberbio», apuntó el pastor con su dedo, «pero el cambio está en ti, por eso eres hijo de Dios», concluyó antes de recetarme diez Padrenuestros y besarle el anillo. Nunca olvidé el halo moralino con el que dictó su sentencia, la superioridad prepotente con la que me Monseñor me obligó a besar su anillo de obispo. Concluí que al César lo que es del César, recé mis diez Padrenuestros y no me volví a parar en la iglesia más que para algunas bodas y algunos funerales. 

La frase, a lo largo del tiempo, se siguió repitiendo, pero al igual que las cuestiones eclesiásticas no le puse nunca mucha atención. Me parecía ridículo que sin importar el contexto en el que se dijera la frase, la persona que la decía no podía no inflarse como pichón, una muestra del orgullo interior que sentía al posicionarse sobre otra de modo moral. «El cambio está en ti, como lo hice yo», pregonaban todas esas personas, todas irrefutablemente católicas aunque fuera en formación. La cosa era que desde niño tuve un oído agudo y que, desde niño también, la gente que me rodea tiene una especie de imposibilidad de verme en el momento en el que incurre en actos de dudosa moral o, para decirlo de otro modo, corrupción. Hace tiempo me di cuenta de que cualquier persona, cuando está frente a mí, se relaja lo suficiente como para decir toda la verdad y nada más que la verdad y termino conociendo los rincones oscuros de todo el mundo. Eso me viene bien como escritor, claro. Pero a lo largo de mi vida me ha hecho ver otras cosas de las personas que quiero y también de las que no me importan tanto. Para no ir tan lejos, que esas mismas personas que he escuchado decir que el cambio está adentro de mí han sido personas a las que he visto incurrir en actos de corrupción, por decir lo menos.

Siendo más enfático y contextualizando la frase en el ahora, las personas que dicen que el cambio está en uno son palomas, de esas que comen afuera de las iglesias lo que los buenos siervos de Dios les avientan. La mayoría tienen buenos puestos de trabajo. Están tan bien ubicados dentro de nuestro glorioso sistema que son incapaces de percibir más miseria que la que sus pequeñas mentes de paloma pueden percibir más allá de sus intereses inmediatos. El cambio está en los demás, en el interior de los demás, porque ni siquiera se asumen como los verdaderos privilegiados que son al tener un trabajo bien pagado. Ah, claro, tienen que partirse el lomo trabajando horas extra en la oficina o, peor aún, trabajar tres o cuatro días al hilo desde casa porque son freelancers y de otro modo no les alcanza para sus lechugas orgánicas hidropónicas ni para comer pizza en Polanco. Como los demás no hemos cambiado por dentro hay tráfico y no hay dónde estacionarse y sus jefes los van a cagotear por llegar tarde. Qué tragedia es para ellos cuando su trabajo, su tan necesario trabajo como Community Manager o Director Editorial de una revista de modas, cosa que podría repercutir en la ideología nacional, según ellos, no es tan valorado por «los pobres» como la vida de cuarenta y tres estudiantes torturados y asesinados, como las niñas que desaparecen, violan y matan, como los trabajos de los profesores rurales que son pisoteados, como los campesinos desplazados. Como ellos, los profesionistas de oficina, son incapaces de salirse de su propio culo, se atreven a decir que el cambio está en el interior de otros.

Y es verdad. El cambio no está en ellos. Está en nosotros. Está en nuestro interior. Pero no es ese cambio moralista que predican ellos, que son los primeros en ofrecerle una mordida al policía que los detiene por brincarse un semáforo porque van tarde a una cita en un bar de la Condesa, que le enseñan las tetas a un valet parking para que no le cobren la hora extra porque se pasaron diez minutos, que se meten en la fila del supermercado porque «nomás traigo dos cositas». El cambio no está en ellos, incapaces de reconocer que su frase guadalupana ya no los exime ni vuelve superiores a nuestros ojos, pues sabemos, pues los hemos visto, los hemos escuchado, y tenemos claro que en su interior lo que radica es una profunda culpa por no ser capaces de mirar más allá de sus propias necesidades inmediatas, y una igual de severa vergüenza de no poder admitir que si bien tienen ciertos privilegios es porque se los han ganado lamiendo botas. El cambio no está en los pichones que siempre se acumularán alrededor de las iglesias. 

El cambio está afuera, en los actos de protesta, en las marchas, en exigirle a quienes elegimos como gobernantes que velen por nuestros intereses pues eso es lo que significa democracia. Y el cambio, en últimas, si no es posible hacerle entender a esos que elegimos con esperanza de que esta vez sí nos escuchen, estará en nosotros. Pero no estará en lo kosher, en los pequeños sacrificios insignificantes para ser ejemplares a los ojos ajenos, como creen esas palomas, sino en la revuelta. El cambio, en últimas, si nuestro gobierno no asume las consecuencias de ser un representante del pueblo y no una autoridad absoluta, será una destitución, un corte de cabeza. No veo en estas horas momento para detenerse a llorar por una puerta quemada, por una bomba molotov. Veo la necesidad de arrancarse las mangas de la camisa y mojar con ellas los cocteles, porque no veo que la vía moralista, ejemplar, sea nunca más que cómplice de quienes aplastan los derechos que todo ser humano debe gozar por el mero hecho de existir. Creo que ya les hemos dado muchas oportunidades, creo que es momento de cambiar las cosas, de escupir el fuego de la indignación y que se pinten las plazas públicas con él. El cambio está adentro de nosotros, a punto de explotar. 

jueves, 24 de julio de 2014

Quinta mudanza

En total habremos recorrido unos dos mil kilómetros, la mayoría en la suma de los trayectos de ida y regreso de Monterrey a la Ciudad de México y viceversa. El resto de la distancia surgió de los recorridos de siempre estando allá, entre el ir y venir cargando cosas de lo que era mi habitación (pero dejó de serlo) a la cocina, después al pasillo de entrada al edificio y al final al coche, y un par de retornos en la carretera porque no sabíamos cuánto faltaba antes de la próxima gasolinera (que resultó, siempre, estar mucho más cerca de lo que anticipábamos). Después de eso, una semana aturdido por los compromisos hechos a los amigos que ya no vería «en el día a día», crucé de nuevo la puerta de la casa en la María Luisa y dije, creo que en voz baja, «ahora sí es mi casa». No es que no lo fuera antes, desde que decidimos vivir juntos, pero sólo entonces, con la mudanza concretada, podía terminar el ritual de la mudanza. 

Eso ocurrió hace poco más de un mes. Esta es mi casa, en todo su derecho. Vivo en esta ciudad que todavía no conozco pero a la que empiezo a reconocer, entre sus esquinas y sus puestos, a todas las ciudades en las que he vivido. Es inevitable comparar en los pasos los lugares donde se ha vivido, aunque en algún momento la comparación deja de ser una tarea de «mejor o peor». Uno ya no compara qué le gusta más o qué le gusta menos de una ciudad con relación a otra, sino que compara para entender las peculiaridades del alguien en sí mismo. La comparación sucede entonces como un proceso de discriminación y valoración de todo lo que contiene algo. Es inevitable, pero tampoco significa que uno esté todo el tiempo contrastando. A veces, más bien, uno matiza, uno busco generalidades para entender mejor a lo que se contiene: la vida misma. En ese sentido, vivir en una ciudad distinta es como comprometerse a una relación nueva: habrá cosas, en algún momento, que no nos van a gustar, cosas que nos van a molestar, cosas que no sabremos enfrentar, cosas que habrá que evitar, cosas que habrá que resolver, tanto como lo opuesto, lo fácil, lo llevadero, lo agradable y lo placentero de lo cual muchas veces olvidamos enumerar porque es «lo obvio». Las dos cosas son necesarias. Pero al principio, si las cosas van bien, lo más seguro es que haya más de lo placentero, pues de lo contrario uno se va y se acabó el asunto. No sé, como nunca se sabe al principio (a veces nunca), qué vaya a suceder entre Monterrey y yo, pero intuyo, y esto se debe en gran parte a por qué estoy en Monterrey (por qué estoy con ella), que serán buenos tiempos, así el clima sea hostil a veces. Aunque el clima qué importa, si nací en una tierra desértica y también extremosa, y viví tanto tiempo en una montaña árida y caliente como un horno en verano y fría como congelador en invierno, bajo una constante resequedad y entre el perpetuo olor a drenaje y carne podrida de Tijuana. El clima no me preocupa. 

Todavía no termino de acomodar mis cosas. No es que «puede que tenga que partir en cualquier momento», como se suele decir en las novelas, sino que toda mi vida he tenido un problema para desempacar después de un viaje. También para acomodar mis cosas, así tenga mucho tiempo sin viajar y sólo se trate de una caja que encontré en el sótano y quise reorganizar en mi cuarto o de los libros de un librero que desalojé para reorganizar mis estantes. Así sea un paquete de plumas que compré ayer o una bolsa de pasta seca que compré hace una semana, las cosas se terminan acomodando conforme las voy usando, lo que quiere decir que siempre tengo cosas en una bolsa que traje hace diez años pero que nunca he usado. En esta ocasión son como cuatro mochilas los restos de la mudanza que no he desempacado. En total, lo que tengo sin desempacar, entre lo que no hay ropa pues toda se encuentra ya organizada en nuestro clóset compartido y una cajonera que es toda mía, es dos veces más pesado que con lo que llegué a la Ciudad de México en mi última mudanza.

Llegué con sólo tres pantalones, seis camisas, siete juegos de ropa interior, un libro, un par de cuadernos, mi computadora, mi Kindle, mi iPad, mi iPod, mis audífonos y mi cámara, todo acomodado en una pequeña maleta de rueditas y la bolsa de la computadora: quince kilos de equipaje. Por varios meses esas fueron todas mis pertenencias en la capital, hasta que mi madre me mandó una caja con algunas cosas (sobre todo discos duros, mi teclado para trabajar, mi mouse, algunos libros, algo de ropa), mi hermana me llevó más ropa, después mi hermano me llevó más libros, después Aureliano me regaló mucha ropa y lo que me regalaron mis amigos mientras viví en el pequeño cuarto sin ventana de Álvaro Obregón 159. Al final, con mis pertenencias del último año, llenamos el maletero del Focus 2011 blanco, los asientos traseros y una caja para equipaje que amarramos al techo («La Hamburguesa»). No tengo idea de cuánto pesaba todo, pero sé que al menos tengo treinta kilos de pantalones de mezclilla. Los 909 kilómetros entre la Ciudad de México y Monterrey los hicimos de un jalón, haciendo sólo una parada larga en un comedor en la carretera antes de Querétaro por culpa de una tormenta que imposibilitaba ver cualquier cosa más allá del vidrio de la ventana. Llegamos a la casa casi a las dos de la mañana, bajamos casi todo, excepto lo que estaba en la caja, y pronuncié la frase que concluía el ritual con una gran sensación de satisfacción y placer que me nació del plexo solar. «Esta es mi casa», pensé, y así ha sido desde entonces.

Como en toda mudanza dejé cosas atrás. Durante la limpieza de lo que fue mi cuarto por un año tiramos dos bolsas grandes de basura y cosas que ya no me interesaba conservar. Parecía que me deshacía de mucho, ¿pero cómo comparar con la vez que dejé todo atrás, todo excepto quince kilos de equipaje? Entonces la sensación fue muy poderosa. No sólo dejaba toda mi vida atrás, sino que me adentraba a la soledad verdadera, a estar en un cuarto de tres por tres por tres metros con nada ni nadie. Vivir en un cuarto por el que ni siquiera podía ver el mundo exterior me llevó a ver el mundo de otro modo. Hay algo en la cueva que es placentero. Algo que es natural en el encerrarse fuera del mundo y sólo salir a cazar, a buscar agua y a pareja para aparearse. Esa cueva me remontaba a ese pasado primigenio de todo mamífero en el que logramos sobrevivir a la extinción masiva gracias a vivir bajo tierra, en el que sobrevivimos la glaciación ocupando cuevas. Ahí también había un oso, benévolo, a quien llamé Casero. A diferencia de mis ancestros, viví con él en vez de matarlo, pero al igual que ellos viví «de él», muchas veces, alimentado por su buena voluntad y su preocupación por mí. A veces me trataba como a un hermano menor, otras sé que trataba de ayudar a su padre, porque creía que yo era como él, o que me podía convertir en él. Quizá. Todos al final podemos ser el mismo, todos somos el mismo de cierto modo y lo demás son máscaras. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ahora escribo esto en un cuarto con dos grandes ventanas, una de las cuales es una puerta que da a la terraza que tiene una escalera hacia la azotea. Esta puerta da hacia el Cerro de la Silla. La otra ventana, a mi espalda, da hacia la Sierra Madre Oriental. Esta habitación, que es nuestro estudio, se ha convertido en un lugar en el que me gusta mucho estar. Aquí puedo leer, escribir, jugar Sims, ver películas, dibujar. Hay un librero que ella quiere limpiar para que pueda poner mis libros. Mis libros, por cierto, son una de las cosas que siguen sin desempacar, en una bolsa aquí en el estudio, sobre todo porque no me han dado ganas especiales de leer ninguno de esos libros, considerando que ella tiene muchos otros que nunca he leído y que me apetecen más, por un lado, y que ahora tengo un trabajo, después de un año de vivir sin trabajar más que muy de vez en cuando para sacar para la despensa y la renta: escribir reseñas.

Hace muchos años, cuando la idea de estudiar Literatura se me empezaba a formar en la mente, pensé que mi trabajo ideal sería leer y escribir. Leer libros. Escribir cualquier cosa, mientras fuera literatura. Ahora que mi trabajo es precisamente ese, leer libros y escribir sobre ellos, me acabo de dar cuenta de algo: cumplí mi sueño de adolescencia. Me hace reír pensarlo de ese modo. Río, porque después de tantos años ya no tengo nada de qué quejarme. Ya no tengo hambre. Ya no estoy solo. Ya no sufro las decisiones de otros. Ya no tengo la necesidad de satisfacer a un padre ausente. Pero no estaba hablando de eso. Hablaba de la mudanza. De los libros que me traje y de las ventanas en esta casa. En total son quince ventanas. Grandes. La mayoría ocupan una pared entera. Por algunas se ven los patios (con sus plantas, árboles y perrita), por otras segmentos de la ciudad, por otras los entramados de los complejos de casas y apartamentos de la calle. Por todas entra aire que, la mayor parte del tiempo, es fresco y alivia el olor a mis cigarrillos. Quince ventanas. Quizá sean más, pues hice el conteo en mi mente. Pero quince ventanas. Después de un año viviendo sin ventana alguna, sin fuente de ventilación, sin paisajes. Muchas veces me pregunté cómo me afectaba vivir sin una apertura al mundo exterior. Tal vez eso influía en que prefiriera o estar encerrado y dormido o en la calle, sin muchos puntos intermedios. Tal vez por eso no me gustaba tanto que me fueran a visitar sino que prefería salir a ver a mis amigos. Ahora no puedo decir que me guste más salir que estar en casa. Me gusta más estar en casa, en mi casa, entre mis ventanas, escuchando a la ciudad como un ente en el que floto desde el segundo piso en el que está el estudio y en el que la luz del sol entra y sale libre durante más de doce horas cada día. 

Pero por más placentera que haya sido esta mudanza sé que no será la última. Y eso me reconforta y me causa aún más placer. Saber que no me quedaré en Monterrey para siempre. Que un día empacaremos nuestras cosas y nos iremos a otro lugar, no a «seguir buscando», porque no hay nada que buscar, sino a estar en otro lugar. A seguir mudándonos. Quizá antes la mudanza sea de casa, aquí mismo. Pero a la larga, un día, tal vez en un año o dos, dejaremos atrás Monterrey como dejé la Ciudad de México. Espero entonces no despedirme, como tampoco me despedí de Tijuana, ni de Bogotá, ni de San Francisco ni de las personas que ahí siguen o de las que ya se fueron. Porque algún día quizá vuelva, aunque sea por una semana, a recorrer las calles en las que viví y de las que ya nunca podré pensar como al principio, cuando acababa de llegar y estaban cubiertas de una luz diferente, siempre mucho más clara y blanca que cuando ya estaba aclimatado a ella. Algún día volveré. Supongo. 

jueves, 5 de junio de 2014

Carta a un año de vivir en la Gran Ciudad

Cada que alguien de Tijuana me preguntaba si no extrañaba Tijuana me temblaba el ojo izquierdo. ¿Extrañar Tijuana? Me fui a la Gran Capital por una razón y esa era que Tijuana me parecía un ranchito fastidioso polvoriento y demasiado caliente tres cuartas partes del año. Ellos me decían que no hace calor en Tijuana, porque vivían cerca de la playa y lejos de los inhóspitos cerros áridos del Este. También me decían que la gente de allá era más cálida y sabe qué tantas mamadas. Claro, tus amigos de veinte años siempre serán más cálidos que los treinta millones de completos desconocidos con los que te codeas en el metro y todos esos clichés de la Gran Ciudad, pero eso no significa nada. Entonces contestaba que no extrañaba nada de Tijuana porque era una ciudad terrible, demasiado chica, con nada qué hacer más que ir a pistear al Centro y comer tacos de carne asada y comida china. «Que los de Vice extrañen Tijuana», pensaba, «a mí me da hueva». 

Después de seis meses en los que la conversación se repitió a razón de unas cincuenta veces por día, tanto con norteños autoexiliados como con chilangos y demás foráneos que habitan la Ciudad Capital, la gente dejó de preguntarme. Para entonces el hambre me había minado todo uso de razón y sólo me dedicaba a rondar las calles de alrededor de mi casa en busca de sándwiches a medias en los botes de basura y colillas afuera de los cajeros. Lo más provechoso de vivir en un barrio frezoide es precisamente cuántos sándwiches tira la gente a medias, tortas, cuántas tortillas hay en el piso, cuántas colillas y botellas de Coca-Cola hay con más de dos tragos en los basureros afuera del Metro. Para entonces mis necesidades eran simples y básicas, un retorno a la naturaleza, a la vida antes de la civilización pero adentro de la civilización: comer, cagar, dormir, coger. Hubo quién creyó que necesitaba otras cosas, lujos, quien creyó que era infeliz porque la mayor parte de mi tiempo la ocupaba en carroñear, como hizo la humanidad por las primeras diecinueve mil fracciones de su estancia en el planeta. 

Pero yo no era infeliz. Tenía todo lo que necesitaba y algunas cosas más. Tenía libros. Tinta. Tiempo para escribir y amigos con los cuales probar las delicias de la civilización enrolladas en tortillas. La Gran Ciudad me proveía de todo lo que necesitaba y no tenía que esforzarme demasiado para conseguirlo. Bastaba salir y ahí estaba: amigos, cigarrillos, boletos de metro, proyecciones de viejas películas alemanas, conciertos en la calle, alcohol, mariguana, tortas de cochinita pibil, literatura. Pese a que hubo gente que trataba de convencerme de que la única manera de vivir era rodeado de «cosas bonitas» y con un excedente del siete mil por ciento a cambio de una pérdida absoluta de la capacidad de elegir qué hacer cada día (incluyendo dormir todo el día), nada logró cambiar mi perspectiva de las cosas y la libertad de no tener trabajo fijo ni de trabajar más de lo necesario al mes para pagar la renta (muy baja, gracias a mi casero que ha sido un amor la mayor parte del tiempo) y sobrevivir con lo justo. Al final mis ideas sólo se reforzaron y crecieron: es posible vivir sin esclavizarse, incluso tener una familia, si se aprende a desprenderse y a apreciar la vida en sí misma más que a objetos. Con el tiempo la idea creció aún más: es posible, incluso, adquirir lujos y objetos sin cambiar el tiempo invertido en la producción personal si se busca en los lugares adecuados y se evita la noción del «lujo» como «artículos de alto costo». Una buena chamarra para el invierno en una tienda de segunda, por ejemplo, o una buena cobija recogida de la calle que sólo necesita una buena lavada para funcionar como si fuera propia y nueva. 

Mi perspectiva sobre Tijuana tampoco cambió. Sigo pensando que es un ranchito polvoriento con un chingo de gente demasiado orgullosa de una ciudad aburrida y que se recicla a sí misma. Eso no quiere decir que odie al norte. De hecho jamás odié al norte. De hecho me encanta el norte. Y en lo que sí coincido con mis amigos norteños autoexiliados es que no soporto mucho estar rodeado de chilangos. Ojalá no me malinterpreten mis amigos capitalinos, pero la cultura de la Gran Capital me parece la más provinciana de todas. Me expandiré sólo un poco, pues aunque he conocido a personas valiosas para mí, la mayoría de esos treinta millones pueden marchar hacia los Cañones del Cobre y lanzarse hacia su muerte lo mismo que la mayoría de la gente del país. Sólo creo que en la Gran Ciudad se concentra lo más ruin y vil de la cultura mexicana y que, incluso, como centro focal de la nación (concepto que debería desintegrarse) son más provincianos que en la misma Provincia, cosa que repito porque se me da la gana. Son más provincianos que un sinaloense de rancho, pues al menos ellos entienden que existen cosas más allá del estero y de la cacería del venado en el monte, mientras que el capitalino promedio cree que no existe mejor lugar que la capital y que no es posible vivir lejos del metro y de los vapores nocivos del Popocatéptl. Ni siquiera tienen buenos quesos. Sus carnes son horrendas. Sus tacos son diminutos y sus tortillas quebradizas y sus salsas aguadas. Pero en realidad así es en cualquier lugar.

Lo que aprendí de la Ciudad Capital en un año de vivir en ella es que el caos y la convivencia en masa te vuelven más delicado, te debilitan. No es culpa de los chilangos ni de los millones de foráneos que llegan a trabajar a la Gran Ciudad. No es culpa tampoco del gobierno mexicano, aunque todos creen que lo es. No es culpa de nadie. Es culpa de la ciudad misma. La Gran Ciudad, como concepto, es una enfermedad. Pero la verdad es que es la naturaleza humana asentarse en ciudades y concentrarse como hormigas en una base de operación expansiva con fines de consumir los recursos circundantes. A muchos les gusta decir que es «antinatural» el concreto, «antinatural» el edificio alto y «antinatural» tomar leche de otros animales, pero eso sólo es la naturaleza humana. Lo antinatural es formar pequeñas comunidades externas a la Gran Ciudad porque uno se ha cansado de seguir a la Gran Masa y no piensa como ellos: lo antinatural es la «anormalidad», el no hacer lo que la mayoría quiere hacer, según diría la mayoría y sus mecanismos de control. Y para evitar esto, para evitar la disgregación y la ruptura de sí misma, la Gran Ciudad se expande hacia adentro y vuelve niños eternos a sus habitantes. Pequeños ciudadanos inútiles, necesitados de un gobierno rector y leyes que les indiquen qué está bien y qué está mal porque no son capaces por sí solos de tomar decisiones relevantes a sí mismos y a los otros. No somos diferentes a los insectos. Los mamíferos de manada emulamos a nuestros ancestros invertebrados para organizarnos de la misma manera en la que las células del cuerpo se organizan para llevar a cabo funciones específicas.

Pero hablaba de la debilidad, de la prolongación de la infancia psíquica como mecanismo de cohesión de la Gran Ciudad. La cultura mexicana lo hace más evidente que en muchas otras culturas. El mexicano es quejumbroso por naturaleza. El mexicano busca en todo momento de qué quejarse y cómo expresar su necesidad de resolución de sus conflictos internos por fuerzas externas. «No nos censuren internet», dicen, en vez de aprender a utilizar al internet como una zona de expansión de la autonomía mental. ¿Qué les van a censurar, por qué los van a vigilar, si lo único que hacen todo el día es quejarse de la muerte de alguien a quien nunca conocieron y exigir «justicia» por alguien a quien no conocen a través de redes sociales? Es cierto que una revisión de los medios expone un aire de inconformidad, pero en todo caso sería más efectivo que todos los mexicanos saltaran al mismo tiempo para sacar al planeta de órbita y eso ni siquiera Mao lo logró en su momento. Ah, pero esto no es una crítica a la mexicanidad, sino sólo una ejemplificación para llegar al punto central: los chilangos se quejan más porque viven en la Gran Ciudad y la Gran Ciudad los vuelve débiles porque esa es la naturaleza de la Gran Ciudad. Rodeados de expectativas en pancartas enormes, de comerciales audiovisuales, en el radio, en los medios, en sus abuelas y sus padres y sus parejas, los citadinos se concentran en el nunca estar conformes con lo que tienen para alimentar a la Gran Ciudad con sus esfuerzos y su sufrimiento metafísico. Esto no es nada nuevo. Existen trabajos densos al respecto, cosas de miles de páginas. Pero para mí nunca fue tan evidente.

Sucedió hace un par de semanas, lejos de la Gran Ciudad, en esta otra Gran Ciudad que es un poco menos grande. La diferencia quizá radicaba en que acá no estoy en contacto directo con la citadinés porque la casa funciona como un búnker en el que nos aislamos del mundo y las excursiones al exterior involucran ir por cigarrillos, llevar al niño a la escuela o ir por él o salir a dibujar al parque. En realidad empezó mucho antes, después de aquella toma de yagé y mi regreso al DF cuando sentí que era demasiado agobiante estar rodeado de seres que trabajan todo el día para poder comerse un platillo caro el fin de semana en un restaurante rodeados de otros seres mamoneando sus sueldos y flasheando sus dispositivos electrónicos. Entonces pensé en que lo que más quería era recluirme en un cerro a escribir y dibujar mientras todos se pudrían afuera. Cazar ardillas y sembrar tomates. «Pero necesitas un sofá cubierto de cuero negro para poder escribir una novela», me dice la memoria de una persona atada a los lujos materiales. «Pero mi lujo es no tener que escuchar tus problemas en la oficina ni tus luchas ridículas porque el resto del planeta te acepte como eres», pienso, «mi lujo es que no me importe qué piensan los demás sobre mi vida porque mi vida es plena desde mi perspectiva». Lo natural es considerar la publicación como una extensión de eso mismo: una necesidad de ser escuchado, una necesidad del ego de ser «aceptado» por los demás; es decir: niñerías. Mientras consideraba irme a la montaña y no volver a saber de la civilización y no publicar ni una entrada más de blog, también recordé que la realidad es una construcción absurda de nuestra percepción y que no necesariamente hay que publicar para que otros nos escuchen o entiendan ni para «cambiar al mundo». Es mejor no cambiar nada. Que el mundo siga su curso y todos terminen matándose entre sí por cualquier problema ideológico. Que la gente se levante en armas contra sus gobiernos opresores para implantar otro gobierno porque jamás lograrán gobernarse a sí mismos y entenderán toda ley como un pisoteo a su libertad, cuando la libertad sólo puede existir en el pensamiento mismo y en las acciones, no en si son legales o no. Mientras sufren por leyes otros viviremos en paz en nuestras mentes y disfrutaremos de una buena taza de té y de quince horas dibujando en casa. Así que publicar o no es lo de menos. Se puede hacer y no importa. Se puede hacer y tampoco importa. 

Pero hablaba de eso otro. De la enfermedad de la Gran Ciudad. Y de cómo pude verlo cuando me alejé de ella mentalmente. Entonces pensaba en que el hambre era la única necesidad real. Comer es físico. El cuerpo lo pide o muere. Lo demás es enfermedad. El ocio no existió hasta que la Ciudad fue fundada y nuestros ancestros no tuvieron que huir más de tigres ni luchar todo el día por un pedazo de mamut y unas frutas medio podridas por el hielo. Pensé en los maestros Zen a los que les valen verga todas esas necesidades irrelevantes, pero que también se vuelven adictos a barrer el monasterio y a estar relajados. Pensé que no quiero ser ni un Capitalino ni un maestro Zen. Que quiero ser un montañés que hace lo que quiere cuando quiere y eso puede ser construir un sofá con troncos o dormir todo el día o enseñarle a un niño a dibujar cerdos voladores. Pensé que eso se puede hacer en familia. Pensé que «lo que uno quiere hacer» se adecua a la situación y al contexto en el que uno vive, en con quién vive. Pensé que las «responsabilidades» existen como «obligación» sólo para quien no es libre en sus adentros y no comprende que lo que «se debe hacer» no es una línea unívoca de acciones predeterminadas sino un conjunto de conjunciones con relación a las personas con las que decidimos estar. Pensé que no tengo muchas ganas de volver al DF ni de quedarme a vivir ahí. Pensé que quiero hacer otra cosa, no vivir solo, ni en un cuartito en la Colonia Roma, ni en preparar mucho un montón de cosas para hacer lo que quiero hacer sino sólo hacerlas sin pensar demasiado en consecuencias y en mi fondo de retiro. 

Después dejé de pensar en lo que podía significar llevar un año viviendo en la Gran Ciudad. Ahora escribo esto desde esta otra Gran Ciudad que no es la Gran Ciudad. Una ciudad en la que hasta las empanadas de piloncillo tienen carne. Y pienso ahora que no es tanto si estoy rodeado de chilangos, norteños o gringos, sino más bien con quién estoy o no estoy la mayor parte del día. Pienso ahora que me gusta estar contigo. Que esto es lo que quiero vivir ahora.