miércoles 23 de noviembre de 2011

You shook me all night long

Regalo un cigarrillo y me dan a cambio una cerveza. Después sabré que eran de alguien más, pero en el momento me parece un trato justo: me queda una cajetilla nueva y no tengo trago. AC/DC suena en mi cabeza.

Despierto en un apartamento que me gusta. Las ventanas ahumadas no me dicen la hora. ¿Cinco, seis de la mañana? Mi reloj de pulsera dice que es mediodía. Mis lentes siguen tirados en la sala. “Muérdeme”, me susurraba ella, y yo me los quité para no lastimar su piel con el metal dorado del marco. “Wey, pueden echarse en el sofá, se hace cama.” Nos habíamos quedado dormidos en el suelo, unos minutos, un par de horas. La sala estaba vacía, a excepción de varias botellas de cerveza, un cenicero, mi cajetilla y una pipa de mariguana. Ella se acostó y yo entré al baño. “Sofá cama, mi peor enemigo, nos volvemos a encontrar”, pensé al comprobar que no podía abrirlo, como nunca pude abrir ninguno de los muchos en los que me había dormido en cualquier otra casa. “Fracasé como hombre”, pensé, cuando vi al dueño del apartamento salir de su cuarto en donde dormía con una muchacha que acabábamos de conocer esa misma noche (y él también la acababa de conocer, como a todos los que estábamos ahí, distribuidos en camas y sofás). Me ayudó a abrirlo. Me acosté al lado de ella. “Muérdeme”, gemía. “Muérdeme para masturbarme.” Pensé hacer lo mismo pero me quedé dormido con la verga de fuera. Quizá fue lo mejor: no me hubiera gustado manchar de semen ese sofá que nos prestaron con buena fe.

Enfrente del apartamento había un edificio de condominios viejos. A ella le gustó y a mí también. Me sentía como a los veinte años otra vez, soñando con esos apartamentos, con una vida de fiesta y rocanrol. Taking more than her share, had me fighting for air. Mi cabeza cantaba. Enfrente la estación del metrobús Sonora. Los besos seguían frescos en mi boca. She told me to come but I was already there. Me gusta el dolor cuando alguien muerde mi labio inferior. Los moretes al día siguiente. La sangre cuando me lavo los dientes. “Muérdeme”, gemía, como si no estuviera nadie a un lado. Quise morder sus hombros cada vez que se quitaba el suéter, su cuello, sus pezones. “Muérdeme”, susurraba, y mis dientes obedientes hacían lo que ella pedía. The walls start shaking, earth was quaking, my mind was aching, we were making it.

You shook me all night long. You shook me all night long.

Tenía veinte años otra vez. Desperté sin remordimiento, sin lamentar ni un solo segundo de nada, sin pensar en nada más que en lo que pasaba. You got me shaking and you shook me all night long. Respiraba mal, con tos, los bronquios rojos. Pero la contaminación de la Ciudad de México me sabía bien, me olía a descanso, a paz mental.

Hoy volví a despertar sin tos, después de seis días bebiendo. Pienso mucho en esa noche y he llegado a un momento de mi vida en el que no creo que esas cosas en realidad pasen. Quizá El Jacalito tenía un portal interdimensional. El bato era un espectro, su apartamento el limbo. Jamás voltearé hacia la izquierda cuando pase por la estación Sonora en dirección Indios Verdes. Sé que si lo hago no habrá ningún edificio, sólo ruinas quemadas de una época no tan distante pero sí acabada. Él nos dijo que esa era nuestra casa, que volviéramos cuando se nos antojara, pero creo ahora que un día estaremos ahí de nuevo, y entonces sabremos que hemos muerto. Para siempre en ese sofá cama, duro pero cómodo si es juntos. Y el amigo que duerme al lado todos los días se irá a las siete de la mañana, siempre se le caerán los mismos setenta pesos, yo nunca encontraré agua potable para saciar mi sed violenta, la frase de otra de las muchachas (“el jabón de coco del baño huele súper chingón”) resonará entre mis ojos cada vez que me lave las manos después de cagar en la mañana, siempre resistiré el impulso a oler mis dedos después de secarme con la toalla, nunca dejaré de volver a su espalda, mi mano alrededor de su cintura y mi cara sumergida en su cabello, el letrero en la puerta del edificio que dice que no azoten la puerta, que la puerta se cierra sola, y el recuerdo constante de que la noche anterior cuando llegamos le gritamos al dueño del apartamento, una, dos, tres veces, que si pensaba dejar la puerta abierta, y él, como cualquier señor de un limbo placentero, sólo nos devolvió una sonrisa.

domingo 23 de octubre de 2011

Notas a una ruptura

Hace unos días (¿cuatro, cinco semanas?) me topé con un viejo amigo. Después de varios minutos incómodos en los que desconocíamos si el estado de nuestra amistad seguía siendo tal y que, por lo tanto, nos limitábamos a esas preguntas de actualización que se hacen con cualquier conocido que hace tiempo no nos topamos, cosas que ni nos interesan en realidad y no hacen ninguna diferencia pero que sirven para que midamos nuestro interés por el otro, a veces nuestra atracción, decidimos irnos a beber.

“Yo lo que quiero es valer verga”, me dijo cuando habían pasado un par de horas, hablado ya de poesía y política y cosmogonía, todos esos temas menores con los que se inicia una borrachera y que sólo son una catapulta (si los comensales no se exceden en agresividad, si no emerge una emergencia, si el oxímoron me lo permite), un lanzamiento parabólico en cuya cumbre se sienta el tópico más importante que puede existir en ese momento (para uno, para el otro, para todos) y tras el cual empiezan el hambre, la cachondez, el sueño y a agotarse el dinero. Y digo que es el tópico más importante (para uno, para el otro, para todos) pues, aunque haya sido él quien dijo esa frase, la cosa es que varios (a quienes me referiré como “todos” de aquí en adelante para no generalizar) hemos pensado esas mismas palabras en el mismo orden sintáctico y bajo el mismo contexto últimamente. Más de una vez. Todo el tiempo.

Todo empezó un día en el trópico, cuando leí en Doctor Pasavento sobre “el encanto de las despedidas radicales de esas personas a las que tanto admiramos cuando nos enteramos de que han sido capaces de mandarlo todo al diablo, han dado un portazo y se han largado sin más, no sin antes decir ahí os quedáis, cabrones.” Aparté mis ojos de la pantalla del Kindle, lo dejé sobre la tabla de madera que descansaba sobre una caja repleta de libros que usábamos como escritorio mi mujer y yo, encendí un cigarrillo y exhalé el humo mientras veía hacia la calle y después leí el comienzo del siguiente párrafo. “Cuando oímos contar que alguien dejó a todos plantados, nosotros en silencio, con rabia contenida, aprobamos ese audaz, purificante, elemental impulso. ¿Cómo no lo vamos a aprobar si todos odiamos nuestro domicilio, aborrecemos el hogar, tener que estar en él?” Voltee ahora hacia el lado contrario, hacia la cama, donde ella dormía. Eran las siete y media de la mañana. Yo tenía todo junio levantándome a esa hora. Su rostro plácido ignoraba mi ausencia en la cama, incluso parecía ignorar que no pude dormir en toda la noche, que estuve dando vueltas tratando de acomodarme entre su cuerpo y el pequeño espacio de colchón que me correspondía. A veces dormía incómodo en esa cama, deseando estar solo para estirarme, y su piel que en ocasiones necesitaba ardía como una bandada de mosquitos en mis piernas. Esa noche fue así, como otras noches: insoportable. Despertó con una sonrisa, y yo sólo encendí un cigarrillo y seguí mirando por la ventana. “¿Quieres café? Hay café”, le dije sin voltear a verla. “¿Hiciste café? Eres un bello.”

Esa tarde le pregunté si estaba dispuesta a abandonarlo todo, si podía dejar atrás su vida, a su familia, a sus amigos, para empezar con nada en otro lugar, un lugar ajeno y agresivo en el que tuviera que hacer todo por sí misma. Antes de que contestara le comenté sobre el párrafo de Vila-Matas, y le dije que yo sí podía irme sin pensarlo, dejar a todos plantados, y hacer lo que yo quisiera en otro lugar del mundo. Le dije que quería desaparecer en una ciudad enorme, una ciudad como Bogotá o México o Tokio o Cairo, en la que los murmullos urbanos apagaran hasta mis gritos y nadie se diera cuenta de mi existencia. “Quiero perderme entre multitudes”, le dije, “como una hormiga que a nadie le importa”. Me llamaron al mostrador para que fuera a recoger mis hamburguesas, y cuando volví ella tenía la mirada perdida en el papel tapiz del restaurante. Le di su comida y, mientras la desenvolvía, me dijo que ella no podría hacer eso. Yo ya lo sabía.

Quizá no empezó tampoco en ese día de junio, sino mucho antes. Leía Asterios Polyp. Asterios, un arquitecto famoso, un gran arquitecto teórico, académico, que ha perdido todo y que navega entre los recuerdos de su ex esposa a la que amó con premura (voraz). Un día su apartamento se incendia (¿o él lo ocasiona?) y huye con el dinero que trae en la bolsa. Se baja en el primer pueblo que encuentra y empieza a trabajar como mecánico. Ella está en sus recuerdos. Al día siguiente, volviendo a Bogotá, le escribí a una amiga y ella me contestó que lo quemara todo como Asterios y desapareciera.

***

No puedo precisar cuándo fue la primera vez que soñé con desaparecer, pero desde pequeño cuando pensaba en mi futuro nunca imaginé hijos ni un trabajo estable, nunca hubo una pareja ni un carro deportivo, ni un negocio ni puestos políticos. Desde que recuerdo, mis aspiraciones son más ásperas, menos rosas. Nunca quise imaginar una vida como viejo, sino como alguien que nunca llegó a tanto, por ejemplo. Cuando empecé a escribir la fantasía de morir antes de los sesenta ocupó todas mis expectativas: en un callejón turbio de frío, después de que me corrieran del cuarto que rentaba por no pagar cinco o seis meses, borracho con alcohol puro de caña y fumándome las colillas que me encontraba tiradas en la calle; de un infarto cardiaco después de inhalar demasiada cocaína, en los brazos de una puta que se robaría el resto de mi droga y de mi dinero antes de abandonar el motel sin decir una sola palabra sobre mi cuerpo fláccido y desnudo; atropellado en una estampida bovina en algún pueblo de Sinaloa al que me habría ido a refugiarme de la ciudad y de mis obligaciones, retirado para escribir la gran novela que me salvaría de la desdicha; asesinado por ladrones disfrazados de hippies en una carretera, a los que subí a mi combi a cambio de mariguana, acuchillado mientras fumaba un porro que no estaba malo pero que no era digno de ser el último: sueños así. Cuando empezaba a salir de la adolescencia no cambiaron mis deseos, y empecé a caminar por las vías de la decadencia y la perdición. Fue una gran época.

Hace dos años soñé con tener hijos y una familia por primera vez. Tendría dos hijos, Sara y Jerónimo. Ella sería pianista y él fotógrafo. Él sacaría la barba de su padre y ella los ojos de su madre. Ella sería más cercana a mí que a su madre, pero él no tendría problemas conmigo ni entre ellas tampoco. Viviríamos en un apartamento con terraza, y los dejaríamos fumar si quisieran cuando fueran mayores de edad. Yo dejaría de fumar cuando mi mujer estuviera embarazada, pero nunca lo lograría por completo. A veces, después del trabajo, encendería un cigarrillo y ella se molestaría cuando llegara a casa porque se le antojaría, reconociendo el olor en mi ropa y mi barba. Habríamos vivido quince años sin hijos, con gatos, viajando, hasta que fuera el momento adecuado. Cuando los bebés fueran más grandes tendríamos un perro.

Después soñé con casarme, con verla a ella caminar con un vestido blanco y escucharla decir que se comprometía a apoyarme y a vivir conmigo el resto de nuestra vida.

No sé si dejé de soñarlo, o si era sólo un sueño compartido por empatía, pero volví a verme en una ciudad desconocida muriendo joven y sin nadie que me hiciera un funeral. Me vi en la ventana de un cuartucho, con una computadora vieja (quizá esta misma macbook o un modelo después, dentro de veinte años), escribiendo una novela realista mientras abajo en el mercado de El Cairo a una muchacha deliciosa le robaban el bolso; me vi en Varsovia, caminando por la Plaza Mayor del Barrio Antiguo, un invierno crudo y desesperado con la nieve hasta los talones; en Hong Kong, comiendo tallarines en una callejuela después de ir al cine, en lo que fue el gueto de Kowloon. Imaginé a tantas putas a las que había renunciado, muchachas prometedoras, groupies complacientes y uno que otro amor desquiciado que ya no conocería. Pensé en todo el dinero que podía gastar en libros y en revistas y en aparatos electrónicos y en viajes y en ropa y en alcohol y en drogas.

***

Esa noche, después de haber pasado toda la tarde contándole a mi mujer sobre cómo desaparecer en una ciudad en la que no se conoce la lengua y no se puede entender la grafía, le confesé que quería vivir mi vida. Lloró, y me fui a la ventana a fumar. Me enojé. Después maticé mis palabras. El llanto me alcanzó a mí. Nos besamos y fumamos juntos. Todo terminó ahí. Al día siguiente ella buscaba universidades para hacer una maestría, universidades cercanas a Tijuana. Yo escribí, y en mi novela el protagonista que había huido porque ya no aguantaba sus recuerdos ni a los otros lamentaba haberse ido y quería volver. Sin darme cuenta, desde ese día, o quizá desde la misma noche en que hablaba con mi mujer, quería recuperar lo que yo mismo había dejado. Pasó el tiempo, y el protagonista encontró sólo ruinas en las mujeres que lo habían amado, y el narrador de Vila-Matas se topó con que el manicomio en el que pensaba recluirse era sólo un circo deprimente, y yo con una habitación condenada a un vacío sin forma pero sí un nombre, el de una mujer que había prometido amarme hasta la muerte en sus sueños y a quien yo mismo le había plantado enfrente un camino de espinas para que no pudiera lograrlo.

“Sembrar camarones en un estero sinaloense, y al llegar la tarde subirme a mi troca y manejar al pueblo, pasar al expendio por dos caguamas y unos Delicados y beber en el porche de mi casa espantando mosquitos hasta que me gane el cansancio”, le dije a mi amigo. “Ese es mi sueño ahora.” Tenía cuatro meses hablando de nada más que nomadismo, de desaparecer. Olvidar, seguir. Todo tiene un tiempo y el nuestro había acabado. “¿Van a terminar?”, me preguntó. Le dije que no, y a la mañana siguiente mi mujer me pidió un par de días para pensar las cosas. Volvimos. Me encontré de nuevo a mi amigo. Dos noches después terminamos. “¿Qué es lo que más quieres hacer ahora?”, me había preguntado. “Irme”, dije. “¿A dónde?” “Es lo de menos a dónde.”

Salí del bar y me quedé bajo la lluvia en una parada de autobuses, fumando. El frío. Se fue la prisa y pensé que nadie me esperaba. Encendí cigarrillo tras cigarrillo, escuché el golpe de las gotas en el pavimento, y miré al cielo oscuro y nublado. La luz artificial de las lámparas de calle hacían de la llovizna que descansaba un juego de luces. Sentí de nuevo mi libertad rodeándome. Nadie me esperaba, nadie me espera, y qué más da a qué hora llegue a mi cama, cuál es la prisa, no tengo nada que hacer mañana, ni pasado, ni nunca. Libre. Yo solo. Pensé quedarme en esa banca para siempre, pero un taxi se detuvo y me preguntó si necesitaba transporte. Le pregunté cuánto me cobraba y le dije que sí después de que me ofreciera un buen trato.

Tardé en aceptarlo. Ya nadie me espera, nadie, nadie me espera llegar a la cama. El silencio ya no era sólo mío, sino que la mitad le pertenecía, y todo en mi cuarto aunque ella nunca lo hubiera tocado. Mi pelo no lo cortaba si ella no lo hacía. Mi dinero siempre lo guardaba para viajar con ella y pagar nuestra comida, nuestros cigarrillos, nuestros buses. Pero si nadie espera todo es de uno otra vez, el dinero y el tabaco, pero también el silencio y los logros y las derrotas. Todo es el doble, incluso la pereza y el abandono. Incluso la pereza. Incluso el destino. Nadie me espera, qué importa que nunca vuelva. Nadie me espera, no hay diferencia si vuelvo hasta pasado mañana. Nadie me espera, nadie, puedo dedicarme a ver la lluvia, a fotografiar colibríes, a sembrar papas, a leer y leer y leer, a jugar videojuegos, a comer mariscos, a escuchar cómo pasan las estrellas, a acariciarme la barba. Nadie me espera. Y eso también está bien.

***

Hace unos días (¿la semana pasada?) salí con otros amigos. Había manejado bien mi tiempo. Estuve encerrado todos esos días, dos o tres semanas, terminando el avance de mi novela que debía entregar (de lo contrario recibiría una amonestación o un castigo, cosas que siempre me han puesto nervioso y prefiero evitar). Me sentía entero. Hablaba con madurez del asunto. “Era lo que teníamos que hacer, lo mejor para ambos.” Y aún así bastaron cinco o seis cervezas para que Marco Antonio Solís tocara esa fibra sensible. “No hay nada más difícil que vivir sin ti”, cantaba, y yo acariciaba mi celular pensando en llamar, en que nunca le había hecho una llamada borracho, que era la única a la que nunca le había hablado a las tres de la mañana con una voz incomprensible para rogarle algo, aunque no hubiera algo que rogar. “El frío de mi cuerpo pregunta por ti... y no sé dónde estás.” Por fortuna (¿será?) uno de mis amigos lo notó a tiempo y me quitó el celular, y también me convenció de ir a ver putas. Una en una jaula me hizo perder la cabeza. Mi verga cosquilleaba. Mis manos sudaban. Me acercaba en cámara lenta a las tetas de las viejas que se me acercaban a preguntarme si les invitaba un trago o si quería irme al cuarto con ellas. Olía esos perfumes baratos y quemados, deliciosos. Pero la de la jaula. Tenía un culo perfecto, majestuoso, sin una sola estría. Podría parar mi botella de Tecate sobre ellas, mientras ella abriría sus gruesas y macizas piernas para que deslizara mis dedos por su pucha, pero yo los desviaría a su culo, su culo apretado. Hacía tanto que no metía un dedo en un culo, esa resistencia, ese tronido imaginario después de que entra el dedo, la sensación como un anillo de cuerda muy apretado al hundir la mano poco a poco. Ella soltaría un grito pequeño, pero aunque le molestara no se movería por miedo a tirar mi cerveza. Era una puta respetuosa del alcohol, entendía lo irreparable de desperdiciar aunque fuera una gota. Después se fue de la jaula, se acabó mi fantasía, y no pude volver a concentrarme.

Esa noche fue un detonante de recuerdos de todo tipo. Pensaba en otras mujeres, en amigos fallecidos y en noches similares. Hablé cuatro o cinco horas de una amiga de la que estuve mucho tiempo enamorado y nadie nunca lo supo. Confesé algunos celos secretos, pleitos territoriales nunca dichos. Terminé sin voz, con la garganta hecha polvo por una cadena de cigarrillos y tragos fríos. Cuando llegué a casa, a las ocho de la mañana, me masturbé con lentitud, quizá por más de dos horas, repasando mentalmente todo lo que podía recordar.

Desperté en la tarde, cuando ya había oscurecido.

Vi mis lentes, sucios, en la mesa de noche. Los agarré para limpiarlos, y mientras frotaba los vidrios con un pañuelo le puse atención al marco dorado. Recordé una tarde en Bogotá, en la que mi mujer me ayudaba a preguntar en todas las ópticas que cruzábamos por marcos grandes. Recordé varios días después, en que fuimos a recogerlos. Recordé su cabello recogido, el viento muy fuerte que hacía, y también la sensación de desagrado hacia un chicle que llevaba demasiado tiempo mascando y que no podía tirar porque no encontraba un bote y me daba cosa aventarlo así nomás en el pavimento. Volví a dormirme.

Al despertar vi una fotografía de ella que pegué en mi librero, al lado de mi cama, hace poco más de dos años, cuando apenas nos comenzábamos a hablar pero yo ya me obsesionaba con ella. No la he quitado, ahí está todavía. Recordé ese tiempo, tan incierto, lleno de miedo y de esperanza, de probabilidades, de sueños de verla aunque fuera una sola vez, de tocarla. Desvié la mirada hacia la ventana, y bajo ella, en mi escritorio, vi la cartera que ella me compró en la ExpoArtesanías a la que fuimos en enero. Ese día pedimos comida china, y yo compré una empanada. Leonor y Santiago llegaron con patacones a la mesa. Lloviznó justo antes de que nos fuéramos. Habíamos comprado regalos de navidad para mi familia. Ese recuerdo se conectó con otro en ese mismo lugar, la Feria del Libro a la que fuimos en Agosto la primera vez que fui. Compramos muchos libros esa vez. Yo le regalé La mano de la buena fortuna, porque quería que tuviéramos para siempre ese lugar para volver, pero ella nunca tuvo tiempo de leerlo y yo tampoco volví a agarrarlo. También lloviznó un poco, y cuando nos íbamos me hablaba de Milán Kundera y de su aversión hacia sus traductores. Recordé entonces el libro de Kundera que me traje esta vez que fui: El arte de la novela, que compré primero para ella (le presté el dinero) porque su directora de tesis se lo había regalado, pero al ver ella cómo me emocionaba leerlo decidió regalármelo, y le sacó copias a los capítulos que más le interesaban. Pensé entonces en otras copias, no en las que me dio esta vez, copias que había leído para su tesis durante el semestre pero que pensó que me gustarían, sino en las copias de sus clases que me traje la primera vez que fui a Bogotá. Empecé a leer a Carpentier (digamos que hace cinco años que lo leí en realidad no lo leí) por ella, y una palabra que antes usé tanto como “barroco” ahora la dice mi mente con su voz. Así con todo. Veo Dexter y sé que ella está ahí, viéndola, y quisiera al menos poder comentar los capítulos con ella, y ni siquiera tengo con quién más hacerlo. Veo Family Guy, recuerdo todas esas noches escogiendo capítulos aleatorios para reírnos un rato. Hago huevos fritos. Escribo en mi diario, con esa pluma. (“Te voy a dar muchas plumas, porque así vas a tener la sensación de que puedes escribir mucho.”) Armo el cubo rubik. Uso mis guantes tejidos cuando me da frío en las manos. Agarro mi mandala, y la armo y la desarmo, la armo, la desarmo, la abro y la cierro, la abro, la cierro. Veo el mapa del Quindío que tengo pegado en la pared, después el mapa de Bogotá. Tachuelas azules en el del Quindío sobre todas las ciudades y poblados que visitamos, una tachuela roja en Salento. Una tachuela roja en el mapa de Bogotá sobre el apartamento, una azul sobre su casa. La recuerdo. La imagino triste. A la vez, la imagino con el paso de los días, superándome, caminando por esas calles sin volver a pensar en todas las veces que cruzamos ese semáforo corriendo y agarrados de las manos. La imagino con otros novios, otros amantes, recobrando costumbres que perdió conmigo, aprendiendo nuevas maneras de vivir, de besar, de estar en la cama. Perdiendo mi vocabulario. Superándome. Siguiendo adelante. La imagino graduándose. Imagino su tesis con la que no seguí ayudándole. Me la manda por correo un día, con un mensaje anexo, un poco frío pero a la vez respetuoso. No la leo. No soporto no haber estado durante todo el proceso. Tampoco soporto el trato en la nota, que con claridad me dice que terminó incluso el duelo, que ya no piensa en mí de esa manera. Quizá no lo soporto porque yo también me moví, y ahora pienso en cosas distintas. La imagino desnuda, pero su cuerpo ya me es irreconocible, su piel incomprensible. Superándome. Siguiendo adelante. Veo vuelos. Los vuelos a Tijuana son un poco más baratos ahora. Los vuelos a México ya cuestan la mitad. Recuerdo una tarde, la segunda vez que fui, en que Leonor nos regaló de navidad unos libritos de Lonely Planet. El mío de Colombia y el de ella de México. Estuvimos planeando un gran viaje. Ella vivía marcando los lugares a los que quería ir. La vi feliz. Pero cuando regresé no pasaron las cosas, y ella se frustró, perdió todo, y yo volví. La recordé ahora, viendo vestidos de novia todo el tiempo, fotografías de bebés, ideas para apartamentos, y como al frustrarse todo otra vez no pasaron las cosas. Ambas veces ella dejó de soñar, y yo no supe recuperar sus sueños. En ese momento decidí que recordar todavía no es algo posible. Es algo que debo detener. Algo que duele demasiado.

***

Necesito vacaciones. Acabo de comprar un vuelo a México para el próximo martes en la noche. Tengo que salir de este cuarto y olvidarme por un tiempo de todo esto que me rodea y me la recuerda. Sé que allá la pensaré mucho. El boleto salió a menos de doscientos dólares. Una ganga. Nunca me había costado tan poco. Y voy a pensarla. Voy a pensar en el viaje que nunca hicimos. Voy a caminar por esas calles imaginando lo que pudo haber sido, porque es la fecha, es el momento, es cuando debió haber venido. Quizá, quizá sea insoportable, pero me dejará una cosa clara: siempre tuvimos motivos, deseos, sueños compartidos.

¿Después? No sé. Seguir escribiendo. Desvanecerme paso a paso hasta recuperar mi independencia de pensamiento, mi libertad, una ausencia de nostalgias y saturaciones de imágenes desoladoras.

jueves 29 de septiembre de 2011

Postales

I.

Línea naranja, estación San Antonio. La puerta del metro se cerró en mi cara. Me tardé más en subir las escaleras por seguir el culo de una muchacha de prepa, falda a cuadros azul. Saltó los últimos dos escalones. El instante en el que su ropa interior blanca quedaba al aire lo viví en cámara lenta. Ella nunca se dio cuenta: justo después ya había tomado asiento en el vagón, sin haber dejado nunca de darme la espalda. Caminé hasta el final del andén mientras la imagen se desvanecía y se reemplazaba con el fondo del túnel, donde mis ojos esperaban sin prisa al próximo tren.


II.

Una mujer de poco más de cincuenta años recuerda su adolescencia: otra mujer, más alta que ella, de quien estuvo enamorada. Frente a mí duerme una tercera, su brazo recargado en el tubo sostiene su cabeza, sobre sus piernas una bolsa de Buscapina Compositum. Alterno mis ojos entre la historia de amor secreto, desviado culturalmente hacia el sexo opuesto (el “adecuado”), y la boca entreabierta y pintada de rojo de la que comienza a despertar frente a mí. Se levanta y se baja una estación antes que yo, con los ojos entrecerrados.


III.

Encuentro un libro. Hotel del parque 79. “Lo que parece una agencia de modelos es en realidad un prostíbulo de alto calibre”, me ofrece la contraportada. Lo llevo hasta el mostrador, en parte apenado por comprar algo de la mesa de basura, por otro lado emocionado por leer cualquier escena en cualquier esquina de la calle. La muchacha en la caja apunta con lentitud indigerible el título en un cuaderno en el que anota las ventas del día. “Así llevan un control para saber qué tipo de cosas traer, qué se vende más”, pensé. Antes de anotar el género deja de escribir, y sin quitar la pluma del papel fija sus ojos en los míos. No decimos ni una palabra. Vuelve a acomodar su vista en el papel. “Erotismo”, anota en el cuaderno.


IV.

Fumo en una esquina de Tacuba. El libro está en mi mochila. Lo abrí y cerré más de veinte veces, pero nunca me topé con ninguna escena explícita. Al otro lado de la calle una muchacha se detuvo a fumar. Su brazo cae como en curva, el cigarrillo de filtro blanco y manchado de labial sigue la línea natural que se prolonga más allá de sus dedos. Su cabello es muy largo. El cable de sus audífonos se enreda a la altura de sus clavículas, descubiertas.


V.

Una mesera muy morena me pregunta si ya me tomaron la orden. Se va después de mi afirmación, y mis ojos se fijan en sus nalgas, forradas por su uniforme blanco de poliéster. No vuelvo a verla, pese a estar atento, buscando, después de cada sorbo que le doy a mi taza de chocolate caliente.


VI.

En otro restaurante, una muchacha que es mesera y puede que también la dueña o socia, nos calza la mesa. Levanta la tabla con una mano mientras que, con la otra, desatornilla la pata para hacerla más larga. Se levanta y me mira a los ojos. Me pregunta si necesito algo más. Le digo que no, porque no sé qué podría contestarle.


VII.

Línea azul, estación San Cosme. El olor a shampoo de una muchacha en mi nariz desde cuatro estaciones atrás. El vagón va lleno. Ella se aprieta contra mí, su cabello queda justo bajo mi nariz. Acaba de bañarse, quizá va a encontrarse con alguien.


VIII.

Llevo veinte minutos caminando entre el tráfico, por Eje 5. Parece que sólo mujeres conducen, o sólo puedo voltear a ver hacia el interior de un carro cuando es una mujer la que está tras el volante. Busco sus ojos y sus cuellos, una clavícula descubierta, hombros, cejas de preferencia gruesas y labios pintados. Me detengo con peligro en un escote: casi me atropellan. Camino entre los coches con los ojos cerrados. Recuerdo todos los escotes que puedo, pares con suavidad sobrepuestos, posados uno sobre otro sin esfuerzo, casi ligeros. Un escote recostado, de medio lado, como Cleopatra: la teta derecha, la de abajo, alargada, mientras que la izquierda se redondea al apoyarse en la otra y parece incluso más grande. Otro visto desde arriba y la derecha, en una conversación, aprovechando el encendido de un cigarrillo con discreción. Desde atrás, mis favoritos, como quien mira cuesta abajo y adivina un cañón o un barranco, y la nuca y los hombros invitan a posar la barbilla, a acoplarse como eslabones enganchados. Abro los ojos, nadie avanza más que yo. Mi vista entra por el retrovisor de un coche: en algún lugar, no sé si ahí mismo o varios autos más atrás, hay unas piernas que cansadas del calor de los motores han decidido abrirse; sudan, se mueven como un péndulo lento y el calzón azul que las une se nota muy húmedo e incómodo.

Enciendo un cigarrillo.

Ya estoy frente a la puerta. Saco las llaves de mi pantalón. Todas las imágenes ya se barrieron y confundidas entre sí se guardan en mi memoria, disueltas, por colores. Un fragmento está asociado a la imagen de una paloma, y otro al de una Mont Blanc en los dedos curtidos de un viejo de traje gris oscuro. Algo cristalino se entremezcla con una textura de concreto y con un manantial, un glaciar con unos dientes y con la espuma de una ola mojando a un cangrejo. Ni siquiera la sensación de hipnosis de los calzoncitos de la colegiala me es propia, sino que se siente tan ajena como el escote que pensé perfecto y tan distante como el cabello del que olí el shampoo, quizá media ciudad más lejos. No hay ninguna fotografía real en el recuerdo, sólo los ojos firmes en la manija dorada de la puerta de metal, en las baldosas viejas, en el pasamanos negro de la escalera.

domingo 18 de septiembre de 2011

Con placer desde mis manos (matándolos a todos)

Me he vuelto considerablemente aburrido durante el último par de años, lo sé. Dejé de beber y de usar drogas, de madrugarme entre putas y despertar cinco días después sin la certeza de haber hecho las cosas o de haberlas planteado y nunca concluirlas. Ya no salgo, no aguanto despierto después de las dos, nunca me acabo mi cajetilla diaria.

Recuerdo esas aventuras como algo lejano, y mi último ataque severo de paranoia está ya más olvidado que presente. Pareciera como si acabara de salir de un centro de rehabilitación, abrazando a un crucifijo y castrando de pronto mis pensamientos impíos frente a unas piernas adolescentes. Pareciera. Porque todavía, a veces, dejo de escuchar la voz de mi prójimo. En su lugar, un pitido sólido y de volumen ascendente llena mi cerebro. La gente cree que la sigo escuchando.

Martina mastica. Su hermano, Jorge, me habla de algo que dejé de entender hace cinco minutos. Los dientes de ella suben y bajan con un movimiento semicircular, suave como el de una góndola detenida en medio del río. Él se entromete, nubla mi visión del blando esmalte de Martina, del jugo de uvas que se desliza entre sus comisuras y es interrumpido por una servilleta tímida. Se limpia mecánicamente, sin dejar de masticar. Yo aprieto la pluma con la que escribía antes de que ambos se sentaran conmigo a la mesa y yo empezara a verla a ella, primero el cuello, después sus clavículas, luego el escote y finalmente la boca, llegando de un salto desde el centro de su pecho a ella como si fuera necesario, como si no pudiera hacer otra cosa. Empuño la pluma como a un puñal, pienso en la relación etimológica que hasta entonces no había notado (la raíz puño), no dejo de mirar a Martina, la boca de Martina, los labios, los dientes, la lengua de Martina, el puñal, el cuello, mi mano apretada, mi mano empuñando, Martina deglute, traga, pasa, y los músculos involucrados se tensan y su cabeza se agacha y entrecierra los ojos (no los había visto hasta ahora) y frota sus labios entre ellos y regresa a su posición inicial y lleva otra uva en su dedo y abre la boca —sus labios— y apoya la uva —su lengua— y cierra los dientes y mi pluma, mi pluma enterrada en el cuello de Jorge con una estocada veraz y acelerada: se lentifica el tiempo. Su rostro abriéndose en una mueca de asombro (todavía no de dolor), su cuello doblándose poco a poco por la fuerza del impacto (he enterrado la pluma hasta la empuñadura, es decir hasta mi puño, que ahora empuja su cuello como un martillo), la sangre brotando como piedras tras un impacto asteroidal, la carne de mi brazo temblando (disipando la fuerza del impacto), los ojos de Martina entrecerrados y plácidos y enfocados en el frasco de uvas sobre la mesa. Jorge sigue hablando, escucho que dice algo sobre Eliseo Alberto. Aprovecho para encender un cigarrillo y mirar al horizonte y contestar, después de unos segundos en los que pienso qué pudo haber estado diciendo, “no sé, la verdad no lo leí nunca”, una respuesta que, no importa de qué haya tratado la conversación, es válida.

“American Psycho”, pienso, “Patrick Bateman, Patrick Bateman, Patrick Bateman”, me repito constantemente, sin dejar de ver la boca de Martina, recordando la de Graciela y la de Alicia. Me había encontrado con Bret Easton Ellis en una librería de San Diego por accidente un par de semanas antes. Pasó a mi lado. Dos veces. Una tercera y se quedó ahí, viendo libros, hasta que me preguntó si tenía alguna pinche idea (fucking idea) de dónde había un puto baño (bitching restroom). Le dije que no sabía y me fui. Fingí no reconocerlo, y quizá no se enteró que lo hice, cosa que puede haberle agradado (pensar que no sabía quién era, o darse cuenta de que fingía desconocerlo). Consciente de ese tipo de situaciones, pedí un café en una barra que había al fondo de la librería, y mientras la muchacha que me atendía en español desde antes de que yo hablara me lo preparaba, yo me veía reflejado en la pared de cristal por la cual entraba el sol y se veían afuera un par de gringas fumando en shorts, con lentes oscuros y sombreros de ala ancha. Me vi desdoblar, en esa pared-espejo-ventana, y ese otro yo (apenas una sombra) saltaba sobre el mostrador y le pateaba en la cara la cafetera hirviendo a la muchacha. Su piel se desgarraba y humeaba, al rojo vivo nacían llagas en un instante, y yo todavía la pateaba en el suelo mientras ella se retorcía como un insecto quemado con ácido. “Aquí tienes”, me dijo, dándome el latte que pedí pese a mis costumbres (últimamente, cuando no me siento del todo presente, pido lattes), y después explicándome, con ese tono patético y explicativo que dice “sé que no me recuerdas pero yo a ti sí”, que nos habíamos conocido en una fiesta hacía un año, más o menos. Me llevé un cigarrillo a la boca, presionando sin decirlo (que ya me iba, que no vamos a hablar mucho más tiempo), y contesté con el encendedor en la mano como señal de prisa que “no me acuerdo de esa fiesta: andaba muy borracho”.

Antes estas alucinaciones sucedían cuando estaba más aburrido. Ahora no parece haber distinción, ninguna manera de explicarlo a través de mi estado de ánimo. Hace un par de días, por ejemplo, en el taxi, se subió una muchacha con un vestido floreado. Era atractiva. Yo leía a Javier Marías (o fingía leerlo: la observaba, su suave escote y sus piernas torneadas y su piel blanca) y escuchaba a Bartók (o fingía escucharlo: la observaba, sus clavículas sobresalientes, su cuello musculoso). Me sentía bien, con un cosquilleo en la cabeza del pene, dejando que sus piernas desnudas se frotaran contra mis pantalones con el mecer natural del coche y que en el proceso su vestido fuera deslizándose y deslizándose, aunque fuera unos milímetros. Yo abría mi mochila, sobre mis piernas, y con la mano izquierda empuñaba otra vez la pluma, la misma pluma, y me abalanzaba hacia ella, se la enterraba bajo el pubis, bajo la falda, entre las piernas que había abierto por un instante (sólo un instante) para acomodarse mejor el calzón que ahora se hundía en su sexo perforado y lleno de sangre. Pedí la parada y no la voltee a ver, ni cuando le pedí permiso para bajar ni cuando, al cerrar la puerta, después de que ella volviera a sentarse y abriera sus piernas sin intenciones, supe de reojo que sus calzones eran más pequeños y rosados de lo que había supuesto.

En otro momento, a un compañero le quebré la columna con una silla de metal, golpe a golpe; a una profesora la molí a puños y golpeé su cabeza contra el pizarrón tan blanco hasta partirla; al resto los imaginé amarrados en el suelo, con paquetes de C4 atados a las plantas de sus pies, explotando uno por uno hasta que con sus gritos sumados morían de desangramiento y convulsiones. Nadie escapó ese día, ni mis padres ni mis hermanos, tampoco mis tortugas.

Desperté a la otra mañana buscando la sangre entre mis dedos pero sabiendo ya que no iba a encontrarla: siempre es así, y dejé de esperar, hace mucho, el milagroso día en el que de verdad haya pasado.

La mayoría de las veces dura sólo un instante. En raras circunstancias estoy así todo el día o toda la noche, y todavía más extraño es estarlo ambas, o incluso más si se prolonga a la mañana siguiente. No sé a qué atribuirlo, pero sé que cuando sucede sonrío y después comienzo a sudar así no haga calor. Entre más vívida y violenta sea la muerte, más se crecen estos signos y más placentera es mi estadía posterior en las habitaciones de la realidad. Es verdad que en esos momentos me desvanezco de entre los demás, y suelo confundir el momento (a mis amigos) con un trance escritural, con esa modalidad autística en la que me sumo antes de escribir o cuando se me ocurre una historia y escribo mentalmente un primer borrador. Como cualquier buen pretexto, con el tiempo ya a nadie le importa qué esté haciendo en realidad: siempre que mi mirada se pierde en medio de la nada ya saben que no voy a contestar pronto, aunque la verdad es que pocas veces se dan cuenta: como dije antes, la mayor parte del tiempo creen que sigo escuchando.

Así compenso mis hábitos tranquilos de ahora. De cierto modo, es como comprar mucho papel de baño de un jalón: así uno sabe que puede caer con la peor diarrea del mundo en cualquier momento de su vida sin temor a que se quede sin qué limpiarse antes de tener la solvencia necesaria en el colon para poder salir a la calle a buscar raciones. Quebré tanto mi mente que basta cualquier cosa (y que ni siquiera sé que es) para exaltarme, y eso siempre se agradece cuando no hay nada mejor que hacer. ¿Cómo soportaría, si no, tanta carne tan blanda y vida tan frágil, tan preciosa, si no fuera despedazándola, desarticulándola, matándola?

domingo 4 de septiembre de 2011

De los libros de memoria, y otras cosas.

Escuchaba una canción que hacía más de cinco años no escuchaba, "Wormboy" de Marilyn Manson. Sé que no era el mismo contexto que la última vez, pero sentí que la ira se disipaba, y que años antes había sucedido lo mismo varias veces. Recordaba, mientras la canción me cruzaba entre las orejas, una sensación casi física cuando Manson cantaba "all hate has got me nowhere, I know I'm slipping, I know I'm slipping, I know I'm slipping away". Casi física, no específica, pero cargada de matices que alternaban entre mis emociones actuales (mucha rabia e impotencia) y que hacían al sentir una tarea de tiempo completo. Poco a poco, mientras la canción se llenaba de los nuevos sentidos que antes no tenía y así yo me relajaba, empecé a notar mis alrededores por primera vez en todo el día, desde que mi computadora relativamente nueva se apagó por sí misma, como había hecho antes mi vieja computadora (desde la que escribo ahora), recordándome que yo soy ese tipo al que siempre le tocan los aparatos defectuosos.

La canción cambiaba de ser lo que había sido antes por lo que era ahora, y en el proceso se manchaba de leche de un biberón, de la mueca de sinsabor del padre del bebé que contrastaba con la sonrisa inocente del infante, del olor a cadáver de anfiteatro (tieso, acedo, pesado) del bigotón que venía a mi lado, del escote de una muchacha de acaso quince años y sus roces no tan involuntarios contra mi antebrazo, la mano envendada de una señora gorda con bastón y pelo gris, el lento pero ruidoso rodar de las llantas del autobús. Empecé a preguntarme a dónde se iban todas esas ideas y emociones ancladas al morir, o incluso antes, al olvidarlas con el tiempo y a veces sin reemplazarlas otras.

Pensé en los libros que he leído y en lo que yo he escrito: dos maneras distintas de imprimir mi propia existencia, quizá para no morir saturado o para poder seguir cambiando. Pensando en esos libros que leí hace más de quince años, todavía un niño, y evocando aquellas rugosas partes de mí que había abandonado entre esas páginas pensando que hacía lo opuesto. Porque no lo sabemos, creemos lo contrario, cuando al darle un valor de memoria a un objeto lo que hacemos es descarnar esos bloques emotivos de nosotros para ya no cargarlos. Miramos a ese contenedor y su recubrimiento se interioriza en nosotros, pero ya no es parte de nosotros sino de ese objeto, y sólo si nosotros lo volvemos a ver, si lo activamos. Nunca es lo mismo si logramos recordar que existe el objeto, y lo que sentimos entonces no es sino una sombra de lo que sentimos al desprendernos, un recuerdo de los recuerdos de sensaciones que vivimos hace tanto tiempo. Y en los libros hay mucho de eso, sobre todo en los colores con los que, si cerramos los ojos, recordamos que está pintada la historia, pues no se trata sino de nuestra propia paleta que los ha coloreado.

Si recuerdo libros que he leído una sola vez puedo precisar, por ejemplo, que Sobre héroes y tumbas es azul oscuro (y creo que ya lo había dicho), incluso café en segmentos, y rojo sangre después del "Informe sobre ciegos". Pero esa administración no es gratuita ni enteramente independiente, sino que se forma en parte por el libro mismo, y en parte por mí: por esas mañanas en el autobús al COLEF, por la playa nublada y fría, por mi gastritis de entonces, mi dolor de espalda, las dos cajetillas diarias que el estrés me aventaban encima, los cafés con canela y cardamomo, por conversaciones con Zamara en el camino de la cafetería a nuestro salón de clase, por mi primer desprendimiento de Michelle después de haber estado con ella por primera vez, mi depresión al volver, los caracoles de marzo, el insomnio. Y si pienso en Bogotá esa primera vez recuerdo una ciudad siempre lluviosa, húmeda y nublada, verdísima, con olor a tabaco y café y costumbres extrañas. En cambio, recuerdo Tokio Blues con el amarillo de una borrachera interminable, pero también con el azul cielo con el que recuerdo a Guadalajara, a donde sólo he ido una vez y donde leí la segunda mitad de esa novela. La primera parte como las cervezas inagotables de haber recuperado a mi mejor amiga, y todo el proceso de haberla perdido antes, y la segunda como el aire diferente y despejado de una ciudad desconocida. Pero si recuerdo El general en su laberinto, o la mayoría de los cuentos de Poe, siento que un gris verdoso, indefinido, se avalancha sobre mí como neblina. No sólo mis emociones son ambiguas, sino que siento indecisión y frío, extrañeza y decepción. Recuerdo también la biblioteca de la universidad cuando cursaba Medicina, con sus paredes amarillentes y su alfombra de borgoña, sus estantes de metal mal pintados y los libros llenos de polvo y humedad, libros gastados, libros prematuramente viejos. No sabía qué hacer, leía todo el tiempo para entretenerme y dejar de pensar que hacía lo que no quería, que iba por un camino que no era uno que a mí en verdad me gustara (sin embargo, siempre hablo de esos años, busco la manera de recordarlos casi diario). Y si pienso en Carpentier, en esas lecturas sobre un sofá de cuero, frente a una gran ventana y a la luz entrando hasta el atardecer, siento una saturación deliciosa de placeres y comodidades ubicuas que nada tienen que ver con los textos sino con otras cosas, con botellas de vino y recorridos por Google Maps y pueblos foráneos en domingo. Cada libro, así, guarda mis recuerdos como un rollo de fotografías sin revelar.

Puedo traer a mí la situación de mi cuerpo, puedo verme leyendo el libro en el autobús o sobre mi cama, y si la emoción es demasiado pesada y relaciono el lugar en el que me encuentro con ese momento, entonces me canso y deseo haber cambiado, por ejemplo, la estructura de mi habitación. Es bueno mover la cama, el escritorio, cambiar los libros de libreros y los libreros de lugar, para que el cuarto no sea el mismo de esa vez que uno llegó llorando y borracho a las cuatro de la tarde, y que ese recuerdo pueda aislarse y desvanecerse cuando ya no haya nada físico que lo ate a uno. Es sano, también, que ese otro momento, en el que después de un triunfo gozamos sobre la cama, pueda irse deslavando con el tiempo para que así al suceder algo similar (o distinto pero de buena intensidad) no comparemos cuál fue mejor sino genuinamente creamos (y es así) que esta vez es, que ahora tenemos más que antes. La presencia inamovible de las cosas constantes, su peso inmortal como el de las piedras, hace que esa totalidad nos sofoque y disminuya. Es buena la mudanza, y es bueno hacer las cosas las menos veces posibles. Quizá haya libros que relea, varios, que leo y vuelvo a leer, a veces completos y otras sólo fragmentos, pero para evitar un círculo vicioso (porque tiendo a ellos, aunque sea por medio de tangentes) trato de tener los más posibles, de siempre tener algo nuevo y algo "obligatorio" que me empuje a no caer en una rutina emocional, y que me ayude a disgregarme lo más posible, a separar en cuántas imágenes más mi propia memoria.

En cambio cuando escribo habrá otras cosas detrás, y que jamás serán divisables, cosas que hacen que lo escrito (a diferencia de lo leído) tenga un valor más íntimo todavía del que podría tener. Porque el plano de las emociones se enriquece en dimensionalidad, se ensancha, se profundiza y se alarga, se nutre de los recuerdos que —ya sea por capricho o naturalidad— acompañan a la imagen de la que nació lo escrito (a veces una influencia grande, otras una mínima y casi sin relevancia para mí), de mi estado emocional en el momento de escribir, de mi memoria reciente y de lo que los mismos narradores y personajes sienten y han ido sintiendo desde que empezaron a crecer adentro de mí. Mis textos son más el condensar mi presente que mis lecturas, pero son instancias irrecuperables y que, al igual que mis lecturas, sólo existen para mí al volver a leer mis textos. Nadie sabría que una ciudad de piedra gris, de grandes murallas y erigida sobre un desierto, me trae tristeza porque cuando escribí sobre esa ciudad buscaba un refugio en el cual esconderme de mis insatisfacciones de aquel momento y de la derrota inminente que sabía que vendría una vez que tuviera que enfrentar esos meses en los que estuve huyendo más tarde, cuando hubiera preferido no huir sino hacer lo opuesto: estar presente. Quizá la ciudad en el desierto pueda pensarse cercana al escape, a la búsqueda por la soledad, ¿pero puede remitir a la tristeza que siento por haber tenido ese campo de pensamiento en ese tiempo? Nadie puede leer en mis textos tristes la felicidad y plenitud con la que llegué a escribirlos, ni cómo me sentía en ese momento, completo y lleno de cafeína, cuando anoté por primera vez la muerte de un personaje, el amor de toda la vida de mi protagonista, basada no en una amiga sino en un amigo a quien en parte detestaba pero a quien por nada del mundo hubiera querido ver muerto. No todo lo que he escrito triste transmite felicidad; algunos textos están repletos de rabia o de gallardía, pero yo al leerlos veo un abismo gris que me hincha. En un cuento el narrador es un asesino que entra a casas que fueron dejadas abiertas durante la noche, y su voz, tétrica y temblorosa, me produce la calma de un niño arrullado por su madre, mientras que la ciudad en la que sé que vive (y de la que no describo ni una sola casa, ni una sola calle) me causa escalofríos y una tendencia a acurrucarme.

La elipsis se vuelve el recurso más utilizado, aún sin nadie se percata de ello. Omito descripciones que se llenan con imágenes mías, porque sé que así como a mí me sucede les sucederá a otros. Muchas veces, al leer sobre cierto metro de París, imagino no la estación que es (y que he visto en alguna película), sino otra estación, de un metro diferente y que yo recuerdo y que no necesariamente es real. He visto el rostro de una actriz o de alguna amiga con la voz de una mujer que es asesinada por un negro, pero también he visto a la misma ciudad en la que todo sucede en mis textos y en otros. Todo habita, parece, un solo mundo, y así siempre que leo "frac de a rayas" pienso en el mismo frac de a rayas, y la imagen se añade a la del personaje que lo trae puesto, que puede a su vez ser un derivado de conocidos o un esbozo más imaginario, dependiendo de qué tan severa sea la descripción, pero siempre sumando los rasgos que siempre que son mencionados me vienen a la cabeza: sólo hay un bigote recortado, sólo hay una calva prominente, sólo hay una gran nariz ganchuda. Es así como un texto se vuelve más íntimo y a la vez más sembrado de posibilidades. Cada vez que se habla de un túnel, el túnel no es el mismo para todos, y eso está bien. Yo escribo que había sólo una taza con un poco de café sobre la mesa, pero dudo que muchos piensen en la misma taza de Viena sobre una mesa japonesa, y que huelan los ciruelos del patio sonando bajo el viento, y que el atardecer anaranjado que traspasa el portón del santuario se refleje sobre el pasto. Yo sólo mencioné una taza sobre una mesa, pero he pensado en todo este cuadro, y a la vez nada es originario de ahí: la taza la vi en el mercado de la Lagunilla hace poco más de tres años, la mesa en una fotografía que me mostró Naoki de su casa hace casi ocho años, el jardín no es en realidad japonés sino una mezcla de la casa de mi abuela en Estación Rosales (a donde no he ido en más de cuatro años) y el de la casa de Giselle a la que fui hace también casi tres años, el atardecer quizá sucedió en mi infancia, y el portón es uno de Villa de Leyva que vi en enero de este año. Cada vez que lea este texto, volveré a recordar ese cuadro, a todas esas cosas de naturaleza tan distante conviviendo en la misma habitación. Y aunque hubiera descrito todo hasta el mínimo detalle, ningún lector vería las mismas cosas que yo, porque ninguno de ellos estuvo ahí, detrás de mis ojos, cuando vi todas esas cosas. Y eso está bien, es lo que debe ser, para que llene los textos de sus recuerdos como yo he hecho con los libros que he leído.

Después, satisfecho, dejé de pensar en todas estas cosas y decidí escribir sobre ellas, pero cuando caí en cuenta de que no tengo mi computadora nueva, que estoy en esta vieja máquina sin letra e ni letra a, no pude sino cargar una estampida de emociones, la de todos los malos momentos que viví en esta computadora. Justo entonces, a punto de volver a la ira de varias horas antes, apareció al otro lado mi mujer, pronta a dormir, y al verla encobijarse y cerrar los ojos pude ver a esta misma máquina en sus buenos momentos, aún si sus mejores no fueron los míos, pues las mejores cosas que viví en este aparato no tienen mucha relación con el mejor desempeño que alguna vez tuvo, hace seis o casi siete años. Y así todo.

martes 24 de mayo de 2011

Paréntesis previo al viaje

Desde hace dos años, quizá más, lo importante en mi vida sucede mientras viajo. Poco a poco el volver a mi habitación en Tijuana se ha convertido en un paréntesis de mi vida, en un retiro para el trabajo y mi soledad.

Mi habitación es mi cabeza: un refugio atiborrado de voces y colecciones incompletas, de polvo y recuerdos mal escritos, dudosos. Estando en mi habitación me siento a gusto, y entre más he viajado se ha convertido en el único lugar dentro de Tijuana donde puedo estar tranquilo, en silencio, en soledad. Con mis viajes me he ido alejando de esta ciudad y de la gente, de mis amigos, incluso de mi familia, pero no porque haya perdido algo en ellos, sino porque me he perdido allá afuera.

Me he convertido en un cuerpo en transición, en un nómada, y la estancia radicalizada en una serie de rituales idénticos, de una rutina, me llena de tedio y bostezos. No es que no me importe la gente, es que no quiero volver a tener una rutina con estas cosas. En cambio la sala de espera y la sala de fumadores del aeropuerto, esos lugares se han convertido en mi nueva rutina. Llegar al aeropuerto de Tijuana, hacer check-in, documentar maletas, pasar revisión, que alguien me desee buen vuelo y sentarme por lo que quede de tiempo en la sala de fumadores con una cerveza, fumando, fumando, platicando con extraños. Todos tienen razones distintas para viajar, pero todos viajamos, todos hablamos de nada en la sala de espera.

Todo este año ha sido así, un paso entre un viaje y después una larga estancia en mi habitación. Puede decirse que cuando he estado en Tijuana he estado sólo en mi cabeza, y que cuando he estado en Bogotá, México o Hidalgo he estado afuera, y que cuando he estado en esas salas de espera he estado en casa. Mañana viajo otra vez, a Taxco, con una brevísima escala en México, y después de eso vuelvo por una semana a mi habitación y parto de nuevo a Bogotá. Allá está lo que yo quiero, a lo que pertenezco, y con el tiempo eso ha dejado de ser cualquier lugar, para ser más una situación.

El aeropuerto me espera. Tengo la maleta lista. Mi vida es una sala de espera.

viernes 13 de mayo de 2011

Abaddón

Hace un par de semanas empecé a leer Abaddón el exterminador, sin ninguna relación con la muerte de Sabato, sino que por coincidencia era el aniversario de la última vez que leí Sobre héroes y tumbas. Lo de su muerte fue algo quizá afortunado, aunque para un fantasma que lleva décadas flotando en el vacío eso puede que sea indiferente. Para mí fue un alivio, en parte porque anuló un impulso por ir a Buenos Aires a buscarlo, impulso que seguramente él no hubiera apreciado y por el cual yo hubiera tenido que invertir demasiado: un sueño adolescente sin justificación ni garantía. Antes de que muriera yo no quería que muriera, pero ahora que ha muerto me parece saludable que lo haya hecho. Saludable para mí, más que nada. Eso ya no importa. Lo que importa es lo que pasó después de abrir el empaque del libro.

El libro tenía casi cinco años en mi librero, todavía forrado en celofán, con un precio marcado de una librería que ya no existe. Lo agarré de mi estante sin saber que lo agarraba y lo desnudé de esa transparencia. Llevaba casi media hora viendo todos mis libros, decidiendo cuál de los libros que nunca he leído iba a empezar ese día, en el autobús rumbo a la universidad. Iba, otra vez, a salir al mundo exterior, y para eso quería algo que me motivara, algo que me hiciera olvidar, al menos durante el trayecto, que estaba afuera de mi bastión acolchado y constante: un libro nuevo. Tenía semanas leyendo los mismos libros gordos, y sin darme cuenta había terminado varios y no los había reemplazado con otras lecturas. Había disminuido mi consumo conforme mis ganas de producir incrementaban, pero tampoco había escrito mucho por estar pensando demasiado. Pensando demasiado en qué escribir, pensando demasiado en qué leer. Mi mano sacó el libro. Rompí el celofán. Lo eché a mi mochila. Sólo ahora entiendo que ha pasado un año exactamente desde que volví a leer Sobre héroes y tumbas, aunque no estoy seguro de que eso signifique algo que importe. Caminé hasta la parada de autobuses, tratando de no pensar que estaba afuera y que ese aire, ese cielo inmenso, podía desplomarse sobre mi cabeza en cualquier momento. Me subí al autobús y empecé a leer el libro en cuanto pude.

No había coincidencias. Todo presuponía un orden de las cosas que poco a poco comprendo mejor como una estructuración del mundo a través de mi imaginación. Otra vez la verdad en un libro, un libro que habla de mí, como todos los libros si los leo en el momento adecuado: cuando ellos por su cuenta llegan a mis manos. Es lo mismo que con la escritura: uno puede escribir (leer) lo que quiera en cualquier momento, pero hay ciertas cosas que cobran un significado relevante en ciertos momentos, y sólo en esos momentos adquieren su máximo potencial para uno. En cualquier otro momento escribir (leer) es mero entretenimiento, pero cuando se trata del momento para el texto preciso, se trata de un flujo favorecido por las circunstancias.

La primera página del libro dice lo siguiente:

Pero, después de un largo tiempo sin encontrarlo en La Biela ni en el Roussillon, y cuando supo por los mozos que en todo ese período no había reaparecido, se decidió a llamar a su casa. “No se siente bien”, le respondieron con vaguedad.

“No, no saldría por un tiempo.” Bruno sabía que, en ocasiones durante meses, caía en lo que él llamaba “un pozo”, pero nunca como hasta ese momento sintió que la expresión encerraba una temible verdad. Empezó a recordar algunos relatos que le había hecho sobre maleficios, sobre un tal Schneider, sobre desdoblamientos. Un gran desasosiego comenzó a apoderarse de su espíritu, como si en medio de un territorio desconocido cayera la noche y fuese necesario orientarse con la ayuda de pequeñas luces en lejanas chozas de gentes ignoradas, y por el resplandor de un incendio en remotos e inaccesibles lugares.

Sé que es debatible hablar de una armonía universal extemporánea cuando se piensa que un ritmo inconsciente guía la mano a tomar cosas que quizá en lucidez uno no sabe que sabe. Por ejemplo, yo sabía que Sabato se encerraba, que tenía años encerrado, que la humanidad le dolía, que estar afuera lo hundía más y más en el pozo, y quizá por eso, guiado por mi mano que lo sabía cuando yo no lo tenía presente, tomé ese libro con la esperanza de leer algo que me hablara más sobre mi desasosiego y mi desconexión física con el mundo. Quizá sea debatible, pero por eso digo que no es sino una estructuración de mi mente, de mi imaginación. Esa es la armonía universal de mi mundo, y no sé si pueda existir otra, lo dudo profundamente.

Lo que siguió en las próximas páginas, que hablan del proceso creativo estancado de Sabato por forzar una novela que se opusiera a las fuerzas negativas que amenazaban con destruir al universo, me llevó entonces a retomar mi cuaderno, ayer, y seguir escribiendo una novela que ya no sé si es una ficción nueva o un producto anterior de mi imaginación. Escribí el comienzo de un capítulo, después de varias horas de ver a dos personajes nuevos en mi cabeza, nuevos pero muy familiares, nuevos pero que reconocí como viejos amigos. ¿Quiénes eran en mi vida? ¿Cómo se entrecruzan conmigo desde antes?

No estoy seguro de quiénes se derivan ellos, una pareja. No estoy seguro de si se desdoblaron de una sola persona cada uno, o si son producto de una síntesis de varias personas. Claro, todo personaje es una síntesis, pero en ocasiones predomina una esencia sobre otras, y entonces es que digo que se desdoblan de una sola persona. Estas cosas no me eran claras cuando comencé a escribir sobre ellos, y todavía no lo son, aunque después de esas páginas que escribí anoche siento que les voy encontrando parecido con varias personas de hace cinco años. La duda que me queda al final es sobre lo táctil que me son sus recuerdos mientras los escribo, lo físicas que devienen sus palabras en mí al momento de escribirlas. Los veo frente a mí, sólidos, ya ni siquiera como quien recuerda algo sucedido sino como quien vive algo en el momento. A la vez parecen memoria, como si resurgiera un pasado que había olvidado o que yacía dormido. Entonces pienso que quizá sí haya sucedido todo eso, aunque sea en el pasado que el narrador de esa novela recuerda. Quizá ese pasado sea verdaderamente mío, no como lo es mi creación, sino como lo es mi vida. Quizá yo viví esas cosas, ya no en mi imaginación sino en mi carne. Quizá sí, quizá sean experiencias que he olvidado, que no fueron relevantes en su momento pero que ahora regresan de sus habitaciones oscuras para vivirse otra vez, otra vez, como si fuera el principio de las cosas, la primera vez que vivo todas esas cosas.

En últimas, puede que al final esas vidas me consuman, me dominen, hasta volverse mi vida, y de mí ya no queden sino sombras vagas y disueltas en un mar de experiencias oscuras y sin forma definida.

lunes 25 de abril de 2011

La gorda, en Picnic no. 38

Hace unas semanas me llegó el número 38 (febrero-marzo 2011) de la revista Picnic, Guerreros. Adentro, un texto mío, “La gorda”.

Semanas antes, en Bogotá, recibía un correo en el que decía que mi texto original para la revista se pasaba un poco en lo gráfico, en lo explícito. “Wey, me están censurando por primera vez en mi vida”, pensé. Y sonreí. Me gustó la idea. Me sentí importante. Que mis palabras pudieran causar estragos, al desnudo, significaba que mis palabras eran peligrosas, que estaban cargadas de poder y pasión más allá de las convenciones fuera de lo convencional. “En últimas”, pensé, “mis palabras pueden afectar a otros”.

Acepté la oferta de modificar el texto, sin más intervención que una nota ligerísima en la que se me pedía de buena gana, si yo quería, que cambiara frases explícitas por frases más sugerentes, sin sugerirme ninguna frase ni ningún cambio específico. “Puedo publicar el original en mi blog”, pensé, todavía enamorado de mis palabras viejas. Edité el texto. Volví a México.

Cuando había olvidado el tema, semanas después, entró mi mamá a mi habitación con un paquete con mis ejemplares adentro. Lo hojee, enamorado del olor a revista nueva, tinta fresca, papel caliente, mi texto publicado. Lo leí. Me gustó. Le di una revista a mi mamá para que la leyera. “Está muy fuerte tu cuento”, me dijo a los dos días, “pero me gustó”.

Un mes después, la semana pasada o antepasada, leí en público el cuento. Antes de leerlo comenté un poco esto, de cómo originalmente el texto era otro y después lo modifiqué y ahora tenía dos textos y no sabía qué hacer con uno, el viejo, porque estaban ahí sus palabras como camisetas sucias, sin lavarse, sin usarse, hediendo en una esquina de mi habitación, y prometí subirlo aquí para que se leyera, para que tuviera un lugar. Después leí el texto, como aparece en Picnic, en voz alta. Me gustó. Me gustó mucho.

Me gustó tanto que decidí que ya no voy a publicar el original en ningún lado. Esas camisetas estaban muy gastadas, y las tiré de una vez. Quizá alguien, en el basurero, las encuentre y las use. Quizá debí donarlas. Quizá, quizá, quizá, lo mejor sea olvidar que hubo una versión previa, porque ese cuento de antes fue un paso antes del cuento final. Muchas veces me ha pasado eso.

El fin de semana pasado le contaba a un amigo que tenía un libro al borde de la publicación, pero que ese libro, adentro, tenía varios otros libros: los libros que había ido escribiendo antes de llegar a este, y que por muchos cambios en mí se convirtieron en este. En muchas ocasiones, amigos que conocieron esos libros viejos, o su proceso, se lamentan porque “abandoné” el proyecto, de uno u otro modo. “Tenía un título genial” o “daba para una obra independiente” o “me parecía más sobrio que lo que estás trabajando ahorita” me han zumbado en los oídos por los últimos cinco años. La verdad, hay que dejar ir esas cosas. Si el texto se amarra por mucho tiempo invariablemente se transforma, de muchas maneras posibles: a veces reescrito en otro texto, como una versión alterna de una canción de jazz; otras, elementos como un personaje o un escenario o algunas imágenes o una sensación se traspapelan o emigran a otro texto, madurando; también, puede ser, el tema evoluciona hacia otro subgénero, y se nutre de coincidencias y aparentes absurdos. Pueden pasar muchas más cosas, pero estas son las que más pasan conmigo y mis textos. No me arrepiento. De nada. Es parte del crecimiento.

Si no se hubiera publicado este texto en Picnic quizá sería otra cosa, quizá seguiría cambiando, a través del tiempo, hasta que se publicara eventualmente, quizá como algo que ya no se le pareciera en lo absoluto. Lo más probable es que así sería.

Aquí queda, “La gorda”.

***

La gorda

Estoy gorda. Peso un kilo más que la semana pasada. Estoy muy gorda. Peso siete kilos más de lo que debería pesar.

Mi novio dice que no le importa cómo me vea, le gusta cómo me veo. Que le gusta cómo las medias me surcan la carne de los muslos. Estoy gorda. Peso siete kilos de más y los tengo que bajar para pasado mañana. Mi novio dice que le gustan mis muslos partidos por las medias. Mi novio no entiende. “Como un chorizo”, pienso cada vez que me dice que le gustan mis muslos partidos por las medias. Me gustan tus muslos partidos por las medias [como un chorizo]. Le agrego las palabras que le faltan y pienso que estoy gorda. Pienso que para pasado mañana tengo que pesar siete kilos menos, que voy a llegar al estudio de grabación y que el director me va a decir que estoy gorda y que mis muslos parecen chorizos cortados por las medias.

El director me va a tratar como a un par de chorizos abiertos en ángulos de cuarenta y cinco, noventa, ciento veinte grados, pero no ciento ochenta grados porque estoy gorda y no puedo abrir tanto las piernas. El director va a cambiar los ángulos que había pensado, va a modificar toda la escena en el momento porque estoy gorda.

Mi novio no entiende que esto es una guerra. Que estoy en una batalla que se detiene y que se retoma la próxima semana.

Mi novio no entiende que después de que termina el combate empiezan los preparativos para el siguiente.

Mi novio no entiende que lucho para que mis muslos sean rectos y firmes, perfectos, para que el director no me llame “pedazo de manatí” y “vaca bípeda”.

Mi novio no entiende, pero tampoco quiero que entienda, tampoco quiero contarle, tampoco quiero que se entere, aunque sea cuestión de tiempo para que lo sepa.

Pude haberle contado. No era que me sintiera liberada ni ninguna de esas pendejadas que dicen las otras en las entrevistas. Tampoco era que siguiera un sueño, ni que me faltara el dinero, ni que quisiera probarme a mí misma, ni nada de eso. No le conté porque si no lo hacía era combatir por una causa mía. No era que no tuviera mis propias causas, sino que aquí eran completamente íntimas.

Completamente íntimas y públicas y él nunca se enteraba.

Cada vez que una embestida salvaje me partía la cadera, cada vez que un disparo directo caía en mi lengua sin ninguna gota desperdiciada, cada vez que el filo de estante de unos dientes extranjeros me cortaban, cada vez que alguien me cargaba y me tiraba como a un trapo y me arrastraba y me dejaba en cuatro patas y me detenía por detrás mientras yo arañaba el suelo y mis rodillas temblaban y mis piernas se rompían y me derrumbaba y me volvían a levantar y me volvía a derrumbar, cada vez que tenía frente a mí una cámara, era una batalla ganada.

Batallas íntimas, grabadas, vendidas, re-vividas, elogiadas por el tiempo justo y la memoria colectiva.

Batallas glorificadas.

Batallas de leyenda.

La guerra es constante, es contra nuestro propio cuerpo y contra el cuerpo ajeno. La guerra es contra el cuerpo de todos los otros, todos esos cuerpos ajenos, que ven a los nuestros, a nosotros, como infecciones.

La guerra es contra las monjas que viven en el edificio de enfrente del estudio que nos han echado a la policía un par de veces. Por eso grabamos con la ventana abierta, por eso muchas veces saco la cabeza por la ventana y grito que me gusta, que más, que más, que más duro.

La guerra es contra mis padres que me decían que me casara y tuviera hijos, que no lo hiciera por placer porque es pecado. Por eso grabo con los ojos mirando al cielo, a su dios, para que él les cuente cuando recen por mí que hoy grabo una escena con más amantes en ella de los que ellos tuvieron en toda su vida, juntos.

La guerra es contra mis hijos que nunca van a nacer porque desde ya les estoy negando a la madre que quisieran tener, a la madre que merecen tener, a la madre que creen que deberían tener porque alguien les dijo que hay un tipo de madre que es la madre y otro tipo que no es una madre sino una enfermedad. Por eso cuando grabo los beso a todos, para darles el amor que es de todos, el amor que tengo para darle a todos mis hijos que se alimentan de mi pecho.

La guerra es seguir frente a una cámara y no fingir que me gusta, porque sí me gusta y no tengo que fingir, porque lo hago porque quiero y todos lo hacemos porque queremos y por eso lo vamos a seguir haciendo.

La guerra es que cuando lo haga y diga que lo hice no me miren con asco, no se asusten, no me censuren, no se caigan del horror porque he hecho, he hecho y he sentido, he sentido lo que quisieran sentir.

Pasado mañana grabo y tengo siete kilos de más, estoy gorda y mi novio no entiende y el director me va a decir que por eso no puedo abrir las piernas en ciento ochenta grados y que mis muslos parecen dos chorizos cortados por las medias.

A mi compañero le va a dar igual. Me va a dar igual de duro. Va a terminar igual de denso y yo me lo voy a tragar, como siempre, sabiendo que otra vez he ganado a pesar de todo, que otra vez he combatido y triunfado aunque todas las probabilidades siempre hayan estado en mi contra.

Siempre gano.

Soy Judith y estoy gorda y siempre gano.

Hola, soy Judith, tengo diecinueve años, estoy gorda y quiero que me dejen ser una pornstar.

Mi memoria incierta y la escritura del pasado

Hace días salí de mi encierro autoimpuesto. El mundo, un mar de catástrofes en potencia, de muertes violentas probables, me acosaba como un niño a un renacuajo. El cielo, la mayor amenaza, podía convertirse en plomo en cualquier momento y aplastarme, caerme encima, todo, todo ese volumen flotante y que aparenta ser ligero, todo, troposfera, estratosfera, ozonosfera, mesosfera, ionosfera e incluso la exosfera, sin un solo átomo desviado al espacio, todo, llenándome de terror y de exagerada paranoia: me refugiaba, por momentos, entre el techo del autobús y luego el de un Oxxo y después el de un taxi, el de un edificio de cinco pisos, el de la terraza de un café, como si barreras tan ligeras pudieran detener al insomne cielo una vez que decidiera solidificarse y caerme encima. El aire corriente también me atacaba. Cortando mi cara, mi piel que se desvanecía en cada caricia violenta, el viento se llevaba mis facciones de un lugar a otro más remoto, para siempre. Después, lo más terrible, la gente. Tantas personas, tan desconocidas y al mismo tiempo tan familiares, tocándome, abrazándome, besándome la mejilla, disparándome voces que de mantenerse silentes me hubieran hecho menos daño.

Recuerdo el primer cigarrillo que prendí no por gusto sino por necesidad: oculto tras una barda, fingiendo que hablaba por celular, ocultándome de los otros que apenas llegaban y recibían información de mi presencia física, de mi existencia. Entonces, lo peor, fui llamado al frente de un público a leer, y todas esas miradas ajenas reposando en mi barba como dientes de peines de acero me laceraron, me desgajaron hasta que me fue puesto el micrófono enfrente, los miré a todos a los ojos, y dije la primera palabra.

Me sentí vivo. Por un momento estuve vivo. Vivo y ligero, floté de una cabeza a otra, resonando entre sus oídos y detrás de sus ojos, en cada lengua y cada paladar y cada garganta. Leí mis textos, entre los que después alguien reconocería historias familiares, historias vividas juntos e historias compartidas, historias que hablaban de un pasado, un pasado en común, de personas y momentos y emociones de antes.

Pasó durante dos días consecutivos.

Dos días después, la última vez que estuve afuera, perdí el derecho a poseer partes de mi memoria al confrontar mis recuerdos con los recuerdos de otras personas que estuvieron conmigo en ese mismo momento que yo recordaba, recordándolo de otra manera. Tuve que preguntarme si mis recuerdos podían ser compartidos con otros o si eran estrictamente míos, restringidos y privados y frágiles. El mundo que había hecho para habitar, perfecto sobre todo por sus errores e infortunios, colapsó en momentos, en situaciones, en paredes completas, en pisos enteros, en edificios y colonias, en sectores grandes, en ciudades, en países, en continentes. Fue abandonado, mi mundo, en su mayoría. Y después de llorarlo y de pasar el luto, decidí volver a construirlo. Lo hablé con mi mujer. Le dije “amor, necesito tener un pasado, necesito venir de algún lado”, y ella me recordó que yo no vengo de ningún lugar, que “de donde vengo es imposible que viniese, [que] por eso no estoy aquí”. Entendí en sus palabras que yo soy libre de crear mi origen, que soy libre de crear mi futuro. Volví a escribir.

“Han habido momentos en mi vida que, aunque recuerdo con claridad, no sucedieron. Hasta qué punto esos momentos me forman me es incierto. Sé que no se trata de cimientos, de nada verdaderamente esencial, sino de instantes catárticos que cierran un capítulo para abrir otro. Sin estos momentos, en mi memoria, mi vida tiene una ilación continua y plana, en la que todo sucede hasta un punto justo antes del clímax de un capítulo. Sin estos momentos no dejo de ser quien soy, pero sí soy un yo incierto y desconocido para mí mismo, un yo sin bordes, sin asperezas, sin abismos. He decidido, entonces, no aceptar la realidad. He decidido alimentarme de mis recuerdos. He decidido mantenerlos, así sea sólo para mí, en privado, como sucede con los sueños. No pienso escarbar más. Voy a construir esos recuerdos, en mis textos. Voy a escribir esos recuerdos para que persistan más que yo, más que la verdad que los anula. Al final, quiero que esos recuerdos sean ese yo de entonces, ese yo que también vivía encerrado, encerrado en su imaginación.”

El párrafo anterior está en mi diario con la fecha 24 de abril de 2011. Lo escribí en la madrugada.

El pasado, he leído mucho en estos días, por todos lados, es eso. Proust escribió su pasado para no perderlo, para entregarlo, para volverlo real y edificar alrededor de él un mundo en el que circulara todo el mundo que lo había escrito a él, antes. Anaïs Nin dejó un mundo testimonio con su pasado y el de otros en los registros de sus diarios por medio de sus emociones desnudas, de sus pensamientos cotidianos, de sus deslices, de sus juicios, de sus visiones. Vila-Matas parte de su pasado para hablar de su presente y del proceso de escritura, y por medio de sus motivos y de sus reflexiones que giran como reguiletes forja un mundo en el que las coincidencias y los encuentros fortuitos acompasan una armonía mayor, un designio detrás del caos y del absurdo, una vida fundada por el estilo. Yo escribo con un pasado ficticio para darme un lugar dentro de mi propia escritura, para vivir y recordar por medio de mis personajes lo que no me es permitido vivir ni recordar afuera de ellos. Escribo sobre un pasado que, mientras pensé que vivía, no sabía que estaba escribiendo como una posibilidad alterna para sobrevivir a mi propia incapacidad para vivir coherentemente.

Quizá en algún punto, dentro de muchos años, ese sea el verdadero pasado, cuando nadie pueda negarlo y nadie pueda romperlo y tampoco importe porque será tan lejano, tan distante, que nadie podrá recordarlo con certeza. Como yo no puedo ahora, como no podré nunca.

jueves 31 de marzo de 2011

Cuando escribía en Sanborn's

A mediados de marzo de 2002, una versión más joven, ingenua y voraz de mí se sentaba todas las tardes en la misma mesa de Sanborn's, al lado de una ventana cuya cortina estaba siempre sostenida por un tenedor. A veces con amigos, otras solo, pero siempre con la mirada puesta en varios lugares a la vez. Mínimo tres lugares: uno, un futuro tentativo, exitoso, en el que sería como esos personajes que llegaban con un puro, pedían un café y molletes, ocasionalmente una cerveza, y fumaban y bebían despreocupadamente a la par que escribían o leían portando su máscara más neutral y a la vez inspiradora, hasta que algún colega suyo los abordaba y, después de los correspondientes estrechones de manos y abrazos, se elogiaban mutuamente durante extensas y nada avasalladoras sesiones de cinco o seis horas; otro, las piernas de alguna muchacha, muchas veces (la mayoría) de una muchacha que había sido invitada por mí mismo con la sola intención de poder verle las piernas y registrar mentalmente imágenes de sus músculos realizando movimientos sutiles para alterar, más tarde, acorde a gusto y necesidad y antojo, en una sesión de masturbación mental (amigas de las que, es evidente, jamás buscaría otra cosa en la mesa que no fueran conversaciones sinceras y personales, pues mi enamoramiento secreto debía mantenerse así y sólo consumarse en solitario, por la noche más que nada, a veces por la mañana); finalmente, sobre un cuaderno en el que sin verdaderas intenciones literarias anotaba ideas fugaces, versos adolescentes repentinos, historias instantáneas y, más que nada, un catálogo minucioso de mis emociones diarias y de la relación que éstas tenían con otras personas, algo así como un diario pero no necesariamente. Mi romanticismo kitsch de entonces me permitía hacer todas estas cosas sin darme cuenta de lo trillado que era. Hoy miro atrás, a esa época, y me comparo con el yo de ahora: soy irremediablemente el mismo.

Mi idea de éxito ha cambiado mucho: ya no es una historia académica de elogios indiscriminados ni de reconocimiento por parte de los colegas, sino una noción más personal sobre el ser leído y disfrutado por lectores anónimos —anónimamente menos, pocos, poquísimos— que quizá, con suerte, sentirán en lo que escribo una conexión profunda y sincera con ellos y, con más suerte, recogerán una frase y la atesorarán por siempre; mi idea de éxito, entonces, se ha movido en el esquema muchos pasos hacia la izquierda, hacia las funciones emocionales del texto, hacia el impacto directo de lo escrito y no tanto de mi imagen como escritor. Mi idea del amor también ha cambiado mucho: ya no es el enamoramiento múltiple, furtivo, aleatorio y secreto de entonces, en el que me vertía hacia toda aquella persona que me regalara algo de su atención y de su confianza, sino hacia mi mujer, con quien he compartido vida, lágrimas, viajes, cama, comida, problemas y emociones tangibles así como sueños, y con quien sueño casi todo el tiempo (siempre que puedo) y cuyas piernas acaricio y veo siempre que puedo (todo el tiempo); mi idea del amor, entonces, también se ha movido en el esquema hacia lo real y lo imaginario que nace de lo real, y no tanto lo ficcional que añoro por realizar. Mi idea de la escritura también ha cambiado bastante: ya no es la producción errática, sustancial, como un oleaje indeciso y fragmentado, que se hace desde mis necesidades emocionales sin pensarse ni gozar de una función estructural, sino una escritura que nace desde sí misma y por sí misma según la función que ella misma haya querido desempeñar para alterar mi curso emocional y, por extensión, el de sus probables lectores, una escritura con propósito, siempre con propósito, que se acomoda por su voluntad a las funciones estructurales que quiero explorar; mi idea de la escritura, entonces, también recorrió la misma dirección, y ahora está menos libre de prejuicios y pretensiones, más viva y libre de mi propio estado de ánimo, pero nunca desligada de mí ni de mis inquietudes emocionales.

Dejé de ir a Sanborn's, dejé de querer ser reconocido por el gremio, dejé de vivir en depresión y soledad amorosa, dejé de masturbarme pensando en todas mis amigas, dejé de escribir sólo cuando había "inspiración" y lo que fuera, pero nunca dejé de ser un puto cliché. Si ya no soy el poetilla pendejo que era invitado a todos los encuentros organizados por las instituciones culturales en donde todos los demás poetillas pendejos se la pasaban elogiando mi obra pese a que no existía y que jamás la habían leído, ahora soy el típico narrador pendejo que se las da de antisocial y romántico del hacer lo que quieras hacer y que te valga un pito de perro, que se posiciona dentro del sistema cultural como un supuesto triunfador modesto y trabajador que siente que lo que tiene ha sido por su trabajo y no por sus influencias, que nunca ha pedido un favor, que rechaza la mayoría de las invitaciones porque no le interesan y no las necesita, y que tampoco siente la necesidad de criticar nada porque, aunque nadie le crea y muchos piensen que es un vendido, sabe que aunque hay una gran mafia involucrada el que tiene talento y no es imbécil consigue lo que quiere. Es decir, ahora me rijo por el signo del escritor apolítico que se preocupa por escribir y por vivir su vida a sus anchas, no las del más romántico que se destroza entre la pobreza y la crítica descarnada y el hermetismo anacoreta, ni la del político de las letras que se mueve entre favores y elogios y acciones discutibles y a la vez otro tipo de trabajo activo despreciable: un punto medio.

Y si antes disfrutaba ser un retrato cliché de un protoartista adolescente mexicano, hoy disfruto más ser lo que soy. Disfruto, incluso, darme cuenta de que soy un cliché y en el momento asquearme por cumplir una función tan específica e indiscutible dentro del gremio (como uno de esos que no opinan ni a favor ni en contra porque simplemente no les interesa). ¿Pero cómo no serlo? Ha llegado un punto en el que, creo, todas las maneras de ser escritor se vierten a un cliché, y pareciera que no existe una sola forma no estereotipada de escritor. Quizá ya no voy a Sanborn's salvo cuando necesito cambio de un billete de quinientos y entonces compro alguna revista (la última vez Tierra Adentro, que me hizo recordar por qué ya no compraba Tierra Adentro). Pero en ese tiempo, en ese año 2002, yo no era tan consciente de mí mismo como lo soy ahora.

Escribí mucho en Sanborn's. Mi primer libro, Bucles de cronotopía, un libro de cuentos relativamente buenos (para mi edad) con un título pésimo, lo escribí en esa misma mesa de siempre. Con el tiempo, esos cuentos se convirtieron en otra cosa: algunos en otros cuentos, otros en ensayos, unos en poemas y un par en estructuras para libros completos. Aunque las ideas, más que nada, eran potencialmente buenas, aquellos cuentos vieron su fin como futuro viable, como publicaciones. Algunos amigos que los llegaron a leer lo lamentaron. Yo no. Entendí su función como parte de mi proceso de crecimiento, y no veo un desperdicio en dejar que todas esas historias mueran como tal. La mayoría han vuelto en forma de otras cosas. La mayoría, si no es que todos, ayudaron a que ese cambio de escritor de Sanborn's a lo que soy ahora sucediera. En esos años no lo hubiera pensado así. Si yo mismo me hubiera dicho: "Rafa, no vas a publicar nada de eso, sólo van a ser ejercicios", mi propio ego de entonces me hubiera contestado: "Rafa, estás muy pendejo. Voy a publicarlo. Y voy a recibir reconocimiento." Ahora sucede lo contrario. Ahora siempre creo que no voy a publicar, mientras que lo del reconocimiento me tiene sin cuidado. Sé que voy a publicar (ya estoy haciéndolo), pero creo que no voy a hacerlo. Como mi relación ficcional con el amor de entonces, mi relación con publicar mis textos se basa más que nada en las fantasías que conecto del universo ficcional en el que nunca sale nada al aire y se quema todo en una lectura privada y secreta entre tres o cuatro personas, con la realidad en la que estoy constantemente fugando mis textos sueltos a medios impresos mientras trabajo mis textos que forman conjuntos (libros) para publicarlos próximamente. Si me hubiera explicado eso hace ocho años, me hubiera contestado que estaba loco.

El yo de hace ocho años tenía sus sueños y sus futuros muy definidos. Soñaba con lograr un ascenso rápido a la fama. Un par de premios nacionales ganados con envidiable sincronía, en parte alimentados por su talento y en otra parte por sus amistades. Pensaba en vivir fugazmente, gastando la mayor parte de ese dinero (y de otras comisiones a cargo del estado y de las instituciones) en drogas, putas y rocanrol. Era un buen plan para tener diecisiete años. El yo de entonces tenía claro que, eventualmente, esa vida lo iba a acabar, y que llegaría el momento en el que me encontraría solo, con problemas graves del hígado, sufriendo por el bloqueo escritural en un cuartucho barato ubicado en un motel del centro de Tijuana, sin dinero para cigarrillos ni comida ni alcohol, cayendo en las cantinas y en los prostíbulos con la esperanza nunca fallida de encontrarme a alguien que me alimentara los vicios aunque fuera por un par de horas. En mi fantasía, moría una noche de invierno a los treinta y ocho años, en la calle, de pulmonía o cirrosis o golpeado por algún proxeneta que no estuvo de acuerdo con mi manera de tratar a su prostituta favorita. Después crecí un poco. Dejé a mis amigos de entonces. Renegué de todo lo que era. Y poco a poco, como dijo Proust incontables veces, llegué a donde estoy ahora, reflexionando al respecto después de que el olor de un pescado empanizado, como el que mi madre solía hacer en esos años, activara recuerdos de hace varios años, escribiendo que hace ocho años era una persona muy distinta, aunque la misma, alimentada por los clichés que yo mismo he elegido como guías para vivir mi vida.

Hace ocho años quizá hubiera escrito algo similar a esto. Entonces habría hablando más sobre el presente porque no tenía mucho qué recordar, y todavía menos sobre el futuro porque no tendría necesidad de imaginar más allá de mi muerte que, entonces más que nunca, siempre puede ser algo tan inmediato e inesperado. En el 2002 habría una lluvia de anhelos en mi escritura, un olor a enchiladas suizas y a chilaquiles de Sanborn's, a molletes, a todo el café que uno quiere por sólo doce pesos con cincuenta, a uniforme folclórico mexicano (que seguramente habría enorgullecido a Frida y a Diego), a cigarrillos con filtro blanco y pantalones manchados de semen. Y todo eso, entonces, me habría parecido tan maravilloso como me parece ahora, con la excepción de enfoque de que, en esos años, lo habría visto como la verdad y hoy como espectáculo. Nada ha cambiado.

lunes 14 de marzo de 2011

Retrato de familia: el tío aburrido

Tengo un tío, quizá la persona más aburrida de todos los tiempos, que lo único que hace durante las reuniones familiares es pasearse. Al principio se sienta en la mesa, como todos los demás hermanos, una muestra de jerarquía y poder, pero pronto abandona su puesto y empieza su paseos eternos. Visita todas las habitaciones, los jardines, los baños, las cocinas, los cuartos de limpieza, las terrazas, los balcones: todo. Camina despacio, sin sacarse jamás las manos de los bolsillos de sus pantalones, como quien hace una actividad de importancia vital, como quien comprueba que el orden del universo sigue siendo constante y que, efectivamente, ninguna ruptura temporo-espacial ha sucedido durante su guardia. No importa si hay gente o no, él siempre entra, caminar por donde se pueda caminar, y sale por donde llegó. Jamás hace contacto visual. Jamás entabla conversación.

Hubo un tiempo en que sentí lástima por él. Había perdido a su esposa (entonces él no hacía sus paseos), y había encontrado a su hija con un vibrador en el culo. Quizá no fuera relevante dónde estaba insertado el vibrador, pero sí que estaba siendo maniobrado por su cuñado, el hermano de su esposa recién fallecida, el tío de su hija. Mandó a mi prima a uno de esos conventos-reformatorio de la vieja escuela y no la volví a ver, y él empezó a dar sus paseos. Entonces creía que buscaba alguien con quien tener conversación, pero jamás intenté hacérsela pues, sencillamente, no tenía ni un tema del cual hablar con él. Intentar darle el pésame, ya fuera por la esposa o la hija, me parecía incluso más imprudente. Después de todo, ¿quién quiere que le estén recordando constantemente sobre una tragedia personal?

Pasaron años, quizá una década, y en ninguno de esos años hablé con él. Cada vez que escuchaba sus pasos acercándose a donde fuera que yo estuviera concentraba mi vista en algo evidentemente absorbente, como mi celular, o un libro, o la computadora, o fingía que dormía. Con el rabillo del ojo lo veía recorrer la habitación, sin sacar sus manos de los bolsillos de sus pantalones, con toda la seriedad del mundo, como si inspeccionar el mismo lugar que había inspeccionado diez veces antes durante el día fuera crucial para el bienestar de la humanidad. Con el tiempo dejé de pensar que buscaba conversación, pues él mismo la hubiera intentado, aunque fuera de alguna manera precaria y llena de timidez. En cambio, sus paseos seguían un esquema según la casa en la que estuviéramos, y nunca salía del esquema. Por ejemplo, en la casa de mis abuelos el orden de las habitaciones era, iniciando desde la sala después de ponerse en pie y dejar su asiento como cabeza de familia en la mesa, primero la cocina, después el cuarto de mi abuelo, luego el de mi abuela, luego el baño principal, luego el cuarto de la lavadora que estaba tras la cocina por lo que tenía que cruzar la cocina de nuevo (aunque en este punto lo hacía sin inspeccionar pues ese momento había sucedido antes), después el baño del cuarto de mi abuela para lo que hacía lo mismo que con el cuarto de lavado, luego el patio de enfrente, la cochera, el patio de atrás, y finalmente el patio occidental donde antes había una higuera. Unos cinco o seis ciclos después, repitiendo todo, suele sentarse en su silla por media hora o despedirse de todos y salir tranquilamente hacia su casa. Jamás ha cambiado una sola cosa, ni se ha prolongado en una habitación ni se ha acelerado en otra, desde entonces.

Hoy, después de diez años de absoluta mudez, habló conmigo. Asumía que el trauma conjunto de perder a su esposa y, de cierto modo, a su hija, había sido demasiado para él, al grado de impedirle el habla, pero no fue el caso. Lo que pasaba era que hablaba toda la mañana, como un desquiciado, frente al retrato de mi tía (y quizá sí se trata de un demente), y para cuando nos reuníamos se encontraba seco, sin voz y sin nada que contar. La mayoría de las cosas que le contaba al retrato, me explicó, tampoco eran tan relevantes, pero contárselas evitaba que explotara violentamente ante cualquier comentario más o menos relacionado con la muerte o la pedofilia incestuosa y, como es fácil de suponer, la mayoría de los comentarios versan alrededor de estos temas. Me contó estas cosas, también que le gustan las películas de sci-fi barato, las de terror donde un psicópata mata a muchos adolescentes, y las de mafiosos. Me explicó que el motivo por el que me había regalado archiveros y pantuflas y CDs no era porque fuera él tan aburrido como para creer que eso realmente me iba a interesar, sino que era tacaño y aparte distraído y no tenía idea de qué me podía gustar. También me dijo que no leía, ni le gustaba la literatura, pero que respetaba mucho mi trabajo como escritor, aunque todavía no publico nada ni termino ningún libro porque siempre estoy postergando y postergando con el limbo de la corrección como pretexto. "Aunque no te he leído te he visto crecer, y uno se da cuenta cuando lo que se hace es bueno para uno o no, y tú has cambiado para bien". Eso me dijo, literal. Antes de despedirse me pidió que alguna vez escribiera sobre él, pero que no hablara ni de la muerte de mi tía ni de la precocidad lasciva de mi prima.

Decidí no hacerle caso.